Argentina-Brasil:

un proyecto deseable

y ¿ posible ?

 

 

Roberto Lavagna*

 

Septiembre 2009

 

 

Las iniciativas de convergencia entre Argentina y Brasil han avanzado sustancialmente desde los acuerdos de 1986. Allí se quebraron, si bien no han desaparecido totalmente, las negativas tendencias a una competencia conflictiva y las menos visibles, pero no menos negativas, a la indiferencia mutua. Ambas actitudes y posturas pueden combatirse sólo con decisión política compartida y con la existencia de planes estratégicos convergentes hasta llegar al punto en que la estrategia pase a ser un proyecto Regional.

 

Para que los objetivos de un proyecto Regional puedan cumplirse y, por ende, para que el salto cualitativo dado en 1986 avance decididamente hay, sin embargo, dos escollos no menores que conviene reconocer:

 

i) la tendencia registrada, por lo menos desde inicios de los años 80 en adelante, a tener en materia económica y de política exterior conductas no convergentes en el tiempo, y

ii) la falta en la relación bilateral de una discusión en profundidad sobre la estrategia de desarrollo y de inserción en la Región y en el mundo.

 

Tarea casi imposible e inútil dirán muchos pragmáticos para quienes el trazado de una ruta, de líneas de energía, o el aumento del comercio son mucho más efectivos, valen más, tanto a escala nacional como Regional, que abstractas discusiones sobre la coordinación de fases de política económica o las aun más lejanas discusiones sobre visiones estratégicas. Quienes argumentan de esta forma contraponen realidades y logros comerciales o de infraestructura al tedio de discursos burocráticos que no llegan a echar raíces en los intereses y necesidades concretas.

 

Ante este argumento yo diría Sí y No.

 

Sí, es cierto que con frecuencia en nuestra Región – y por qué no decirlo también en el mundo – se hacen más discursos y especulaciones que obras y decisiones concretas, con anclaje en la realidad y en las necesidades inmediatas de nuestros pueblos.

 

No es cierto, en cambio, que este pragmatismo pueda por sí solo reemplazar la existencia de una “visión” de hacia dónde vamos, hacia dónde cambia el mundo y cómo nos adaptamos y nos insertamos activamente en él.

 

Está allí el ejemplo de la Unión Europea para recordarnos esta doble necesidad de acción a partir de la reflexión: ¿qué hubiera sido del proyecto europeo si detrás de la Comunidad del Carbón y del Acero, sectores estratégicos en el momento del diseño del proyecto, no hubiera existido una motivación mucho más profunda? En ese caso una motivación extra económica cual fue crear las bases de una pax europea que hiciera imposible la repetición de confrontaciones como las de la I y la II Guerra Mundial. Allí, en la búsqueda de un esquema de paz duradero estuvo la matriz de un proyecto que luego se alcanzó por la vía de acuerdos en políticas para el carbón y el acero y para la agricultura.

 

Casi por el absurdo uno podría preguntarse si las dificultades actuales de la construcción europea no pasan, precisamente, por la pérdida de visión, por la pérdida de profundidad y por el hecho de que la expansión geográfica quizás se esté haciendo al precio de una mayor superficialidad, anclada exclusivamente en intereses económicos. El pragmatismo es una condición necesaria pero, decididamente, no es una condición suficiente. Vale la pena por ende, analizar los dos escollos que están frente a nuestro proceso integrador.

 

1. Conductas no convergentes

 

En los últimos veinticinco años es posible destacar tres períodos en los cuales las conductas de Argentina y Brasil no han sido convergentes ni en su lectura de la realidad económica ni de la política internacional.

 

La primera se da en ocasión de la crisis de la deuda que desata México en l982. Durante una década, los grandes bancos internacionales habían actuado reciclando los recursos extraordinarios que los países petroleros recibieron como resultado del primer shock alcista de los precios del petróleo y derivados, del año l973. En ese proceso de reciclado los países latinoamericanos se encontraron frente a ofertas de crédito claramente más flexibles que lo usual e hicieron uso de esos créditos aumentando de manera sustantiva su endeudamiento externo.

 

Cuando se produce la crisis, aparecen dos interpretaciones diferentes: la que señalaba que estábamos frente a una crisis de “liquidez” y la de quienes creíamos que había una crisis más grave, de “solvencia”.

 

Los países centrales y los grandes bancos internacionales que habían actuado como prestamistas sostenían la tesis de la liquidez y su planteo fue evitar “quitas” (hair cuts) abiertas y favorecer, como alternativa, un proceso de refinanciación que implicaba algunas reducciones menores del endeudamiento.

 

La tesis de la crisis de “solvencia” en cambio, planteaba que el endeudamiento era insostenible y que eran necesarias quitas explícitas más amplias. De lo contrario quedaría hipotecado el crecimiento de muchos países.

 

La elección de uno u otro camino no fue mera decisión individual de los países ya que había implícitamente un efecto “dominó”. Si los países deudores, o al menos los de mayor peso, hubieran podido imponer el criterio de que se estaba ante una crisis de solvencia, hubiera sido posible no sólo refinanciar sino aliviar de manera sustantiva las deudas externas. Esto no ocurrió. Mientras el ministro de Hacienda brasilero Funaro (Administración Sarney) se inclinaba por una acción concertada en torno al criterio de solvencia, el gobierno argentino (Administración Alfonsín-Sourrouille) prefirió aceptar la tesis de la liquidez y entrar en un proceso de re-escalonamiento de las deudas más de que en una efectiva reducción de la misma.

 

La segunda ocasión se dio durante la década de los 90. Argentina (Administración Menem-Cavallo) entró en un generalizado proceso de liberalización financiera, de privatizaciones y de fuerte revaluación de la moneda nacional, además de un régimen cambiario rígido como fue el de la “convertibilidad” que opera prácticamente como una Caja de Conversión.

 

En esos años, Brasil por el contrario, mantuvo una mayor autonomía de su política monetaria, cambiaria y económica en general (Administración Fernando Henrique Cardoso-Malan). Esta disparidad de políticas económicas, que con el correr de los años se hizo cada vez más marcada, especialmente a partir de l995 y del período post Tequila, dificultó diseños estratégicos comunes. Más aun, Argentina rodeó estas políticas económicas de un alineamiento internacional muy marcado con los Estados Unidos, en la doctrina conocida como la de las “relaciones carnales”, usando una expresión del canciller argentino del momento.

 

Argentina se puso de moda en los mercados internacionales, fue designada aliada extra- OTAN, participó de la guerra del Golfo, y operó como el mejor alumno del Consenso de Washington. El grado extremo de este alineamiento no fue compartido por Brasil y si no dio lugar a conflicto abierto, sí generó desconfianzas y hasta competencias inútiles.

 

El tercero y último ejemplo corresponde a esta década. Al derrumbarse la “convertibilidad” se derrumbó también en Argentina la confianza social y política sobre las políticas ortodoxas del Consenso de Washington. Se produce en Argentina la peor crisis económica y social en un siglo, con el fracaso del sistema financiero para sostener sus compromisos (2001, Administración De la Rúa-Cavallo) y el posterior e inevitable default abierto de la deuda decretado con gran desprolijidad por un gobierno transitorio que duró solo unos días (Administración Rodríguez Saá).

 

La posterior renegociación de la deuda externa con una muy sustancial “quita” (Administraciones Duhalde-Lavagna y Kirchner-Lavagna) y la puesta en marcha de una nueva política económica que tomó distancia de las recomendaciones ortodoxas del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial (BM) se dieron en un momento en que Brasil optó por las políticas más convencionales. A la flexibilidad y sub-valuación del peso argentino correspondió una permanente revaluación del real brasileño. A tasas de interés bajas en Argentina correspondieron durante un tiempo muy altas tasas de interés básicas en Brasil. (Administración Lula da Silva-Palocci/ Mantega).

 

Argentina hace punta a nivel mundial en la política de reducción de la deuda neta con el FMI y con el Banco Mundial. Además, respecto de este último organismo y del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) se planteó el reemplazo de los programas de “ajuste estructural” por la vuelta a la política tradicional de créditos para proyectos de infraestructura. Brasil tomó más tiempo en acomodarse a la idea de reducción de deuda y, al contrario, los representantes de Brasil abogaron por mantener los programas de ajuste estructural, que implicaban desde nuestro punto de vista más e inaceptables intromisiones en las políticas internas. En esos momentos del lado argentino se preservó la autonomía de la política monetaria mientras que Brasil entró en el esquema más rígido de metas de inflación.

 

La moda juega hoy a favor de Brasil y claramente en detrimento de Argentina. Sería imposible en estas notas discutir la pertinencia de una u otra de las posiciones antes señaladas. Lo que acá importa recalcar es que no hubo sincronía en la elección de políticas que además fueron, de uno y otro lado, decididas sin la menor consulta con el otro socio. Cuando uno de los países

fue flexible, menos ortodoxo y, por ende, más autónomo de factores externos, el otro eligió ser ortodoxo y preocuparse prioritariamente por la opinión de los mercados.

 

II. Estrategia de desarrollo e inserción e Integración Regional

 

El segundo de los obstáculos es el de la falta de una estrategia de desarrollo que no sea sólo el reflejo de decisiones nacionales sino que tenga también una envergadura Regional. Como en el caso anterior, pueden escucharse argumentos contrarios a esta afirmación. Se podrían citar ejemplos de desarrollos estratégicos como la industria nuclear, el sector farmacéutico, o la implantación de soja en Argentina.

 

En Brasil no puede ignorarse la no menos espectacular expansión de la soja, el programa de bio-combustibles, el desarrollo de la industria aeronáutica o las políticas de mediano plazo en el sector petrolero que han cambiado a Brasil de ser un importador casi total de petróleo a ser una de las reservas mundiales. Reservas que lo ubicarían, por lo menos, entre los 10 primeros países productores.

 

Más aun, es posible citar algunos otros ejemplos en cada uno de los países y utilizar esto como un reflejo de estrategias a escala nacional, con impacto indirecto sobre la Región.

 

Creo sin embargo que el tema no es éste. Es obvio que en ambos países hay planes de tipo estratégico. Pero “planes” en plural, no es lo mismo que un “plan” global, integrado. Los planes, en plural, atienden a sectores o áreas específicas y de hecho pueden demostrar ser exitosos y cambiar segmentos importantes de la realidad nacional.

 

A menos que se piense que la mera sumatoria de planes es un plan estratégico, en visión global, pueden coexistir los éxitos parciales con la insuficiencia global. Esta es también la posición del ministro de Asuntos Estratégicos del gobierno de Brasil quien hace poco señaló, “lo que interesa es que no hay debate sobre nuestras respectivas estrategias nacionales de desarrollo, no tenemos una comunidad intelectual y precisamos tenerla”.

 

Por lado una vez más el ejemplo de Europa está disponible. Más allá de las libres fronteras internas, particularmente las comerciales, hay numerosos programas de desarrollo científico, tecnológico, industrial y de servicios para el conjunto de países o para sub-grupos de ellos. Esto y no sólo el arancel externo común diferencia un proyecto de libre comercio de un proyecto de mercado común y unión económica. Precisamente por eso el proyecto actual se parece más a una zona de libre comercio estilo Nafta, que al que fue el proyecto inicial. El ex presidente Sarney, en la misma línea, dice: “Mas nos equivocamos no processo de integração, quando, em Julho de 1990, Brasil e Argentina assinaram a Ata de Buenos Aires, decidiram mudar os rumos e, em vez de focalizar o mercado comum, priorizaram o desenvolvimento de uma área de livre comércio e de uma união aduaneira em um prazo de cinco anos, com os riscos implícitos nessa nova abordagem.”

 

Desde la perspectiva global podría uno preguntarse y demostrarse que esta sumatoria de planes no ha cambiado el problema más grave dentro de nuestros países que no es otro que el de la enorme desigualdad en la distribución del ingreso y de oportunidades. La fragmentación social, el mal más marcado de los países latinoamericanos, no se ha modificado y las acciones de compensación vía planes sociales no hacen sino aliviar necesidades del presente sin modificar las condiciones del futuro.

 

Difícilmente podría Argentina argumentar que tiene una visión global cuando en una década ha pasado de una economía de sobre-valuación de la moneda nacional y del hiper-endeudamiento, a una economía de moneda subvaluada y a la búsqueda del des-endeudamiento como objetivo esencial. No hay plan estratégico serio que pueda justificar estas variaciones que, además, han tenido su traducción en materia de relaciones internacionales. En los últimos diez años se pasó de una adscripción sin críticas a la política de los países centrales y de los organismos multilaterales a un cierto “izquierdismo” light, fuertemente enfrentado a las organizaciones multilaterales.

 

Igualmente resultaría difícil a Brasil explicar que, más allá de los elogios y la atracción de la inversión, Brasil haya sido entre los países “continente” y de las potencias emergentes (BRIC) el que menos haya crecido. Es muy posible que tanta diferencia con respecto a China, Rusia e India, categoría en la que Brasil aspira a estar, esté relacionada con que la tasa Selic y la libre movilidad de capitales hayan pesado más en la consideración de los poderes públicos y privados del país que la tasa de expansión del producto bruto.

 

Producto Bruto Interno

Promedio tasa anual de crecimiento

 

Período       Brasil   China   India    Rusia (*)

1980/1989   2,98       9,71      5,57     n.d

1990/1999   1,72       9,99      5,65     -3,80

2000/2007   3,44       9,85      7,10      7,03

(*) Promedio 1993/1999

 

III. Los escollos a superar

 

En síntesis, expuestos brevemente, los temas de fondo que nos han frenado en el avance y que aún hoy nos frenan son:

 

Solvencia o liquidez como conceptos alternativos para diagnosticar las crisis financieras;

 

Sobre-valuación o sub-valuación de la relación de cambio con el mundo global;

 

Sustentabilidad macro o aceptabilidad de los mercados, y

 

Visión estratégica o sumatoria de planes; o sea visión global, que modifique a las cuestiones fundamentales del armado social y de la dinámica económica; o visión parcial, sumatoria de planes en áreas relevantes.

 

Por supuesto hay otras cuestiones que pueden operar en contra del proceso integrador pero, a mi juicio, aquí se reseñaron algunos aspectos relevantes y ciertamente no meramente teóricos. Me parece muy útil reflexionar sobre los aspectos antes indicados que hacen a la organización económica y social, y que tienen, por ende, sus consecuencias políticas, consecuencias de fondo.

 

IV. Estrategia de desarrollo e inserción en el mundo global

 

En un mundo crecientemente globalizado aislarse es equivalente a exponerse al atraso y a la irrelevancia. No menos cierto es que abrirse sin una estrategia nacional y Regional equivale a renunciar a la posibilidad de crecimiento y distribución. Si tuviera que expresarse a la globalización gráficamente, seguramente se recurriría a una esfera. En una visión ideal, la globalización puede ser representada por una esfera lisa y perfecta, donde la distancia mínima entre dos puntos tiene una sola solución. La esfera es, además, rígida de modo que la acción que se haga sobre ella no la altera. La realidad, en cambio, puede ser mejor representada por otro tipo de esfera. Una nuez es también una esfera, pero rugosa y en ella la distancia mínima entre dos puntos puede tener más de una solución. Es además lo suficientemente porosa como para que la acción que se haga sobre ella pueda cambiar ciertas condiciones.

 

Esta diferencia de representación puede también ser la diferencia entre una aceptación pasiva, de un solo camino, de la globalización y una aceptación activa del mundo global donde se reconoce que puede haber más de un camino para incorporarse a ella.

 

La ortodoxia económica y social, establecida en los centros intelectuales del mundo desarrollado y en los organismos multilaterales, particularmente el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, que habitualmente expresan los intereses y deseos del G7, favorecen la “imagen” perfecta de la globalización. El principio básico es que todo aquello que resista la libre circulación de bienes, servicios y capitales, es negativo e implica perder posibilidades en términos de crecimiento. Hay, sin embargo, en ese pensamiento dominante una excepción, no menor. La globalización ya no es perfecta, pasa a ser rugosa, apta para definir soluciones nacionales, para encontrar caminos diferentes cuando se trata de la libre circulación de personas. En ese caso las barreras, los controles, las políticas restrictivas y selectivas son defendidas y aplicadas cada vez con más fuerza. Los muros se extienden cuando se trata de trabajadores no calificados, pero las puertas tienden a abrirse cuando se trata de personal calificado en universidades y centros de formación del mundo en desarrollo.

 

Algunos países importantes del mundo en desarrollo -India por ejemplo – han planteado en foros internacionales como la Organización Mundial del Comercio, como estrategia de negociación, una posición diferente: controles para el comercio internacional de bienes y servicios y libertad para el tránsito de personas. Esto es, control para los bienes pero no para los factores de producción o en última instancia libertad para ambos.

 

Más allá de esa discusión, que se repite con frecuencia en grandes conferencias internacionales, la realidad práctica desde el mundo en desarrollo gana si adopta la idea de que la globalización rugosa es más cercana a sus intereses. Lo es porque ello le permite reconocer la existencia de estadios de desarrollo diferentes; de intentar desarrollar nuevos sectores e ir adaptando progresivamente las productividades a los patrones internacionales; de contrarrestar políticas como las que favorecen en el mundo desarrollado la importación de bienes sin elaboración y discriminan por la vía de una escala arancelaria invertida en contra de los bienes con valor agregado, etc.

 

Aceptado este principio de entrar a la globalización con márgenes de acción, la gran diferencia es si el mismo se va a expresar a través de políticas puntuales, ad hoc, de corto plazo o si forma parte de una estrategia global de país. La diferencia es enorme.

 

El puro pragmatismo y casuismo de las políticas puntuales conduce a que las políticas queden en manos de empresarios buscadores de renta, que la corrupción se expanda por connivencia con intereses sectoriales y que el valor de las tecno-estructuras del Estado tienda a decaer. Por el contrario, cuando se define una política nacional estable, con objetivos y horizontes bien definidos, la capacidad de los buscadores de renta se restringe rápidamente y la lucha contra la corrupción tiene dos formidables instrumentos como son el desarrollo de equipos técnicos de alta calidad y la posibilidad de juzgar resultados concretos versus los objetivos que respondan al plan estratégico.

 

Muchas son las voces que se levantan frente a la globalización. Desde quienes asumen un tono decididamente negativo hasta quienes rodean al fenómeno de advertencias y precauciones. La novelista y ensayista francesa Viviane Forrester ha escrito: “No vivimos bajo la garra fatal de la globalización sino bajo el yugo de un régimen político único y planetario, no reconocido: el ultraliberalismo, que rige la globalización y la explota en detrimento de las grandes mayorías. Esta dictadura sin dictador no aspira a tomar el poder sino a dirigir a quienes lo ejercen” (1).

 

El economista de Harvard, Dani Rodrik dice “lo que no me gusta, y en algunas ocasiones también ocurre, es que unos terminen haciéndose inmensamente ricos mientras otros empeoran su situación y la globalización definitivamente juega un papel contribuyendo también a esa segunda consecuencia. (2).

 

Más cerca, nuestro Aldo Ferrer afirma “la globalización es selectiva y abarca las esferas en donde predominan los intereses de los países más poderosos”.(3).

 

Unos y otros tienen razón, pero la globalización como fenómeno tecnológico está allí y parece poco probable pensar un escenario donde haya un retroceso. Por ende, quedan tres alternativas:

rechazarla y quedar al margen de las corrientes tecnológicas, comerciales y de inversión mundiales;

aceptarla pasivamente y reducir los beneficios que de ella pueden sacarse, o

aceptarla de una manera activa, limitando los riesgos y maximizando las posibilidades.

 

Para avanzar en la definición de una inserción activa es útil pensar en cuáles son los elementos básicos a través de los cuales se desarrollan ventajas comparativas y competitivas.

En ese sentido hay que explorar cuatro grandes elementos de competitividad:

 

i) los menores costos laborales;

ii) dotación natural de factores (clima, tierra, minas);

iii) las grandes escalas de producción, y

iv) la diferenciación de bienes y servicios asociados a la disponibilidad de mejores tecnologías de productos y/o de procesos.

 

Los bajos costos laborales son propios de países con una alta disponibilidad de mano de obra, que en economía se define como abundancia de uno de los factores de la producción: el trabajo. Este ha sido, y es aun, uno de los grandes activos de países como China e India, y en menor grado de otros países en desarrollo como Indonesia.

 

La dotación natural refleja obviamente disponer de condiciones privilegiadas de tierra, clima, agua o minería.

 

Las grandes escalas de producción permiten una fuerte reducción de costos fijos, desde la investigación y el desarrollo del producto y de los procesos, hasta la puesta en el mercado, pasando por etapas intermedias como difusión, diseño, cadenas de servicios asociados al bien, etc. Para alcanzar estas escalas son necesarios mercados internos muy amplios en población y en poder adquisitivo y/o fuerte implantación en mercados internacionales relativamente abiertos.

 

Finalmente, se debe disponer de tecnologías que hacen que la variedad, la utilidad, la calidad de bienes y servicios y el ciclo de renovación sea “diferencial” respecto a la disponible en los mercados mundiales.

 

Hay hoy en la escena internacional países que disponen de varios de estos elementos sobre los que se asienta la competitividad. Otros, en cambio, pueden contar con sólo uno.

 

Países como China son hoy temibles en términos de competencia porque disponen de enormes recursos de mano de obra de bajo costo relativo, trabajan con grandes escales de producción y, más recientemente, se ha ido incorporando a la producción de bienes de base tecnológica.

 

Otros, en general los países desarrollados, lo son al mismo tiempo que pagan altos costos de mano de obra y seguridad social. Ello es así porque en compensación disponen de tecnologías de punta y sobre esa base llegan con bienes (bienes de capital y equipamiento en general, medicamentos, etc.) y/o servicios de valor agregado (software, contenidos audiovisuales, por ejemplo) a mercados mundiales des-regulados, con lo que logran así consolidar grandes escalas de producción.

 

Economías de bajo nivel de desarrollo (África) o escasa integración y diversificación y eslabonamiento interno (países petroleros) sólo operan en mercados basados en recursos naturales, muy especialmente la minería.

 

Quedan por último países especializados en bienes altamente diferenciados, con fuertes especializaciones de valor agregado, ya sea en el rubro de bienes (Ej. Israel en equipamiento de seguridad, Italia en cueros, etc.) o servicios (finanzas y administración de carteras como en varios países europeos).

 

Si este es el cuadro general, Argentina y Brasil deberían definir sus estrategias nacionales y Regionales en este marco.

 

Repasando los elementos puede advertirse:

  • que la Argentina tiene población escasa y Brasil relativamente mediana, comparada con la de los países del Sudeste Asiático;
  • que contamos con condiciones naturales, más desarrollo empresario muy importante en sectores productivos de bienes agro-ganaderos y de la pesca, así como con recursos mineros importantes;
  • que salvo en algunos bienes intermedios o excepcionalmente en bienes finales (bienes del agro) nuestras escalas de producción son reducidas, en el caso de Argentina y medianas en el caso de Brasil, y
  • que la inserción mundial aun con escalas productivas más reducidas puede darse sobre la base de la diferenciación de productos. Ello incluye desde los bienes genuinamente de alta tecnología como bienes de capital, hasta bienes alimenticios de elevada calidad, por ende, diferenciados a escala mundial, hasta bienes de consumo con alto diseño, o servicios con valor agregado como pueden ser software, contenidos, etc.

 

En consecuencia – y salvo excepciones – la inserción activa pasa fundamentalmente para nuestros países, por una “base” de recursos naturales -de los cuales la mayoría tienen carácter de renovables (alimentos)– y de especialización en bienes y servicios diferenciados. Mucha de esta diferenciación forma parte de la cadena de agregación de valor a partir de bienes agro-industriales o de recursos naturales en general.

 

En el caso de los recursos naturales y adquiridos (agro-ganadería) hay sin embargo un límite al acceso a mercados, que está hoy impuesto por el lado de las políticas de países que subsidian y protegen exageradamente, la producción local. Entre quienes usan activamente esta combinación de subsidios/protección están nada más y nada menos que Estados Unidos, Unión Europea y Japón, es decir, mercados con gran poder adquisitivo.

 

Es obvio que la situación no es idéntica en el caso de Argentina y Brasil.

 

Basta señalar que la restricción poblacional y la disponibilidad abundante de mano de obra operan mucho más fuertemente sobre Argentina que sobre Brasil.

 

Otro tanto ocurre con las escalas eficientes de producción donde el  tamaño de Brasil es entre dos y tres veces mayor.

 

Frente a esta ventaja relativa de Brasil, Argentina cuenta con la de tener que desarrollar un aparato económico y de empleo mucho menor, lo cual permite alcanzar el equilibrio ocupacional -por ende, social – de manera más fácil.

 

No obstante estas diferencias, en lo fundamental al día de hoy ni Argentina ni Brasil cuentan con las ventajas de disponer de un esquema productivo de país desarrollado, ni cuentan con reservas poblacionales comparables a las del Sudeste Asiático.

 

Está claro que Argentina en particular en términos poblacionales, es un país pequeño que no puede ni debe competir sobre la base de bajos salarios y escasa o nula protección social. Tampoco cuenta hoy, salvo en el sector agropecuario con grandes escalas de producción. Queda por tanto una base comercial de exportación agro-ganadera y pesca y el desafío de acceder a mercados a partir de la diferenciación de bienes y servicios.

 

De la suma del factor escala de producción que brinda el sector primario, de la diferenciación de productos y del progreso tecnológico que podamos desarrollar dinámicamente, depende que el país sea o no capaz de diseñar un esquema de inserción activa en la globalización.

 

Un modelo de esta naturaleza es un modelo de salarios reales y de beneficios sociales altos, al estilo de los países desarrollados. Para que esto sea sustentable, hay una exigencia clara: lograr el avance tecnológico. Este avance puede darse seguramente por combinación de incorporación de tecnologías disponibles en el mundo, por adaptación de tecnologías o, en casos más limitados, por desarrollo de soluciones tecnológicas propias. Esto es únicamente posible en un país que acuerde un papel central a la educación en todos sus niveles, incluyendo la formación de oficios y a la ciencia y tecnología. La fabricación de un dulce, el diseño de un objeto, el tratamiento de insumos del agro, la fabricación de una central nuclear, de un avión, de bienes o servicios informáticos, etc., son inalcanzables sin población con capacidad de absorber métodos, de copiar, adaptar, de innovar.

 

Si no cumpliéramos con masivos procesos educacionales, no seríamos capaces de sacar ventajas de la globalización. Eso vale tanto para los bienes y servicios diferenciados como para el sector primario donde las ventajas tecnológicas que hacen posible las grandes escalas también requieren de un sistema educativo importante.

 

La conclusión podría entonces resumirse en:

 

No a la negación del fenómeno globalizador;

a la preparación, a la definición de la estrategia-país, a la idea de hacia dónde ir, qué hacer, frente a este fenómeno tecnológicamente irreversible;

El reconocimiento de que hay espacio para una estrategia Regional donde las alternativas de Argentina y Brasil difieren más por el “grado” que por la sustancia sin que ello signifique minimizar diferencias y, por ende, alternativas, y

Dar a la educación, en el sentido más amplio, un papel absolutamente fundamental.

 

 

* Ex-Ministro de Economía de la República Argentina

 

(1). “Una extraña dictadura”.

(2). “Entrevista diario Clarín”, 13/04/08”.

(3). “De Cristóbal Colón a Internet: América Latina y la globalización”.