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El Estado red
Manuel Castells
Abril de 1998 El
acuerdo británico – irlandés sobre el Ulster reviste, como todo el mundo dice,
una importancia histórica. Pero no sólo por lo que todo el mundo dice. En
efecto, por un lado, representa la posibilidad concreta de poner fin a una
contienda fratricida que ha devastado un país y ha destruido miles de vidas a
lo largo de décadas, demostrando que los fanatismos religioso – nacionalistas
no son intratables, si se tiene coraje personal y la inteligencia política de abordarlos
y resolverlos. Por otro lado, hay algo en ese acuerdo que tiene todavía un
alcance mayor: la puesta en forma de una arquitectura política adaptada a la
gestión social y política de nuestro tiempo, expresión de formas políticas
flexibles y de geometría variable, según las circunstancias, que se desarrollan
en todo el mundo y que he caracterizado, en las páginas de este diario, como
expresión de un nuevo tipo de Estado, el Estado red. Porque
¿en qué consiste la mayor innovación del nuevo sistema político que se
prefigura en el Ulster? Sin entrar en detalles que puede usted leer en la
prensa, se trata de un sistema de instituciones compartidas en tres Estados y
dos comunidades nacional – religiosa: una asamblea norirlandesa binacional
dotada de amplia autonomía: un Consejo norte–sur en el que la República de
Irlanda comparte soberanía, en la práctica, con los representantes
norirlandeses; un Consejo oeste–este en el que los norirlandeses mantienen
permanentes contactos con el Reino Unido en sus procesos de decisión, en el
marco de la pertenencia formal del Ulster al Reino Unido. Y todo ello en el
marco de la Unión Europea, en donde decisiones políticas y económicas
fundamentales decidirán en la práctica los aspectos más importantes de la vida
cotidiana de los norirlandeses como de los irlandeses y los ingleses. De forma
que no desaparece ningún Estado, en realidad se incrementa el sistema con un
nuevo Estado autonómico que había sido acallado desde 1972, pero todos los
Estados en cuestión pierden soberanía exclusiva y ganan soberanía compartida.
Al eliminar la identificación entre nacional y estatal en un ámbito exclusivo
se abre juego, se crean canales para la negociación y, en último término, para
la convivencia. La
fórmula norirlandesa es, en primer lugar, una demostración de la imaginación y
creatividad política de Tony Blair y el nuevo laborismo británico. Pero, en
realidad, no hace si no trasponer con gran sentido práctico las lecciones de
gobierno ejercido en la Unión Europea durante años. La aplicación de principio
de subsidiariedad según el cual las distintas funciones de gobierno deben
desempeñarse en el nivel más descentralizado posible en donde puedan ser
efectivas lleva, por una parte, a que las grandes decisiones de gestión de la
globalidad deban ser reservadas a los órganos de la Unión Europea. Y, por otro
lado, a que los gobiernos municipales y autónomos gestionen casi todo lo que
corresponde al día a día, desde la recogida de basuras hasta las escuelas,
pasando por la policía local y medio ambiente. Los Estados – nación continúan siendo elementos importantes de
solidaridad social regional y de cohesión político – cultural. Pero nadie tiene
la exclusividad, ni la legitimidad, en este mundo de responsabilidades
descentralizadas y compartidas. Y lo esencial, a partir de este momento, es
cómo se negocia y se gestiona sin perderse en una maraña burocrática. Parece
necesaria, por ejemplo, una reforma de la Administración pública, a escala
europea, que permita entender en la práctica esto de la soberanía compartida no
sólo en lo internacional, sino en lo intra – estatal. Más aún: el desarrollo de
las tecnologías de la información y la comunicación puede proporcionar el
instrumento material para la administración conjunta, en la medida en que permiten
incrementar la descentralización de la gestión, al tiempo que mantienen la
coordinación de la decisión, mediante el uso de sistemas comunes de
información. Y
lo que ocurre en Europa parece ser la tendencia en todo el mundo. Hace
unos días asistí en San Pablo a un seminario internacional organizado por el
Gobierno brasileño para abordar la reforma del Estado en la era de la
globalización. Las experiencias brasileñas e internacionales, de Estados Unidos
a China, convergían hacia un modelo de relación entre distintas
administraciones y de cooperación entre distintos Estados, mediante una red de
intercambios, negociaciones y codecisiones que configuran instituciones
políticas flexibles, eficaces y potencialmente más abiertas a los ciudadanos,
mediante la multiplicidad de sus puntos de contacto con la sociedad. El Estado
rígido, centralizado, anclado en una soberanía ficticia, superada por los
flujos globales, y osificado en la ideología nostálgica de ser una unidad de
destino en lo universal, ha quedado obsoleto. Cuanto más tarde en reformarse,
más proclive será a crisis sociales y políticas de devastadores efectos. Las
consecuencias de este análisis y, sobre todo, de estas experiencias, para
España, son extraordinarias. Porque estamos inmersos en la Unión Europea, la
matriz más importante de las nuevas formas de Estado red. Y porque somos un
país plurinacional, en el que el Estado de las autonomías está, y seguirá
estando, en proceso de construcción, tal vez permanente. Y éste fue el genio de
los padres de nuestra joven Constitución. Dibujaron una arquitectura autonómica
flexible, abierta, que permite integrar la evolución de nuestra sociedad plural
en un proceso constante de negociación y redefinición de nuestras
instituciones. Porque sabían de nuestra historia que cincelar verdades eternas
en el granito de instituciones pétreas es una llamada implícita a su
demolición. Cierto
que la apertura de un Estado inconcluso y la ambigüedad de normas susceptibles
de interpretación ofrecen menos seguridad. Pero
la vida, la vida real, nuestra vida, no está hecha de seguridades, sino de
capacidad de manejar la incertidumbre, siempre construyendo y reconstruyendo
nuestro tejado y hasta nuestros cimientos, según vengan los vientos de la
historia, las lluvias del ayer o el sol de una mañana de invernadero. Lo cual
quiere decir, en concreto, que algún día habrá que negociar con ETA, por muy
asesinos que sean ( que lo son), porque ni la Brigada Político – Social pudo
con ella, ni la Ertzaintza democrática ha podido, ni los GAL, ni la Guardia
Civil. Por algo será. Y quiere decir que el proceso de transferencias a
Cataluña está abierto, digan lo que digan quienes lo digan. Y que en Galicia y
Canarias no hacen sino empezar. Y que otras identidades se redescubren o se
reinventan. Y que como el reconocimiento cultural – nacional ya se da, y eso no
basta, es en el ámbito de la reforma institucional donde habrá que inventar.
Atendiendo a la profunda redefinición que, en la práctica, experimentará
nuestro Estado dentro de unos meses, cuando paguemos en europesetas y ya no
tengamos que hacer la mili, porque la OTAN se encarga del ejercicio del poder
armado, la esencia de nuestro Estado central a lo largo de la historia. Todo
esto no es trágico si no lo hacemos nosotros. No se trata de oponer
nacionalismos (españolismo contra catalanismo) ni de disolverlos (no son
solubles, lo siento por las racionalistas inveterados), sino de resolverlos, en
un sistema de instituciones políticas que comparten soberanía, intercambian
información y coadministran, en un ámbito local, autonómico, nacional, estatal
y europeo, de forma distinta según cómo, quién y cuándo. Si todos, pero todos,
dejamos de ser fundamentalistas, si todo es negociable, a los mejor podemos
negociar con los fundamentalistas e inventar un Estado red plurinacional que
conduzca al irlandés, al castellano, catalán, euskera y gallego, con perdón del
bable. |