|
Un nuevo mapa del mundo Celso
Amorim* Octubre 2010
13/09/2010
- Hace siete años, cuando se hablaba de la necesidad de cambios en la geografía
económica mundial o se decía que Brasil y otros países deberían desempeñar un
papel más relevante en Desde entonces, el mundo y Brasil han cambiado a una
velocidad acelerada, y algunas supuestas "verdades" del pasado se van
rindiendo ante la evidencia de los hechos. Las diferencias en el ritmo de su
crecimiento económico con relación a los países desarrollados han convertido a
los países en vías de desarrollo en actores centrales de la economía mundial. La mayor capacidad de articulación Sur-Sur -en Brasil ha intentado de forma osada desempeñar su papel en
este nuevo escenario. Tras siete años y medio de Gobierno del presidente Lula,
la visión que se tiene del país en el exterior es otra. Es innegable el peso
cada vez mayor que Brasil, así como un grupo nuevo de países, tiene hoy en la
discusión de los principales temas de la agenda internacional, desde el cambio
climático al comercio, desde las finanzas a la paz y la seguridad. Esos países
aportan una nueva forma de mirar los problemas del mundo y contribuyen a un
nuevo equilibrio internacional. En el caso de Brasil, ese cambio de percepción se debió, en
primer lugar, a la transformación de la realidad económica, social y política
del país. Avances en los más variados rubros, desde el equilibrio
macroeconómico hasta el rescate de la deuda social, hicieron un Brasil más
estable y menos injusto. Las cualidades personales y el compromiso directo del
presidente Lula en temas internacionales colaboraron para llevar la
contribución brasileña a los principales debates internacionales. Brasil está desarrollando una política exterior abarcadora y
proactiva. Buscamos construir coaliciones que vayan más allá de las alianzas y
las relaciones tradicionales, a las que tratamos sin embargo de mantener y
profundizar, como la formalización de El elocuente crecimiento de nuestras exportaciones hacia los
países en desarrollo y la creación de mecanismos de diálogo y concertación,
como La base de esa nueva política exterior fue la profundización
de la integración sudamericana. Uno de los principales activos de que dispone
Brasil en el escenario internacional es la convivencia armoniosa con sus
vecinos, comenzando por la intensa relación que mantenemos con Argentina. El
Gobierno del presidente Lula se ha empeñado, desde el primer día, en integrar
el continente sudamericano por medio del comercio, de la infraestructura y del
diálogo político. El Acuerdo MERCOSUR-Comunidad Andina creó, en la práctica,
una zona de libre comercio que abarca toda Sobre las bases de una América del Sur más integrada, Brasil
contribuyó en la creación de mecanismos de diálogo y cooperación con países de
otras regiones, fundados en la percepción de que la realidad internacional ya
no permite la marginalización del mundo en desarrollo. La formación del G-20 de
El IBAS respondió a los anhelos de concertación entre tres
grandes democracias multiétnicas y multiculturales, que tienen mucho que decir
al mundo en términos de afirmación de la tolerancia y de conciliación entre el
desarrollo y la democracia. Además de la concertación política y de la
cooperación entre los tres países, el IBAS se convirtió en un modelo para los
proyectos en pro de naciones más pobres, demostrando, en la práctica, que la
solidaridad no es un atributo exclusivo de los ricos. También lanzamos las cumbres de los países sudamericanos con
los países africanos (ASA) y con los países árabes (ASPA). Construimos puentes
y políticas entre regiones hasta ahora distantes unas de las otras, a despecho
de sus complementariedades naturales. Esa aproximación política derivó en
notables avances en las relaciones económicas. El comercio del Brasil con los
países árabes se cuadruplicó en siete años. Con África se multiplicó por cinco
y llegó a más de 26.000 millones de dólares, cifra esta superior a la del
intercambio con socios tradicionales como Alemania y Japón. Estas nuevas coaliciones ayudan a cambiar el mundo. En el
campo económico, la sustitución del G-7 por el G-20 como principal instancia de
deliberación sobre los rumbos de la producción y de las finanzas
internacionales es el reconocimiento de que las decisiones sobre la economía
mundial carecían de legitimidad y eficacia sin la participación de los países
emergentes. También en el terreno de la seguridad internacional, cuando
Brasil y Turquía convencieron a Irán para que asumiera los compromisos
previstos en Una buena política externa exige prudencia. Pero también
exige osadía. No puede basarse en la timidez o en el complejo de inferioridad.
Es común escuchar que los países deben actuar de acuerdo con sus medios, lo que
es casi una obviedad. Pero el mayor error es subestimarlos. A lo largo de estos casi ocho años, Brasil actuó con osadía
y, al igual que otros países en desarrollo, cambió su lugar en el mundo. Esos
países son vistos hoy, inclusive por los eventuales críticos, como actores a
los que les tocan crecientes responsabilidades y un papel cada vez más central
en las decisiones que afectan los destinos del planeta. *Celso Amorim es ministro de Relaciones Exteriores de Brasil. En
sección "Tribuna" de El País.
|