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Construir una nueva hegemonía Raúl Dellatorre Septiembre 2008 Emir Sader: “La ultra-izquierda
tendrá una capacidad crítica enorme, pero nunca ha construido procesos de
transformación revolucionaria.” El proceso político de la última década en América latina
dio por resultado gobiernos de signo distinto del neoliberalismo. Algunos
decididamente opuestos, otros con “rasgos contradictorios”, según la expresión
acuñada por Emir Sader, analista político brasileño y
flamante director ejecutivo de CLACSO (Consejo Latinoamericano de Ciencias
Sociales). Pese a las coincidencias que observan en muchos sentidos, en el
plano económico los países de la región parece no terminar de romper el molde
que la encierra, ni quitarse de encima las sombras de su pasado. Sobre éstos y
otros temas conversó Cash con Sader. ¿Qué les está faltando a los países
de Un proyecto estratégico de futuro, una comprensión más clara
de lo que es América latina ahora, de la naturaleza de sus regímenes económico
sociales en función del rol del Estado. Y pensar en qué futuro tiene más allá
del neoliberalismo. ¿Y en qué aspectos cree usted que se
avanzó? Algunos ladrillos de esa construcción existen, ya sea como
realidades o como menciones en discurso. El Banco del Sur, la idea de una
moneda única, el Banco Central único, todo lo cual significaría una política
económica única, son elementos importantes. Pero al mismo tiempo hay que
plantear qué modelo de sociedad queremos, y eso significa pronunciarse en favor
de una sociedad des-mercantilizada. Plantear qué tipo de Estado queremos, lo
cual lleva a proponer un Estado que no esté penetrado por la financiarizacion. Definir qué tipo de cultura, qué
identidad y diversidad cultural debemos tener. Decir qué tipo de espacio
alternativo creamos, por afuera de la hegemonía unipolar norteamericana. ¿Todo eso qué implica? Ese proceso implica no sólo integración económica y social,
sino también tecnológica, cultural, educacional, mediática y de estructuras
políticas. Existe un esbozo de parlamento latinoamericano, pero aún se está muy
lejos de que tengamos estructuras supranacionales de carácter latinoamericano o
sudamericano. El tema, podríamos decir, ahora es político, es discutir futuras
relaciones de poder. Qué tipo de sociedad, qué nueva hegemonía queremos
construir. Pareciera que alcanzar esos
objetivos requeriría un salto de conciencia importante de las sociedades y su
clase política, un cambio del paradigma neoliberal de la década anterior. En
este sentido, ¿qué papel están jugando los intelectuales de Latinoamérica, ya
sean economistas u otros cientistas sociales? Tenemos una trayectoria
extraordinaria del pensamiento crítico latinoamericano. El gran viraje fue la
crítica que ¿Qué efectos tuvo? Este vuelco en el pensamiento económico elevó el nivel de
identidad nacional, planteó la relación con las potencias imperiales en un
nivel superior. El nacionalismo fue el gran fenómeno del siglo pasado en
América latina. Con tonos antiimperialistas mayores o menores, según el caso.
Pero la intelectualidad lo concibió. Y en años recientes, varias teorías
elaboradas en esa época ayudaron a pensar la acción política de los nuevos
gobiernos en la región. Pero no en todos los casos. ¿Podría dar ejemplos de unos y
otros? En Bolivia, se dio a través de un grupo pequeño de
intelectuales, llamado ¿Dónde ubicaría los casos de
Argentina y Brasil? Son dos países con mucha más trayectoria intelectual que los
que nombré, con más raíces en el pensamiento crítico. Y sin embargo, hoy
muestran una ausencia relativa de esta intelectualidad en los temas políticos,
ideológicos, culturales y económicos muy grave. Venezuela, Brasil, Argentina. Está
hablando de los países económicamente más fuertes y relativamente más
desarrollados y son los que más debilidades presentarían en el plano
intelectual para promover un cambio. Mi conclusión es que a la intelectualidad, en realidad a su
conjunto y no sólo al pensamiento crítico, este período histórico la tomó por
sorpresa. Queda como la voz de menor resistencia a los sistemas de dominación,
por detrás muchas veces de los movimientos sociales. Fíjese que América latina
fue territorio de varias teorías de avanzada del pensamiento crítico en décadas
anteriores, pero hoy no encontramos expresadas muchas de esas teorías en el
movimiento político latinoamericano, no están ayudando a pensar el proceso
contemporáneo. ¿Cuál fue el comportamiento de esos
pensadores? Usted encuentra que muchos intelectuales del pensamiento
crítico de otra época terminan adhiriendo al neoliberalismo, porque pensaban a
esta corriente como inevitable. Y cuando se ven las cosas así, eso le marca qué
hacer. Fernando Henrique Cardoso
fue un brillante intelectual de izquierda en los ’60, pero su gobierno en los
’90 no fue distinto del de Menem. Y yo no diría,
tomándolo en su conjunto, que es una postura de derecha, pero es un conformismo
histórico. Otra parte de la intelectualidad quedó refugiada en posiciones que
yo llamaría de ultra-izquierda, posiciones que están descolgadas del proceso
real. La ultra-izquierda tendrá una capacidad crítica enorme, pero nunca ha
construido procesos de transformación revolucionaria. En este debate sobre los gobiernos y
las políticas en América latina, muchos pensadores y dirigentes de izquierda
siguen juzgando como gobiernos de derecha a aquellos que no han producido una
ruptura a fondo con el neoliberalismo. Hay una postura que tiende a tomar determinados aspectos de
la realidad y los absolutiza, y así pierde
objetividad. Hoy la división fundamental no es izquierda buena o izquierda
mala. Esa es una postura de derecha que divide a la izquierda. La línea es
entre los que están por el proyecto de integración regional y los que están por
tratados bilaterales de comercio con Estados Unidos. En el marco de los que
están por la integración regional, hay algunos que avanzaron hacia la ruptura
del modelo, como Ecuador, Bolivia, Venezuela. Otros han logrado flexibilizar el
modelo, como Brasil y Argentina, y ahí está su mérito. Todo lo que hace al
mantenimiento del modelo anterior en Brasil y Argentina es negativo. Pero la
política exterior es positiva, la política social es positiva. Y eso vale. ¿No los está justificando? No, pero hay que darse cuenta que aunque haya avances
importantes en América latina, vivimos en un mundo de hegemonía neoliberal:
hegemonía económica, de valores, en la relación de fuerza social. No se puede
olvidar que el neoliberalismo puso a todo el movimiento popular a la defensiva.
La lucha contra el modelo, por conseguir poner en contradicción sus paradigmas,
se dio contra la derecha, y desde posiciones anti-neoliberales
que no eran de izquierda. Logramos tener gobiernos con rasgos contradictorios,
y ése fue el resultado de la lucha, de una lucha exitosa. La alternativa era
tener gobiernos de derecha, no de izquierda. EL PREDOMINIO Y CRISIS DEL
CAPITALISMO “Des-mercantilizar
la economía” Emir Sader caracteriza el período
histórico vivido en la segunda mitad del siglo XX como “el paso de un mundo
bipolar a otro unipolar”, con una hegemonía absoluta del capitalismo y de
Estados Unidos como potencia dominante. A su vez, describe a un capitalismo que
pasó del modelo keynesiano al neoliberal. Sin embargo, pese a este “triunfo
espectacular” del capitalismo, Sader sostiene que
este proceso no augura hacia adelante “ni un ciclo tranquilo para la hegemonía
de Estados Unidos ni un crecimiento sostenido”. Según el sociólogo e historiador brasileño, la hegemonía
capitalista se dio a través de “una victoria extraordinaria en el plano
político, militar e ideológico de Estados Unidos”. “La hegemonía económica y
cultural es tal que el modo de vida capitalista se impone hoy sin disputa en el
mundo. No hay otro modelo comparable, hasta en China las ciudades se
transforman y desarrollan como espejo de ciudades estadounidenses. Los pobres
tienen expectativas de consumo de acuerdo con el estilo norteamericano.” Sin embargo, el capitalismo muestra sus límites. La crisis
actual de la economía norteamericana, sostiene Sader,
podría ser el inicio de “un período largo de inestabilidad con turbulencias”.
Los obstáculos o contradicciones del mundo unipolar tienen su reflejo en la
excesiva concentración de la renta, la devastación ecológica y la guerra,
advierte el teórico brasileño. “El capital hizo un corrimiento hacia la actividad
especulativa financiera. El 90 por ciento de los movimientos de capital en el
mundo son cambios de manos de papeles, no son el resultado de actividades
comerciales”, señala Sader. Pero mientras sucede en los centros financieros mundiales,
en el corazón del sistema capitalista, en la periferia Sader
describe una dinámica diferente. “En las décadas del ‘80 y ‘90, Latinoamérica
fue el laboratorio más avanzado del neoliberalismo. El arco político de Hoy, sostiene Sader, América
latina es “la única Región con proyectos de integración relativamente
independientes de Estados Unidos, condición necesaria pero no suficiente para
la ruptura con el modelo neoliberal”. Ante la crisis de hegemonía, los países
del sub-continente reaccionaron de diversas formas,
de acuerdo a su capacidad de reconstruir las fuerzas para una disputa de poder.
Bolivia y Ecuador, según Sader, son ejemplos de
sublevación popular con salida electoral que permitió refundar
el Estado. Destacó que estos países “pudieron recomponer su identidad porque
tuvieron menos penetración cultural del neoliberalismo, el modelo no echó
raíces”. Un fenómeno diferente del ocurrido en México, Chile y Argentina, donde
sí enraizó. Sader destacó como modelo de integración
independiente la propuesta del ALBA (Alternativa Bolivariana para los pueblos
de nuestra América), que impulsa Venezuela. “Democratizar la economía es des-mercantilizar”,
sostuvo el sociólogo brasileño, como bandera en la lucha anti-hegemónica.
Aunque no dejó de reconocer la distancia existente entre el sistema capitalista
actual y un modelo que lo sustituya. “Existe un abismo entre el agotamiento del
modelo actual y la aparición de otro u otros. El panorama es contradictorio.
Pero el mundo nuevo es un modelo todavía no elaborado”, postuló. |