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NAVEGANDO
ENTRE SIGLOS CARLOS ALONSO ZALDÍVAR “El País” de Madrid, 18 de
Noviembre de 1999 Hace ya diez años Europa ha entrado en otro de esos prolongados períodos
que, desde el comienzo de la edad moderna, viene experimentando recurrentemente
al cambiar de siglo. El primero se dio entre 1492 y 1521. En ese lapso España
realizó su unidad y descubrió América, la reforma protestante fue escindiendo
Europa y los otomanos llegaron al valle del Danubio. Así tomó forma un siglo
XVI marcado por el predominio del imperio español y del imperio otomano. Ese
orden comenzó a verse cuestionado con la derrota de la Armada Invencible en
1588 y se rompió definitivamente con el inicio de la Guerra de los Treinta Años
en 1618. En los 30 años que median entre estas dos fechas se fraguó la
preponderancia francesa que caracterizaría el siglo XVII, hasta que en 1689
Inglaterra comenzó a crear problemas a Francia, originando una situación que
sólo encontró acomodo al final de la Guerra de Sucesión de España en 1714. Algo
semejante pasó entre Viena y Constantinopla. Todo lo cual dio paso a un siglo
XVIII en el que Inglaterra y Francia compartieron con Austria el predominio de Europa. Pero en 1789, una vez más al
acercarse el fin del siglo, la Revolución Francesa quebró el orden anterior y
no se llegó a decantar otro nuevo hasta el Congreso de Viena en 1815. De allí
surgió el orden del siglo XIX, que fue el de la Santa Alianza, es decir, el del
dominio de Inglaterra y Alemania en Occidente y el de Austria y Rusia en la Europa
oriental. En 1890 cayó Bismarck y se inició otro cambio de fin de siglo. Rusia,
Francia e Inglaterra se fueron aproximando para terminar, en 1914,
enfrentándose conjuntamente a Alemania. Hasta la Revolución de Octubre y el
final de la Gran Guerra, no quedaron establecidas las líneas maestras del
equilibrio europeo para el siglo XX; líneas confirmadas más tarde por el
resultado de la Segunda Guerra Mundial, que ratificó el declive de Inglaterra,
de Francia y de Alemania y dio paso a la hegemonía de Estados Unidos y de la
Unión Soviética, dos potencias más-que-europeas que establecieron el orden
mundial de la Guerra Fría. Este orden empezó a quebrarse
en 1989 y el mundo ya lleva diez años contorneando esa especie de Cabo de las
Tormentas que, se diría, separa los siglos. A Estados Unidos la navegación le
va bien, se ha convertido en una potencia militar sin parangón y, tras una
década de crecimiento económico ininterrumpido, parece creerse que éste no
tendrá fin. Casi nadie le dice lo contrario. Ha tenido que ser el editor
económico de The Economist (25/09/99) quien le recuerde que ese crecimiento se
parece mucho a una burbuja y quien advierta a todos de lo peligroso que es
confundir los deseos con la realidad. Pero ya se sabe, aunque tenga razón,
nadie quiere oír a Casandra. Entretanto, casi todos los
países tratan de beneficiarse de la burbuja mientras se preguntan qué va a
hacer Estados Unidos con su creciente poder. Kosovo dejó claro que los
dirigentes europeos confían en que el gigante militar americano continúe
secándoles las castañas de los fuegos en su periferia. Compraron la teoría del
hegemón benigno. Rusia y China, muy al contrario, se han convencido de que nada
más maligno para ellas que la existencia de un hegemón mundial. Tras 15 años de
confiar/especular con la ayuda y las inversiones de Occidente, se diría que han
decidido asentar su futuro en sus propias fuerzas porque las cuentas les salen
negativas. Rusia teme que, si sigue como
va, al cabo de la próxima década habrá perdido el trans – cáucaso, toda su
influencia en Asia Central, tendrá a la OTAN en sus fronteras y los reformistas
– occidentalizantes habrán vendido los recursos que todavía le quedan. Se diría
que en Chechenia ha decidido poner pie en pared y empezar a empujar en otra
dirección. En el próximo presupuesto ruso se recortan los pagos de la deuda
exterior y se aumentan los gastos de defensa. En las próximas elecciones se
verá. Los dirigentes chinos temen que la bonanza económica ha desaparecido del
horizonte y para resistir lo que venga se han puesto a reforzar la cohesión
política del país. Si las rentas no van a seguir subiendo, procurarán elevar el
orgullo nacional. Ya han anunciado que la integridad de China es el tema y que,
si es necesario, harán que toda la política del país y una parte de la mundial
giren en torno a Taiwan. Claro que cabe preguntarse si rusos y chinos tendrán
la fuerza necesaria para avanzar en esas direcciones. Difícil de saber, pero
hay indicios de que, si por separado no las tienen, puede unirlas para
reforzarse mutuamente en poner límites a la superpotencia americana. Japón lleva estos diez años
de travesía oyendo sermones de Estados Unidos sobre cómo debe manejar su
economía. Y haciendo oídos sordos. Cuando comenzó la crisis financiera de 1997,
Japón hizo una propuesta para mitigar los daños en los países del sureste
asiático y Washington respondió que era un disparate. Dos años después, el FMI
ha reconocido tácitamente que metió la pata y explícitamente que las medidas
heterodoxas de Malasia han dado resultados. Todo esto puede apuntar a que los
países de Asia del este y del sureste se preparan para funcionar en el siglo
XXI con criterios económicos propios y más coordinadamente. ¿Y qué va a hacer la
superpotencia americana? Clinton habla délficamante. Acaba de decir que su
política exterior se sitúa entre el “aliento a los derechos humanos” y la
“consecución de la seguridad nacional”. O sea, una política de valores que se
detiene donde choca con una política de intereses. Pero ¿no es una política de
intereses disfrazada de política de valores? De qué extrañarse. A fin de
cuentas, un valor no es otra cosa que un interés superior. ¿Y quien define en
Washington el interés superior? La respuesta es que nadie o muchos, lo que
viene a ser el mismo. El Pentágono tiene su política exterior que muchas veces,
por ejemplo en Timor Oriental, no coincide con la del Departamento de Estado.
Tampoco coinciden los ímpetus globalizadores de Wall Street con el ambiente
proteccionista que campea por el resto del país. Antes, cuando pasaba eso, la
oportuna presencia de un enemigo permitía unificar todo. Ya no. Ahora la Casa
Blanca y el Senado opinan exactamente lo contrario sobre el Tratado de
Prohibición Total de Pruebas Nucleares. Si en un tema como ése Estados Unidos
no sabe cuál es su interés nacional, ¿en qué lo sabe? Tampoco la Unión Europea anda
sobrada de ideas claras. Se ha lanzado hacia el nuevo siglo con una moneda casi
común y un plan de ampliación. Algo es, pero no basta. Como el euro es nuevo,
el Banco Central Europeo sólo piensa en acreditarlo ante los mercados, pese a
que el paro lo desacredita en la calle. En cuanto a ampliarse, no sabe ni
cuánto, ni cuándo, ni si la ampliación va a reforzar la integración o lo
contrario. Y, para ponerlo más difícil, se resiste a lo único que puede
compaginar ambas cosas: flexibilizarse para que los países que lo deseen formen
un núcleo duro y el resto se acomode con holgura en brazos más sueltos, como en
una galaxia espiral. En cuanto a la
política exterior, la duda existencial persiste: ser satélite de Estados
Unidos, como reclama Tony Blair, o astro con luz propia, como algunos sueñan.
Quizá termine siendo Estados Unidos quien corte el nudo pesciano. Globalización
significa complejidad, y una ley de los sistemas complejos es que no pueden
funcionar jerarquizadamente. En un sistema jerárquico, la complejidad del
comportamiento del sistema debe ser menor que la complejidad de la entidad que
lo controla. El mundo globalizado en el que vivimos es (a su propia escala) mucho
más complejo que Estados Unidos (a la suya). Por eso, aunque Estados Unidos sea
un espécimen único por su poder, no consigue dirigir el zoo internacional. Y,
proclamas de liderazgo aparte, lo sabe, e igual saca las consecuencias. Para ver el perfil del siglo
que viene, al otro lado del Cabo de las Tormentas, hay que erguir la cabeza y,
lamentablemente, la Unión Europea navega encorvada. |