EL Nacionalismo en EL
centro Y eN La periferia
dEL capitalismo
Luiz
Carlos Bresser-Pereira
Publicado en Estudos Avançados 62, Enero/Abril 2008
Resumen. En este trabajo, en primer lugar, sostengo que
el nacionalismo es una de las ideologías de las sociedades modernas, junto con el
liberalismo, el socialismo, el eficientismo y el ambientalismo. Enseguida, en
la primera sección, defino a la nación como la forma de sociedad políticamente
organizada que nace con la revolución capitalista y lleva a la formación de los
Estados-nación, y al nacionalismo como la ideología correspondiente: su objetivo
es la autonomía y el desarrollo económico nacional. En la segunda sección,
distingo el nacionalismo de los países centrales del de los países periféricos;
mientras que en los primeros el nacionalismo es implícito, en los periféricos es
explícito o deriva al cosmopolitismo. En la tercera sección, argumento que, aunque
el imperialismo sea inevitable entre países fuertes y débiles, cambiará de
características en la medida en que esa relación de fuerzas se modifique gracias
al nacionalismo de los dominados. Todavía en esa sección, hago una breve referencia
al Brasil. Finalmente, vuelvo a las ideologías del capitalismo para mostrar
que, a diferencia de las otras, el nacionalismo es una ideología individualista
– lo que aumenta la resistencia a ella y facilita la tarea de dominación de los
países centrales. No obstante, el nacionalismo no muere porque es un principio
organizador de la sociedad capitalista.
Palabras clave:
Ideología, Nación, Nacionalismo, Globalización.
Abstract:
In this work I show that nationalism, together with liberalism,
socialism, efficientism and the environmentalism, is one of the ideologies of
the modern societies. In the first section, I define nation as the form of
society politically organized that is born with the Capitalist Revolution and
leads to the formation of the nation-state, and nationalism as the
corresponding ideology: its objective is the autonomy and the national economic
development. In the second section, I distinguish the nationalism of the
central countries from that one of the peripheral countries; while in the first
the nationalism is implicit, in the peripherals is explicit or then turn to the
cosmopolitism. In the third section I argument that the imperialism, even being
inevitable between strong and week countries, will change its characteristics
when this relation of forces is modified as a consequence of the nationalism of
the dominated ones. Still in this section, I make one brief reference to Brazil.
Finally, I come back to the ideologies of the capitalism to show that,
differently from the others, the nationalism is a particularist ideology, which
increases the resistance to it and facilitates the task of domination of the central
countries. Yet, the nationalism does not disappear because it is an organizer
principle of the capitalist society.
Keywords:
Ideology, nation, nationalism, globalization.
El nacionalismo es una ideología individualista en vez de
universal, y cuando asume un carácter radical sus consecuencias son terribles –
más violentas que las resultantes de la radicalización de las otras grandes ideologías
del capitalismo. Por eso – y también porque a los países ricos no les interesa
su existencia en los países en desarrollo –, el nacionalismo es una ideología
de la que siempre se sospecha. Sin embargo, como el nacionalismo es la
ideología que legitima a las naciones, y dado que la sociedad moderna está organizada
territorialmente en Estados-nación, es una ideología fuerte y omnipresente. Las
otras ideologías también son importantes, pero como la competencia entre los Estados-nación
es el factor económico y político de más amplio alcance en el capitalismo
global, el nacionalismo, aunque muchas veces sea disfrazado, o negado, siempre tiene
un papel central.
Durante la guerra fría el conflicto ideológico
principal parecía ser entre liberalismo y socialismo, pero en cuanto la Unión Soviética
entró en colapso quedó claro que aún el conflicto Estados Unidos- Unión Soviética,
era entre dos nacionalismos. Además, cuando vemos la experiencia más extraordinaria
de ingeniería política de la historia (la construcción de la Unión Europea)
podemos interpretarla como una negación del nacionalismo y de hecho lo es en la
medida en que resultó de la decisión de Francia y de Alemania de que limitarían
sus nacionalismos y no harían la guerra. Pero también podemos pensar a la Unión Europea
como el proceso de creación de una “nación” más amplia, multiétnica y multilingüe
– la nación europea – por medio de la formación de un Estado-nación más amplio,
al mismo tiempo que se preserva la identidad nacional de sus diversos
componentes.(1) El nacionalismo sigue, por lo tanto, teniendo un papel decisivo
en la vida política de la humanidad. Conforme lo observó Benedict Anderson
(1991, p.3), “el fin de la ‘era del nacionalismo’, tan insistentemente
profetizado, no está ni siquiera remotamente a la vista. De hecho, el
sentimiento de pertenencia a una nación es el valor más universalmente legitimado
de la vida política de nuestro tiempo”.
El nacionalismo es fruto de la revolución
capitalista que, además dio origen a otra ideología de origen burgués, el
liberalismo, y a tres ideologías – el socialismo, el eficientismo y el
ambientalismo – cuyas orígenes son, respectivamente, la clase trabajadora, la
clase media profesional y las clases medias en general. El liberalismo es la
ideología de la libertad de pensamiento y expresión y de la libertad económica;
es tanto el sistema de valores y creencias que justifican los derechos civiles
como la tesis no necesariamente radical del laissez-faire
o de la mano invisible. Una ideología originalmente revolucionaria contra
el Estado absoluto y el mercantilismo, se transformó en una de las bases del
conservadorismo moderno. No obstante, el liberalismo sigue siendo una conquista
fundamental de la humanidad, como afirmación de los derechos civiles o del
Estado de derecho.
El nacionalismo es la ideología que une a la
nación, es el sentimiento de destino común que garantiza la cohesión necesaria
para afirmarse en un territorio,
organizar un Estado y formar, así, un Estado-nación. Es la ideología de la
autonomía, de la seguridad y del desarrollo económico nacional. La nación, a su
vez, es el grupo social razonablemente homogéneo que comparte un destino común y dispone o está en condiciones de
llegar a constituir un Estado-nación, la unidad político territorial en que
está dividida políticamente la humanidad en el capitalismo. El nacionalismo es
una ideología originalmente burguesa, con una connotación popular, ya que sólo
tiene sentido cuando los capitalistas, los trabajadores y la clase profesional
superan de alguna forma sus conflictos internos, comparten un destino común, y
se solidarizan en la competencia con las demás naciones.
El socialismo, a su vez, es la ideología de la
justicia social. Marx lo definió como un modo de producción, pero esa forma de
organización de la sociedad no se concretó y no hay perspectivas de que eso
suceda en un horizonte previsible. En compensación, una gran cantidad de
valores socialistas que buscan la igualdad sustantiva entre los seres humanos
fue incorporada a los sistemas jurídicos de los Estados-nación modernos,
formando parte de su patrimonio común. Es la ideología de los derechos sociales
que atiende primariamente a las minorías o a los oprimidos, a los pobres, a los
trabajadores, a las mujeres y a las minorías étnicas.
El eficientismo – o ideología de la eficiencia,
si preferimos evitar ese neologismo – es la ideología de la racionalidad
instrumental, de la definición del medio más adecuado o menos costoso para
alcanzar el fin buscado, de la eficiencia o de la productividad. Es una
ideología originariamente tecnoburocrática o profesional que surgió a comienzos
del siglo XX, a partir del momento en que las unidades fundamentales de
producción dejaron de ser familiares para devenir organizaciones burocráticas,
y en el que una nueva clase de profesionales o técnicos pasó a desempeñar un
papel decisivo en la sociedad, porque tiene o pretende tener el monopolio del
nuevo factor estratégico de producción: el conocimiento, tanto administrativo
cuanto técnico y de comunicaciones.
Finalmente, el ambientalismo nace en el último
cuarto del siglo XX, cuando la humanidad finalmente se da cuenta de que las
sociedades industriales estaban destruyendo la naturaleza. Es originalmente una
ideología de las clases medias tanto burguesas como profesionales pero tal como
pasó con las otras cuatro ideologías, hoy es compartida, con intensidad
distinta, por todas las clases.
Esas cinco ideologías corresponden,
aproximadamente, a los cinco grandes objetivos políticos de las sociedades
modernas: la seguridad, la libertad, la autonomía y el desarrollo económico, la
justicia social y la protección del ambiente. Cuando esas ideologías se
radicalizan, se transforman en fundamentalismos antidemocráticos y antihumanos.
Eso es verdad en relación al liberalismo, que se transforma en neoliberalismo,
al socialismo que degenera en estatismo, al eficientismo que reduce el progreso
al crecimiento económico, y al ambientalismo que se transforma en rechazo al
progreso.
Pero es especialmente cierto en relación al
nacionalismo, cuando se radicaliza se define en términos étnicos, deja de
definirse como elemento de la competencia internacional, se vuelve internamente
contra los compatriotas de otras razas o religiones, y transformándose en
racismo. Por eso, las sociedades democráticas del siglo XXI se comprometen con
objetivos políticos para, y de ese modo, evitar que las ideologías se
radicalicen y se perviertan. Por eso, es frecuente, en relación al
nacionalismo, distinguir un nacionalismo étnico de uno político. Aunque la
nación pueda tener como una de sus bases la misma etnia, la radicalización
nacionalista de esa línea choca frontalmente con los valores universales que
las sociedades modernas desarrollaron y consensuaron en la Declaración Universal
de los Derechos Humanos de 1948.
Liberalismo, nacionalismo y eficientismo,
socialismo y ambientalismo corresponden, respectivamente, a los objetivos de
libertad, seguridad y desarrollo económico, justicia social y protección de la
naturaleza. Como esos cinco objetivos son políticos, la sociedad busca
alcanzarlos por medio de la política y por lo tanto, del Estado. Como no
siempre son objetivos coherentes entre sí, la política, que es el arte del
compromiso y de la persuasión, trata de combinarlos de manera razonable. Las
sociedades capitalistas y democráticas más avanzadas son sociedades
nacionalistas, lo que no les impide ser también liberales, sociales y
ambientalistas. Conforme lo observa Neil MacCormick (1999, p.67), “existe un
lugar importante en el mundo contemporáneo para un nacionalismo liberal”, así
como también existe un lugar para un
nacionalismo social y ambientalista. No tiene sentido, por lo tanto, definir al
nacionalismo como lo hace Miroslav Hroch (2000, p.88), como “nacionalismo stricto senso es la visión que otorga
absoluta prioridad a los valores de la nación ante cualesquiera otros valores o
intereses”. Esa es una definición del nacionalismo fundamentalista.(2)
El nacionalismo es la fuerza unificadora de los
Estados-nación modernos, o sea, de la unidad político-territorial constituída
por una nación, un Estado y un territorio, en que está organizada la humanidad.
En el Estado-nación, país o Estado Nacional, la nación es la sociedad nacional,
mientras que el Estado es el sistema constitucional-legal y la organización que
lo garantiza. En esa condición, el Estado, dotado por definición del poder de
coerción para garantizar el imperio de la ley, es el instrumento institucional
por excelencia de acción colectiva de la nación.(3) Mientras que en los
sistemas precapitalistas avanzados el Imperio era la unidad
político-territorial, en el capitalismo ese papel pasa a ser ejercido por los
Estados-nación que hoy cubren todo el globo terrestre. En los imperios, el
Estado antiguo tenía un único objetivo, la seguridad; los otros cuatro
objetivos políticos surgen a partir de la revolución capitalista y de la
separación entre lo público y privado.
Es a partir de ahí que se produce la separación
entre lo público y lo privado, entre el Estado y la sociedad nacional,
asumiendo ella a veces la connotación de nación y a veces la de sociedad civil.
Por eso, nación y nacionalismo son, respectivamente, una forma de sociedad y
una ideología del capitalismo; por eso es que Ernest Gellner (1983), Benedict
Anderson (1991) y Anthony D. Smith (2003), no obstante sus diferentes
alineamientos teóricos, relacionan las naciones con la modernidad, o sea con la
revolución capitalista y el desarrollo económico. Sólo así podemos explicar la
fuerza ideológica del nacionalismo en el capitalismo.
Montserrat Guibernau (1997) ofrece otras dos
perspectivas para entender el nacionalismo – una esencialista, según la cual el
nacionalismo derivaría del carácter antiguo e inmutable de la nación; la otra,
psicológica, que lo relaciona con la necesidad de auto-identificación. La
primera es simplemente una tesis equivocada, mientas que la segunda es una
consecuencia del nacionalismo y de la constitución de las naciones. La
necesidad de pertenecer a grupos deriva del carácter esencialmente social del
ser humano, aunque durante siglos asumió formas que nada tienen que ver con el
fenómeno del nacionalismo.
Tanto la nación como la sociedad civil, son la
sociedad políticamente organizada que surge a partir de la revolución
capitalista y de la formación del Estado moderno. Mientras que la nación es la
forma por medio de la cual las sociedades modernas se organizan políticamente
para buscar el desarrollo económico, la sociedad civil es la manera mediante la
que se organizan para lograr la libertad y la justicia social. En los dos
casos, la sociedad políticamente organizada se distingue del “pueblo” – aquí
entendido como el conjunto de ciudadanos con derechos iguales – porque tanto en
la nación cuanto en la sociedad civil los poderes individuales son medidos por
la capacidad de organización, por el conocimiento y por el capital. Las
naciones, aún las identificadas o unificadas por el nacionalismo, están
constituídas por clases sociales en relación de conflicto.
En las sociedades antiguas, la única clase
social capaz de organizarse era la oligarquía propietaria de tierras y de
armas, que se confundía con el Estado mismo. En cambio, con el capitalismo y el
surgimiento de una clase rica y poderosa, pero sin poder directo sobre el
Estado, como lo fue la burguesía, se separaba la sociedad del Estado, al mismo
tiempo que la sociedad, ahora políticamente organizada, asumía la forma de sociedad
civil o de nación. Fue Hegel quien se dió cuenta de la separación que estaba
dándose entre sociedad y Estado y denominó a la sociedad políticamente
organizada como sociedad civil o, significativamente, sociedad burguesa.
Al mismo tiempo, también otra expresión – nación
– era utilizada para identificar a la sociedad políticamente organizada.
Mientras que la sociedad civil es un concepto históricamente asociado a los
objetivos universales de libertad, justicia y protección de la naturaleza, los
objetivos políticos que la nación busca alcanzar son la autonomía nacional y el
desarrollo económico nacional. Para organizarse políticamente y concretar esos
objetivos, la nación necesita de un Estado como su instrumento de acción
colectiva, y precisa dominar un territorio, de manera de poder así constituirse
en Estado-nación. Por eso, una nación sólo existe realmente cuando un pueblo
posee un Estado o está luchando por él y tiene posibilidades de obtenerlo.
En esa concepción, el Estado es siempre la
expresión de la sociedad; es la institución que la sociedad crea para regular
el comportamiento de cada uno y así asegurar el logro de sus objetivos
políticos. Si la sociedad es autoritaria, con diferencias muy grandes de
poderes entre la elite y el pueblo, el Estado será autoritario; en la medida en
que disminuyen las diferencias en la sociedad, también se democratiza el
Estado. Cuanto menores sean las diferencias de poder derivados del dinero y del
conocimiento, y cuanto más cohesionadas estén la nación y la sociedad civil,
más democrático y fuerte será el Estado y más capaz, por lo tanto, de
desempeñar su papel de instrumento de acción colectiva de la sociedad.
Las cinco ideologías de las sociedades modernas
están presentes en mayor o menor grado en el sistema de valores y creencias de
cada ciudadano y en las respectivas instituciones. Como los objetivos políticos
que ellas buscan, son finales pero no siempre compatibles, lo que vemos en las
sociedades y en sus Estados es un gran compromiso social. Cada sociedad busca
una combinación razonable de los cinco objetivos y sus respectivas ideologías.
Esas combinaciones varían para los mismos niveles de desarrollo económico y
tecnológico, y eso nos permite hablar de modelos de capitalismo. En este trabajo concentraré mi atención sólo en
el nacionalismo y, naturalmente, en la nación.
Nacionalismo, Estado-nación y desarrollo
Nación y nacionalismo – la primera, una forma de sociedad, y
la segunda, una ideología – son dos realidades sociales complementarias que
surgen de la revolución capitalista. Los nacionalistas generalmente buscan sus
raíces nacionales en tiempos inmemoriales – los alemanes, por ejemplo, gozan
identificándose con la nación germánica; los franceses, con los antiguos galos,
pero hoy existe un casi consenso entre los estudiosos del tema de que las
naciones y las revoluciones nacionales que llevaron a la formación de los
Estados-nación son un fenómeno moderno (Hobsbawn, 1990; Hutchinson & Smith,
1994; Thiese, 2001).
Walker Connor (1994, p.154), estudiando la formación de la
nación francesa – una de las más antiguas del mundo –, cita el estudio de
Eugene Weber según el cual “la mayor parte de la población rural y de las
pequeñas ciudades de Francia, tan recientemente como en 1870, no se veían como
miembros de la nación francesa, y muchos todavía no lo hacían tan tarde como en
la primera Guerra Mundial”. Para cada pueblo, la revolución capitalista
comienza con la revolución comercial y el surgimiento de la burguesía, y se
acaba con la revolución industrial que da origen al fenómeno del desarrollo
económico, o sea del proceso de acumulación de capital y de incorporación de
progreso técnico, llevando al aumento sostenido de la renta per capita. Entre las dos revoluciones,
o en conjunto con la última, aparece la revolución nacional, o sea la formación
del Estado-nación y por lo tanto, la transformación del pueblo originario en
una nación.
Después de la revolución nacional, el nacionalismo sigue
siendo esencial, porque la competencia económica entre las naciones se torna
crecientemente fuerte en la medida en que los mercados se abren a la misma El nacionalismo
se expresará entonces en una estrategia nacional de desarrollo, o una
estrategia nacional de competencia: un conjunto de instituciones, políticas,
acuerdos y prácticas que crean oportunidades de inversión para los empresarios
y unen a la nación.
Las naciones no necesariamente tienen un mismo idioma, ni
una misma religión, ni siquiera una etnia común, pero siempre tienen una
historia común garantizando al gran grupo social una razonable homogeneidad
cultural y, como señaló Otto Bauer (1979), por eso mismo comparten “un destino
común”.(4) Las naciones son construcciones sociales, porque se constituyen y se
reconstituyen permanentemente por medio de la historia, de los mitos y de los
símbolos que les sirven de identificación. El hecho de que las naciones se
definan esencialmente por la posesión compartida de un destino común, significa
que son una forma por la cual las sociedades se organizan políticamente: por
medio del nacionalismo, la sociedad define su propia identidad y se vuelca
hacia objetivos. El nacionalismo es esa autorreflexión o, como propuso Álvaro
Vieira Pinto (1960, p.307), es “la conciencia auténtica de la realidad
nacional”. Es la forma por la cual la nación se ve a sí misma y por la cual
define dos objetivos fundamentales: autonomía y desarrollo económico.
Con ese objetivo, aunque no sea un requisito de las naciones
que haya un misma religión, muchas veces el nacionalismo, en el proceso de
construir y consolidar el Estado-nación, usa la religión como instrumento de
cohesión social y fortalecimiento de legitimidad. El primer Estado-nación que
surgió en la historia fue Inglaterra, y no fue por casualidad que Enrique VIII
fue pionero en esa práctica, al crear la Iglesia Anglicana.
Aunque en los países ricos la reacción antagónica a ellos que aparece hoy en el
Medio Oriente sea identificada con el fundamentalismo religioso, como en el
caso de Irán, en realidad es una manifestación del nacionalismo usando la religión
como forma de legitimación – tan nacionalista como fue y es la construcción de
Israel, usando igualmente la religión.(5) A su vez, los movimientos políticos
considerados de izquierda en América Latina, como en la Bolivia de Morales, son
principalmente expresiones del nacionalismo en el esfuerzo de obtener la
cohesión de la nación y la construcción de un Estado que sirva de instrumento
de desarrollo.
Existe una relación de mutuo refuerzo entre nación, Estado y
Estado-nación. La primera, es una forma de sociedad; el segundo, la institución
principal de esa sociedad, y el tercero la unidad político-territorial propia
del capitalismo. El Estado expresa la nación, pero ella sólo existe si el
propio Estado se constituye y, además de regular a la propia nación, logra
controlar de forma soberana un territorio, para constituirse en estado-nación.
La nación sólo merece ese nombre cuando es una sociedad que, además de
compartir un destino común, está lo bastante cohesionada y fuerte como para
lograr autonomía, dotarse de un Estado y de un territorio y así constituir un
Estado-nación.
Esas tres realidades sociales, que nacen de la revolución
capitalista, están, además, intrínsecamente relacionadas con el objetivo del
desarrollo económico, porque en la medida en que las sociedades capitalistas se
definen por la acumulación de capital y la incorporación de progreso técnico
por parte de empresas en constante competencia, esas sociedades son
intrínsecamente dinámicas y, por lo tanto, el escenario necesario para el desarrollo
económico. A su vez, el capitalismo es un tipo de organización de la sociedad
cuya legitimidad no depende de la tradición o de la fuerza, sino de la
capacidad de producir mayor bienestar.
Finalmente, el desarrollo económico es condición de la independencia
nacional. Por eso es que las naciones, que son una de las dos formas de
sociedad capitalista políticamente organizada, están siempre centradas en su
propia seguridad o autonomía y en el desarrollo económico. Las sociedades
modernas, sin embargo, tienen otros objetivos políticos, como la libertad, la
justicia social y la defensa de la naturaleza. Cuando esos son los objetivos,
no hablamos de nación sino de sociedad civil. En realidad, es la misma
sociedad, pero las formas de interacción y el peso de los diversos actores (que
siempre dependen del capital, del conocimiento y de la capacidad de
organización), varía según que esa sociedad se organice como nación y busque la
autonomía y el desarrollo, o que como sociedad civil luche por la libertad, la
justicia y el desarrollo sustentable.
De acuerdo con Ernest Gellner, que fue el más notable
analista del nacionalismo, la historia de la humanidad está dividida en tres
fases – preagraria, agraria letrada, e industrial – y el nacionalismo es la
ideología fundamental de la tercera fase. En las sociedades industriales, que
estoy denominando capitalistas, los Estados-nación son la forma de organización
político-territorial que sustituye al Imperio. Mientras que en las sociedades
precapitalistas más avanzadas, que Gellner llama sociedades agrarias letradas,
los imperios clásicos se limitaban a dominar a las sociedades vecinas y
someterlas al pago de impuestos, sin interferir en los métodos de producción,
en las sociedades industriales los Estados-nación están volcados inicialmente a
la industrialización o al desarrollo económico, y por ello precisan establecer
entre todos sus miembros códigos de comunicación que permitan alcanzar una
productividad creciente. Por eso, un único idioma es casi una necesidad, y la
educación pública, una necesidad absoluta, porque es la que define los símbolos
de comunicación social comunes y permite el aprendizaje de formas cada vez más
avanzadas de producción. El nacionalismo, en ese contexto, “significa la
imposición de una alta cultura en una sociedad
donde predominaban bajas culturas en la mayoría,
si no en la totalidad de la población. Significa la difusión de un idioma para
la comunicación tecnológica mediatizado por la escuela y burocráticamente
supervisado” (Gellner 1983, p.57).
El nacionalismo, por lo tanto, es producto e instrumento de
la revolución capitalista o de la modernización. En ese proceso, en el que es
esencial un razonable grado de cohesión social y de legitimidad política, el
papel del nacionalismo es garantizar la autonomía y el desarrollo económico
nacional. El nacionalismo es la ideología del Estado-nación que, a su vez, es
la forma de unidad político-territorial propia del capitalismo. Durante la
revolución comercial, la burguesía no se organizó en estados-nación sino en
ciudades-estado, a partir de las cuales realizaba el comercio de larga
distancia, caracterizado por su pequeño volumen, alto riesgo y altos márgenes
de ganancia monopólica. Esa forma de comercio fue efectiva para concretar la
acumulación originaria de capital, aunque insuficiente para que surgiese la Revolución
Industrial.
Para eso, eran necesarias economías de escala, incompatibles
con el comercio de larga distancia pero posibles desde que se formasen los
grandes estados-nación. Las revoluciones nacionales surgen, entonces, un poco
antes que las respectivas revoluciones industriales, para dar origen a los
primeros estados-nación plenos: Inglaterra y Francia.(6) Son esencialmente las
economías de escala las que están por detrás de la asociación entre el monarca
y la burguesía, en la constitución de los estados-nación. Al monarca le
interesaba ver su poder ampliado, a la burguesía, la posibilidad de ampliar
decisivamente su comercio y pasar a la etapa de la gran industria. No es casualidad,
entonces, que estado-nación y nacionalismo, estén intrínsecamente identificados
con el desarrollo capitalista.
Aunque originariamente haya sido una ideología de la
burguesía, por ser esta la principal interesada en la formación del
estado-nación, o Estado Nacional, el nacionalismo no podía ser sólo eso. Una
ideología dominante solo tiene sentido si por un lado amplía su ámbito de
influencia y justifica el sistema de poder vigente, y por otro atiende también
a los intereses de los dominados. El nacionalismo, al tener como razón de ser
la unión de la sociedad nacional, sólo tendría sentido si también tuviera un carácter popular. Sólo así
podría solidarizar a la nación tanto en la defensa del territorio nacional – el
patriotismo significa la disposición a morir por la patria – cuanto en la
competencia económica con las demás naciones. Para eso, el nacionalismo
precisaba afirmar la posibilidad de ganancias mutuas para capitalistas y
trabajadores, que se originan en el aumento de la productividad, por ende, en
el desarrollo económico.
Para los socialistas revolucionarios del siglo XIX, como
Marx y Engels, el nacionalismo era inaceptable, justamente porque afirmaba esa
solidaridad que ellos negaban ante la gran explotación que existía. Y por eso,
eran internacionalistas. Al mismo tiempo que negaban que los trabajadores
pudiesen participar de los beneficios del desarrollo económico por el aumento
de los salarios en proporción al aumento de la productividad, afirmaban la
posibilidad utópica de una revolución socialista mundial. La historia, sin
embargo, ya mostraba lo que sería evidente más tarde: que existía la
posibilidad de ese reparto, que en el capitalismo, en el proceso de desarrollo
económico, los salarios tienden a crecer proporcionalmente con el aumento de la
productividad. Ese crecimiento relativamente equilibrado, sin embargo, no se da
naturalmente: depende de la demanda activa de los socialistas. Probablemente
por eso los socialistas – o sea aquellos que dan un peso importante a la
justicia social – son también nacionalistas
y antiimperialistas. A ellos no les basta con luchar contra la desigualdad
dentro de su propio país; precisan también luchar contra las desigualdades
entre las naciones – algo que se logra por la cohesión de ellas, por su
nacionalismo y, en consecuencia, por su capacidad de establecer una estrategia
nacional de desarrollo.
Nacionalismo del centro y de la periferia
El nacionalismo en los países centrales tiene como
contrapartida el internacionalismo; en los países periféricos o los en
desarrollo, la contrapartida del nacionalismo es el cosmopolitismo o la
mentalidad colonial.(7) El nacionalismo es la ideología de quienes reconocen la
relación de competencia existente entre los estados-nación, definen como
obligación de su gobierno defender el interés nacional, o sea el interés del
trabajo, del conocimiento y del capital nacional. Creen que el desarrollo
económico debe ser alcanzado por medio de las inversiones financiadas por el
ahorro interno, y juzgan que las decisiones gubernamentales volcadas hacia el
interés nacional deben adoptarse de acuerdo con criterios nacionales. Ese
concepto de nacionalismo es válido tanto para los ciudadanos de los países en
desarrollo o periféricos, cuanto para los países ricos o centrales.
Hélio Jaguaribe (1958, p.21), pensando en los países
periféricos, define el nacionalismo como “el propósito configurador y
preservador de una nacionalidad históricamente posible, experimentada como
necesaria por sus miembros, pero todavía no constituída políticamente”. Ya la
mentalidad colonial o dependiente del cosmopolita implica la existencia del
complejo de inferioridad colonial, o sentimiento de inferioridad, y en
consecuencia la aceptación como ‘cosa natural’ de la subordinación de la
nación. Para él, la dependencia de su país es inevitable y quizás ni siquiera
sea perjudicial. Subestima la competencia entre las naciones y la hegemonía
ideológica del centro, cree que el país no tiene recursos para financiar su
desarrollo y necesita recurrir al ahorro externo para crecer; supone que la
política del confidence building es
esencial para que el país pueda contar con esos ahorros, y entiende que el
gobierno no debe diferenciar al capital nacional del extranjero. En los países
ricos, quien tiene esos puntos de vista en relación a los países en desarrollo
no es cosmopolita sino globalista o imperialista, porque ellos atienden a los
intereses de la dominación imperial, es un internacionalista utópico cuando su
posición de izquierda lo lleva a rechazar el nacionalismo porque quiere un
mundo solidario y justo. Una tercera posición es la de los que son claramente
antiimperialistas, porque ven de forma crítica las acciones imperiales de su
país. Sin embargo, al revés de lo que sucede en los países periféricos, aún aquellos
que rechazan las acciones imperialistas de su país son nacionalistas, porque
están identificados con su nación.
Aunque las elites de los países ricos sean fuertemente
nacionalistas, en la medida en que no tienen dudas respecto de que es deber de
su gobierno defender el trabajo, el conocimiento y el capital nacionales, con
frecuencia disfrazan (ocultan) su nacionalismo condenando esa ideología como
violenta para así poder acentuar la interdependencia y la cooperación entre los
pueblos. Esa es una retórica inconsciente pero efectiva de dominación – es una
forma por medio de la cual esas elites neutralizan la resistencia de las
naciones en desarrollo a la explotación, o aún, en una etapa más avanzada, su
capacidad de competencia industrial. Las naciones de los países desarrollados son
cohesionadas, prácticamente no existen ciudadanos que no sean nacionalistas. Esa
expresión deja de ser distintiva y puede usarse con un sentido peyorativo
respecto de terceros países. El nacionalismo está, de ese modo, relacionado
retóricamente con el populismo económico, y sus defensores son identificados
con el atraso y la resistencia a la modernidad. Y si hubiese resistencia a esa
visión negativa, se agrega una distinción: una cosa sería el nacionalismo, que
es malo; otra cosa, el patriotismo, que es bueno.
La condenación del nacionalismo en los países ricos es
reforzada por el recuerdo de sus propias experiencias internas, por los momentos en que, en el pasado, fue expresión
de antisemitismo y hoy de reacción contra la inmigración. Entendido en estos términos, el nacionalismo es un mero
racismo. Es preciso, sin embargo, observar que no estoy hablando de este tipo
de nacionalismo, no sólo porque es radical sino también porque es un
nacionalismo étnico volcado contra conciudadanos o cohabitantes, a los cuales
se niega la ciudadanía. Es ese nacionalismo el que, por ejemplo, lleva a Pierre Birnbaun (1993) a hablar con
indignación no del nazismo – expresión límite del nacionalismo étnico – sino
del odio que separaría a las ‘dos Francias’: una republicana y racional y otra,
conservadora y nacionalista. Aunque es sabido que esta perversión del
nacionalismo está siempre rondando a cada sociedad nacional, no es de ese tipo
de nacionalismo que estoy hablando en
este trabajo.
Partha Chatterjee (1993), para quien el nacionalismo
anticolonial es una categoría fundamental, resumió en los siguientes términos
la suerte de la ideología nacionalista después de la Segunda Guerra
Mundial. En los años 1950 y 1960, el nacionalismo era visto de forma positiva
como parte de las luchas anticolonialistas, pero en la medida en que se
comenzaba a pensar en la modernización de los países en términos de desarrollo
económico, era relegado a una posición secundaria. En los años 1970, el
nacionalismo ya había sido transformado en un problema de política étnica. Más
recientemente, pasó a ser considerado, en los países ricos y hasta en los
países en desarrollo subordinados ideológicamente, como “una fuerza oscura,
elemental, imprevisible, que amenaza la vida ordenada y calma de la vida
civilizada”. El resultado de esa operación ideológica de “acusar” a los otros
de nacionalistas, es el debilitamiento de la capacidad de resistencia
eventualmente existente en los países explotados y/o competidores. Es una
forma, entre muchas, por medio de la cual la hegemonía ideológica de los países
ricos altera el sentido de las palabras y ejerce la dominación.
El nacionalismo está, por lo tanto, implícito en los países
centrales, mientras que en los periféricos, si no es explícito deriva
fácilmente al cosmopolitismo. Cuando el cosmopolitismo se torna dominante, como
lo fue en el Brasil entre 1822 y 1930, y volvió a serlo a partir del comienzo
de los años 1990, la nación se debilita y el país se define mejor como una semi
colonia que como una nación. Además de tener su origen en la hegemonía
ideológica de las potencias imperiales, el cosmopolitismo es resultado de la
tentación a que están sometidas las elites de los países en desarrollo de
asociarse a las elites de los países centrales, en vez de hacer un pacto
nacional con su propio pueblo.
En los países ricos, no obstante que los conflictos de clase
están siempre presentes, las elites no tienen otra alternativa política que
establecer una alianza con el resto de la sociedad, porque ello es necesario al
interés de la nación. Ya en los países periféricos, aunque la nación
también sea necesaria para que haya
desarrollo económico, es común que sus
elites se sientan más seguras asociándose con las elites de los países dominantes,
confirmando la tesis radical de que “el capital no reconoce fronteras”. Tesis
pretendidamente de izquierda y en realidad falsa, porque favorece la dominación
imperial. Conforme lo recuerda István Mészáros (1987, p.15), “la dominación
colonial es tradicionalmente inseparable de la voluntad de sumisión
(sometimiento) de la clase dominante local”.
Nacionalismo e imperialismo
El nacionalismo es inevitable en las relaciones entre las
naciones – en las relaciones internacionales – porque si una nación decidiera
utópicamente no serlo, otras no seguirán ese consejo, beneficiándose de la
ingenuidad del primero. No es por otra razón que, en las relaciones
internacionales es dominante la teoría realista que parte del presupuesto de la
defensa de los intereses nacionales por los
participantes del juego internacional. El nacionalismo es una ideología
poderosa que está presente tanto en las relaciones entre estados-nación
semejantes que compiten entre si, cuanto en las relaciones entre los países del
centro y los de la periferia. En el caso de las relaciones entre estados-nación
iguales, los nacionalismos a veces chocan, aunque a veces también cooperan. Ya
en la relación entre desiguales, entre el centro y la periferia, el
imperialismo del más fuerte es inevitable. Éste será tanto más fuerte cuanto más
débil sea el nacionalismo antiimperialista del periférico. Hay diversas teorías
históricas de imperialismo, que no es el caso de mencionar aquí (cf. Lawrence,
2005). Aquí basta con que entendamos que el imperialismo es una condición
necesaria no derivada simplemente de la relación de fuerzas entre los
estados-nación, sino de la relación de avance y retroceso entre esos estados.
Los estados-nación ricos y poderosos no someten a los países ricos y pequeños
al imperialismo porque los intereses mutuos de solidaridad son fuertes.Respecto
de los países de renta media y de los países pobres, la relación imperial es
inevitable, aunque se modifica en la medida en que cambia la relación de
fuerzas.
En una primera fase, cuando el nivel de desarrollo en la
periferia es muy bajo, existen relaciones esencialmente de explotación, pero
más tarde, a medida que esos países se industrializan, se transforman también
en relaciones de competencia. Entre los ricos la competencia es dura, pero
ellos tienen algo muy importante en común – el alto salario promedio – que
produce inmediatamente una solidaridad en relación a la periferia, que tiene la
ventaja competitiva de los salarios bajos. Es por eso que aunque los países
ricos y pequeños no sean imperialistas, es razonable identificar el centro
imperial con los países ricos y a la periferia con los países en desarrollo. Grandes
o pequeños, los países centrales ven como una amenaza la competencia de los
productos baratos de la periferia y, cada vez más, de los inmigrantes pobres.
Cuando las fuerzas son dispares, las relaciones
imperialistas por parte de los países ricos son inevitables, no dependiendo de
la voluntad de este o de aquel gobernante. Dichas relaciones son tan
inevitables como las imperialistas que existen entre los países de renta media
y los países pobres vecinos.(8) La capacidad de resistencia de los países
periféricos, no depende sólo del nivel de desarrollo económico, sino también de
razones culturales. Los países asiáticos dinámicos, por ejemplo, cuando
lograron su independencia, después de la Segunda Guerra
Mundial, revelaron un nacionalismo mucho más fuerte que el de los
latinoamericanos cuya independencia se dió casi 150 años antes. Muchas son las
razones para eso, pero el hecho de que las elites latinoamericanas sean, o
imaginen ser, de la misma raza europea que los dominadores, mientras que las elites
asiáticas son de una raza diferente, contribuye para que las de la América Latina
se asocien más fácilmente con las elites centrales que las de Asia.
Además de eso, no puede ser ignorado el nivel más elevado de
las civilizaciones asiáticas existentes, antes de ser sometidas al yugo
colonial, en relación a las indígenas existentes en América Latina antes de
1500. Mientas que Occidente sólo logró someter al imperialismo a Asia entre
1800 y 1950, dicha dominación fue mucho más larga y profunda en América Latina.
En el Asia, una excepción es Filipinas que, como no tenían una civilización
importante, fue colonizada desde 1571, primero por España y luego por los
Estados Unidos, permaneciendo bajo el yugo imperial hasta 1946. Probablemente
por eso sus elites, como sucede con las latinoamericanas, esperan identificarse
racialmente con las elites del Occidente (Constantino, 1978). No es, por lo tanto,
casualidad que su tasa de crecimiento per
capita desde 1950 haya sido muy inferior a la de sus vecinos dinámicos.(9)
En la relación imperio-colonia o centro-periferia existe una
cuestión de grado de dominación. Cuanto mayor sea la desproporción de poder
entre el imperio y la colonia, más brutal será la explotación y más fácil será
para aquél lograr la colaboración de las elites locales. Por eso, en la medida
en que un país periférico se desarrolla y aumenta su poder en relación al
centro, el imperio tiene que cambiar sus estrategias de dominación. El
desequilibrio de fuerzas puede ser total, como vimos en la destrucción de las
civilizaciones indígenas en las Américas por los europeos y sus descendientes.
Puede ser parcial, como pasó en la relación entre potencias imperiales y América
Latina, después que éstos países se hicieron formalmente independientes, a
principios del siglo XIX y fue aún más parcial, a partir de los años 1990,
cuando esos países, después de sesenta años de razonable autonomía, volvieron a
subordinarse a los países centrales. En
este último caso, el uso directo de la fuerza pierde importancia,
tornándose fundamental la dominación ideológica.
Las fuerzas armadas de los países centrales ceden lugar a
sus universidades, a su cine, a sus asociaciones de empresarios. Ahora lo
fundamental es cooptar a las elites intelectuales para que sus intereses
intereses no choquen directamente con los del centro para, así poder, dominar a
las elites empresarias que sí tienen algo
que ganar y mucho que perder. Entre los intelectuales, los economistas
desempeñan un papel ideológico estratégico, y es por esa razón que los países
centrales atribuyen gran prioridad a la tarea de atraerlos para hacer sus
estudios de doctorado en sus universidades.
Mientras que en las formas más brutales de imperialismo, el
objetivo es sólo el arrebato y la esclavización de los dominados, en los
imperialismos formalmente constituídos es la cobranza de impuestos a los países
dominados. En el caso del imperialismo sobre estados-nación semicoloniales,
como lo fue el imperialismo sobre América Latina, después de su independencia,
las formas de explotación son más sofisticadas. Durante mucho tiempo, el
liberalismo económico fue un arma poderosa, mediante la cual se buscaba evitar
que los países periféricos se industrializasen. El libro de Ha-Joon Chang, Chutando la escada (Pateando la escalera)
(2002), es el mejor resumen hasta hoy escrito sobre cómo el liberalismo
comercial fue usado por los países ricos para ejercer su dominación
imperialista.
Más recientemente, después que la industrialización se
hiciera inevitable, surgieron nuevas formas de explotación y de neutralización
del desarrollo de los países periféricos. El nuevo imperialismo tiene como
instrumento principal no la globalización comercial, como todavía piensan
muchos, sino la financiera.(10) La globalización comercial es una oportunidad
que muchos países de renta media están aprovechando para crecer, usando su mano
de obra barata. La globalización financiera interesa sólo a los países ricos. La
idea central es abrir la cuenta de capitales de los países periféricos, al mismo
tiempo que son convencidos de que “no hay más recursos para financiar su
desarrollo”. Por lo tanto “sólo podrán crecer con ahorro externo” – o sea, con déficit
en cuenta corriente y endeudamiento externo creciente. El resultado es que los países
que aceptan el consejo pierden el control de su tasa de cambio, que se aprecia
y lo que tenemos no es crecimiento sino una elevada sustitución del ahorro interno
por externo, así como endeudamiento externo.
En verdad, la política de crecimiento con ahorro externo
apenas refuerza la tendencia a la sobre apreciación de la tasa de cambio que
existe en los países en desarrollo, principalmente en aquellos ricos en recursos
naturales, víctimas de la enfermedad holandesa. Si los países no se dan cuenta
de esa tendencia y tratan de neutralizar la enfermedad holandesa y más ampliamente,
de administrar su tasa de cambio, resultan condenados a tasas de crecimiento
inferiores. Es eso lo que ocurre con los países latinoamericanos y africanos,
con excepción de Chile y especialmente de la Argentina en los últimos
cinco años. Ya los países asiáticos dinámicos, que rechazan la ortodoxia
convencional y conservan su soberanía nacional, crecen aceleradamente, logran el
catch-up, y se transforman en grandes
competidores de los países centrales.
Cuando el nacionalismo se superpone al cosmopolitismo, como sucedió
en los años 1930 en muchos países de América Latina, el país en cuestión adquiere
o readquiere su carácter de nación y pasa a estar en condiciones de competir
internacionalmente. Realiza, así, la vocación o el papel de los estados-nación en
el capitalismo, que es competir. Eso no significa que los estados-nación no puedan
también cooperar. Ellos cooperan, además,
porque sólo así es posible establecer las reglas de la competencia. Las Naciones
Unidas y las demás agencias multilaterales son el resultado más significativo
de esa cooperación – lo que no significa que esas instituciones sean neutras. Algunas
de ellas, especialmente el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, son
controlados por accionistas y acaban funcionando como agentes de los países
ricos, como se vió en la crisis de la deuda externa de los años 1980, cuando
adoptaron una acción claramente aviesa a favor de los países ricos, o como
también sucedió en los años 1990, cuando esas agencias fueron transformadas en
instrumentos de la globalización financiera y de la estrategia de crecimiento
con ahorro externo.
La economía brasileña crece hoy de forma muy lenta, a tasas muy
inferiores a las de los demás países en desarrollo, y especialmente en comparación
con los países asiáticos dinámicos. De acuerdo con la explicación neoliberal,
el fracaso del Brasil en desarrollarse es la “falta de reformas” y el populismo
de nuestros políticos. Mi convicción es que esa casi estagnación tiene una
causa política fundamental y una consiguiente causa económica. La causa
política es la pérdida de la idea de nación que azotó a los brasileños, o sea
el grave debilitamiento de la nación producido a partir del final de los años
1960 y acelerado en el final de los años 1980. La causa económica es la
aceptación del Brasil, a partir del principio de los años 1990, de la
“estrategia” propuesta por nuestros competidores del Norte, la ortodoxia convencional,
y principalmente la política de apertura financiera y crecimiento con ahorro
externo nos llevó a perder el control de nuestra tasa de cambio
(Bresser-Pereira, 2007).
Las naciones no tienden a fortalecerse, sino que pasan por
ciclos de mayor o menor cohesión. Eso es lo que explica la célebre frase de
Ernest Renan (1993, p.55), para quien “la nación es un plebiscito de todos los días”.
Si no hubiera por parte de sus miembros un compromiso constantemente renovado,
si su nacionalismo no fuese siempre reafirmado, la nación pierde cohesión y puede
hasta desaparecer. En el caso del Brasil, el nacionalismo fue una ideología
dominante entre 1930 y 1960, y ese hecho fue esencial para que en ese período
se diesen concomitantemente las revoluciones nacional e industrial. En 1964, sin
embargo, después de una grave crisis económica y política, los dos grupos
nacionalistas que habían liderado el desarrollo anterior – la burguesía
industrial y la burocracia pública –, atemorizados por la radicalización
política causada por la Revolución Cubana de 1959, instalaron un régimen autoritario
en el Brasil. Aunque esas dos clases siguieran siendo nacionalistas, en los veinte
años siguientes, el nacionalismo perdió legitimidad en los sectores democráticos
de la sociedad brasileña. La teoría de la dependencia que se formó después del golpe
militar de 1964 y se hizo dominante, a partir del comienzo de los años 1970, tuvo
un papel decisivo para minar al nacionalismo, al afirmar de manera perentoria la
imposibilidad de la existencia de una burguesía nacional en el Brasil y aceptando
la asociación o sumisión al Norte como una forma de desarrollo, sin burguesía
nacional.
Como una especie de desmentido práctico a la teoría de la dependencia,
en el final de los años 1970 se formó un nuevo y gran pacto político nacional y
popular, reuniendo a empresarios, trabajadores y clases medias, que promovió la
transición democrática de 1984. El nuevo régimen que se estableció en 1985, sin
embargo, no se mostró capaz de enfrentar la crisis de la deuda externa de los
años 1980, que se transformaba en crisis fiscal del Estado y en crisis de alta
inflación inercial. Ese fracaso, sumado a la teoría de la dependencia, debilitó
aún más a la nación brasileña que, a partir del comienzo de los años 1990, no fue
capaz de resistir a la onda neoliberal ni a la hegemonía ideológica de los Estados
Unidos que, después del colapso de la Unión Soviética,
parecía irresistible. En consecuencia, desde 1991 el Brasil adopta fielmente
los preceptos de la ortodoxia convencional y crece de manera insatisfactoria.
Desde entonces hubo sólo un gran momento de la política económica competidora,
que fue el Plan Real (1994), una estrategia de estabilización de la alta inflación
basada en una teoría nacional, desarrollada principalmente por economistas
brasileños, la teoría de la inflación inercial, totalmente ajena a las propuestas
que nos hacía entonces la ortodoxia convencional.
Nacionalismo y particularismo
Sólo el nacionalismo, entre las cinco grandes ideologías
contemporáneas, es una ideología individualista. Según Barbosa Lima Sobrinho
(1963, p.11), mientras el patriotismo y el nativismo, que se confunden en parte
con el nacionalismo, pueden ignorar los conflictos de intereses, “la sustancia
del nacionalismo es un antagonismo de intereses o de ideales”. Las otras ideologías
que surgen con el capitalismo son ideologías universales que pueden ser
compartidas igualmente por toda la humanidad. Aún dentro de una perspectiva
utópica, el mundo no podría vivir sin las otras cuatro ideologías, pero sobreviviría
sin el nacionalismo, ya que todos los hombres serían hermanos. Por eso, el grado
de utopía que existe en cada uno de nosotros resiste al nacionalismo. Mientras
las propuestas de organización económica y política del liberalismo y del socialismo
están abiertas a la humanidad, la del nacionalismo está limitada a cada nación.
Los liberales perciben esa contradicción, pero en la práctica no rechazan el nacionalismo
porque perciben que éste, al promover la cohesión nacional, también legitima la
dominación burguesa. Los socialistas revolucionarios, coherentes con el elemento
utópico de su visión del mundo, rechazan el nacionalismo, confiando hacer su revolución
en un plazo relativamente corto y por ello son internacionalistas, suponiendo
que los trabajadores de los países ricos se solidarizarán con los de los países
en desarrollo.
Ernest Gellner, según lo señaló Roman Szporluk (1988, p.27),
criticó esa tesis de la solidaridad, a la que vió como un mito: “el
nacionalismo y no el marxismo, está mejor equipado para dar cuenta de las características
y consecuencias políticas y sociales de la industrialización”. Para los reformistas
o social-demócratas, la perspectiva puede ser muy diferente: el nacionalismo puede
ser una bandera importante, porque ellos ven al desarrollo económico, y a la revolución
nacional y burguesa, como una condición para la creación de sociedades más justas.
Por otro lado, consideran que el nacionalismo permite unir a la nación en su lucha
antiimperialista. Pero muchos, como Michael Löwy (2003, p.259), prefieren distinguir
el nacionalismo de los “movimientos nacionales de emancipación”, afirmando que,
“mientras los movimientos nacionales son emancipatorios, el nacionalismo es con
frecuencia una ‘falsa solución’”.
El individualismo del nacionalismo está en contradicción con
las aspiraciones utópicas de cooperación y solidaridad universales, aunque es coherente
con la aspiración de justicia en el ámbito global. Según lo demostró David
Miller (1995; 2000, p.177) en sus trabajos, el nacionalismo y la autodeterminación
de los pueblos es una condición para que haya justicia global. Más específicamente,
afirma que la justicia global puede ser resumida en tres capítulos: “la obligación
de respeto de los derechos humanos básicos, en el ámbito global; la obligación
de no explotar a los individuos y las comunidades vulnerables; y la obligación
de garantizar a todas las comunidades políticas la oportunidad de alcanzar la autodeterminación”.
Además de eso, el nacionalismo es coherente con la lógica de la sociedad en que
vivimos.
En las sociedades precapitalistas, dependiendo de su grado
de desarrollo, los individuos estaban organizados en familias y tribus o en familias
e imperios. En el capitalismo liberal, estaban organizados en familias,
empresas familiares y estados-nación; mientras que en el capitalismo
tecnoburocrático de hoy, los individuos están estructurados en familias,
organizaciones y estados-nación. El papel social que se espera de cada individuo
es que se solidarice – que “se ponga la camiseta” de su familia, de las organizaciones
empresarias y asociaciones de las que participa, así como de su estado-nación. Se
espera que también coopere porque, aunque la lógica de la actuación de esos tres
tipos de sistema social sea la de la competencia, es también la de la cooperación.
Ella es necesaria como mínimo para que puedan ser establecidas las reglas de la
competencia. Pero en cualquier hipótesis, es racional para el individuo
solidarizarse con su familia, sus organizaciones y su estado-nación. El nacionalismo
no es otra cosa que esa solidaridad básica del ciudadano con su patria o nación.
En el capitalismo de la globalización, más que en cualquier
otro momento del desarrollo capitalista, el nacionalismo y la capacidad de los países
de definir informalmente una estrategia nacional de desarrollo o de competencia,
son esenciales para que el desarrollo económico se concrete y el catch-up sea alcanzado. Sin embargo ese
hecho no es suficiente para llevar a los ciudadanos de los países en desarrollo
– aún aquellos que no cuentan con la revolución socialista – a resistir al individualismo
nacionalista. Además de tener en contra el bombardeo sufrido por el pensamiento hegemónico venido del Norte, el nacionalismo
tiene también tiene una historia terrible de violencias con aquél. Cuando el nacionalismo
se torna radical, es aún más terrible que el liberalismo o el socialismo: en el
límite, ya que lleva a la guerra y al genocidio. Ese hecho hace más fácil al Norte,
cuyo nacionalismo no está en juego, la deslegitimación del nacionalismo del Sur.
El nacionalismo de los países periféricos, sin embargo, resiste el asalto.
No obstante, el nacionalismo sobrevive en los países en desarrollo.
Leyla Perrone-Moysés publicó recientemente un bello libro cuyo título, Vira y mexe, nacionalismo (Gira y sacúdete,
nacionalismo), es una frase de Mário de Andrade. Aunque la notable ensayista
no tenga simpatía por el nacionalismo, lo
que está señalando con ese título es su capacidad de supervivencia: a pesar de estar
constantemente bajo el fuego de la crítica hegemónica y de la universalista, el
nacionalismo resiste, gira y se sacude, reaparece. A partir de la perspectiva
universalista, Perrone-Moisés (2007, p.15) afirma algo que le parece una paradoja:
“En el mundo actual, globalizado por la economía y por la información, se da al
mismo tiempo un debilitamiento del estado-nación y un recrudecimiento de los nacionalismos.
Cuanto más el capital y la información desconocen las fronteras, éstas son reforzadas
para y contra los individuos”. Con eso, ella está criticando el nacionalismo de
los países ricos que cierran sus fronteras a la inmigración de los pobres del resto
del mundo, al mismo tiempo que la globalización se torna dominante en todo el mundo.
No hay, sin embargo, contradicción en ese aumento de los nacionalismos
en el cuadro de la globalización. Ella es consecuencia de la apertura general
de los mercados y significa un aumento extraordinario del nivel de competencia
económica entre los estados-nación, haciendo aún más necesaria la capacidad de éstos
de formular estrategias nacionales de competencia. En otras palabras, hizo aún más
necesario que los países hoy caracterizados como democráticos, liberales, sociales
y volcados a la protección de la naturaleza, sean también nacionalistas.
La teoría de la democracia moderna tiene como uno de sus pilares
a la protección de los derechos de las minorías – en primer lugar, de la propia
minoría capitalista, pero también de las minorías étnicas y culturales. Dentro
de cada estado-nación, cabe a la respectiva constitución garantizarlos. La
sociedad internacional, sin embargo, no tiene una constitución, ni un Estado
para garantizar dichos derechos. El documento que más se aproxima a una constitución
mundial es la
Declaración Universal de los Derechos Humanos. Por lo tanto,
a las naciones no les queda más opción que la de identificarse como tales, y defender sus
intereses; porque no existe un Estado mundial. Durante tres siglos, desde por
el menos los tratados de Westfalia, los
estados-nación en formación estaban preocupados en definir sus fronteras, y se
amenazaban con guerras, en el marco de la diplomacia del equilibrio de poderes.
Desde el final de la guerra fría, la política internacional tiende a sustituir
la amenaza de guerra en las relaciones internacionales, entre los grandes
países, por la estimulación de la competencia económica entre las naciones que propia
de la globalización (Bresser-Pereira, 2003).
En el seno de las naciones hay actualmente una crítica creciente
al individualismo multiculturalista. El aumento constante de las migraciones
internacionales hacia los países ricos, llevó inicialmente al multiculturalismo,
pero más recientemente se reafirmó la necesidad de la integración nacional. En vez
de la tesis política de carácter multiculturalista, del reconocimiento del otro,
que aumenta las identidades y los conflictos, la propuesta es que el reconocimiento
sea identificado con el derecho a la participación igualitaria de los grupos minoritarios
(cf. Fraser, 2007). Esa propuesta tiene sentido en el marco de un estado-nación
democrático, donde el sujeto (o actor portador de derechos de que habla Alain
Touraine, 2005, 2007) es una realidad: es el ciudadano reconocido por la sociedad
y por la ley. Sin embargo, dicha propuesta carece de sentido en un marco
internacional donde no existe un Estado mundial que garantice derechos. La fuerte
crítica que, por ejemplo, hace Zygmunt Bauman (2005) a un identitarismo que ganó
fuerzas en el mundo contemporáneo, no hace esa necesaria distinción. Mientras
que en el plano interno de las democracias modernas, los grupos pueden identificarse
como sujetos, sin negar los valores universales de las sociedades en que viven,
porque esos valores son garantizados por las instituciones, el cuadro es distinto
en el ámbito mundial. En ese nivel de crítica, aunque existan valores universales,
no existe una ley que los garantice.; Es la identidad nacional la que permite
al grupo nacional reunir fuerzas para garantizar sus valores e intereses. Cuando
las relaciones son de competencia, los nacionalismos son menos duros y la cooperación
internacional es aún más viva cuando las relaciones son de explotación. No
obstante, en los dos casos no hay alternativa al nacionalismo, ya que la
cooperación no es el principio dominante en las relaciones internacionales.
En síntesis, el nacionalismo es una de las cinco grandes ideologías
que nacieron con el capitalismo. Como las demás ideologías, tiene legitimidad
democrática si rechaza criterios étnicos y es adoptada con moderación, sin
fundamentalismos. Usado de modo radical, el nacionalismo es terrible, como son también
terribles las radicalizaciones de las demás ideologías y su transformación en fundamentalismos,
que transforman el socialismo en estatismo, el liberalismo en neoliberalismo,
el eficientismo en dominación tecnoburocrática y el ambientalismo, en rechazo
de la ciencia y de la tecnología. El nacionalismo adecuado para las sociedades
democráticas es un nacionalismo liberal, eficientista, socialista y ambientalista,
compatible con el grado de desarrollo económico y político que alcanzaron las sociedades modernas. Es un nacionalismo
moderado que rechaza la guerra, respeta a las demás naciones, y promueve la cooperación
internacional en los problemas que transcienden a las fronteras nacionales,
como el calentamiento global, las enfermedades contagiosas, la droga y el crimen
organizado. En un mundo altamente competitivo, el nacionalismo es esencial para
que un país pueda formular su estrategia nacional de desarrollo económico y, si
se trata de un país en desarrollo, para que pueda alcanzar gradualmente los
niveles de vida de los países ricos, aunque debe estar combinado con los otros
grandes objetivos políticos de las sociedades modernas y con los derechos de
las otras naciones.
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NOTAS
1) La Unión Europea
todavía no es un país, pero ya tiene una constitución, muchas leyes, una
política comercial, un presupuesto, una bandera y una moneda comunes.
2) El historiador de los movimientos
nacionales en Europa Oriental define lo que normalmente se denomina
nacionalismo como “movimiento nacional” – “los esfuerzos organizados de
conquistar todos los atributos de una nación plena” (Hroch, 2000, p.87/8). Esa
distinción, sin embargo, no es razonable.
3) Nótese, por lo tanto, que distingo
Estado-nación de Estado; el primero es una unidad político-territorial, el
segundo, una institución. Puedo sin embargo usar la expresión “estados”, en
plural, para significar Estados-nación; en singular es siempre la institución
que, según Weber, tiene el monopolio de la violencia legítima, porque define la
ley, es la misma ley y la garantiza con el poder para ello.
4) Anthony Smith (1994, p.148) es visto
generalmente como un estudioso cuya definición de nacionalismo envuelve a misma
etnia. En verdad, lo que él muestra es que las etnias son normalmente el origen
de las naciones (no significa que se mantengan así), y que la transición de la
condición de etnia a la de nación es “de díficil problemática”; ella se da
cuando un grupo nacional líder logra crear un Estado, concretando la
“incorporación burocrática” de los grupos sociales en cuestión.
5) Robert Pape (2005), estudiando 375 casos
de ataques suicidas en Medio Oriente, concluyó que en el 95% de los casos, la
motivación fue principalmente nacionalista; apenas en el 5% restante fue
religiosa.
6) No considero a Portugal y España como
los primeros estados-nación, porque la revolución industrial que completaría a
la revolución capitalista surgió en ellos mucho más tarde.
7) La expresión “cosmopolitismo”, fue usada
originalmente por Hélio Jaguaribe (1962). La utilizo para evitar la expresión
“entreguismo”, que es más agresiva.
8) Ver las relaciones del Brasil con
Bolivia.
9) Mientras que la renta per capita media
de Corea, Taiwan, Tailandia, Malasia e Indonesia creció nueve veces (1011%)
entre 1950 y 2003, la renta per capita de las Filipinas creció apenas 136%,
poco más de dos veces.
10) David Harvey (2003) escribió un buen
libro con el título “el nuevo imperialismo”, donde destaca que su principal
forma de manifestación es la hegemonía ideológica. Sin embargo, no se da cuenta
de que el contenido del imperialismo cambió de la apertura comercial a la
financiera.