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DISCURSO
DEL PROFESOR MONIZ BANDEIRA ANTE LA UNION BRASILEÑA DE ESCRITORES[1]
Luiz Alberto Moniz Bandeira Octubre
2006 Con
nostalgia y tristeza por su desaparecimiento, quiero antes que nada prestar
homenaje a la memoria de nuestro querido amigo Antônio Rezk, el primero que
investigó el lanzamiento de mi candidatura al Premio Juca Pato,
inmediatamente después de la elección del notable economista, profesor Luiz
Gonzaga Belluzzo, que ya me brindara el honor de escribir el prefacio de la 3ª
edición de mi libro Presencia de los Estados Unidos en el Brasil ,
publicada por la Editora Senac/SP. Ganar
el tan honorable Trofeo Juca Pato, que conlleva el ser elegido el Intelectual
del Año de 2005, constituye para mí el mayor homenaje que podría recibir, al
cumplir 70 años de vida y 50 años de intensa actividad literaria y académica,
pues fue en 1956 que, por indicación del poeta Augusto Federico Schmidt, el
Servicio de Documentación del entonces Ministerio de Educación y Cultura
publicó mi primer libro, un libro de poemas, titulado Verticales. Comencé
a escribir poemas a los 14/15 años de edad. Y poemas, según destacó el
poeta alemán Rainer María Rilke, no son, como algunos creen, simples
sentimientos. Son experiencias. Mis
experiencias, sin embargo, me desviaron de la poesía, primer modo de expresión,
que se diferencia de la prosa, por la esencia, no por la forma y cualidades
superficiales, y pasó a dedicarme, casi exclusivamente, al estudio científico y
a la investigación académica, como cientista político e historiador. Y
fue fundamental para mí el contacto directo con el fenómeno político, que pasé
a tener desde los 15 años de edad, cuando mi prima Isa Moniz de Aragão me llevó
a trabajar con ella en el Diario de Bahía, en el horario de la tarde,
luego de finalizadas las clases del curso, que aún hacía, en el Colegio
Estadual de Bahía. En Río de Janeiro, donde fui a vivir después, a los
18/19 años de edad, en la casa de mi tío, el periodista y profesor Edmundo
Ferrão Moniz de Aragão, a quien le debo gran parte de mi formación intelectual,
pasé a vivir dentro del medio político y a conocer los más diversos personajes
tanto de la política interna como de la política exterior del Brasil. Jean
Jacques Rousseau, en su novela epistolar Julie ou la nouvelle Héloïse, publicada
en 1761, dijo: “Entiendo que es una locura querer estudiar la sociedad (el
mundo) como un simple observador. Quien desea apenas observar no
observará nada ya que, al ser inútil en el trabajo, es un estorbo en la
diversión, no está en ninguno de los dos lados. Observamos la acción de
los demás en la medida en que actuamos nosotros mismos. En la escuela del
mundo, como en la del amor, tenemos que comenzar con el ejercicio práctico de
aquello que deseamos aprender” . También
Kart Kautsky destacó que lo que aprendemos con la simple observación de las
cosas es insignificante comparado con lo que aprendemos por medio de la
experiencia. El
que milita, el que actúa, si está dotado de una suficiente preparación
científica, entenderá con más facilidad el fenómeno político que el estudioso
de gabinete, que nunca tuvo el menor conocimiento práctico de las fuerzas
motrices de la historia. Sin
embargo, los hechos sólo valen por lo que expresan y nada significan si no son
concatenados, con base en una teoría, de modo que permita establecer sus mutuas
relaciones. Aceptar
pura y simplemente la observación y el registro de hechos brutos no es hacer
ciencia. Es resbalar hacia el empirismo estéril. No basta observar
los fenómenos. Es necesario averiguar sus causas, su desarrollo y
consecuencias. A
esta investigación, que tiende a develar los hilos ocultos por atrás de la
superficie de los acontecimientos, algunos, intentando ocultar la realidad, la
llaman teoría conspirativa de la historia. Pero la ciencia busca conocer
y revelar los vínculos que condicionan e interdigan los hechos, coordinarlos, y
no puede descartar las hipótesis, que serán o no desmentidas por la
investigación empírica. “Sabio no es seguramente quien observa y
acumula hechos; si no quien los armoniza e imprime unidad a esos materiales
dispersos: es quien parte del estudio analítico de los fenómenos para
llegar a una apreciación sintética, a la determinación de las leyes generales
que los rigen” – escribió mi tío Egas Carlos Moniz Sodré de Aragão,
catedrático de la Facultad de Medicina de Bahia, en su obra La Vida y sus
Fenómenos Vitales, publicada en 1892, poco antes de su fallecimiento, a los
51 años de edad. A
lo largo de mi vida, no me limité a ser un mero observador. Al mismo
tiempo en que estudiaba ciencias jurídicas, en las cuales me gradué en 1960,
trabajé en importantes periódicos, como el Diario da Noite, Jornal do
Commercio, Correio da Manhã y el Diario de Noticias, de Río de
Janeiro, en los cuales conviví con grandes profesionales, como Nahum Sirotsky,
que actualmente vive en Israel, Luiz Paulistano y Antônio Callado, así como con
dos personalidades extraordinarias, mi prima Niomar Moniz Sodré Bittencourt y
el jurista Francisco Clementito de San Tiago Dantas, luego canciller en el
gobierno de João Goulart. Esta
experiencia, que tuve en la prensa, me permitió el contacto directo con el
fenómeno político, hechos y personajes. Sin embargo, en virtud de mi
formación académica y teórica, no me conformé con la accidentalidad de los
episodios históricos, fuesen nacionales o internacionales, y procuré
interpretarlos en su encadenamiento mediato, en su condicionalidad esencial,
por entender que la ciencia política sin historia es un mero ejercicio
impresionista. Un artículo un ensayo o un libro, evidentemente, no reflejan
solo experiencias. Tuvo
razón mi amigo y colega, el profesor Luiz Gonzaga Belluzzo, al recordar, cuando
recibió el Trofeo Juca Pato, el año pasado, que Johann Christian Friedrich
Hölderlin, otro gran poeta alemán, consideraba el lenguaje el mas peligroso de
los bienes (“der Güter gefährlichstes, die Sprache dem Menschen gegeben”), pero
acentuaba que fue entregada al hombre para que dé testimonio de haber heredado
lo que él es, pues la herencia jamás es una donación, sino un deber. De
hecho, cuando escribo, estoy dando un testimonio de que soy lo que heredé, voy
a revelar el legado que recibí, adaptado al tiempo y a las circunstancias de mi
vida, a mis experiencias en la tierra. Y
algo que heredé y guardo es la memoria paradigmática de un antepasado mío, el
filósofo Antônio Ferrão Moniz de Aragão, que fuera discípulo de Augusto Comte y
quizás el primer introductor del positivismo en el Brasil. Él
liberó a todos los esclavos al regresar de Europa para asumir los ingenios de
azúcar, de su padre, el barón de Itapororoca, uno de los próceres de la lucha
por la independencia en Bahía, fallecido el 5 de Diciembre de 1934. Entendió
que “dueño de ingenio, filósofo y caballero son, en efecto, tres características
difíciles de unir en una sola persona”. Y prefirió ser
filósofo. Dedicó su vida al saber. Esta herencia yo la tenía que
preservar y trasmitirla a mi hijo. Es mi deber. Fue
dentro de tal tradición libertaria y de amor al conocimiento que me crié, al
mismo tiempo que recibía el impacto de la lucha contra el nazi-fascismo,
durante la Segunda Guerra Mundial que aunque trabada en un escenario lejano,
repercutió en Bahía y marcó mi infancia. Los Estados Unidos se mostraban
entonces como el baluarte de la democracia, el paladín de la libertad. A
los 18 años de edad, sin embargo, percibí otro aspecto de la realidad.
Acompañé de cerca, en Río de Janeiro, la crisis político-militar durante la
cual el gran presidente Getúlio Vargas se suicidó, denunciando el dominio y la
expoliación de Brasil por parte de los grupos económicos y financieros
internacionales. “La campaña subterránea de los grupos internacionales
se alió a la de los grupos nacionales sublevados contra el régimen de garantía Y
agregó: “Quise crear la libertad nacional potenciando nuestras riquezas, Estas
palabras me despertaron a la problemática de los intereses económicos, como
eventuales factores de fenómenos políticos, y al estudio de la penetración de
los Estados Unidos en el Brasil, su grado de influencia en los acontecimientos
y sus esfuerzos para impedir el vigoroso surgimiento de industrialización que
se dio durante los años 50 del siglo XX, como consecuencia de la implantación
del complejo siderúrgico de Volta Redonda. El
triunfo de la revolución en Cuba, en 1959, fue otro evento que enriqueció mi
experiencia. Visité la Habana, en Abril de 1960, en la condición de
editor político del Diario de Noticias, de Río de Janeiro, integrando la
comitiva de Jânio Quadros, entonces candidato a la presidencia de la
República. Allá conocí a Fidel Castro, al Che Guevara y a otros.
Asistí a sus conversaciones con Jânio Quadros.
También,
ví aviones, que salían de Miami, vaciando bombas incendiarias sobre cañaverales
cubanos, en las inmediaciones de Santiago de Cuba. Eran acciones de
terror, en el contexto de la campaña, que la CIA ya perpetraba contra el
gobierno oriundo de la revolución, cuyo carácter real no era el comunismo y si
el nacionalismo, la lucha contra el predominio imperial de los Estados
Unidos. A
fin de entender este fenómeno, que fue la revolución cubana, se tornaba
necesaria conocer la esencia de su processus histórico, dentro de las
condiciones de toda América Latina, cuyas contradicciones con el sofocante
predominio de los Estados Unidos, no resueltas, la misma exprimió, y de ahí la
popularidad y el amplio respaldo que también recibió entre todos los pueblos de
la Región. Mientras
pudiese tener como vector la formación de la identidad política nacional, con
la derrota de los que pretendían la integración de Cuba a los Estados Unidos
por parte de los independentistas, la revolución, comandada por Fidel
Castro, no constituyó un fenómeno aislado. Fue
un fenómeno da América Latina, donde el nacionalismo, que se manifestara, en
gran medida, bajo formas nazi-fascistas, durante los años 30 y 40, se inclinó cada
vez más hacia la izquierda, hasta el punto de identificarse con el
comunismo, como en el caso de Cuba, en medio de la Guerra Fría, que se
caracterizaba por la contradicción entre los dos polos del poder
internacional. Desde que la vis atractiva de la Alemania nazi,
como polo de poder económico, político y militar, desapareciera con el término
de la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética se manifestaba como la única
fuerza capaz de contraponerse al predominio de los Estados Unidos. La
manifestación del nacionalismo, bajo las formas de nazi-fascismo o de
comunismo, en diversos países de América Latina, demuestra la necesidad de re-evaluar
los conceptos de izquierda o derecha, una vez que tales tendencias
ideológicas, importadas de Europa, se modificaran, no sólo en su contenido,
sino también incluso en los objetivos que se propusieran, al expresar,
concretamente, otras condiciones económicas, sociales y políticas. Las
contradicciones de América Latina con los Estados Unidos llevaron el
nacionalismo, que en Europa constituyó la expresión política de la
derecha, a manifestarse, en países de América Latina, como fuerza de
izquierda, aún cuando usó la retórica del nazi-fascismo. Y
esto se debe al hecho de que, mientras la permanencia de las palabras tiende a
dar estabilidad al concepto, la realidad es, que el concepto pretende
representar y la palabra exprimir, se modifica a cada instante, está en
movimiento, esto es, en un constante devenir, en un continuo flujo en
que el ser y el no ser se integran, según resaltó el profesor Alberto da Rocha
Barros. Heráclito
ya había enseñado que “todas las cosas fluyen, nada permanece parado”.
Y a él también se le atribuye la frase: “Nosotros entramos y no entramos en
los mismos ríos. Nosotros somos y no somos”. Tanto
el concepto de izquierda y como el de derecha no pueden, por lo tanto,
estabilizarse, en la medida en que precisan acompañar y reflejar la realidad
mutante, dentro de las condiciones geográficas e históricas, económicas,
sociales y políticas de las regiones donde el fenómeno político ocurre. Asistí
a las transformaciones que se procesaron en el mundo a lo largo de la segunda
mitad del siglo XX. Puedo decir también que viví los acontecimientos
ocurridos en el Brasil, desde el suicidio de Vargas, en 1954 y el gobierno de
Juscelino Kubitschek hasta la renuncia de Jãnio Quadros a la presidencia de la
República, en 1961, y al golpe militar de 1964, tanto en la condición de asesor
del diputado Sérgio Magalhães, del PTB, presidente del Frente Parlamentario
Nacionalista y vice-presidente de la Cámara Federal, como de periodista, jefe
de reportaje en el Correio da Manhã y jefe de la sección política del Diario
de Noticias, dos de los más importantes órganos de prensa brasileña. El
golpe militar de 1964 no constituyó sorpresa alguna para mí. La
amenaza estaba latente en la política brasileña, desde que Jânio Quadros
renunciara a la presidencia de la República, con el intento de forzar al
Congreso a otorgarle el poder legislativo y entrar en receso permanente, como
condición para que él retornase al gobierno, frente al impasse político y
constitucional, que se crearía con el veto previsible de los ministros militares
a la investidura del vice-presidente João Goulart en el cargo de presidente,
como su sucesor. Este
designio suyo lo divisé después, porque, aunque nunca fuese adepto a Jânio
Quadros, yo lo acompañaba, al servicio del Diario de Noticias, de Río de
Janeiro, durante la campaña electoral, y poseía un conjunto de informaciones
que me permitieron deslindar el enigma y publicar, dos meses después de la
renuncia, un pequeño libro – El 24 de Agosto de Jânio Quadros - en
el cual revelé que Quadros pretendía dar un golpe de Estado sui géneris, constituyéndose
“como alternativa para la junta militar que él mismo sugiriera”, cuando
muchos aún creían en la hipótesis de que fuera depuesto. El
propio Jânio Quadros, sin embargo, confirmó, en la obra Historia del Pueblo
Brasileño, escrita por él en co-autoría con Afonso Arinos de Melo Franco,
que su propósito, al renunciar a la presidencia del Brasil, fuera del hecho de
constreñir al Congreso, coaccionado por los acontecimientos, a delegarle las
facultades legislativas, sin perjudicar aparentemente, “los aspectos
fundamentales de la mecánica democrática”. Cité
estos episodios, porque, desde el golpe militar de 1964, sufrí todas sus
consecuencias. Estuve exiliado en Montevideo, donde conviví con el
ex-presidente João Goulart, Leonel Brizola, el general Enrique Oest, el coronel
Dagoberto Rodrigues y tantos otros. Volví clandestinamente al
Brasil. En
1969, fui preso por los agentes del CENIMAR, entre los cuales estaba un
americano, agente de la CIA. Después de un año, anulada la sentencia de
la Auditoria de Marina, fui libertado, pero otra vez, a comienzos de 1973, la
Marina de Guerra mandó prenderme. Así pasé más de un año encarcelado en
el Regimiento Marechal Caetano de Farias, en Río de Janeiro.
Solamente
en las vísperas de Navidad de 1973, fui soltado y, regresando a San Pablo, pude
retomar las actividades académicas, luego de diez años, los cuales viví como
exiliado, clandestino, semi-clandestino y preso, debido a mi participación
en la resistencia y oposición al régimen militar. Mi querido y nostálgico
amigo Mauricio Tragtemberg me invitó para sustituirlo como profesor en la
Escuela de Sociología de San Pablo. Y pude hacer mi doctorado en ciencia
política en la Universidad de San Pablo. A
pesar de ser perseguido, durante diez años, nunca paré de producir. No
puedo dejar aquí de mencionar un hecho que marcó mi carrera académica. Al
salir de prisión, a fines de 1970, mi querido amigo Ênio Silveira, propietario
de la Editorial Civilização Brasileira, me sugirió que escribiera sobre la
penetración de los Estados Unidos en el Brasil y mensualmente me adelantó los
derechos de autor, de modo que yo pudiera sustentarme, además de suministrarme
los recursos para la realización de la investigación. Conté
entonces con el respaldo de un escritor Ballano, Adonias Filho, considerado de
derecha y ligado a los militares, pero amigo mío y de Enio Silveira. Él,
como director de la Biblioteca Nacional, en Río de Janeiro, me dio ahí un
despacho especial y acceso a todos los libros y documentos para que yo pudiera
trabajar. También
conté con otros amigos dentro de Itamaraty y el apoyo de Alzira Vargas de
Amaral Peixoto, hija de Getúlio Vargas, y de Euclides Aranha Neto, hijo del
ex-canciller y embajador Oswaldo Aranha, que me abrieron sus archivos. Trabajé
día y noche y, cuando fui nuevamente condenado por la Auditoría de Marina bajo
la acusación de incitamiento de motín, escapé otra vez para San Pablo, donde
terminé el libro, en la clandestinidad, con cobertura de Aldo Lins y
Silva. Al
ser llevado nuevamente a prisión, a comienzos de 1973, ya había entregado los
originales a Ênio Silveira. El libro se titula Presença dos Estados
Unidos no Brasil (Dois sécalos de História). Fue lanzado, en
Septiembre de 1973, mientras yo estaba encarcelado en el Regimiento Marechal
Caetano de Farias. Conté
tales hechos porque ellos consustancian mi experiencia y desde entonces
pautaron mis estudios e investigaciones. Y fue a partir de ahí que traté
de ampliar la investigación histórica, en los archivos, y profundizar aún más,
mis conocimientos sobre los Estados Unidos, considerándolo como la expresión
más avanzada del sistema capitalista mundial, cuyo dominio se tornara
inigualable luego de la Segunda Guerra Mundial, aunque contestado por la Unión
Soviética y el Bloque Socialista. El
único medio de comprender el fenómeno, según lo enseñó Karl Kautsky, es
saber como comenzó. No se puede comprender la sociedad actual sin
saber como surgió, como sus varios fenómenos (capitalismo, feudalismo,
cristianismo, judaísmo, etc.) se desarrollaron. De ahí que el cuentista
político deba ser necesariamente historiador. Los
Estados Unidos configuran un producto directo de la gran revolución inglesa de
1648. Y el capitalismo fue el único modo de producción que tuvo capacidad
de expansión mundial, extendiéndose a todas las regiones del planeta y
tendiendo siempre a eliminar todas las otras formaciones económicas naturales,
pre-capitalistas y no-capitalistas, necesarias a su alimentación y
desarrollo. La
economía mundial capitalista no constituye, por lo tanto, un conjunto de
economías nacionales, sino un todo, una realidad viva, una unidad
superior. Ella integra, como un bloque asimétrico, potencias industriales
y países agrícolas y atrasados o en vías de desarrollo. Y
de ahí la imposibilidad de instituir, en el modelo nacional, un sistema
armónico y autosuficiente, con todos los ramos económicos, sin considerar las
condiciones geográficas, históricas y culturales del país, que solamente
constituye un pedazo de la unidad económica mundial. La
división internacional del trabajo y de las fuerzas productivas, y la creación
del mercado mundial, así como la subordinación de la industria en la Unión
Soviética a la tecnología extranjera y a la importación de materias primas
hacían, por consiguiente, inviable la sustentación de una sociedad socialista,
planificada, a mediano o a largo plazo. No podía ser asimilada por el
sistema capitalista mundial. Y
así es por lo que Lenin retrocedió del comunismo militar o comunismo de guerra,
implantado durante los años de la guerra civil, y restableció el
funcionamiento de la economía de mercado, con la adopción de la NEP (Novaia
Ekonomitcheskaia Política), a partir de 1922, no como táctica, a fin de
enfrentar dificultades momentáneas, y sí como estrategia de desarrollo de las
fuerzas productivas, necesario al socialismo. Él concebía el capitalismo
de Estado como el capitalismo privado, permitido y controlado por el
Estado, y no como la propiedad y la operación de las empresas por el Estado. Stalin,
mientras tanto, liquidó la NEP en 1927 y, con la perspectiva de instituir el
socialismo dentro de las fronteras nacionales de la Unión Soviética, trató de
implementar el Plan Quinquenal (1928/1933), promoviendo la radical
colectivización de las tierras y acelerando, brutalmente, el proceso de
industrialización. Kart
Kautsky, en aquel tiempo, criticó el régimen soviético por haber transportado
los métodos del “absolutismo monárquico” de la política para las
industrias, aumentando más y más los poderes de los directores de fábricas
sobre los operarios, no obstante, sometiendo a los mismos directores a tal
subordinación al aparato político que les quitaba toda la capacidad de actuar
con independencia y así poder tomar por cuenta propia cualquier iniciativa en
el proceso de producción y distribución. Y,
a través de la restricción del consumo a un mínimo absolutamente intolerable,
el Estado se apropió del excedente económico, con el cual se dispuso a crear y
organizar usinas, centrales de energía eléctrica, industrias de máquinas y
equipamientos, así como de otros bienes de capital. Esta
acumulación primitiva de capital, en que la socialización se convirtiera ya no
más en consecuencia pero sí en vía de desarrollo, sólo fue viable también
mediante la socialización del terror. Alrededor de 1931, Stalin ya
habría mandado ejecutar, como mínimo, un millón de ciudadanos soviéticos o,
según el historiador Roy Medvedev, cerca de 12 millones, además de otros 38
millones, que sufrieron las más variadas medidas de represión (prisión, campos
de trabajo, etc), y determinó, en los 10 años siguientes, esto es, hasta 1941,
el fusilamiento de más de 100.000 dirigentes bolcheviques, entre los cuales
todos o prácticamente todos los compañeros de Lenin. No
sin razón Leon Trotsky, en 1935, previó que, sin la restauración de la libertad
política y sindical, el prolongado aislamiento de la Unión Soviética, dentro de
una economía mundial de mercado, acarrearía, finalmente, la restauración del
capitalismo y el surgimiento de una nueva clase poseedora. De
hecho, el colapso de la Unión Soviética y del Bloque Socialista no negó,
sino que confirmó la conclusión a las que Karl Marx había llegado,
expuestas en el prefacio de Zur Kritik der Politschen Ökonomie, según
las cuales una formación social nunca se desmorona sin que las fuerzas
productivas dentro de ella estén suficientemente desarrolladas, y que las
nuevas relaciones de producción superiores jamás aparezcan, en el lugar, antes
que las condiciones materiales de su existencia sean incubadas en las
entrañas de la propia sociedad antigua. Ni Marx ni Engels jamás
concibieron el socialismo como vía de desarrollo o modelo alternativo para
el capitalismo, sino como consecuencias de su expansión, de su
madurez. Sin
el rápido perfeccionamiento de los instrumentos de producción y el constante
progreso de los medios de transporte y de comunicación, conque la burguesía
arrastraba hasta a las naciones más bárbaras a la civilización, no sería
posible su implantación. Lo
que viabilizaba, científicamente, el socialismo, de acuerdo con la teoría de
Marx y Engels, era el alto nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, que
el capitalismo impulsaba, pero que, al mismo tiempo, socializaba cada vez más
el trabajo, tornaba el progreso discriminatorio y excluyente, en virtud del
carácter privado de la apropiación del excedente económico. Sólo
en dichas condiciones, el aumento de la oferta de bienes y servicios, en
cantidad y en calidad, podría alcanzar un nivel en el que la liquidación de las
diferencias de clase constituyese un verdadero progreso y tuviese consistencia,
sin acarrear consigo el estancamiento o, inclusive, la decadencia del modo de
producción de la sociedad, según lo advirtiera Engels. La
desintegración de la Unión Soviética y de todo el Bloque Socialista demostró
que el capitalismo, como sistema económico mundial, no había agotado su
capacidad de desarrollo. Y le dio un nuevo respiro, le abrió un
nuevo campo de expansión. El surgimiento de la nueva área, el Este
Europeo, con grandes zonas de economía no-capitalista, amplió el círculo de
consumo para el capital, como mercado para la inversión de su excedente
económico y como reserva de fuerza de trabajo, posibilitándole el incremento de
la reproducción, la acumulación. Así,
los Estados Unidos, que ya se habían convertido en la potencia dominante en
Occidente, liderando el cartel de las grandes potencias capitalistas,
pudieron avanzar en su proyecto de instituir un imperio global. Y
disponían por lo tanto de todas las condiciones. Así,
actualmente, los Estados Unidos responden por cerca del 25% del PBI mundial,
están al frente del desarrollo científico y tecnológico, con cerca de 50% de
las patentes requeridas en todo el mundo, su poderío militar, con 7.000 ojivas
nucleares, es superior al de todas las demás potencias y se expande por todos
los países del mundo, donde tiene bases instaladas y más de 300.000 soldados
acuartelados. Controlan la economía mundial por medio del FMI, Banco Mundial,
Banco Interamericano de Desarrollo y otras instituciones y tratados. También
los Estados Unidos extienden su preeminencia, a nivel cultural, a través del
control de la información y de aparatos ideológicos, como la CNN, Internet,
las agencias de noticias, el cine de Hollywood, las sectas evangélicas
fundamentalistas, fundaciones académicas. E, igualmente, diversas
instituciones como National Endowment for Democracy, Internacional
Republican Institute, National Democratic Institute for Internacional
Affairs y el American Centre for International Labour, brazo de la
política exterior de la AFL-CIO, promueven intereses de los Estados Unidos, en
todos los países, donde sus servicios de inteligencia igualmente conducen
acciones encubiertas, manipulando y subvencionando la oposición interna a los
gobiernos que eventualmente contraríen los intereses políticos y estratégicos
de Washington. Al
escribir la obra A Formação do Imperio Americano no pretendí producir un
libro sobre la historia de los Estados Unidos, ni de la sociedad
americana. Ya hay muchas obras, narrando la historia de los Estados
Unidos, una historia en gran medida pasteurizada por los autores. Mi
objetivo fue hacer un análisis estructural, en su
dimensión histórica, del proceso que posibilitó a los Estados Unidos
convertirse, en menos de un siglo, en una superpotencia, un super-Estado
internacional, entendido como el dominium que ejerce imperium (poder)
sobre los hombres (para el caso sobre otros Estados), de acuerdo al concepto
amplio de Nicolò Machiavelli (1469/1527). Investigué
y recogí informaciones que están en las más diversas fuentes, fuentes
primarias, diarios, memorias de presidentes de los Estados Unidos, secretarios
de Estado, asesores de Seguridad Nacional, agentes de la CIA y de otros
servicios de inteligencia, gangsters, que mantuvieron reracionamientos
con presidentes americanos, etc. Las cotejé, así como crucé todos los
datos que existen pero están dispersos, fragmentados y, por esto, no permiten
al público, de modo general, conocer la causa y la esencia del fenómeno
político, de los diversos episodios históricos, episodios domésticos o
internacionales, o que se dieron en otros países, con la participación directa
o indirecta de los Estados Unidos. A partir de ahí traté de reconstruir
el mosaico que la formación Imperio Americano configuró. La historia
es un emerging design. El
cuentista político portugués Antônio de Sousa Lara destacó muy bien que los
Estados Unidos “configuraban un modelo victorioso, o mejor aun, configuran el
núcleo duro de un modelo que alcanzó suceso, la supremacía sobre todos los
otros modelos político-económicos y sociales y que se tornó hegemónico”. Sin
embargo, “como no hay bella, sin un pero”, según ponderó, los Estados
Unidos, aunque configuren el “único Estado que tiene poder político sin igual
en el orden interno, superior en el orden externo (…), el único Estado
verdaderamente soberano en la faz de la Tierra”, constituye también una
sociedad materialista, egoísta, hedonista, de desperdicio, de degradación de la
naturaleza, progresivo irrespeto por los más débiles, dentro de la “teoría de
los descartables”, que anima a la sociedad de consumo a que todo se puede tirar
a la basura, desde los animales domésticos incómodos y los fetos no deseados a
los enfermos terminales, ascendentes y parientes viejos y muy viejos “que
insisten en no morir”. El
modelo capitalista victorioso en los Estados Unidos, pues, no está exento de
paradojas, como aun resaltó Sousa Lara, y para comprenderlo es fundamental
percibir cómo surgió, cómo se formó, cómo se desarrolló su realidad histórica,
tanto económica y social como política y cultural. Naturalmente,
tenía que partir de una teoría y ningún otro concepto, salvo el del imperio,
que puede, por consiguiente, exprimir mejor, y de modo más aproximado, tanto
como sea posible, la realidad que los Estados Unidos pasaron a configurar,
sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, y el carácter imperialista de
su política internacional. Evidentemente,
ninguna formación económica, social y política se repite o se reproduce, con
las mismas características, a lo largo de la historia. El
imperialismo, además, no constituye solo un fenómeno del capitalismo,
resultante de la fusión del capital bancario con el capital industrial,
generando el capital financiero, que pasa a controlar todo el proceso
productivo. Según
reconoció Lenin, la política colonial y el imperialismo ya existían antes de la
fase actual del capitalismo y, aún así, antes del capitalismo”, a ejemplo de
Roma, cuyo sistema productivo se basaba en la esclavitud. No fue Lenin,
sin embargo, quien desarrolló la teoría del imperialismo. Los conceptos
básicos fueron formulados por los economistas Rudolf Hilferding (1877/1941),
John Atkinson Hobson (1858 /1940) y Rosa Luxemburgo (1870 /1919). Fue en
los dos primeros que Lenin se apoyó y muy poco o nada agregó, excepto la
esperanza de que el capitalismo, en su fase imperialista, condujese plenamente
a la socialización de la producción, en sus más variados aspectos, y arrastrase
a los capitalistas, a pesar de su voluntad y conciencia, a un cierto nuevo
régimen social, de transición entre la libertad plena de competencia y la
socialización completa. No
consideró que el imperialismo constituyera la expresión política del proceso de
acumulación del capital, en lucha para conquistar las regiones no-capitalistas
que aún no se encontraban dominadas y que estas regiones, en aquel tiempo, aún
abarcaban gran parte de la Tierra. Ignoró el aporte de Rosa Luxemburgo y
atacó violentamente la hipótesis de Kautsky. Pero
el hecho fue que la revolución social no se extendió en Europa y, luego de la
Segunda Guerra Mundial, en que los Estados Unidos e Inglaterra disputaron con
Alemania el dominio mundial, el cartel de las potencias industriales de
Occidente se consolidó, en la confrontación con la Unión Soviética y el Bloque
Socialista. La
realidad ya no era más la existente a fines del siglo XIX y las primeras
décadas del siglo XX, en que las potencias industriales – Inglaterra, Francia y
otras – repartían el mundo y acoplaban a sus economías, como colonias, las
regiones agrícolas, las regiones más atrasadas, en que la guerra era la
competencia comercial por otros medios, por medio de las armas. El
imperialismo no era “el capitalismo de transición o, más apropiadamente,
agonizante”, como imaginaba Lenin, juzgando que la revolución social que
estallara en Rusia iba a extenderse al resto de Europa23. La
política imperialista de aquel tiempo, de la Belle Époque, sería
desalojada por otra nueva, ultra-imperialista, en que la explotación común por
el capital financiero unido internacionalmente sustituiría el conflicto bélico
entre las grandes potencias industriales, de acuerdo a la previsión de
Kautsky. Las guerras, para el consumo de material bélico, se desviaron
hacia la periferia del sistema capitalista. Dado
que la realidad se modifica a cada instante, está en movimiento y continúa su
mutación, el concepto de imperialismo, en la medida en que debe y precisa
acompañar y reflejar esta realidad, no puede más, por lo tanto, estratificarse
con base en el modelo económico y político de Roma, como también en el modelo
de Inglaterra, Alemania o Francia, a fines del siglo XIX y principios del siglo
XX, no obstante puedan existir elementos y trazos comunes de
identificación. El
concepto de imperialismo debe acompañar, evolucionar y reflejar la
transformación en las relaciones económicas y políticas internacionales,
ocurridas, principalmente, a partir de la Segunda Guerra Mundial, como, por
ejemplo, la desaparición formal de las colonias, en la década de 1960, y la
aparición de los NICs (New Industrializing Countries). El
hecho que, actualmente, un país exporta capitales y hace inversiones en el
exterior no significa que sea imperialista, que practique una política
imperialista. Si fuese así, Portugal, España, China, África del Sur, el
Brasil y otros diversos otros países serían imperialistas.
Las
fuerzas productivas del capitalismo, en los más variados países, pretenden pasarse
de la estrecha raya del Estado nacional, al mismo tiempo en que se acentúa
el proceso de internacionalización/globalización, de concentración del poder
económico y político, a escala mundial, de la economía. No puede tomarse
más la pura y simple exportación de capitales como parámetro del imperialismo. El
imperialismo, en la actualidad, asumió nuevas características, las
características de ultra-imperialismo. Implica una política de poder, y
los Estados Unidos configuran la única potencia capaz de ejecutarla, con el
objetivo estratégico de asegurar fuentes de energía y de materias primas, así
como las inversiones y mercados de sus grandes corporaciones, mediante el
mantenimiento de bases militares, en las más diversas regiones del mundo, en
las cuales avanzan sus intereses, a través de los medios de comunicación,
acciones encubiertas de los servicios de inteligencia, lobbies, corrupción,
presiones económicas directas o indirectas por medio de organizaciones
internacionales, como el Banco Mundial, el FMI, donde detentan la posición
mayoritaria. La
economía de los Estados Unidos, cuyo dólar representa la principal moneda
internacional de reserva, está estrechamente entrelazada con el mercado
mundial, a través de flujos de importación y de exportación, con déficit
crónico comercial que alcanzó el record con U$S 725.8 billones, en 2005, cerca
del 17,5% más que en 2004, así como a través de flujos financieros, remesas,
lucros, intereses, amortizaciones, royalties y dividendos, oriundos de
sus inversiones directas e indirectas, y de captación de capitales con la venta
de bonos del Tesoro americano. Este
entrelazado es tan profundo, la dependencia es de tal magnitud que la política
monetaria dictada por el Federal Reserve Bank (FED), elevando o
disminuyendo las tasas de interés, o las decisiones del gobierno americano y
del Congreso, al imponer o abolir impuestos, y subsidios repercuten sobre la
economía de los más diversos países y pueden sacudir todo el sistema
capitalista mundial. A
fin de mantener la hegemonía, el Estado americano financia los programas de
investigación científica y tecnológica, sobre todo a través de presupuesto de
Defensa, que alcanzó niveles record durante la administración del presidente
George W. Bush. También
el Estado americano subsidia indirectamente las industrias bélicas, siderurgia,
metalurgia, fibras ópticas, etcétera, mediante la compra de armamentos y otros
pertrechos de uso militar o dual. Y
de modo de mantener el complejo industrial-militar, la connivencia entre las
grandes corporaciones, contratistas de obra (contractors), y el
Pentágono, el gobierno de los Estados Unidos tiene siempre que crear “nuevas
amenazas” a su seguridad y a la way of life de los americanos, así como
a los intereses nacionales de los Estados Unidos, intereses estos
consustanciados, en el exterior, tanto por la protección de las fuentes de
energía, el petróleo, y del acceso a los mercados externos, como por el
respaldo y defensa de los países clientes, a ejemplo de Arabia Saudita, Israel
y Egipto. La
producción en gran escala de armamentos, de pertrechos militares de tecnología
de punta y alto costo, implica, por lo tanto, no sólo la necesidad de
probarlos, sino también de consumirlos en condiciones de guerra real, a fin de
que el Pentágono pueda hacer nuevas entregas, que mantengan el proceso de
reproducción, y descartar los armamentos antiguos, de generaciones anteriores,
vendiéndoselos a los países clientes, a los centinelas del Imperio, según la
expresión de la politóloga americana Jan K. Black. Los
Estados Unidos, donde, sobre todo en la segunda mitad del siglo XX, la
polarización política y la desigualdad económica se entrelazan cada vez más y,
en 2002, cerca de 34,6 millones, casi el total de la población de Argentina,
vivían por debajo del índice de pobreza, presentan, sin embargo, un elevado
nivel de vulnerabilidad. Según
la Heritage Foundation, ligada al Partido Republicano, se espera que el
déficit fiscal de los Estados Unidos se eleve a U$S 1 trillón por año, hasta el
2017. Este déficit se conjuga con el déficit comercial, que, según
anunció el Departamento de Comercio de los Estados Unidos, en Febrero de 2006,
batió un nuevo record, en 2005, alcanzando el monto de U$S 725.8 billones.
Esta tendencia, que se acelera, llevó al Fondo Monetario Internacional , a
comienzos de 2004, a advertir que el déficit fiscal y el creciente
desequilibrio comercial, twin deficits, iban a elevar la deuda externa
de los Estados Unidos en tales proporciones que quebraba todos los record y
amenazaba la estabilidad de la economía global, generando “significant
risks” para todo el mundo. Efectivamente,
a partir del primer mandato del presidente George W. Bush, los Estados Unidos
tomaron préstamos de los gobiernos y bancos extranjeros más que en todas las
administraciones desde 1776 a 2000. Su deuda externa alcanzaría, el 30 de
Junio de 2003, la cifra de U$S 6 trillones, de los cuales U$S 1.270 trillones
del principal, de acuerdo con el informe del Departamento del Tesoro.
Correspondían a los Estados Unidos, en 2004, cerca del 22% de la deuda externa
combinada de 206 países, listados por el Factbook, de la CIA, en
un valor total de U$S 38,54 trillones. Y,
de acuerdo con el World Factbook, de la CIA, la deuda nacional de los
Estados Unidos, en 2005, representaba el 64.7% del PBI, estimado en U$S 12,49
trillones, mientras la deuda externa de China, con un PBI calculado en U$S 2,
225 trillones, era del orden de U$S 242 billones. Y, en el primer semestre
de 2006, la deuda externa de los Estados Unidos tendía a crecer, en una media,
de U$S 628 millones todos los días. La deuda del gobierno federal, en
Junio de 2006, ya estaba en el entorno de los U$S 8,3 trillones. El
alta del precio del petróleo, del cual la guerra en Irak lleva sacado 1,5
millones de barriles/día del mercado, y de oro, así como la valorización del
euro son síntomas de la profunda crisis que esconde la economía
americana. Los
Estados Unidos emiten dólares, sin base, para pagar la energía, commodities y
manufacturas que importan, y los países que les venden, tales como Arabia
Saudita, China y otros, con los mismos dólares sin base compran bonos del
Tesoro Americano. En
otras palabras, son los bancos centrales de otros países que continúan
financiando el déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos de los
Estados, que en 2005 alcanzó el record de U$S 805 billones, 25% más que en 2004
y el equivalente a 6,4% del PBI28. Las
estadísticas del Departamento del Tesoro indicaban, a fines de 2004, que los
extranjeros detentaban el 44% del débito federal en poder del público.
Cerca de 64% de los 44% estaban en poder de los bancos centrales de otros
países, la mayor parte de los bancos centrales de Japón y de China. Sólo
China detenta cerca de U$S 854 billones, el valor más alto que el déficit de la
cuenta corriente de la balanza de pagos de los Estados Unidos. Esta
situación genera ciertamente un enorme potencial de riesgo para los Estados
Unidos, si los bancos pararan de comprar los bonos del Tesoro o comenzaran a
venderlos, masivamente, en el mercado. Lo que aparta, por el momento, la
perspectiva de colapso es el hecho de que el dólar es la moneda internacional
de reserva. Aparta, pero no elimina la amenaza. “The
most world’s richest, most powerful country, depends on the savings of the
world’s poorest” – exclamaron Bill Bonner y Addison Wiggin, en su obra Empire
of Debt. Pero
¿hasta cuando? La burbuja financiera de los Estados
Unidos, inflada de esta manera, va a explotar, día más día menos. El 28
de Marzo de 2006, el Asian Development Bank advirtió a sus miembros en el
sentido de que se preparasen para un posible colapso del dólar, que, aunque
incierto, tendría graves consecuencias para la economía mundial. El financista
George Soros considera que el estallido de la burbuja es inevitable y previo
que se daría en 2007. Señales muy similares a las que
marcaron el declive y la caída del Imperio Romano, descritos tan magistralmente
por Edward Gibbon, se manifiestan y acentúan en los Estados Unidos. Sin
un estado de guerra permanente la economía de los Estados Unidos deja de
funcionar. La paz es contraria a sus intereses. Lo mismo sucedió
con el Imperio Romano, cuya economía, en la forma que finalmente alcanzó, se
basaba en la guerra. El Imperio Americano,
militarista, necesita también de guerras para mantener su economía en
funcionamiento, reducir el número de desocupados, etc. Ya se enfrenta,
sin embargo, con serias dificultades para frenarlas en más de un escenario de
operaciones. Los gastos con las guerras en Irak, donde los Estados Unidos
ya sufrieron más de 2.510 bajas, y en Afganistán, donde las fuerzas de la OTAN
pierden más y más soldados cada año, sin conseguir dominar la situación,
concurren para agravar la perspectiva de una grave y profunda crisis en su
economía. La guerra en Irak y en Afganistán está perdida para los Estados
Unidos. Dentro de tres o cuatro años, tal
vez menos, los Estados Unidos, cualquiera sea su presidente, tendrán que retirar
las tropas de Irak. La crisis en Oriente Medio, mientras
tanto, tiende a agravarse. Aunque no sea el único factor, la política del
presidente George W. Bush, con la llamada guerra contra el terrorismo, es en
gran medida responsable por el recrudecimiento del conflicto en Palestina y que
ahora se extiende al Líbano. El Estado de Israel, por cierto,
tiene el derecho de existir. Es una realidad irreversible y no se puede
pretender destruirlo como intentan los radicales, fundamentalistas
islámicos. Nada, sin embargo, justifica la masacre de civiles y la
devastación de la infraestructura del Líbano y de la Franja de Gaza que las
fuerzas armadas de Israel van a perpetrar, como gendarme del Imperio Americano,
a fin de extirpar a Hizbolah, la milicia chiita apoyada por Irán. Israel
pierde lo que le queda de autoridad política y moral, así como compromete su
economía y el futuro de su propia seguridad. Los Estados Unidos no podrán
sustentarlo, indefinidamente, en medio de los pueblos musulmanes, que pasarán a
hostilizarlo y amenazarlo cada vez más, como consecuencia del odio y del
sentimiento de venganza generados por tamaña ferocidad. Si la decadencia del Imperio Romano
duró muchos siglos, la decadencia del Imperio Americano probablemente llevará tan
solo unas décadas. El desarrollo de los medios de comunicación y del
transporte imprimió una mayor velocidad a la civilización moderna. El desarrollo de las herramientas
electrónicas, la tecnología digital, imprimieron velocidad al tiempo.
Y la caída del Imperio Americano será tan vertiginosa, dramática y violenta
como su ascensión. [1] La Unión Brasileña de Escritores le concedió el
Trofeo Juca Pato, que lo reconoce como
el intelectual del año 2005 |