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EL FMI Y EL
COLAPSO ARGENTINO Luiz Alberto Moniz
Bandeira Abril
de 2005 Hegel tuvo razón cuando dijo que, aunque se recomiende a los gobernantes,
estadistas y pueblos que aprendan, preferiblemente, a través de la experiencia
de la historia, lo que la experiencia y la historia enseñan es que los
gobernantes y los pueblos nunca aprendieron nada de la historia ni se comportan
de acuerdo con sus lecciones. Este es el caso de la Argentina, donde la
convulsión social y política era perfectamente previsible y se presumía
inevitable, como consecuencia de la crisis económica y financiera en la que se
sumergió. La Argentina, bajo el
gobierno de Juan Domingo Perón (1946/1955), nunca ratificó la Carta de la OEA y
el Tratado de Bretton Woods,
ni adhirió al Fondo Monetario Internacional ni ratificó el Acuerdo General
sobre Tarifas Aduaneras y Comercio. Fue el Gobierno Provisorio,
encabezado por el general Pedro Aramburu, que, en 1956, tomó todas esas y otras
iniciativas, inclusive la de firmar una serie de acuerdos militares con los EUA, mediante los cuales la Argentina aceptó el
funcionamiento permanente de una misión militar norteamericana, en el ámbito
del Ministerio de Defensa, con el objetivo de coordinar la uniformización
de los armamentos que serían utilizados en la defensa del hemisferio, y las
escuadras de ambos países pasaron a realizar maniobras conjuntas en el
Atlántico Sur. El general Pedro Aramburu, jefe del gobierno provisorio
(1955/1958), recibió inmediatamente después un crédito de U$S
100 millones del Eximbank, U$S
75 millones del FMI, U$S 50 millones de bancos
americanos y U$S 30 millones más de la Standard Oil Co.1. Y llevó a cabo
una serie de medidas liberales, a fin de contener la inflación, restaurar la
agricultura y garantizar el ingreso de capitales extranjeros. Desde entonces, después
de la caída de Perón en 1955, la Argentina también estuvo siempre sometida, con
breves intervalos, a políticas económicas liberales y planes de estabilización,
recomendados por el FMI y por los gobiernos de los EUA.
Electo presidente en 1958, Arturo Frondizi, en vista
del deterioro de la balanza de pagos, terminó por ceder a las exigencias del
FMI, para obtener nuevos préstamos, así como de los militares, colocando al
liberal Alvaro Alsogaray en el Ministerio de
Economía, y sometió a la Argentina a un drástico plan de estabilización
monetaria, que implicaba poner fin a las restricciones a las importaciones y
ejecutar un programa de austeridad. En aquella ocasión, en el Brasil, el
presidente Juscelino Kubitschek
se rebeló y rompió los acuerdos cuando el FMI (10/06/1959) exigió la reducción
de los gastos públicos (inversiones públicas, especialmente en el Petrobrás),
acusándolo de intentar forzar al Brasil a una “capitulación nacional”, a fin de
que su “industria cayese en manos extranjeras”2. “Los americanos” – dijo Kubitschek – “no sólo no ayudaron sino que entorpecieron
las negociaciones con el FMI”3. El plan de
estabilización, que Kubitschek se rehusó a aplicar en
el Brasil, Frondizi lo llevó a cabo, reprimiendo el
desarrollo económico de la Argentina y profundizando la crisis social.
Las Fuerzas Armadas lo derrocaron en 1962. Y, no obstante la experiencia
negativa del plan de estabilización monetaria aplicado por Frondizi,
José María Guido, que lo sucedió, se dispuso aún a ejecutar, con el aval del
FMI, otros dos shocks económicos, que afectaron
seriamente a la industria, transfiriendo renta para el sector agropecuario,
esto es, para la oligarquía rural, solidaria con los intereses del capital
financiero. La instrumentación de medidas restrictivas del crédito
perjudicaron, principalmente, a las pequeñas y medianas empresas, sobre las
cuales se asentaba el importante núcleo manufacturero de la Argentina, al
imposibilitarles el acceso a los financiamientos bancarios, una vez que los
grupos oligopólicos no sólo disponían de mayores
recursos propios para el capital de giro, sino que conseguían mayor
capitalización del excedente económico, mediante el incremento de la
productividad. La antinomia entre los intereses del sector agroexportador y las necesidades de la industria, que no se
resolvieron, más bien se agudizaron, durante el Gobierno de Perón,
recrudecieron, entonces, con la disputa por los escasos recursos disponibles,
dentro de un marco de estancamiento económico, en que los sindicatos,
fuertemente organizados y conducidos por la CGT, reaccionaban, por su lado, y
estorbaban la eficacia del congelamiento salarial. La consecuencia fue el
prolongamiento de las tensiones sociales, que debilitaron al Estado e
impidieron la formulación de una voluntad nacional, en la medida que ningún
sector de las clases dominantes tenía fuerza suficiente para afirmar su
hegemonía, sino por la violencia, y establecer un consenso, a fin de
implementar un proyecto consecuente de desarrollo económico, a largo
plazo. La turbulencia de las Fuerzas Armadas, cuyas facciones siempre
estaban en disputa, reflejaba, sobre un telón de fondo de la resistencia
sindical y de la oposición peronista, el estancamiento económico y o la impasse social que producían la inestabilidad
político-institucional en la Argentina. Y la baja de su PBI per cápita continuó, con un
índice de 0,3%, entre 1961 y 1963, mientras azules (legalistas) y colorados del
Ejército, se batían a duelo en los cuarteles y en las calles de Buenos
Aires. Arturo Illia, un moderado de centro-izquierda, cuya campaña, con
énfasis en las críticas a las imposiciones del FMI y a los contratos
petrolíferos firmados por la administración Frondizi,
asumiera un carácter nacionalista, ganó las elecciones, en 1964, como candidato
de la Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP),
curiosamente el único aliado civil con el que los militares de la línea dura,
los colorados, habían contado. Y a los azules, que dominaban el Ejército,
no les quedó alternativa, en aquellas condiciones internas y externas, sino de
asegurarle la asunción al Gobierno de la Argentina. Sin embargo, en 1966,
Arturo Illia fue derrocado y los militares asumieron
directamente el poder. La consecuencia fue el prolongamiento de las
tensiones sociales y el país no superó el círculo vicioso en el que el
estancamiento económico y la inestabilidad político-institucional
recíprocamente se realimentaban. La tendencia estructural al
estancamiento no se revirtió. Por el contrario, se agravó, como resultado
de la política económica del Gobierno encabezado por el general Juan Carlos Onganía (1966/1970), cuyo ministro de Economía, Adalbert Krieger Vasena, suspendió casi
todas las trabas a las importaciones de manufacturados, llevando a centenas de
empresas argentinas a la bancarrota y agudizando los conflictos sociales, cuyo
punto culminante fue en 1969, con la eclosión del Cordobazo,
el primero de una serie de levantamientos obreros en varias ciudades, y de la
guerrilla urbana. La deuda externa de la Argentina ya alcanzaba entonces un
monto aproximado de U$S 4 billones4. Frente a tal situación,
las Fuerzas Armadas, en 1970, destituyeron al general Onganía.
En Marzo de 1971, el comandante en jefe del Ejército, general Alejandro Lanusse, asumió el Gobierno y procuró superar la impasse política, mediante la restauración de las
instituciones democráticas, permitiendo que Perón retornara al poder, a través
de elecciones, en Septiembre de 1973, con el 62% de los sufragios. En
aquella época, el propio Perón denunció que “el imperialismo y sus agentes
vernáculos siguen sosteniendo la necesidad de que nos reduzcamos a continuar
siendo un país de pastores y de agricultores”, aclarando que “no obedece a otra
cosa la verdadera destrucción que sobre nuestra industria se viene realizando
desde 1955 (...)”. Y, luego subrayó que “los Estados Unidos no sólo no
nos ayudaron sino que nos sabotearon sin solución de continuidad e hicieron
todo lo posible por impedir nuestro progreso”, declaró: “Si consideramos que el
mal de nuestros países radica expresamente en su descapitalización y su
endeudamiento del que jamás se logra salir, podemos apreciar las ventajas que
pueden acarrearnos las ayudas prometidas que, además, nos obligan a menudo a
someternos a exigencias sociales y políticas que, por intermedio del Fondo
Monetario Internacional, llegan por el conducto económico, que en manera
alguna, puede justificar una entrega ignominiosa o una subordinación que raya
en la infamia”5. Perón, mientras tanto,
falleció antes de cumplir un año de asumir el gobierno (01/07/1974). Su
viuda y vice-presidente, Isabel Perón (María Estela
Martínez), lo sucedió. Pero las condiciones económicas de la Argentina
enseguida volvieron a deteriorarse, al mismo tiempo en que las organizaciones
de derecha y de izquierda (peronistas montoneros y trotskistas) volvieron a
promover actos de terror, secuestros, ataques a cuarteles y osadas operaciones
de guerrillas en Tucumán. El gobierno de Isabel Perón, confuso y sin
cohesión, fue, en tales circunstancias, derrocado por las Fuerzas Armadas
(1976). El general Jorge Rafael Videla, jefe de
la Junta Militar, nombró a José Alfredo Martínez de Hoz (de la misma corriente
doctrinaria de Alvaro Alsogaray
y Krieger Vasena), ministro
de Economía y, en medio de una sangrienta represión política, llevó adelante
otro radical programa de liberalización económica, en los términos pactados con
el FMI, con el objetivo, entre otros, de liquidar la base social de la CGT y
del peronismo, mediante la desindustrialización de la
Argentina, destinada, de acuerdo a la teoría de las ventajas comparativas, a
exportar carne y cereales que podía producir con eficiencia e importar las
manufacturas que necesitaba. Sus medidas de shock,
que contaron con la previa aprobación del consenso de las Fuerzas Armadas,
consistieron en el congelamiento de salarios, extinción de los subsidios,
reducción de los gastos públicos, privatización de las empresas estatales,
liberación del crédito, de los precios, de los alquileres urbanos y
arrendamientos rurales, así como de una completa apertura del mercado interno a
las importaciones, con la eliminación de las tarifas aduaneras y la
valorización de la tasa de cambio. No tardaron en darse los resultados de
ese programa de liberalización económica, cuya ejecución el embajador de los EUA, Robert Hill, juzgara
propicia para los intereses norteamericanos y anunciara al Departamento de
Estado, cerca de un mes después del golpe militar de 1976, proponiendo el apoyo
del Eximbak y el respaldo para programar la deuda
argentina. En efecto, la inflación cayó de 386% en 1976, a 150% en
1977, pero la Argentina creció apenas 1,5% y la participación de los salarios
en la renta nacional, bajó, en el mismo período, a 31%, el índice más bajo
desde 1935. La junta militar, bajo la orientación de Martínez de Hoz,
transfirió al sector privado, entre 1976 y 1980, cerca de 120 empresas
industriales y comerciales, mientras que el Banco Nacional de Desarrollo y la
Caja Nacional de Ahorro y Seguro, vendieron las acciones de otras 207 empresas
y redujeron su participación en más de 2976. Y la apertura del mercado
devastó, al final, a las industrias nacionales, que no pudieron competir con
las mercaderías importadas del Japón y de otros países de Asia, así como de
Europa y de los EUA, a bajo precio, y la
participación de la industria en el PBI en la
Argentina, del orden de casi 30% en 1974, decayó para 25%, en 1980, mientras la
deuda externa saltaba de U$S 7,8 billones en 1975, a
cerca de U$S 27,1 billones en 1980. Ese
endeudamiento, sustentado en las reservas monetarias que posibilitaban la
apertura de la economía, serviría solamente, tanto para estimular formas de
consumo suntuario (importaciones de artículos superfluos y de aquellos que la
propia Argentina producía), así como para financiar viajes turísticos al
exterior. El incremento de acumulación de capital, a través de la
compresión de los salarios, no significó, sin embargo, una mejora en las
inversiones productivas, que alimentaran un nuevo ciclo de expansión de la
economía. Los excedentes, de los cuales los grandes empresarios y
banqueros se apropiaran, se evadieron del país, en medio de una incontrolable
especulación financiera y de la recesión industrial, dejando al pueblo
argentino con la mayor deuda externa per cápita del
mundo. La industria se transformó en chatarra, el desempleo aumentó y los
conflictos sociales y políticos se agudizaron. La crisis de la deuda
externa, deflagrada por Méjico en 1982, disipó la expectativa de la oligarquía
rural, alimentada por Martínez de Hoz, de restaurar la Argentina bucólica e
idílica, sin crisis de energía, sin falta de alimentos, sin exceso de
población, sin agitación social, exportando carne y cereales e importando todo
aquello que necesitaba, como a fines del siglo XIX,
en la belle époque de
Buenos Aires. Pero, como bien observó Rogelio Frigerio,
la Argentina quizás era “el único país que ha caminado en el sentido inverso al
que sigue la historia de la humanidad: se ha desindustrializado”7.
El general Leopoldo Galtieri, intentando entonces
salvar el régimen militar, invadió el archipiélago de las Malvinas.
Y al desastre económico, social y político, sumó el desastre militar. La
Argentina perdió la guerra contra Gran Bretaña, que recibió el apoyo de los EUA, no recuperó las Malvinas y el régimen militar se
desmoronó. En tales circunstancias, sin restaurar la Argentina bucólica e
idílica, sin agitación social, como a fines del siglo XX,
(ilusión que la crisis financiera de México a fines de 1982 terminó por disipar),
las Fuerzas Armadas debieron convocar a elecciones, realizadas en 1983. Raúl Alfonsín,
candidato de la Unión Cívica Radical, venció la elección a la
presidencia. Pero, sin poder controlar la hiperinflación, pasó el
Gobierno al peronista Carlos Menen, en 1989, pocos
meses antes de finalizar su mandato. Menen
nombró a Domingo Cavallo ministro de Economía y trató
de reestructurar la economía argentina, según el modelo neoliberal. Su
política económica, contrariando toda la doctrina de Perón, fue esencialmente
la misma defendida por los liberales Alvaro Alsogaray,
Adalbert Krieger Vasena y
José Martínez de Hoy. Y, a pesar del éxito inicial en el control de la
inflación, dejó a la Argentina, al cabo de diez años, con una distribución de
la renta igual o peor que en 1989, cuando la hiperinflación pulverizaba los
salarios de los trabajadores. Los índices de pobreza, que crecieron
durante la hiperinflación de 1989, no disminuyeron a los niveles mínimos
anteriores, a pesar de la estabilidad monetaria. Y la situación
financiera de Argentina también se tornó extremadamente crítica. Su deuda
externa, del orden de U$S 144,6 billones, a fines de
1999, equivalía a cerca del 50% de su PBI, estimado
en U$S 271,9 billones (1998), y el progresivo y
rápido agravamiento de los “déficit-gemelos” – el
déficit en las cuentas externas (balanza comercial y de servicios) y el déficit
en las cuentas internas del gobierno – comenzó a generar desconfianza en los
inversores, tanto argentinos como extranjeros, llevándolos a suspender las
inversiones directas, en portafolio o préstamos. La expectativa de un default en las obligaciones externas, o sea, que la
Argentina dejase de cumplir sus compromisos, se volvió cierta, desde 1998,
aunque obtuviese del FMI un préstamo stand-by del orden de U$S
7.4 billones. El presidente Fernando de la Rúa, que sucedió a Menen en 1999, mostró, mientras tanto, que nada había
aprendido con la experiencia ni con la historia. Convocó a Domingo Cavallo para sacar a la Argentina del pantano en el que él
mismo la hundiera. El aumento de impuestos y los cortes presupuestarios,
exigidos por el FMI, no redujeron, sin embargo, a cero el déficit fiscal, y la
insistencia en la sobrevaloración del peso,
enganchado al dólar por la Ley de Convertibilidad, provocarían necesariamente
la explosión social y la inestabilidad política. La crisis se agravó
dramáticamente en Diciembre de 2001, cuando el FMI negó a la Argentina un nuevo
financiamiento, del orden de los U$S 1.264
millones. En medio de una violenta explosión social, con las masas en la
calle, Domingo Cavallo, el artífice de la crisis,
cayó del Ministerio de Economía, Fernando de la Rúa renunció a la presidencia,
el poder político implotó y el esperado default aconteció. “La esencia de este modelo perverso
terminó con la convertibilidad” – declaró Duhalde,
considerando “agotado” el liberalismo que llevó a la Argentina a la bancarrota,
al caos, y tornara inevitable la pesificación, o sea,
el fin del currency board,
que vinculara artificialmente el peso al dólar, dando a los argentinos la
ilusión de que estaban viviendo en el Primer Mundo. En Agosto de 2000,
Fernando Henrique Cardoso,
presidente del Brasil, diría a la prensa que no era posible dejar a la
Argentina en crisis sin darle condiciones de supervivencia. Y, haciendo
alusión al FMI y al gobierno de los EUA, agregó: “La
Argentina hizo todo lo que le pidieron. Ahora será castigada?”8. Sí. La Argentina fue castigada exactamente
porque casi todos sus gobiernos, desde la caída de Juan Perón en 1955, hicieron
siempre todo lo que el FMI y el Departamento del Tesoro norteamericano
determinaron, aunque la currency board
(vinculación del peso al dólar) fuese una decisión de la dupla Carlos Menem – Domingo Cavallo, sin
embargo aplaudida en Washington. De hecho, como escribió
el periodista Paul Krugman,
el “catastrófico fracaso” (catastrophic failure) resultó de las políticas económicas aplicadas en
la Argentina con el sello – “made in Washington”. Y, no sin razón, el
economista americano Jeffrey Sachs,
advirtió que el país, que sigue la receta del FMI ciegamente, corre el riesgo
de acabar en un abismo”. “Lo que quiero decir es que, algunas veces, eso
significa no obedecer totalmente a lo que determina el FMI” – enfatizó Jeffrey Sachs, destacando: “Basta
mirar a la Argentina para ver lo que sucede”. Al contrario de la
Argentina, sin embargo, el Brasil, nunca cumplió totalmente las recomendaciones
del FMI. Siempre resistió a las imposiciones del FMI y, por esto mismo,
se desarrolló, a pesar de sus graves problemas. Como honestamente
reconoció el profesor Arthur Schelesinger
Jr., que fue uno de los principales asesores del
presidente Kennedy (1961/1963), “si los criterios económicos del FMI hubiesen
predominado en los EUA en el siglo XIX, nuestro desarrollo económico habría sido más
lento”11. Y agregó: “Al empecinarnos en la ortodoxia fiscal de las
naciones en desarrollo, quedábamos en la posición de la prostituta, que,
habiéndose jubilado mediante sus economías, pasa a creer que la virtud pública
exige el cierre de todos los burdeles”12. NOTAS 1 Peterson, Harold F. La Argentina
y los Estados Unidos – 1810/1960. Buenos Aires: Editora Universitaria de Buenos
Aires, 1970, p. 577. 2 Discursos do
presidente Juscelino Kubitschek no Palácio do Catete e no Clube Militar, in
Correio da Manhã, Rio de Janeiro, 18/06/1959 e 27/06/1959. 3 Entrevista do
ex-presidente Juscelino Kubitshek ao Autor, Rio de Janeiro, 1971. 4 Perón, Juan D. La Hora de los
Pueblos. Buenos Aires: Pleamar, 1973, p. 27. 5 Id., ibid., p. 110. 6 Martínez de
Hoz, José. Bases para una Argentina Moderna – 1976/80. Buenos Aires: s/ed., 1981, p. 51. 7 Frigerio, Rogelio. Diez Años de la Crisis Argentina.
Diagnóstico y programa del desarrollo. Buenos Aires: Sudamericana-Planeta,
1983, pp. 47/48. 8 Entrevista do
presidente Fernando Henrique Cardoso in
O Globo, Rio de Janeiro, 9 de Agosto de 2001. 9 Krugman, Paul -
“Crying with Argentina”. The New York Times, NY,
1/1/2002. 10http://www.bbc.co.uk/portuguese/economia/020920_sachsecors.shtml 11Schlesinger Jr.,
Arthur – Mil dias (John Fitzgerald Kennedy na Casa Branca), Rio de Janeiro:
Civilização Brasileira, 1966, vol. I, p. 177. |