|
EUA está dos o tres siglos
detrás de la vieja Europa Regis Debray Clarín, 26 de febrero del 2003 En
el año 212, el emperador Caracalla le otorgó la ciudadanía a todos los hombres
libres en el Imperio Romano. Envalentonado por ese precedente, un amigo mío, ex
funcionario francés de alto rango, alguna vez le pidió a un presidente
norteamericano que tratara a los europeos como compatriotas. Fue una fantasía
agradable, sólo que se buscaban vasallos. Para
aliviar la actual crisis transatlántica, la Casa Blanca tendría que manejarse
entre esos dos extremos y tratar a sus aliados europeos como lo que son:
ciudadanos de Estados independientes, cada uno con su historia y geografía
idiosincrásica. Eso nos ahorraría muchos brotes de histeria inútiles, mientras
el Consejo de Seguridad esta semana considera el tema Irak. Cada uno con su geopolítica. Ocho de cada diez europeos
en la calle coinciden con la postura de Francia y Alemania y los gobiernos de
Gran Bretaña, España, Italia, entre otros, se aislaron de la opinión publica.
Frente a esta situación delicada, EUA eligió a Francia como su chivo
expiatorio. Al no tener experiencia como Estado satélite, a diferencia de los
países de Europa del este, Francia asumió el derecho de juzgar por sí misma (a
pesar de que muchas elites están en el campo norteamericano). EUA,
por supuesto, está en libertad de decidir que un sátrapa cadavérico, vigilado
muy de cerca, afecta sus intereses nacionales (y familiares). Si la
administración norteamericana está empeñada en precipitar una guerra, que es el
deseo más profundo de Osama bin Laden, si quiere darle una segunda oportunidad
al fundamentalismo, que actualmente está menguando, mucho peor para ustedes – y
lamentamos que el Pentágono no esté más familiarizado con la ley más constante
de la historia, el efecto perverso. Provocar
el caos en nombre del orden, y el resentimiento en lugar de la gratitud, es
algo a los que todos los imperios están acostumbrados. Y así que se
deslizan, de victoria en victoria militar, hacia su derrumbe final. La
“vieja Europa”, la Europa de las Cruzadas y de las fuerzas expedicionarias, que
quiso subyugar a Jerusalén, Argel, Timbuktu y Beijing con la espada y la
pistola, aprendió a distinguir entre
política y religión. En 1965, De Gaulle, uno de sus viejos campeones, le
advirtió a sus amigos norteamericanos que sus B52 no podrían hacer nada contra
el nacionalismo vietnamita, y que devastar un país no es lo mismo que ganarse
la mente y los corazones. Europa ya no considera su civilización como civilización
en sí misma, sin duda porque está más familiarizada con las culturas
extranjeras, principalmente el islam. Nuestros
suburbios, después de todo, le rezan a
Alá. Europa aprendió a ser modesta. Una civilización que se cree capaz de
arreglárselas sin otras civilizaciones, en general, está predestinada al
fracaso. Al defender sus intereses, una gran nación puede terminar promoviendo
la libertad. Así sucedió con los campos de concentración. No será el caso del
barril crudo de 15 dólares. La apuesta es espiritual. Europa
defiende una visión secular del mundo. No
separa las cuestiones de urgencia de las consideraciones a largo plazo. EUA
compensa su miopía, su tendencia a la improvisación, con una confianza
absolutamente bíblica en su destino trascendental. Los Estados Unidos puritanos
son rehenes de una moralidad sagrada; se consideran el depositario predestinado
del Bien, con la misión de derrotar al Mal. Con su confianza depositada en la
Providencia, persiguen una política que, en el fondo, es teológica y tan
antigua como el Papa Gregorio VII. Europa ya no posee esa arrogancia. Ya dejó de llorar por la Perfección y lleva adelante su
política...políticamente. Superó la era de los ultimátum, protectorados en el
otro extremo del planeta, y de la carga del hombre blanco. ¿Es ésa la era en
que Estados Unidos se empeña en entrar? No queda más que desearle buena suerte. La
“vieja Europa” ya pagó el precio. Ahora
sabe que el planeta es demasiado complejo, demasiado plural como para
insertarse en una lógica binaria monoteísta: blanco o negro, bueno o malo,
amigo o enemigo. Cabe preguntarse cuándo Washington aceptará contar hasta tres
y no pensar esto o aquello, sino esto y
aquello. Una evaluación sensata de las amenazas, sin caer en una ofuscación
emocional, es mucho más acorde con nuestro mundo actual, que balcaniza las
mentes a pesar de volverse más unido en sus acciones, que una investidura
divina impaciente. De
ahí esta paradoja: el nuevo mundo del presidente Bush, posmoderno en su
tecnología, parece premoderno en sus valores. En sus principios de acción. Estados Unidos está dos o tres siglos
detrás de la “vieja Europa”. Dado que nuestros países no ingresaron en la
historia al mismo tiempo, la brecha no debería sorprendernos. Pero con respecto
a cual de los dos mundos, el secular o el fundamentalista, es el más arcaico,
seguramente no es el que Donald Rumsfeld tenía en mente. |