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EN
UN MUNDO ROTO
Carlos Alonso Zaldívar 10 de Noviembre de 1998 Sabido es que no sabemos en
qué mundo estamos. Se acabó el mundo
bipolar de la guerra fría y, desde entonces, unos dicen que estamos en un mundo
unipolar con Estados Unidos de América
en el centro y otros que la historia apunta hacia un mundo multipolar.
El trescientos cincuenta aniversario de la paz de Westfalia nos recuerda que ya
no estamos en la Europa de entonces. Cierto. Pero ¿dónde estamos? Estamos en un mundo roto. Un
mundo en el que no hay orden global, ni tampoco desorden general. En Europa se
está asentando un orden nuevo, superior al de Westfalia. Los Estados – nación
se transforman para dar paso a Estados de otra modalidad entre los que la
convivencia ordenada ya no se basa en el equilibrio de poder, sino en la
conjunción de intereses muy estables. Pero Europa es muy pequeña. Gran parte
del mundo se asienta en equilibrios de poder entre Estados-nacionales a la
manera en que Europa se ordenó en Westfalia.
Otras partes se debaten todavía (o de nuevo) en guerras de religión (o
ideológicas) parecidas a aquellas a las que Westfalia puso fin en Europa. Cada
una de estas zonas tiene sus reglas, diferentes unas de otras, y no hay reglas
que rijan las relaciones entre las distintas zonas. Ello no significa que haya
tres, cuatro o más mundos. Al contrario, el mundo está más integrado y
comunicado que nunca. El mundo es una unidad, pero una que está rota. Robert Cooper publicó en 1996
un trabajo titulado “The Post-Modern State and the World Order”, en el que
explica que hoy existen Estados premodernos, modernos y postmodernos. Los
Estados premodernos malcumplen el principio weberiano de monopolizar el uso de
la fuerza, por lo que resultan más o menos caóticos. No son pocos y los hay en Europa.
Los Estados modernos mantienen los principios de soberanía y de no injerencia
así como el monopolio de la fuerza y dirigen su política exterior en busca de
la hegemonía o de un equilibrio de poder y, cuando les interesa, piden que la
ONU proporcione seguridad colectiva. En esta categoría se incluyen China,
India, Pakistán, Brasil, México, Israel, Irán, Turquía y muchos otros. La
mayoría de los Estados europeos, sin embargo, ya no son modernos, se han
convertidos en Estados postmodernos. Los Estados postmodernos se caracterizan
por ejercer la soberanía de manera tan flexible que posibilita compartirla, se
encuadran en organizaciones que regulan la injerencia de unos en los asuntos
internos de otros, han renunciado a usar la fuerza entre ellos y buscan la
seguridad a través de la mutua vulnerabilidad y de códigos de conducta
acordados. Los Estados miembros de la Unión Europea son los Estados
postmodernos por antonomasia (Europa vuelve a inventar formas política), aunque
el concepto también alcanza a otros países europeos y no europeos como Canadá y
Japón. La transformación de los
Estados europeos en postmodernos ha sido lenta y laboriosa. Comenzó tras la
Segunda Guerra Mundial después de comprobar reiteradamente que la búsqueda de
la hegemonía terminaba en guerra, que el establecimiento de equilibrios de
poder, antes o después, también terminaba en guerra y que los sistemas de
seguridad colectiva no lograban evitarla. Comprobar esto le costó a los pueblos
de Europa, sólo este siglo, más de sesenta millones de muertos. Al final se
convencieron de que el recurso a la guerra conllevaba más desastres que
ventajas, incluso para quien la gana. La posterior aparición de las armas
nucleares confirmó rotundamente esa visión y la extendió más allá de Europa. La guerra fría fue el último
equilibrio de poder en Europa, pero ya no fue un equilibrio sólo entre Estados
europeos. Su final pacífico y el asentamiento de la Alemania unificada en la
Unión Europea han confirmado la viabilidad histórica del Estado postmoderno. La Unión Europea no es un
superestado – continental que viene a reemplazar a los Estados – nación de
Westfalia, es una agrupación de Estados postmodernos que pone fin a los
intentos de dominio de un país europeo sobre el resto y a los inestables
equilibrios de poder en Europa. Es una puesta en común de recursos al servicio
de un proyecto compartido. Siempre hay un riesgo de volver al pasado, pero la
UE es ya algo sólido, resultado de la evolución y de la voluntad de unos
cuantos pueblos que comparten una azarosa sangrienta historia. Los Estados Unidos y Rusia
son otra cosa, son (digo yo, no Cooper) dos Estados atípicos. Parte de Europa
es rusa y Rusia es europea en parte, pero tiene tamaño y recursos como para
valerse por sí sola. Esto le empuja a seguir siendo un Estado moderno inclinado
a relacionarse con otros países a través de equilibrios y hegemonías. Rusia
atraviesa ahora una etapa traumática que podría terminar haciéndole retroceder
hacia un status premoderno. No es lo más probable. También puede ocurrir que
Rusia evolucione hacia comportamientos postmodernos, base para ello tiene en el
profundo rechazo al recurso a la fuerza que muestra su población. Una evolución
así de Rusia coincide con el interés estratégico de la UE, pero no se puede decir
que hasta ahora hayamos contribuido mucho a
promoverla. En cuanto a los EUA, pese a
que se les califique como la única superpotencia mundial, distan de ser el
centro de un mundo unipolar. Una cosa es tener un potencial mayor que el de
cualquier otro país, y otra disponer de la voluntad interior y de la
legitimidad exterior necesarias, para usarlo cuando se quiera. En muchos de los
previsibles escenarios de conflicto, EUA no contarán ni con la una ni con la
otra. Con su gran tamaño, su heterogeneidad cultural y su corta edad, EUA son
un Estado que todavía no ha acabado de hacerse. Un Estado atípico que en
ausencia de una clara amenaza exterior que le cohesione, encuentra graves
dificultades para elaborar y aplicar una política exterior coherente. En el futuro
inmediato, se comportará, a veces, como un Estado moderno con pretensiones de
autoridad extraterritorial y ambiciones hegemónicas (eso pretende una
influyente minoría convencida de que debe liderar el mundo, ya que cuenta con
recursos para hacerlo), otras veces actuará como un Estado postmoderno
(atendiendo a una gran parte de su población que se niega a gastar dinero y a
arriesgar vidas para resolver problemas exteriores que no considera suyos), y
en algún momento puede llegar a actuar como un Estado premoderno (empujado por
sus grupos fundamentalistas, opuestos a la globalización, a la ONU y dispuestos
a teocratizar el Estado). Algo de todo eso ya viene ocurriendo. En pocas palabras, un mundo
roto no es sitio para moverse con simplificaciones. El fin del cuius regio eius
religio, no significa el regreso a la aceptación de la religión (política o
económica) verdadera, que es con lo que acabó Westfalia. Significa que ahora
rige el cuius religio eius regio, es decir, que el Estado postmoderno se atiene
a lo que diga la gente. Eso en casa. Pero Europa es pequeña y cada vez más.
Fuera no rigen las reglas postmodernas. Con los Estados atípicos pueden
funcionar, si ellos muestran su faceta postmoderna, lo que significa descartar
liderazgos y seguidismos. Lo postmoderno, consiste en renunciar a la ventaja
coyuntural a favor de la convergencia estratégica, es decir, en condenarse a
pactar renunciando a lo unilateral. Cuando se trata con un Estado moderno, eso
no siempre es posible y los postmodernos deben contar con recursos propios para
reaccionar en tal coyuntura. Si lo fian a que alguien les saque las castañas
del fuego descubrirán que esa posibilidad va a ir desapareciendo o volverse
cada vez más cara. Al tratar con los Estados modernos, la UE debe desechar todo
eurocentrismo arrogante y recordar que son Estados tan sensibles a las
maniobras y alianzas hostiles como lo fueron los Estados europeos, durante los
tres últimos siglos. Teniendo esto
presente, su fuerza no bruta le permitirá resolver bien casi todas las
negociaciones. Finalmente, la postmoderna UE se va a encontrar con frecuencia
ante situaciones en los Estados premodernos que herirán la sensibilidad
humanitaria y democrática de los europeos. La respuesta a estos casos es
difícil. ¿Qué hacer? ¿Aliviar al que sufre en su carne o tranquilizar a quién
padece porque otros sufren? Lo segundo siempre es mucho más fácil que lo
primero. Pero no se trata de eso, ¿verdad? Un mundo roto, siempre te
rompe algo. |