UNASUR, CONTRACARA DEL
PANAMERICANISMO
Mario
Rapoport*
Junio 2008
Desde fines del siglo XX
y comienzos del XXI América del Sur adquiere un nuevo protagonismo en el
escenario internacional. La
Región recibe entonces el impacto de una profunda crisis,
como consecuencia del derrumbe del modelo económico neoliberal y de una
democracia corrupta y deslegitimada. Esto se tradujo en cambios internos de
orden político; en una reafirmación de los vínculos externos existentes y la
creación de otros nuevos entre la mayoría de los países vecinos; y en actitudes
muchas veces adoptadas en común frente al orden económico y político mundial.
Los cambios políticos comenzaron cuando Hugo Chávez accedió al poder en
Venezuela (en 1999, reelegido dos veces), y Lula en Brasil, 2003 (reelegido en
2007). Les siguieron Néstor Kirchner (2003); Tabaré Vázquez en Uruguay (2005);
Evo Morales, el primer presidente
indígena de Bolivia (2006); Rafael Correa (2007) en Ecuador; y Michelle
Bachelet (2006) y Cristina Fernández de Kirchner (2007), las primeras mujeres
en alcanzar el Poder Ejecutivo mediante elecciones en sus respectivos países; a lo que se suma la reciente victoria de
Fernando Lugo en Paraguay. Todos ellos ubicados en un espectro político que va
desde la centro-izquierda al neo-desarrollismo, con expresiones que hacen
recordar experiencias populistas. Pero lo que llama la atención, sobre todo, es
la casi simultaneidad de los procesos y el hecho de que no responden a la
influencia de sectores de poder tradicionales.
Se manifiesta, en cambio,
la ruptura en forma generalizada, de una tradición lejana que viene desde los
albores de los procesos de emancipación sudamericana, cuando los únicos que
podían participar en las decisiones políticas eran los llamados vecinos, excluyendo
tanto a los blancos pobres como a los indios, negros, mestizos y mujeres. La
reactivación económica y la aspiración de lograr una mejor distribución de
ingresos en toda la Región
constituyen, por otra parte, al menos en los programas o discursos oficiales, metas
comunes de los nuevos gobiernos, con políticas que en su elaboración o
aplicación resultan a menudo disímiles y más o menos afortunadas, y distintos
tipos de oposiciones internas, pero orientadas en general a retomar esquemas de
desarrollo productivo, eliminar la pobreza y la desocupación y obtener mayores
grados de autonomía externa.
Culminando este proceso,
la reciente cumbre de países del hemisferio sur realizada en Brasilia sentó las
bases de una nueva institución, mediante la firma del Tratado Constitutivo de la Unión de Naciones
Sudamericanas (UNASUR), un significativo actor global que se suma al escenario
internacional. Las cifras del posible Bloque
son contundentes. En efecto, con 12 países y una población superior a los 376
millones de habitantes parece proyectarse hacia el futuro como un espacio
económico y geopolítico importante: “América del Sur unida moverá el tablero
del poder en el mundo” se atrevió a decir el presidente brasileño Lula. La
inmensa Región bi-oceánica tiene unos 17,7 millones de kilómetros cuadrados y
cuenta, a su vez, con grandes recursos naturales, fundamentalmente petróleo,
minerales y reservas gasíferas para más de un siglo, casi el 30% del agua dulce
del mundo, 8 millones de km2 de bosques, la más grande frontera agrícola
mundial, el mayor volumen de biodiversidad y agua potable del mundo, y el
liderazgo mundial en la producción y exportación de alimentos.
Su propósito inicial es,
sin embargo, político, procurando lograr una mayor unidad de los dos Bloques
existentes: el MERCOSUR y el CAN (Comunidad Andina de Naciones), aunque por
ahora constituye un acuerdo intergubernamental y no un ente supranacional. Pero,
al mismo tiempo, a propuesta de Brasil se agregó en la Cumbre un componente estratégico,
que aunque todavía no fue aprobado dio lugar a la constitución de un grupo de trabajo que
tiene 90 días para definirlo: el proyecto de conformar un Consejo de Defensa de
Sudamérica. No se trata de crear una alianza como la OTAN, sino de constituir un
foro para promover el diálogo entre los ministerios de defensa de la Región. No
obstante, este proyecto tiene un significado histórico: el de romper con un
precedente como el del TIAR (Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca), pacto
firmado en 1947 por los países latinoamericanos con EUA y destinado a hacer
frente a la presunta amenaza soviética en los comienzos de la llamada “guerra
fría”. El nuevo Consejo sería, en verdad, la última frutilla que le faltaba a
la torta dirigida a lograr en forma conjunta una mayor autonomía de la Región, luego del
fracaso del ALCA, la asociación de libre comercio para las Américas propuesta
sin éxito por Washington.
No es casual, sin
embargo, que remedando al memorioso Funes del cuento borgeano, la política
exterior de los Estados Unidos, ocupada sobre todo en Medio Oriente, volviera a
recuperar en su agenda el hemisferio sur del Continente. Una muestra de ello es
la iniciativa de armar nuevamente la IV
Flota, que deberá operar en el Caribe, América Central y
América del Sur desde el 1ro
de Julio, teniendo en cuenta que esa Flota, desmantelada en 1950, no había sido
puesta en funcionamiento a pesar de la crisis de los misiles en Cuba y de la misma Revolución
Cubana. Esta decisión demuestra, en todo caso, que la Región no fue
marginada totalmente de viejas aspiraciones globales, aunque en los últimos
tiempos se abrieron espacios que fueron ocupados por el protagonismo de Chávez,
las transformaciones de la
Bolivia presidida por Morales y, más recientemente, del
Ecuador encabezado por Correa. En cambio, EUA pudo sostener a Uribe a través
del Plan Colombia, con subsidios para la erradicación
de cultivos de coca y el combate contra el narcotráfico, y también a modo de
cuña en relación a vecinos potencialmente peligrosos. Fiel aliado de la
potencia del norte, como lo demuestra su rechazo anticipado a conformar el proyectado
Consejo de Defensa de Sudamérica, el gobierno de Bogotá dio una muestra de su
aprendizaje en materia de operaciones bélicas preventivas atacando en
territorio ecuatoriano a un grupo de las FARC. No es un dato menor este hecho:
por primera vez en América Latina un país vecino violó la soberanía de otro con
la excusa de atacar al enemigo interno, aunque éste se encuentre fuera de su territorio.
Las heridas de ese
acontecimiento no han sido cerradas. El presidente Correa decidió no renovar el
acuerdo que en 1998 le permitió a los Estados Unidos establecerse por diez años en la base aérea de Manta, un
tema crítico en el debate Regional acerca de los límites del poder
estadounidense en América Latina. No en vano la administración Bush
apoyó explícitamente a Colombia en la crisis diplomática que estalló a raíz del
ataque sobre el espacio ecuatoriano. Por otra parte, la inquietante situación
boliviana y los intentos de Washington, aletargados pero latentes, de tener
ingerencia en la región amazónica y, sin duda, en las reservas del acuífero
guaraní, y de sostener la hipótesis de la existencia de células terroristas en
la triple frontera argentino-brasileño-paraguaya, así como su manifiesta
oposición al gobierno venezolano, son señales a tener en cuenta.
La constitución del UNASUR
y la propuesta de un Consejo de Defensa Sudamericano muestran la voluntad de
los países de la Región
de lograr un tipo de integración muy diferente a la vieja idea del
panamericanismo, la alianza política, económica y militar del hemisferio bajo
el liderazgo norteamericano que la potencia del norte impulsó incansablemente,
con distintas modalidades, desde fines del siglo XIX.
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