El MERCOSUR necesita más
cooperación y menos rivalidad
Raúl Alfonsín
Junio de 2005
El nacimiento de la integración con Brasil se produjo en
medio de la llamada "década perdida", caracterizada por el enorme
endeudamiento externo y la falta de crecimiento, y en tiempos en que era
prioritaria la necesidad de restablecer los derechos humanos y las condiciones
de la convivencia civilizada desterrando la impunidad.
En ese marco se definió a la integración como un proceso de
naturaleza política, que debía conducir a la creación de un espacio común,
Regional, imprescindible en el mundo de la revolución científica y tecnológica,
para unir y fortalecer las capacidades productivas y culturales. Esto es, para
acceder a una economía legitimada por la aptitud de crear riqueza y trabajo.
En estos momentos, en los cuales parecieran surgir dudas en
algunos sectores sobre aspectos centrales de la política exterior del país, en
particular la integración Regional y la asociación estratégica con Brasil, me
permito recordar las enormes dificultades que atravesábamos cuando tuvieron
origen, sin duda muy superiores a las que hoy vivimos. Sin embargo, pudimos
concretarlo y avanzar.
Hay razones que nos llevan a defender el camino hasta ahora
seguido por el Gobierno y a reclamar un compromiso mayor a la luz de la
evidente necesidad de que se profundice y se amplíe el proceso de integración
en una dimensión sudamericana.
En ese marco me permito señalar que la política de integración
regional está respaldada por un amplio y generoso consenso de la sociedad de
nuestro país y es sostenida por una visión sobre la proyección histórica de la
Argentina que en gran medida compartieron desde sus orígenes la UCR y el
Partido Justicialista.
A pocos meses de conmemorarse los 20 años del día de la Amistad
Argentino-Brasileña convendría recordar las lecciones que nos brinda la
historia de nuestro país.
El objetivo de iniciar una nueva era en la relación bilateral
fue el de encaminar a ambos países en el camino de la integración que brindaba enormes
posibilidades y no seguir por el camino de la rivalidad que genera grandes
costos.
Cuando en 1985 iniciamos el proyecto de integración con el
presidente José Sarney de Brasil, lo hicimos porque comprendimos que era la
mejor manera para consolidar la paz en la Región, defender las democracias
incipientes y el respeto de los derechos humanos, ampliar nuestros márgenes de
autonomía nacionales e impulsar un proceso de desarrollo económico y social
solidario. En todo momento, dicho proyecto de integración se visualizó como
abierto a la adhesión de los otros países de la Región.
Es cierto que el camino de la integración enfrenta siempre
difíciles obstáculos que requieren de una paciente conducción política y
que no se puede esperar que ambos países compartan las mismas posiciones en
todos los temas de la agenda internacional. Pero lo que no se puede permitir
es que diferencias puntuales, por más importantes que sean, hagan perder de
vista los intereses y necesidades fundamentales de ambos países.
No está en mi ánimo enumerar en estos momentos las falencias
del MERCOSUR. El proceso de integración demostró ser sumamente valioso para
consolidar la paz, la democracia y los derechos humanos y generar múltiples
caminos de cooperación. No obstante, se debe reconocer que como consecuencia
del enamoramiento de los gobiernos de los presidentes Collor de Mello y
Menem con recetas mágicas, que provenían de otras Regiones del mundo y que
se incorporaron de manera acrítica a nuestra Región, el proceso de integración
gradual y flexible sufrió una brusca y rígida mutación.
A principios de la década de los 90 el proceso de integración
cambió su nombre y su configuración, perdió buena parte de su dimensión
política y social, se sometió "a la mano invisible" y se transformó
en un proyecto meramente comercial. El MERCOSUR buscó ampliar mercados
sin tener en cuenta las potencialidades existentes para aumentar la cooperación
económica que permite generar procesos de desarrollo equilibrados y solidarios
y abre las puertas para aumentar la autonomía de ambos países en el sistema
internacional. Asimismo, soslayó las dimensiones políticas y sociales de todo
proceso de integración.
Este artículo se escribe con la finalidad de estimular a las
autoridades de mi país para que no pierdan de vista los intereses
nacionales esenciales y relancen el proceso de integración sobre nuevas y más
sólidas bases.
Si en la dimensión económico-diplomática existen dificultades
que son en gran medida consecuencia de ese diseño del MERCOSUR, en la dimensión
político-estratégica también existen diferencias que son en parte el arrastre
de una visión divergente entre ambos países en la década de los años 90.
La Argentina siguió la lógica de las relaciones carnales y Brasil se refugió en
la tradición de una superada política nacionalista.
Las diferencias existentes entre nuestras Cancillerías sobre
la composición del Consejo de Seguridad —que constituye, aunque muy
importante, sólo un aspecto en el marco de las reformas del sistema de las
Naciones Unidas— no deben contaminar las grandes y profundas convergencias
existentes en casi todos los temas de la agenda internacional.
Es indudable que la alianza entre Argentina y Brasil constituye
el principal obstáculo para la conformación de un espacio económico subordinado
a los intereses de sectores dominantes de los Estados Unidos. La asociación de
toda América del Sur en un proyecto común fortalece considerablemente las
posibilidades de generar un desarrollo autónomo, solidario y equilibrado para
toda la Región.
En ese marco llama profundamente la atención que desde sectores
distintos se pongan en duda compromisos asumidos por nuestro país al más
alto nivel respecto del proceso de integración sudamericano. Los argumentos que
se exponen de que el proceso de integración del MERCOSUR no está todavía
preparado para la ampliación a una dimensión sudamericana, que la Argentina no
se debe dejar arrastrar por el liderazgo brasileño o que se deben analizar las
"oportunidades" que abriría el ALCA, expresan, en el mejor de los
casos, análisis incorrectos. ¿Cómo puede el MERCOSUR no estar preparado
para la Comunidad Sudamericana de Naciones y sí estarlo para el ALCA? ¿Cómo
puede la Argentina temer las ofertas exportables de Perú, Ecuador o Colombia y
no tener ninguna precaución por la competencia que podrían generar en el
mercado regional y nacional la oferta exportable de la principal economía del
planeta? ¿Cómo se puede acusar de agresiva a la política externa brasileña y
sugerir entonces como respuesta un alineamiento con la potencia imperial
americana?
La Argentina, si quiere contrarrestar las asimetrías existentes
con Brasil como consecuencia de las diferencias de volumen entre ambos países,
debe caracterizarse en la Región por ser el Estado miembro del proyecto de
integración que genera calidad. Aspiro para la Argentina el papel de ser la
usina de ideas y proyectos de la Región. Nuestro país no puede ser el
"freno de mano" del MERCOSUR, debe ser el "acelerador",
debe ser el Estado miembro que impulsa a la Región a nuevos horizontes de
cooperación y a nuevos objetivos a ser alcanzados, y que proponga soluciones a
los desafíos o problemas que se enfrenten.
La Argentina nunca debió regalarle a Brasil la bandera de la
integración Regional en América del Sur; debió haber sido el socio del
MERCOSUR más entusiasta y generoso con el proceso de integración sudamericano,
lo que nos hubiera brindado un sano liderazgo entre los países
hispanoamericanos de América del Sur, mucho más cercanos por historia y cultura
a la Argentina que a Brasil y muy complementarios en materia económica con
nuestro país. La no constitución de dicho espacio dividiría a América del Sur
en dos regiones, una al sur y otra al norte, donde Brasil ocuparía un papel
central y participaría de ambas.
América del Sur y Brasil están requiriendo de la participación
de una Argentina que sea un socio activo en la construcción de un proyecto
común, que genere iniciativas y no que meramente se lamente cuando las
iniciativas son generadas por los otros.