LOS CRÍTICOS DE ESTADOS UNIDOS

 

 

 

 

Leopoldo González Aguayo

 

Octubre de 2004

 

 

Ciertamente existen una serie de formas de abordar el tema sobre “Los críticos de Estados Unidos”, que entre otras posibilidades, pueden ir desde el ángulo de los críticos externos, pero sin duda también, el de aquellos otros que no dudan en hacerlo desde la perspectiva del interior. En esta ocasión, me inclinaré más bien por presentar algunas reflexiones que incluyen un enfoque con el que a mi juicio pretendo abarcar, el componente esencial del problema, no tanto el de la existencia o los criterios que manejan los citados críticos internos y externos (los cuales dicho sea de paso pueden ocuparse tanto de los aspectos generales como de los específicos de la realidad estadounidense), sino sobre todo de la plataforma que permite cubrir a ambos grupos, y al mismo tiempo paradójicamente, la nada remota posibilidad de colocarse en la situación de al efectuar esto último incluso hacer caso omiso de ellos, pero aún en mucho mejores términos, que es lo que verdaderamente nos interesa, abordar el asunto desde la perspectiva, o si se quiere, la manera como finalmente se logra neutralizar a los dos grupos. Este último mecanismo o procedimiento, sumamente complejo e ingenioso, también sin lugar a dudas es el diseño cuya original existencia, me esforzaré por describir e intentar interpretar a continuación.

 

Los aproximadamente cerca de 290 millones de estadounidenses, que pueblan sobre el globo un espacio territorial que suma 9,363,123 kms2. (incluyendo Alaska), equivalen en proporción a sólo un poco menos del 5 % de la población mundial, la cual por supuesto se aloja, ocupa y se despliega sobre el mencionado espacio territorial, mismo que por su parte, resulta equiparable apenas a un poco más del 6% del total de las tierras emergidas del planeta. Pero sin embargo, nadie duda que desde ahí, los intereses que ha logrado acumular y representar tan simbólico núcleo de poder, alcanzan a desbordarse e impactar, contaminar e invadir permanentemente, a la totalidad del globo terráqueo (1).

 

Pues bien, la historia de este notable pueblo, muy pronto organizado en los senderos del modelo político europeo de los Estados nación, y que por lo tanto, también conforma en nuestros días uno de los 191 miembros originarios y oficialmente representados dentro de la Organización de las Naciones Unidas a la que entusiastamente ayudaron a fundar en 1945, para que ningún país volviera a recurrir “a la amenaza y al uso de la fuerza”, empezó hace casi cuatro siglos, cuando entre otros en las primeras décadas del siglo XVII de nuestra era, llegaron a bordo del famoso buque Mayflower tras cruzar el norte del océano Atlántico provenientes de la Gran Bretaña, para establecerse en las actuales costas del estado norteamericano de Massachussets y ahí empezar a formar el territorio de la Nueva Inglaterra, en especial los así llamados deliberadamente “peregrinos” (the pilgrims). Un grupo de la secta cristiana protestante fundada en Ginebra pocas décadas antes, por el reformador francés Juan Calvino, los cuales a su vez, se designaban y consideraban dentro de esta circunstancia a sí mismos, como “los puritanos”. Primer grupo de emigrantes ingleses que hasta nuestros días, dicho sea de paso, han ejercido una determinante influencia sobre la nación en todo su conjunto, en especial a través de la muy particular interpretación que desde entonces ya hacían de sus correspondientes tesis religiosas, afectando y marcando en adelante con ello y por lo consiguiente, toda la vida y la ideología estadounidense. Significativamente también en nuestros días llama aún más la atención el hecho, por actualmente tratarse en el caso estadounidense, de una sociedad evidentemente considerada como desarrollada, aunque curiosamente mantenida por sus múltiples dirigencias durante todo el tiempo, respecto a las otras pocas decenas que en el mundo existen de ésta misma índole, dentro de un marco o bastidor que tampoco hay ninguna duda para finalmente poderlo catalogar e interpretar, no sólo en términos de bastante, sino de notablemente religiosos (2).

 

Ahora bien, en un trabajo de esta naturaleza no podemos prescindir de los siguientes rubros. Primero, el contexto en el que se da el sistema más que de la toma de las decisiones políticas estadounidenses, el de la estructura y conformación de aquellos que toman dichas decisiones. En segundo lugar, más que ocuparnos del sin duda interesante sistema del equilibrio político interno, más bien de la permanencia y perpetuación en el poder, por parte de los miembros que conforman la alta estructura política. En tercero, el original sistema que permite manipular conjuntamente con fines de control, por un lado, tanto a la citada estructura política en sí misma, como por otro, a la mencionada perpetuación en el poder de las respectivas elites políticas, binomio que, asombrosa y casualmente, les sirve al mismo tiempo a éstas últimas tanto para legitimarse a sí mismas, como para precisamente durante todo el tiempo, contrarrestar y neutralizar a sus no escasos críticos y disidentes. En cuarto lugar, la suma de todo este original conjunto o ecuación (incluyendo a la propia disidencia), permite a la citada dirigencia presentarse y exhibirse además ante el mundo, no sólo como quienes detentan el mejor sistema político, social y económico hasta ahora existente en el planeta, sino más bien según ellos mismos afirman, como quienes disponen del único sistema realmente perfecto, justo y equilibrado, que jamás se haya dado, durante el despliegue en abanico de las absolutas e infinitas complejidades que hasta el día de hoy ha conocido la organización del espíritu humano.

 

Como enunciamos anteriormente, el pretexto del estudio de los críticos internos y externos del sistema estadounidense, nos obliga a su vez, a hacer una pequeña reflexión si bien visto con una mayor precisión, solo de un carácter e índole tangencial, respecto al sistema de toma de decisiones políticas norteamericanas, exclusivamente a efecto de lograr identificar o, aún mejor, dilucidar ciertos o algunos aspectos relativos a la composición social de la dirigencia de este país.

 

La dirigencia estadounidense, la cual por cierto no conoció precisamente sus inicios con los llamados “padres fundadores”, es decir, de aquellos que fueron quienes llevaron a las trece colonias a la independencia en 1783 y por lo consiguiente, conformaron la arquitectura y la estructura de la república que ahora conocemos, sino más bien aquellos otros, que con mucha mayor antelación dirigieron y condujeron a los emigrantes y de éstos, concretamente a los que encabezaron a los primeros de ellos. En otras palabras y en última instancia, hablamos nuevamente entre otros, de los dirigentes que guiaron al citado grupo de los “peregrinos”, y quienes por lógica, no pueden resultar diferentes al común de todos los demás conductores de pueblos.

 

Ahora bien, socialmente, o aún mejor, ante la pregunta respecto a ¿de qué grupo o grupos sociales proceden los conductores de los pueblos?, una respuesta muy sencilla consiste en reconocer que, en el caso de todos los pueblos y casualmente durante todas las épocas de la humanidad, sus dirigencias literal y necesariamente siempre provienen, ni más ni menos, que de las filas de las elites de esos mismos pueblos (3).

 

En consecuencia, el modelo político estadounidense en este sentido tampoco puede resultar diferente, ya que el patriciado o la aristocracia liberal, casualmente por ser masónica, de las trece colonias, no solamente formaban entonces visiblemente la elite dirigente: política, social, económica, cultural y religiosa de las mismas en 1776, sino que, por simple lógica, son quienes por lo mismo van a asumir el costo de encabezar el movimiento político que finalmente culmina en 1783 con la completa independencia de los territorios, que hasta ese momento Inglaterra ocupaba en esta parte de Norteamérica. Además, por si lo anterior fuera poco, es el único grupo que en una forma simultánea, al tiempo que encabeza y dirige la lucha política y militar, puede enviar o más bien, utilizar a sus representantes ya perfectamente establecidos para entonces en Europa (originalmente a efecto de atender con muy diversos fines, pretextos y compromisos, las obligaciones desprendidas de las simples relaciones inter-elites entre los poderosos grupos masónicos, y de paso, también la red de negocios comerciales que, por supuesto, muy activa y directamente llevaban a través, y por medio de ellos, con el viejo continente) en este caso, a fin de llevar a cabo y concretar en especial, los detalles de la negociación, con vistas a obtener y apresurar justo, el sustancial apoyo, por algo más que una simple casualidad, de los rivales tradicionales de su madre patria. Apoyo a la postre obtenido, especialmente a través de idóneas alianzas, logradas por lo demás en forma óptima y en el curso de la mejor de las coyunturas internacionales. Es decir, en particular en circunstancias para todos ellos cruciales, no sólo a efecto de verse sostenidos en el combate que libraban al otro lado del Atlántico, lo que ya sería bastante, sino con el fin de apuntalar oportunamente la propia moral interna. Preciosas alianzas como las en ese momento obtenidas, con Francia y España. 

 

Alianzas estratégicas que, de no haber existido o contado con ellas, bajo las circunstancias de una cierta lasitud, en que precisa y explicablemente para ese entonces habría podido irse deslizando y derivando, la segunda parte del mismo proceso, especialmente en el campo de los rebeldes norteamericanos, la romántica historia de la lucha por la independencia tal como la conocemos hoy en día, seguramente no se hubiera saldado en su favor con la relativa rapidez y las muy pocas pérdidas como realmente ocurrió, sino más aún, sin duda se hubiera escrito en una forma muy diferente.

 

Desde luego, estamos hablando de una elite que de entrada también estuvo acostumbrada desde su llegada al continente americano, a practicar el autogobierno político, dado que esa a su vez era una implícita tradición, implementada y sostenida por simple necesidad requerida por otra parte, por la dirigencia de la propia metrópoli británica, además de para nada escatimar permitirle también a estos mismos súbditos, exactamente en torno de los mismos criterios, y paradójicamente aduciendo sobre ellos finalmente las mismas razones de control, una gran libertad de acción y de iniciativa, en los terrenos: económico, social, cultural y, desde luego, religioso. Diferencia de experiencia no solamente fundamental, sino por supuesto toral y de fondo, comparada con aquella otra que respectivamente conocieron los habitantes de las colonias españolas establecidas en el centro y en el sur del mismo continente, los cuales salvo el caso de los de Costa Rica, quienes al menos en los terrenos político-económico (por razones muy particulares en las que, a la llegada de los europeos, muchísimo jugó la escasez casi absoluta en dicho territorio, tanto de comunidades indígenas como de metales preciosos, lo que ocasionó que la meseta central de este pequeño y muy bello pero entonces espacio de muy difícil acceso, finalmente fuese ocupado a su vez por una reducida población de origen europeo español y, además, ésta última se viera obligada en función de su propia pobreza a laborar por sí misma la tierra, por todo lo cual incluso no es de extrañar que consecuentemente desde entonces la misma, entre otras cosas se iniciara en las prácticas del autogobierno), mientras los otros habitantes no digamos de los grandes, sino de los verdaderamente inmensos territorios coloniales hispanos, nunca llegaran a experimentar o conocer tales veleidades, por la sencilla razón de que en su caso la metrópoli castellana, precisamente porque no ignoraba la existencia de modelos similares o parecidos de descentralización y de autogobierno, como el del cabildo y las comunas, aún radicados dentro de la propia península ibérica, en ningún momento se preocupó por hacer un gran misterio ni en lo más mínimo por disfrazar, la profunda antipatía y la desconfianza, que tales modelos le inspiraban para eventualmente aplicarse en sus muy vastos territorios americanos (4).

 

EL INICIO DE LA MITOLOGÍA NORTEAMERICANA

 

También es un hecho que, desde sus inicios, los habitantes de las nuevas colonias inglesas americanas, presumiblemente como veremos más adelante, no teniendo otro referente histórico, literal y obligadamente quedaron encuadrados, enmarcados, y por otra parte, muy bien articulados entre sí, por y en una serie de mitos. Mitos de entre los cuales para empezar, nos interesa destacar o entresacar, especialmente cuatro: 1) el mito de ser el pueblo elegido de dios, el cual a la mencionada dirigencia del grupo o secta cristiana de los “puritanos”, no le costó mucho trabajo vender, ya que además del hecho de ser el designio más importante del texto en la correspondiente versión depurada del Antiguo Testamento, todos los miembros de dicha comunidad religiosa estaban obligados no sólo a leerlo, sino justo a aprehenderlo (aunque en la Biblia original como es bien sabido tan importante designio quedaba expresamente reservado a los israelitas). Estupendo designio que menos trabajo costó para que, incluso de una manera democrática fuese adoptado, una vez desembarcados durante los inicios del invierno en el norte del continente americano hacia 1620, dado que el citado grupo casualmente se salvó de la inanición, al respecto por la muy oportuna intervención de las comunidades indígenas precisamente allí establecidas, quienes con su desinteresada iniciativa al darles como su primer alimento americano precisamente guajolote (de la palabra náhuatl “huaxolotl” que significa pavo), rescataron  in extremis con ello a estos europeos recién llegados. Loable acto que, a su vez, la dirigencia puritana que los conducía menos se olvidó adecuadamente de interpretar, como la máxima prueba precisamente impuesta a esta nueva versión del pueblo elegido al arribar justo a la tierra prometida, ni más ni menos que, por parte de la divina providencia. Hecho que, además, desde entonces cada 27 de noviembre, anualmente se celebra en la Unión Americana mediante una ceremonia ex profesamente sagrada, al respecto designada también con el muy especialmente significativo apelativo de: “the thanksgiving day” (día de acción de gracias a la divinidad del Señor por haberlos salvado), que consiste justamente en celebrar en una reunión durante la misma jornada, al calor de una cena en virtual comunión familiar, precisa y nuevamente pavo (5).

 

Mito que, sin duda, ha sido necesario no sólo mantener, sino exaltar en su plena vigencia hasta el día de hoy, en este otro caso, además de para encubrir, para llenar el enorme vacío ocasionado por otro muy importante hecho histórico social que, aunque en una práctica por cierto bastante inconsciente, no por ello ha dejado de acompañarlos y de marcarlos hasta nuestros días. Dado que los norteamericanos de todos los tiempos difícilmente reconocen o identifican sus raíces históricas entre otras cosas, porque los emigrantes a partir de esos primeramente mencionados y que por lo mismo se sentían punto menos que iluminados, en lo general no vinieron acompañados de toda una cultura identificable con un “pasado glorioso”, y aún aquellos que si la traían se vieron obligados, igual que todos los demás, a prescindir rápidamente de ella, a causa del original proceso de socialización, asimilación y estandarización, a que fueron y se vieron ya desde entonces violentamente sometidos de inmediato, conforme gradualmente los sucesivos y muy distintos grupos de inmigrantes pudieron ir desembarcando, en “esta tierra prometida” (6).

 

Hecho que literalmente acabó conculcándoles tanto el marco como las bases históricas en las que justamente descansaban sus respectivas raíces culturales (lenguas, tradiciones, folclor, cocinas), las cuales dicho sea de paso, asombrosamente a partir de ese momento una vez instalados en la tierra prometida, se consideró que ya no las necesitaban más. Original proceso tanto de recepción como de inmediata asimilación, que si bien para sus propios fines finalmente tuvo un rotundo éxito, al directamente incidir en la nueva e inmediata conformación del multifacético origen de los blancos norteamericanos, en el caso de los esclavos negros provenientes también pero de las múltiples y variadísimas regiones de la inmensidad africana, de donde pudieron ser capturados y secuestrados, virtualmente el nuevo y original diseño de asimilación alcanzó y demostró su máxima perfección, ya que a la fecha no existe ningún elemento (incluyendo los nombres y apellidos de todos y cada uno de sus excelentes deportistas y fantásticos artistas de la música y el baile), salvo el color de la piel, que permita identificar a sus actuales y muy numerosos descendientes con sus respectivas y particulares raíces y matrices africanas. Es decir, que el proceso de exterminio cultural a que en este último caso fueron quirúrgicamente sometidos, fue tan efectivo y perfecto, que no existe ni quedó rastro alguno tanto de la exuberancia e impresionante riqueza, como del extraordinario y multicolor abanico, e igualmente del exquisito y esplendoroso mosaico que, de suyo, no sólo acompaña sino, por así decirlo, práctica y afortunadamente, mantienen y continúan destilando, para beneficio de todo el género humano, sus fantásticas, sofisticadas e increíblemente profundas, raíces africanas (religiones, culturas, lenguas, folclor, cocinas).

 

Fenómeno actual de falta de identificación con sus sólidas raíces históricas que, hasta la fecha, obliga a que, en general, tanto blancos como negros (pero no así los hispánicos ni los asiáticos), arrastren dentro de la Unión Americana, además de un absoluto desinterés y desprecio por su verdadera y profunda historia, un consecuente e insoluble problema psico-sociológico personal de grave falta de identidad. Problema que ocasiona, entre otras cosas, que irónicamente el consecuente fenómeno social designado e identificado, por cierto con mucho orgullo en especial por los mismos blancos, como el “melting pot” (mestizaje o mixtura originalmente imaginado para deber aplicarse entre blancos, aunque por supuesto, particular y entusiastamente obligado a practicarse también entre los mismos negros, con el único fin de mejor perpetuar la esclavitud), casualmente no sólo no resolviera en particular para estos dos más importantes troncos sociales, sino antes bien, aumentara y agravara hasta hoy la confusión y la incertidumbre, que de por sí ya arrastraban según hemos visto ambos grupos fundamentales, con respecto al verdadero origen de su propia identidad (7).

 

Ahora bien, un verdadero “daño colateral” directa y precisamente ocasionado por esta misma falta de identidad respecto de estas dos principales formaciones sociales estadounidenses, es el haberlas dejado desde sus orígenes prácticamente en absoluta orfandad y vulnerabilidad para la proliferación en su seno, de cualquier clase de germen y virus, entre otros nos referimos a aquellos que impunemente pululan por todo el respetable cuerpo y espacio de la Unión, portados y esparcidos también desde un principio, tanto por el verdadero torrente de las sectas presentes, como por no pocos grupos, que públicamente hacen gala de sentirse y así mismo mantenerse, como iluminados. Grupos dicho sea de paso, nada débiles y, por el contrario, perfectamente cimentados, integrados y articulados durante siglos dentro de la sociedad estadounidense, de toda suerte, especie y ralea, considerando aquí incluso y desde luego, a los tampoco nada extraños fanáticos político-religioso de tipo y carácter extremista, en especial a los de tinte muy conservador, de la extrema derecha, sobre los que volveremos más adelante.

 

En consecuencia, llegados a este punto estamos obligados a profundizar aún más nuestro razonamiento, dado que la cultura es un bagaje cuyo sedimento social finalmente requiere de ciclos con dinámicas, no sólo marcadas en gráficas con arcos sumamente largos, extensos y suaves, sino por lo mismo, muy lentas dado el carácter denso, espeso y profundo de sus raíces, concretamente abarcando largos siglos e incluso milenios de sedimentación, en términos que casi podríamos suponer geológicos. Comparados con aquellos otros ciclos impulsados por otras curvas sociales, no sólo con gráficas mucho más breves y cortas, sino por lógica y como resultado, marcados con dinámicas muchísimo más aceleradas, por visiblemente deber efectuarse de forma menos profunda y, por consiguiente, en procesos que naturalmente transcurren más sobre la piel, o su corteza, es decir, sobre la respectiva superficie de los citados cuerpos. Gráficas cuya importancia estriba en que finalmente se ven inscritas a ritmos y velocidades distintas, y que incluso dentro de la cultura de una misma comunidad, o de un mismo pueblo, son aquellas que casualmente describen, acompañan y caracterizan a los respectivos y correlativos ciclos, no sólo de las, sino de sus correspondientes civilizaciones. Civilizaciones, que por su parte se ven graficadas y necesariamente consideradas, en un tiempo por supuesto dentro de una perspectiva en género plural, es decir, que estamos hablando de todas aquellas que con sus obligados períodos de tiempo como estamos viendo mucho más cortos, por definición han quedado integradas y enmarcadas, dentro del amplio y dilatado horizonte de una misma cultura. En resumen, por civilización entiendo al complejo conjunto social con su respetable multitud de variados procedimientos y fórmulas, por supuesto no sólo dinámicos, sino también suficientemente prácticos y flexibles, mediante y finalmente a través de los cuales, los diversos pueblos del planeta han hecho posible no sólo convertir sino, por así decirlo con mucha mayor propiedad, más bien volver y hacer operativos, tanto a los muy amplios diseños como a las reglas muchísimo más lentas y sofisticadas, dentro del correspondiente tablero y bastidor que al mismo tiempo de enmarcar, también se encarga por supuesto de cernir y decantar, a las densas y especialmente mencionadas combinaciones de los vastas y muy diversas redes de exquisitos elementos históricos, que nutren, conforman y por supuesto pueblan y dan vida, a cada cultura (8).

 

Luego entonces, al realmente lograr despojar en específico, simultáneamente, tanto a los emigrantes norteamericanos blancos, como a los esclavos negros, de sus respectivamente ricos y necesariamente complejos marcos, bagajes y ropajes culturales, lo único que realmente éstos últimos pudieron hacer, a fin de no precipitarse en el vacío, fue asirse con todas sus fuerzas, ya desde entonces, a las reglas tanto del enramado como del sugestivo y atractivo andamiaje operativo de esta novedosa civilización, que muy generosamente, y desde luego virtualmente como una verdadera revelación, a cambio de sus viejos ropajes culturales, se les ofrecía al desembarcar (estamos hablando, sin duda y con absoluta sinceridad, de la más prodigiosa civilización que jamás haya sido producida por la humanidad). En consecuencia, es esta misma civilización cotidianamente renovada, innovada y perfeccionada al infinito, durante casi los últimos cuatro siglos, la cual con muchísimo orgullo y por supuesto sin faltar una respetable dosis de no poca arrogancia, no sólo ha exportado la dirigencia estadounidense de todos los tiempos, sino la que desde luego conjuntamente con su peso geopolítico, impone brutalmente al mundo (casualmente al que consideran su nueva tierra de promisión), independientemente de que este último lo quiera o no. Modelo considerado por ellos mismos según dijimos, como absolutamente perfecto de civilización, que para que nadie tuviera dudas no sólo de las infinitas bondades y excelencias que lo envuelven, cobijan y caracterizan, sino también de la respectiva bendición y legitimación que por definición lo acompaña, deliberadamente terminaron denominando a su sin duda original franquicia, con el especialmente sugestivo título de: american way of life.

 

Como resultado, el desfase de una cultura tan joven que apenas se encuentra encuadrada al nivel de sus propios embriones (la estadounidense) frente al éxito sobradamente alcanzado y probado, con y por las sencillas y muy cambiantes reglas de su dinámica y violenta civilización, produce y trae como resultado no sólo la permanente confrontación, sino los roces y fricciones cotidianos, con el delicado enfoque lento y de muy largo plazo, que por supuesto acompaña y por definición evidentemente envuelve, a todas y cada una de las culturas existentes de la humanidad, por la simple razón de que justo y casualmente, de entrada, se propone e intenta no solamente sustituirlas, sino de paso y como ya hicieron con la suya propia: destruirlas. Vasto abanico de culturas aportadas por todo el género humano que, por si fuera poco, esperan sin duda con muchísima displicencia y paciencia, tomarse su tiempo, a fin más que finalmente acabar mutuamente absorbiéndose y pragmáticamente reduciéndose a una sola, antes que eso, más bien decantar sino de todas, de muchas de ellas, por algo más que una simple casualidad, al mismo tiempo que este depurado esfuerzo coincide en nuestros días con la brutal aceleración del torbellino exclusivamente económico provocado por la llamada “globalización” (la última invención con el fin de exterminarlas), destilando por así decirlo los suficientes elementos que, durante este primer momento, permitan alcanzar a estructurar lo que podríamos, desde luego ahora si con absoluta certeza y propiedad considerar, como justo la primera versión del muy delicado y sofisticado manuscrito, relativo al primigenio diseño de la verdadera civilización universal, que cubra y abarque a toda la humanidad. Civilización universal que, con seguridad nadie espera que precisamente sea producto de toda una revelación divina, pero por fortuna nos podremos conformar con que, al menos sea el resultado no sólo del mejor, y por ello mismo se le vea y considere tan pobre y modesto, del sin duda más exquisito y democrático esfuerzo de la maravillosa, compleja y articulada filigrana, por fin consumada por si y así misma, nada más durante el simple devenir de toda la portentosa y muy dilatada historia, de sus hijos y creadores: los propios humanos.   

 

2) El mito de la democracia representativa. Este mito que como ya explicamos, estaba perfectamente arraigado y presente desde la época colonial norteamericana, durante la cual siempre estuvo acompañado de algo así como de su propio corolario, a su vez también derivado de otras no menos viejas costumbres y tradiciones británicas, es decir, la descentralización con su correspondiente delegación de funciones. Mito original como su correspondiente corolario, que obviamente adquirirían ambos su verdadero auge y rostro, con la total independencia estadounidense. Sin embargo, como todos sabemos, literalmente estuvo muy acotado gozar de estos privilegios, en verdad reservados durante todo su período colonial sólo a los propietarios blancos. Delicado asunto, que tampoco resolvió la espantosa guerra civil de 1861 a 1865, a consecuencia de la cual sólo de una manera oficial se terminó con la esclavitud de la raza negra, porque sus reales efectos a este respecto, naturalmente por supuesto incluyendo los de la absoluta exclusión en la representación política para las grandes masas o la casta (9) de los no iniciados, se hicieron sentir y proyectaron aún por más de un siglo una vez terminada esta traumática contienda, hasta prácticamente la primera mitad de la década de los años setenta del siglo XX. Ello debido a que, hasta estas últimas fechas, los grupos progresistas de la Unión lograron empezar entonces a sobreponerse (y para ello sólo mediante una serie de verdaderas revueltas), sobre el criterio hasta ese momento perfectamente prevaleciente en toda la Unión Americana, de que los asuntos de la democracia política estaban reservados para los miembros de la raza blanca. Es decir, hasta esas fechas la citada democracia representativa funcionó, en exclusiva, como un asunto finalmente en ventaja no sólo de una elite aristocrática, sino además casualmente dicha elite siempre fue blanca. En otras palabras, se mantuvo incólume el “whites only”, y sin duda, el haber permitido que funcionara y se extendiera durante más de tres siglos y medio de la historia norteamericana, sólo mediante o a través de esta fórmula selectiva, ni más ni menos que para la orgullosa democracia representativa, demuestra una fehaciente falta de madurez y un correlativo infantilismo, y además que por supuesto nada retórico, de las propias y respectivas instituciones sociales y políticas de la joven república, visible y absolutamente incapaces de absorber y digerir, por cierto completamente aún hasta el día de hoy, a la totalidad del muy amplio espectro social, del cual dispusieron prácticamente desde sus orígenes.

 

Que se trata de un sistema político representativo armado a favor de una aristocracia, también a su vez lo revela, la verdadera longevidad de la costumbre, respecto a que sin interrupción, los distintos miembros de las familias patricias se hayan sucedido durante siglos, turnándose para ello y entre ellos, en los altos cargos y, desde luego, sin deber abandonar el poder (10). Aquí también debemos señalar que, a diferencia de los grandes movimientos de transformación revolucionaria, ocurridos en el mundo, en: Inglaterra, en Francia, en México, en Rusia, en China, en Cuba, para sólo citar algunos de los más radicales que casualmente triunfaron en el curso de los últimos tres siglos, en el caso estadounidense, los grandes fenómenos que han debido sufrir durante ese mismo tiempo y en el curso de su breve historia, más que por el número de ellos, mejor debemos abordarlos por el grado del correspondiente traumatismo producido, y bajo este último enfoque encontramos que no sólo han sido relativamente pocos, en vistas de que su concomitante traumatismo no permitió, o resultó a todas luces insuficiente durante el mismo lapso escurrido, a través de dicho modelo, para que con esto se pudiera lograr ocasionar una verdadera conmoción, con su respectiva alteración básica. Insuficiencia que como decimos evitó en consecuencia, la necesidad de transformar de raíz la verdadera estructura social y política interna, entre otras visibles razones, por medio no sólo del obligado cambio y la sustitución de las respectivas elites dirigentes, sino más bien, del tipo, la estructura y lógicamente la respectiva mentalidad que no sólo acompaña, sino que evidentemente envuelve y permea hasta el día de hoy a las mismas.

 

Hablamos por supuesto, de los nueve grandes acontecimientos que acompañan a la breve historia norteamericana: la guerra de independencia (1776/83); la invasión inglesa (1812/14); la guerra civil (1861/65); la participación en la primera guerra mundial (1917/18); la crisis económica (1929/41), la participación en la segunda guerra mundial (1941/45), la guerra de Corea (1950/53), la guerra de Viet Nam (1962/75) y los atentados de las Torres Gemelas del 11/09/01. Fenómenos en los que, salvo como una consecuencia de la guerra civil y un resultado muy concreto de la misma, sólo la parte de la derrotada elite sureña que finalmente y en esos momentos no se adaptó a las nuevas circunstancias, resultó afectada. Por otro lado, debemos señalar que, exclusivamente desde el punto de vista del aspecto traumático de estos mismos acontecimientos, la invasión inglesa de 1812/14, la guerra civil de 1861/65, la crisis económica de 1929/41, la guerra de Viet Nam de 1962/75, y los atentados a las Torres Gemelas del 11/09/01 (cinco de nueve), constituyen de la lista de dichos fenómenos, los que más incidieron en la conciencia de los estadounidenses. Casualmente, es este último, el de los atentados a las Torres Gemelas, el que finalmente ha demostrado y permitido no sólo aglutinar, sino lograr la absoluta convergencia de los norteamericanos, uniendo y articulando espontáneamente por la primera vez en su muy corta historia, permeando vertical y horizontalmente sin distingos, a todos los grupos, las clases sociales y a todas las étnias, presentes hasta ese día en el muy amplio espectro social estadounidense. Presumiblemente además del magistral uso del asunto por la dirigencia a través de los medios de comunicación, precisamente con ese objetivo, por otras dos grandes razones, sin duda, en virtud de lo impactante del propio acontecimiento, y en segundo término, visiblemente al haber puesto en grave crisis el concepto de la invulnerabilidad norteamericana (11).

 

Por otra parte, debemos hacer notar, que incluso a partir de la guerra de independencia, todos los traumáticos acontecimientos posteriores ya mencionados, hasta los de nuestros días, finalmente nunca se salieron o escaparon del contexto previsto por las reglas y los mecanismos legales internos. Reglas y mecanismos institucionales, establecidos o perfeccionados para lograr precisamente eso, por la propia elite aristocrática de los “padres fundadores” y que, con posterioridad, incluso durante los más grandes y aciagos acontecimientos internos más tarde ocurridos, y ya mencionados, nunca se han visto como dijimos esencialmente alterados (incluyendo las distintas sucesiones presidenciales siempre transcurridas dentro del previsto ritual de éstos mismos cánones). Todo lo cual demuestra que, desde la cima del poder, tampoco las elites dirigentes aún durante sus lógicas, normales y cíclicas peleas y disputas, en ningún caso realmente perdiesen el control, y yendo un poco más lejos en este mismo razonamiento, podemos concluir, que la negociación interna norteamericana intercupular, se ha revelado en consecuencia hasta el día de hoy, extraordinariamente eficiente.

 

Lo anterior también ayudaría fácilmente a explicar, por una parte, porqué hasta nuestros días, la dirigencia norteamericana se niegue a someter a sus propias fuerzas armadas al ámbito de la legislación internacional ya existente (legislación que ella no se opone para que eventualmente quede reservada y desde luego resulte aplicable a los miembros de las fuerzas armadas de cualquier parte del mundo, naturalmente con exclusión de los de las suyas propias); y, por otra, que simultáneamente la misma dirigencia reclame no sólo vehemente y frecuentemente, sino acompañada del peso de su muy respetable y máxima energía, la entrega de todos aquellos presuntos delincuentes del exterior, quienes presumiblemente pudieran encontrarse en el caso de haber afectado en cualquier parte del planeta intereses estadounidenses, lo que justamente se sabría al verse dichos presuntos indiciados, oportunamente sometidos a proceso y juzgados, aunque por supuesto no sólo dentro o bajo la cobertura, sino más bien a través de la perfección, del sistema de las leyes norteamericanas.    

 

Esto sin olvidar que, el verdadero juego político norteamericano interno prácticamente debe darse, en exclusiva y como condición, también después de siglos, ya sea por medio, o a través de los parámetros y el ritual si bien no escritos, de cualquier forma previamente establecidos, entre el partido republicano o el partido demócrata. Partidos que como todo mundo sabe, no mantienen diferencias ideológicas sustanciales (ambos se sostienen y hacen oficialmente suyos los más caros principios de la mitología que estamos exponiendo, por si fuera poco, incluso socializados por su misma y respectiva aristocracia), sino además, los dos se apoyaron durante largas décadas en otro mito: el de que los republicanos se sostenían esencialmente en los grandes representantes del capital, mientras los demócratas lo hacían más bien, en los trabajadores y los pequeños agricultores. En la práctica, los dos partidos siempre han gozado tanto del favor del empresariado como del proletariado, aunque sin duda los demócratas se vieron mucho mejor apoyados que los republicanos, durante ciertos o algunos períodos históricos concretos y por cierto muy importantes, entre la tercera y la quinta décadas del siglo XX, por verdaderas masas provenientes de las bajas clases medias depauperadas del país; pero sin embargo lo más asombroso del caso no es precisamente eso, sino el hecho de que durante muchas más décadas, los demócratas que se presentaron y exhibieron a sí mismos como los progresistas del país, encontraron casual y precisamente en el curso de ese largo y muy crítico período, un sustento electoral esencial y por lo mismo para ese entonces nada despreciable, justamente en el voto duro de los racistas blancos del sur.

 

Ahora bien, la persistencia muy arraigada de dicho racismo, no sólo en las áreas semi-rurales del sur, sino también en las grandes concentraciones urbanas del norte, prolongada en sus peores manifestaciones hasta mucho después de mediados del siglo XX, y que aún en nuestros días, fuera de los deportes, el jazz, las cárceles, los propios sistemas policíacos y de control represivo y, naturalmente, los frentes de batalla bélica, sólo se hace cumplir a cuentagotas en el amplísimo abanico de los otros aspectos de la vida, abona la tesis de la falta de madurez, durante todo este largo período, de la teoría de las no sólo supuestamente maravillosas y míticamente equilibradas, sino perfectas instituciones de la república, las cuales mediante su sola presencia, deberían haberlo evitado.

 

3) El mito de la libertad económica, o de la “libre empresa”. Este mito aparentemente logró venderse más fácilmente, es decir, en principio habría que considerarlo como una suerte de medida de compensación por la visible falta de capilaridad según hemos visto, durante 370 largos años, de la democracia representativa norteamericana. Pero en realidad si se tiene en cuenta que, virtualmente el permanente trasiego entre los hombres de negocios y los funcionarios blancos, con cargos en la alta representación pública, ha ocurrido a lo largo de los casi cuatrocientos años hasta ahora transcurridos en la vida estadounidense, sin duda la innegable y tangible existencia de la libre empresa sólo nos quedaría suponerla, más que como una obligada escalera, como un excelente filtro, a fin de permitir ascender mediante o a través de este muy vistoso, pero ciertamente no menos difícil y escarpado medio, eventualmente aún hasta los más altos estratos políticos de la república, a todos aquellos individuos no sólo suficientemente tenaces sino excelentemente dotados, quienes sin importar finalmente ni su origen social ni mucho menos la fuente de sus admiradas fortunas, de todas formas se verían por este solo hecho considerados y llevados no sólo hasta la cúspide, sino a los mismísimos altares de la pirámide del prestigio, exhibidos además como los verdaderos máximos modelos y los tangibles prototipos a seguir, de los self made men, o los fabulosos hombres norteamericanos de empresa.  

 

Aunado a lo anterior, también debemos hacer una reflexión respecto al hecho de que los emigrantes europeos blancos a los territorios de las colonias inglesas en América, se vieron literalmente estimulados por la excelencia operativa y la innegable efectividad, de las mejores reglas del capitalismo desde luego ya existentes para esa misma época. Con ello queremos decir que, incluso, su llegada en masa fue auspiciada y estimulada durante estos siglos con respetables excedentes de capital, al disponer desde el principio para ello de suficientes reservas de créditos bancarios, dado que los fundadores holandeses de la colonia de Nueva Ámsterdam, la cual poco después casualmente se convertiría en Nueva York, fueron los primeros visionarios quienes directamente se preocuparon por dejar perfectamente establecido y cimentado in situ, el modelo del sistema bancario-financiero que seleccionaría, recibiría y refaccionaría a las oleadas sucesivas de los futuros colonos europeos de clase media, si bien necesariamente y por definición, blancos. Es decir, son los circuitos del capitalismo moderno los que inician desde muy temprano, el verdadero despegue y despliegue de los innegablemente respetables territorios norteamericanos, dentro de la necesaria ecuación: colonos blancos con esclavos negros. Situación sobre la que nuevamente no podemos dejar de señalar, la profunda y toral diferencia que también la separa, a este respecto, de la paralelamente prevaleciente durante los tres siglos por la que transitaron y se extendieron las colonias americanas españolas y portuguesas, del sur del mismo continente, dado que durante todo ese tiempo los habitantes de estas últimas quienes por supuesto también conocieron a los esclavos, pero al mismo tiempo y en paralelo al ser sociedades polarizadas al extremo virtualmente desprovistas de clases medias, por lo mismo jamás supieron ni conocieron la existencia de un solo banco, y al respecto aún cabría preguntarse, si al día de hoy, éstos últimos ya han visto en la muy vasta amplitud de sus respectivos ámbitos, a la mejor representación de esta consecuente figura y firme etapa del capitalismo.

 

4) El mito de la libertad de expresión que, en buena medida conlleva, el de la libertad de conciencia. Difícilmente se puede suponer la existencia de los tres mitos anteriores sin la presencia de este último, y a su vez, tanto el mito de la libertad de expresión, como el de la libertad de conciencia, aseguran a su vez, el de la libertad de información. Mito de la libertad de expresión y sus corolarios, que igualmente se fundamentan en una dicotomía antagónica, de manera similar a los tres anteriores. Ciertamente, tanto los inconformes como los disidentes que siempre han existido durante los casi cuatro siglo de la historia norteamericana, en principio pueden y tienen la capacidad de expresarse, lo que desde luego no implica que con ello la gran mayoría de la población deba seguirlos, y a esto también habría que considerar que si no manejan, controlan o tienen acceso a los grandes medios de difusión (no sólo los actuales sino los perfectamente tangibles que siempre han existido en la historia norteamericana), obviamente sus puntos de vista realmente no sólo no van a ser debatidos, sino ni siquiera tendrán la oportunidad de ser presentados. E inversamente, tampoco es muy difícil suponer que quien verdaderamente ha tenido un acceso ilimitado en el curso de todos estos tiempos, a los medios prevalecientes de difusión, ha sido la elite aristocrática, cuyos representantes son sin duda quienes realmente debaten entre sí a través de dichos medios, naturalmente frente a todo el auditorio norteamericano, con el único objeto de obtener, mediante este indispensable e inigualable mecanismo, la necesaria legitimación de su actuación, una vez que con ello se atraen los obligados votos. Es decir que, y por eso se trata de un simple mito, los parámetros de la mentada libertad de expresión, se encuentran perfectamente bien acotados para todos aquellos que de manera temeraria pretendan, no digamos trastornar o subvertir, sino simplemente salirse un poco de los cánones, y ni imaginarse que dichos disidentes pudieran hasta ahora mismo valerse de la santidad de los citados medios, con el fin de radicalmente cambiar o transformar el perfecto sistema de control prevaleciente (12).

 

Una prueba más del increíble éxito del uso y manipulación ideológica que hace sobre su pueblo la aristocracia dirigente norteamericana, es la que se desprende del perfecto convencimiento que aquél tiene, respecto de su inigualable generosidad, altruismo y espíritu de cooperación hacia el resto del mundo, y en consecuencia, el traumático asombro que les produce conocer las agresivas respuestas que frecuentemente encuentran o reciben como simple efecto de las verdaderas iniciativas no sólo permanentemente llevadas, sino cabalmente implementadas a través de todo el mundo en su nombre, naturalmente por parte de su respectiva elite. Cotidiano fenómeno que frecuentemente presenciamos, de rechazo a la autocomplacencia norteamericana, que naturalmente la dirigencia estadounidense y sus propios y estupendos medios de difusión, conveniente y rápidamente se ocupan tanto de cubrir como de maquillar y transformar, sea mediante la recurrente explicación sobre la presencia o la contaminación de los sucesos por cuenta de sus respectivos enemigos ideológicos en turno (aquellos de carácter político, social o religioso), o incluso, bajo el sobado expediente de que se trata de pueblos acompañados y dotados, con un espíritu de mal agradecimiento, debido a la realidad de sus propias frustraciones y la consecuente envidia que al contemplar les corroe, no sólo la prístina presencia, sino el visible éxito que envuelve a las virtualmente únicas y prodigiosas instituciones norteamericanas, para olvidarnos del hecho de la absoluta frecuencia, con la que olímpicamente ignoran todos aquellos acontecimientos que realmente les resultan incómodos (13).

 

Ahora bien, cotidianamente el estadounidense medio nos demuestra su convencimiento de que porta y lo acompaña un dechado de virtudes, independientemente de las perfectamente plausibles e innegables que sin duda posee, se siente por lo mismo con derecho a suponer, que antes que recibir lecciones de los demás, él ha sido designado y justo enviado a la tierra precisamente para darlas. Dentro de este contexto mesiánico nadie debe sorprenderse, que este mismo norteamericano medio piense que también ha sido enviado a la tierra a imponer: la democracia, la libertad y la felicidad, aún para aquellos insensatos que justo se nieguen a tenerlas. Paradigmas que naturalmente incluyen como un premio o corolario: la paz. Luego entonces, el uso de la violencia (incluyendo la armada) que cotidianamente se les atribuye, tanto en su vida interna como en la externa, sólo es explicable como una simple y lógica medida, tanto de respuesta o de simple reacción, frente a las amenazas y agresiones de que ellos mismos resultan objeto, por supuesto por parte de las fuerzas del mal, al verse éstas últimas seriamente acosadas y puestas en entredicho, durante la obvia implementación de dicha misión providencial (se le denomina “ataque preventivo”), con el fin de combatirlas y de rechazarlas (14).

 

A su vez, también es una realidad que la mitología estadounidense se apoya en principio en el conjunto de los cuatro pilares descritos, los cuales por su parte no solamente se sostienen magistralmente a sí mismos, y por supuesto mutuamente se articulan entre sí, sino además sirven como estupenda cortina de humo, o, para analizar el fenómeno en términos estrictos de la teoría estratégica que a ellos tanto gusta, como genial maniobra de distracción a fin de esconder el verdadero juego, que en mi opinión, solo y únicamente consiste en mantener y garantizar incólume la perpetuación en los altos cargos dirigentes, a la mencionada aristocracia político-económica, la cual desde siempre hasta el día de hoy y mediante este subterfugio, ha conducido a la nación.

 

Pero aún esta inteligente maquinaria eventualmente se vería en problemas, de no estar en posibilidad de aunar y aplicar a tal diseño el mejor de los lubricantes, y además, capaz de mantener funcionando, ni más ni menos que durante cuatro siglos seguidos, a tan innegable y maravilloso aparato. Nos referimos al gran elemento, que hace las veces de gigantesco paraguas, que casualmente se vende conjuntamente con estos mitos precisamente desde hace esas cuatro centurias, nos referimos no al gran, sino al super mito de la seguridad.

 

LA POLÍTICA DE LA TENSIÓN

 

Esto último nos lleva a pensar que, para todos efectos y en forma permanente, el pueblo norteamericano no puede ser mantenido más que en tensión.

 

Luego entonces, el trabajo de la dirigencia estadounidense, consistente en lograr combinar y articular convenientemente, naturalmente dependiendo tanto de las circunstancias como de las coyunturas, los citados  pilares de la mitología que durante todo el tiempo y mediante todos los medios: políticos, económicos, sociales y religiosos, le han sido vendidos a su propio pueblo en diversas y variables dosis a través de etapas graduables, conjuntamente con la simple necesidad de apuntalar, al hecho de mantenerlo permanentemente en tensión. Iniciativa sin duda a su vez compleja, que a fin de verla implementada como un propósito verdaderamente genial, contra lo que podría originalmente pensarse, tampoco ello fue ni ha sido un problema insoluble, dado que justamente aquí también han jugado un papel capital las excelentes iniciativas a fin de alcanzar y tocar, la cuerda más sensible de sus emociones, en especial la del miedo y el odio, justamente al oportunamente hablarle de la necesidad de protegerlo, manteniendo para ello, preservando y garantizando al respecto, ni más ni menos que, además de su propia y respectiva integridad, su seguridad (15).

 

Debemos recordar que para la dirigencia norteamericana, aún desde la época colonial, la preocupación primordial cierta y casualmente fue la de la seguridad, o para expresarlo con sus propios términos, la capacidad de permanentemente realizar o implementar iniciativas con objeto de siempre mantener, alcanzar, perfeccionar y garantizar “su seguridad”. Por ello mismo, nadie debe sorprenderse, que tanto los ya mencionados “padres fundadores” de la Unión Americana, como hasta el día de hoy las más de cuarenta administraciones presidenciales posteriores, la suma de todos ellos nunca hayan hablado ni siquiera por un error, de “soberanía”, desde luego, en el sentido dentro de criterios de carácter preventivo-defensivo, como todo el tiempo lo hemos entendido para incluso protegernos casualmente de ellos mismos, entre otros a través de este mismo concepto, los mexicanos y los latinoamericanos.

 

En cambio, la seguridad, como la han entendido los dirigentes estadounidenses de todos los tiempos, es un concepto que sin duda al deliberadamente adaptar en su favor las mejores concepciones de la teoría estratégica, siempre permite mantener o guardar de manera permanente para esa misma dirigencia, tanto la libertad de acción como, obviamente, su capacidad de iniciativa (16). Es decir, que casualmente al manipular tales iniciativas dentro de los parámetros de este último amplio criterio, los protagonistas más que quedar asegurados contra los peligros y las amenazas ya existentes, lo están sobre todo, contra los peligros o las “amenazas” que puedan ocurrir, en este caso precisamente, de todas aquellas posibles acechanzas provenientes del exterior. En otros términos, lo que se pretende con dicha concepción, es asegurarse respecto a la posibilidad de eventuales amenazas que en su contra, precisamente ocurran en el futuro, para lo cual requieren y consecuentemente resulta necesario e indispensable adelantarse a los acontecimientos, lógicamente actuando convenientemente al respecto, escudados dentro del argumento de efectuar simples y normales maniobras de previsión como les es característico, aunque naturalmente en la práctica, dentro y sobre los correspondientes espacios territoriales, en manos de los otros.

 

Tampoco cuesta mucho trabajo deducir que obvia y deliberadamente frente a su propio pueblo, las dirigencias norteamericanas al manipular dentro de este amplio contexto el concepto de la seguridad, no les preocupa en lo absoluto que la soberanía de los demás quede de hecho sujeta y a merced de dichas necesidades, y consecuentemente, al disminuir con ello lógicamente la capacidad soberana de todos los demás Estados, en verdad los dirigentes estadounidenses se presentan casual y finalmente en el escenario ante los ojos de su propia opinión pública, no sólo como los verdaderos salvadores del mundo como resultado de un simple decreto divino, sino en consecuencia, también como los únicos existentes en el globo con reales y tangibles posibilidades para ejercer y disfrutar, de dicha capacidad soberana.  

 

De esta forma, el permitir que los valientes y arrojados “pioneros” blancos norteamericanos según recordamos previamente financiados, invadieran los territorios inmediatamente contiguos a sus fronteras, aunque naturalmente en manos y bajo las reglas de otras soberanías, fue por una parte, más que visto, a su vez bendecido como un designio divino (“the manifest destiny”), al mismo tiempo que, por otra, tal iniciativa no dejaba de ser por ellos mismos señalada e inmediatamente presentada ante su propia opinión pública, irónicamente como un nuevo y grave desafío a su propia concepción de la seguridad. Doble fenómeno que, de un lado, religiosamente les obligaba a cumplir o acatar con el mandato divino, mientras por el otro, a nunca olvidarse de “cubrir” o“cerrar” justo de nueva cuenta, la angustiosa inseguridad a que permanentemente les había conducido, la simple necesidad de implementar sus propias y aguerridas iniciativas a fin de asegurar las fronteras terrestres. Luego entonces, a fin de resolver el nuevo y permanente dilema siempre abierto, en la práctica se vieron obligados a invadir ad infinitum los espacios territoriales subsiguientes, naturalmente en manos de otras soberanías, casual y finalmente, hasta que durante esa aciaga primera etapa lograron alcanzar las únicas fronteras seguras existentes en el mundo, es decir: las de las costas oceánicas.

 

Ahora bien, una vez que obtuvieron, mediante este procedimiento, la dimensión del respetable espacio continental (de costa a costa) que no sólo previamente, sino con muchísima antelación (ochenta años antes), precisamente se habían fijado alcanzar para la naciente república los visionarios miembros de su aristocrática dirigencia, naturalmente la de los mismísimos “padres fundadores”, automáticamente se trasladaron a la inmensidad de los espacios oceánicos las potenciales y angustiosas posibles nuevas amenazas. Por lo que en adelante, a partir de las últimas décadas del siglo XIX, fue menester adoptar una política, aunque ahora obviamente designada como: “de seguridad marítima”, la cual contempló la adquisición, casualmente también por cualquier medio, de islas y territorios estratégicos en los océanos, por supuesto, a fin de neutralizar desde ahí mucho más que el surgimiento, la aproximación de eventuales peligros y amenazas futuras. Estamos hablando, de un lado, del papel de las islas Bermudas, de Cuba y de Puerto Rico, en el Atlántico; y del otro: de las islas Filipinas, de las Aleutianas, de las Marianas, de las Hawai y de las Galápagos, en el Pacífico. Estrategia geopolítica de adquisición de los mejores territorios estratégicos insulares, que convergió en su propio entorno desde ambas colosales vertientes oceánicas, por algo más que una simple casualidad, sobre la zona del Istmo de Panamá, y para mayor coincidencia aún, sobre el fantástico vértice de la que justo sería poco tiempo después por ellos mismos designada como: “Zona del Canal”. Por supuesto, a partir de estas mismas bases o vigías avanzados, funcionaría “la alerta temprana”, que detendría y neutralizaría a todos aquellos temerarios que pretendieran amenazarlos ahora desde el mar, ya que para estas mismas fechas por tierra, no existía más quien aunque se lo propusiera, pudiera hacerlo (17).

 

De esta forma, en nombre de su anunciada doctrina de la seguridad, la dirigencia norteamericana no sólo completó la invasión y sumisión de los espacios continentales que de larga data ambicionaba, así como el de Alaska, sino en consecuencia, ocupó o se anexó, en las últimas décadas del siglo XIX y los primeros años del XX: Cuba, Puerto Rico y la Zona del Canal de Panamá, además de las Aleutianas, las Filipinas, las Marianas y Hawai. Espacios estratégicos que como sabemos jugarían un papel clave, no sólo en graves momentos de verdadera tensión internacional, sino sobre todo, como el excelente trampolín, una vez que finalmente la dirigencia estadounidense se decidió a poner en marcha e implementar el siguiente paso, es decir, su consiguiente estrategia de justo al proyectarlos: “abrazar el globo”, naturalmente en el nombre sacrosanto de su propia seguridad.

 

Luego entonces, conjuntamente con los valores “puritanos”, la gran constante de la vida norteamericana, de todos los tiempos, es la continua necesidad de protegerse, y para ello oportunamente también desde los primeros momentos, se implementó el concepto de la seguridad, al que no es casual dada su importancia, que finalmente se le dotara y se le hiciera acompañar, según su costumbre, de todo un lenguaje y un ritual verdaderamente religioso.

 

También a partir de este contexto, resulta mucho más fácil explicar porqué, durante el consiguiente manipuleo del temor y el odio, en el curso de los últimos casi cuatrocientos años, los norteamericanos hayan estado bajo la constante presión de amenazas y peligros, primero de: “las brujas” y de los indios (a los cuales de esta primera región concreta y oportunamente ayudó a controlarlos la viruela aportada por los europeos), después, de los franceses, de los piratas bereberes, de los piratas del Caribe, de los ingleses, nuevamente de los indios, de los españoles, de los mexicanos, una vez más de los molestos indios (a quienes a partir de ese momento lograron prácticamente diezmarlos y casi exterminarlos, y a aquellos venturosos aunque muy pocos sobrevivientes, virtualmente internarlos o recluirlos en zoológicos), de los coreanos, de los nicaragüenses y panameños (esto a mediados del siglo XIX), una vez más de los españoles, de los chinos, de los filipinos, (además de la simultánea invasión por parte de los chinos y de los japoneses sobre el propio espacio territorial norteamericano), de los alemanes, de los japoneses, nuevamente de los alemanes (nótese que en esta segunda ocasión contra los germanos lo hicieron en nombre de las libertades democráticas y contra el racismo de estos últimos) aunque ahora unidos a los italianos, de los rusos, nuevamente de los chinos, nuevamente de los coreanos, de los guatemaltecos, de los cubanos, de los vietnamitas, de los negros, nuevamente de los panameños, de los dominicanos, de los libaneses, nuevamente de los negros, de los iraníes, de los egipcios, de los libios, de los palestinos, una vez más de los negros, de los nicaragüenses, nuevamente de los iraníes, de los iraquíes, de los yemenitas, de los somalíes, de los serbios, de los afganos, nuevamente de los iraquíes, de los narcotraficantes y de los terroristas, sin contar la parte que corresponda de estas mismas culpas, tanto a las abejas africanas como a las hormigas migratorias del Brasil, plagas que conjuntamente con la de los emigrantes mexicanos, y ahora de los de todo el mundo, los han llevado a desarrollar generaciones muy sofisticadas de armas de defensa con el fin de combatirlas, que incluyen hasta los insecticidas y las de tipo genético (18).

 

Como podemos ver, a partir de la época colonial y durante toda su historia, las dirigencias norteamericanas, han tenido que hacer frente no sólo a terribles desafíos, sino a pavorosas amenazas, que si las cernimos con los mismos criterios con los que en su momento han sido abordados por los propios críticos y disidentes estadounidenses (incluyendo entre ellos a distinguidos miembros de la familia Kennedy)(19), no resulta extraño que ellos mismos denominen “la invención de la guerra con México” al temprano conflicto internacional que tuvieron con nuestro país, en 1846/47; de manera similar se expresan dichos críticos sobre la guerra con España en 1898, o aún, el pretexto para iniciar los bombardeos aéreos contra Viet Nam del Norte en 1965, ya que estos últimos no les merece un apelativo diferente. Esto con el fin de no tener que referirnos al amplio y rico debate que se lleva a cabo en nuestros días, en los propios Estados Unidos, sobre la invención del conflicto en contra de Afganistán en 2002, y especialmente en contra de Irak, desde principios del 2003, y no digamos del respectivo sobre la cotidiana manipulación, sino de la simple y visible fabricación de la información, al referirse los medios estadounidenses de información a los mismos. De todo lo cual sacamos como elemental conclusión, que la perenne necesidad que manifiesta la dirigencia norteamericana, en el curso de los casi cuatro últimos siglos, para hacer la guerra al género humano, coincide plenamente con el supuesto de que se trata del medio más idóneo y capaz, a fin no sólo de mantener distraída, sino justo en tensión de manera permanente, a su propia opinión pública.

 

Ahora bien y como una simple coincidencia, en el curso de toda su historia, la violencia ha sido una fiel compañera de viaje de la sociedad norteamericana, y por lo mismo igualmente sin duda, ha sido el semillero más tupido y prolífico de los críticos de la propia sociedad estadounidense, los cuales siempre se aglutinan de suyo en una multitud de organizaciones sociales internas, aunque igualmente entre sí, con muy escasa coherencia de estructura y objetivos, a pesar de que tales organismos son parte esencial de la verdadera inflación actual, con el máximo variopinto de las llamadas organizaciones internacionales no gubernamentales, necesariamente las de los países desarrollados (las famosas ONG’s), cuya persistente característica, es la de muy escasa o nula articulación política entre ellas. Es decir, que el conjunto de este innegablemente respetable volumen de críticos y disidentes, finalmente hasta el día de hoy, han quedado y se han visto siempre en minoría, al tener que enfrentar a su propio poder público.

 

Violencia que impunemente se ha ejercido sin tregua alguna, contra indios, negros y mexicanos, y que, paradójicamente a su vez, es objeto de una profunda admiración y elogio, tanto por modestas como por poderosas instituciones, tanto oficiales como privadas, de la propia Unión Americana. De esta forma los cazadores de esclavos fugados, las masacres de indios, las de mexicanos y el admirado trabajo de los mercenarios y de los buscadores o cazadores de recompensas, han podido desarrollarse en una forma no sólo sistemática sino perfectamente racional, durante la no muy larga historia estadounidense. Por estas razones, el Ku Klux Klan, no sólo cuenta con una historia ininterrumpida de aproximadamente 130 fructíferos años, sino fue el sujeto que casualmente escogió, en 1915, el talentoso joven cineasta estadounidense W. Griffith para su muy temprana obra cumbre, precisamente a cuya señera elegía bautizó, además, con el muy sugestivo título, de: “El nacimiento de una nación”. Conjuntamente con el Klan, el cual a cuyas actividades de caza y linchamiento de negros agregó hacia mediados del siglo XX, la caza de comunistas, se unió también entusiastamente durante unos años, hace exactamente medio siglo, con el amplio objetivo más que de la persecución de comunistas, más bien de poner a raya y controlar a los críticos y disidentes liberales, el Macarthismo (por el nombre de su fundador el senador republicano Joseph Mc Carthy). A estas organizaciones se aliaron, con similares propósitos de mantener, conservar y defender la pureza de los valores blancos, así como naturalmente la de sus propiedades, hace poco más de cuatro décadas, otras organizaciones extremistas, entre ellas, la John Birch Society y la famosa Sociedad Americana del Rifle, no sólo con una innegable influencia, sino perfectamente toleradas, e incluso alentadas, por los altos círculos del poder estadounidense. Por supuesto, durante las turbulentas décadas de los años sesenta y setenta del mismo siglo XX, cuando finalmente durante las consiguientes revueltas sociales, aparecieron como simple reacción otras organizaciones igualmente extremistas, como las denominadas: el “poder negro”, los “panteras negras”, o los “musulmanes negros”, ahora formadas obviamente por disidentes negros, desde luego que éstas últimas si se vieron, no sólo sistemáticamente perseguidas, sino específicamente desmanteladas y, como resultado, no pocos de sus seguidores casualmente resultaron asesinados (no funcionando para ellos las maravillosas y equilibradas instituciones de justicia de la república), tanto por parte del famoso FBI, como por varias otras prestigiadas organizaciones oficiales policiales y de inteligencia (20).

 

Los deportes, las ferias y las exposiciones, sean locales, regionales, nacionales e internacionales, los parques mecánicos, el circo, la comedia musical, el cine, los modernos parques de diversiones, las series de televisión, los comics, las revistas de todo género, la prensa y los juegos de azar, considerados tanto como excelentes elementos de distracción, pero mucho mejor que eso, como los amortiguadores idóneos de la tensión.

 

La fantástica fabrica de ilusiones que, durante muy largas décadas, ha representado, tanto el cine como las series de televisión y los comics, aparte del embrujo que de suyo acompaña a estos maravillosos medios, desde luego se vieron desplegados a la escala que corresponde, y por supuesto sin traba alguna por parte de la dirigencia del gigante capitalista, a fin de cumplir el objetivo que, muy poco tiempo después de su invención, descubrieron que les correspondía desempeñar en el fabuloso adormecimiento de las masas.

 

Para una dirigencia inteligente como la estadounidense, menos podría escapar la importancia tanto de los deportes, de la fantasía de las ferias mecánicas, del circo, del rodeo, así como de los juegos de azar, a fin de cerrar el círculo de distracción y control de su propia población, y no digamos de la paralela neutralización de sus respectivos y permanentes críticos y disidentes. De esta forma, tanto los grandes estadios para las apasionantes competencias de: base ball, foot ball americano, basket ball, volley ball, hipódromos, galgódromos, velódromos, box, lucha libre, pistas de carreras de autos, carreras de motos, natación, buceo, regatas, ciclismo, tenis, golf, yatching, foot ball soccer, los juegos olímpicos, los deportes de invierno, alpinismo, excursionismo, paracaidismo, cacería, pesca, las artes marciales, los aerobics y el abanico de otras más, que incluirían los juegos de salón, desde el billar y el boliche hasta las partidas semanarias de poker, así como las salas de masaje anti stress, cumplen con los mismos objetivos socio políticos que: Las Vegas, Reno, Atlantic City, junto a la magistral e ingeniosa panoplia de las áreas de apuestas, respecto de todos los deportes anteriormente mencionados, para no olvidar a los productivos y muy reales sistemas de apuestas clandestinas y el auge de las llamadas “pirámides”, los cuales durante las cíclicas y recurrentes épocas de crisis económicas del país, invaden como hongos las áreas urbanas principalmente las de los marginados, de cuyo éxito y arraigo, habla por sí solo el hecho, de haber extendido por siglos su existencia. Recurrentes sistemas de absorción de la atención que, conjuntamente con la proliferación de las sectas, de los grupos presuntamente relajantes psicológico-espirituales, además de por supuesto, las mismas drogas y la prostitución, y durante las últimas cuatro o cinco décadas, el complejo, increíble y altamente sofisticado sistema del comercio espectáculo (los  Mall’s), y en particular, durante las últimas tres, las extraordinarias y complejísimas redes, tanto del internet como de los juegos electrónicos, necesariamente individuales por simple definición. Panoplia de conjuntos que sin duda han cumplido con creces, con lo mejor de las tareas estratégicas primordiales asignadas, solamente con el fin de coadyuvar a cimentar, el equilibrio político norteamericano.

 

Por último, los servicios oficiales de inteligencia y espionaje, que a la escala del modelo norteamericano tampoco nadie debe sorprenderse que hasta el 11/09/01 existieran 13 diferentes, dado que a partir de entonces el presidente George W. Bush logró sin mucho esfuerzo, que el Congreso estadounidense autorizara el 6 de Julio del 2002 la creación de uno más, el llamado Departamento de Seguridad Interna, naturalmente justo con el objetivo de ¡mantener la seguridad interna!, y el aclarado propósito de coordinar o ejercer varias de las funciones originalmente ya atribuidas, aunque por supuesto en la práctica traslapadas entre sí, que para entonces necesariamente ya desempeñaban varios de sus predecesores. Servicios naturalmente encargados de acometer muy delicadas funciones, en principio cuya lógica de creación, sin duda ha estado dirigida al declarado propósito de contrarrestar el trabajo de sus enemigos en el exterior, pero por supuesto para tampoco nunca olvidarse, de eventualmente tener que ocuparse en supervisar, además, las actividades que realizan sus propios críticos y disidentes internos, dado que como cualquiera puede suponer, todos ellos actúan escudados en el paradigma de los mitos de la perfección norteamericana, tanto en el interior como en el exterior, de las impolutamente respectivas fronteras físicas y jurídicas de la Unión Americana (21).

 

 

 

NOTAS.

 

1- Consultar, L’état du monde, Annuaire économique géopolitique mondial 2003, Paris, La Découverte.

2- Consultar, « Religious Beliefs of the Pilgrims », MayflowerHistory.com. También, Ortega Marín Gracia Mireya, La Importancia de los Valores Puritanos en la Política Exterior Estadounidense, caso Ronald Reagan, (Tesis de Maestría), FCPyS, UNAM, 2003. “El calvinismo, se distingue de las otras doctrinas protestantes por el origen democrático que atribuye a la autoridad religiosa; la supresión de ceremonias; la negación absoluta de la tradición; el dogma de la predestinación y la reducción de los sacramentos al bautismo y la cena”, Pequeño Larousse Ilustrado, 1994, p. 1180. “Los Estados Unidos, país evolucionado desde el punto de vista tecnológico, curiosamente tienen todo el aspecto de ser el paraíso de las religiones”, consultar: Guetny Jean-Paul, “La modernité n’a éteint ni le fait religieux ni la quete de spiritualité”, Le nouvel état du monde, Paris, La Découverte, 2002, p. 57.

3- Consultar, Harris Marvin, Caníbales y Reyes, Madrid, Alianza Editorial, 2000.

4- Consultar, Connell-Smith Gordon, Los Estados Unidos y la América Latina, México, FCE, 1977, pp. 49/54.

5- El Profesor Fernando G. Sampaio Rector de la Escuela Superior de Geopolítica y Estrategia de Porto Alegre recordando a Francis Fukuyama, afirma que los EUA “nacieron y se desenvolvieron merced a comunidades religiosas fundamentalistas, y éstas fueron determinantes en la formación de su mentalidad general”, la cual por si fuera poco, además, es “aislacionista”. Consultar del autor: Golpe Militar e Ditadura Religiosa nos Estados Unidos: um cenário alternativo, Escola Superior de Geopolítica e Estratégia, Texto para debate de 26/ 12/ 2002.

6- Consultar, http://odur.let.rug.nl/~usa/E/7yearswar2/7yearsxx.htm. De conformidad con la Universidad de Groningen en Holanda, pero lo mismo ocurre si se accede a las páginas tanto de Universidades inglesas como estadounidenses, con Departamentos de Investigación especializados en la historia de Estados Unidos, para todas ellas la historia norteamericana comienza con la Guerra de Siete Años, librada entre británicos y franceses al empezar la segunda mitad del siglo XVIII. Por otra parte, el haber deliberadamente cambiado su apellido judío checo Kohn por el de Kerry a fin de encubrir su verdadero origen, en 1905 al desembarcar como inmigrante en los Estados Unidos, el abuelo Fritz del actual candidato a la designación por el partido Demócrata para las elecciones de noviembre del 2004, aparece como una verdadera curiosidad en la historia familiar de John Kerry, quien confiesa que se interesó por el origen de la historia familiar un año antes, en 2003, por simples razones electorales. Consultar: “Descubre su origen checo”, Reforma, martes Enero 27 de 2004, p. 22-A.

7- Consultar, Douzet Frédérick, “Patriotisme et Nationalisme Américains", Hérodote, Paris, N° 109, "2e trimestre 2003, p. 41. También: “ Más allá de ser blancos o negros, hispanos en censo de EUA escogen ‘otro’”, y , “Es arte muy aventurado cambiar de una raza a otra”, The New York Times, selección semanal de Reforma, México, sábado Noviembre 15 de 2003, pp. 1 y 2. Dentro de las profundas diferencias culturales entre “blancos” e “hispánicos” de la Unión Americana, el profesor de la Universidad de Harvard Samuel Huntington, en su libro titulado Who are We, de próxima aparición y reseñado por la revista Foreign Policy, el investigador no sólo reconoce las citadas diferencias, sino de hecho hace una deliberada aportación, en lo que algunos críticos no dejan de calificar de buen aliento para el racismo estadounidense, supuestamente con el fin de preservar la “identidad” estadounidense frente a la real amenaza de la cultura hispánica y concretamente de la mexicana; consultar: “Prevén divisionismo en EUA por migración, estima politólogo que los mexicanos son un desafío para la cultura estadounidense”, Reforma, México, jueves Febrero 26 de 2004, p. 13-A. También: Andrés Oppenheimmer, “Huntington vs, México”, Reforma, México, viernes 27 de Febrero de 2004, página 28-A; y, “Provoca debate en EUA libro sobre migrantes”, Reforma, México, lunes 1° de Marzo de 2004, p. 11-A. Consultar el texto de presentación de su propio libro en el polémico artículo del Prof. Huntington, reproducido en: Letras Libres, “El Genio del Mestizaje”, México, Abril 2004, Año VI, N° 64, pp. 12/20.   

8- Para una amplia interpretación de la teoría de los ciclos históricos de Fernand Braudel, consultar de entre las obras de dicho autor: La Historia y las Ciencias Sociales, México, Alianza Editorial, 1989; El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, México, FCE, 1987; Escritos sobre Historia, México, FCE, 1991.

9- Para el sociólogo Loïc Wacquant los Estados Unidos son aún un país de castas,  consultar del autor: “La loupe et l’alambic: l’Amérique a travers ses prisons ou l’art de rester maitre de sa demeure”, en Les États-Unis, maitres du monde?, dirección de Henri Lelievre, Paris, editions Complexe, 1999, p. 53.

10- Consultar, Campa Homero, “La Dinastía Petrolera”, Proceso, México, N° 1404, Septiembre 28 de 2003, 44/48. El periodista se refiere a la próxima aparición del libro La Dinastía Bush y el Nuevo Siglo Norteamericano, por parte de la editorial Nuevo Siglo-Aguilar, del investigador Abelardo Rodríguez, a quien en los primeros párrafos del artículo se le atribuye la siguiente afirmación: “Rodríguez se remonta a la historia de la dinastía Bush, cuyas relaciones familiares con el poder datan prácticamente desde la fundación de la nación estadounidense en 1776,...” 

11- De conformidad con el geopolítico francés Frédérick Douzet, la palabra “atentado”, no tiene traducción en inglés, lo que equivale a suponer que justamente tal posibilidad no cabía en el perfecto diseño del sistema de seguridad norteamericano; consultar, de dicho autor “Patriotisme et nationalisme américains”, op. cit, p. 38.

12- Consultar al respecto, de Welles Orson, la obra maestra de su película: El ciudadano Kane, filmada en 1938. También, Moore Michael, Estúpidos Hombres Blancos, Edit. Puresa, Barcelona, 2003. En la evaluación y la lista de países preparada por la organización no gubernamental “Reporteros Sin Fronteras”, sobre la libertad de prensa de que se goza en el mundo durante 2003, dentro de una clasificación que abarca 166 países, originalmente los Estados Unidos e Israel ocupaban los lugares 31 y 44 respectivamente, pero según sus propios autores, si a los anteriores criterios, también se agregara el del papel que juegan en el exterior los ejércitos de ambos países, automáticamente caían ahora más de 100 lugares, pasando en consecuencia dichos países a ocupar los sitios 135 y 146, de la citada escala; consultar: “Evalúan a Prensa Mundial”, Reforma, martes Octubre 21 de 2003, p. 29-A.   

13- Consultar, Connell-Smith Gordon, op. cit., pp. 13/64.

14- El 1° de Julio de 2002, el Presidente George W. Bush durante el discurso de celebración del bicentenario de la fundación de la Academia Militar de West Point en 1802, dijo, entre otras cosas, lo siguiente: “el poderío militar norteamericano es tan aplastante que toda tentativa para intentar alcanzarnos resultaría vana, y aún mucho más que antes, el único modelo subsistente de progreso humano, es el nuestro” (el subrayado es mío); Consultar: Laughland John, “L’impossible indépendance européenne”, Géopolitique, Paris, N° 84, Octobre-Décembre 2003, p. 61. 

15- Para un estudio de la manipulación del pueblo norteamericano llevada a cabo por las distintas dirigencias, con sólo recurrir a los sentimientos de éste, consultar el excelente trabajo del libanés-mexicano-estadounidense, Yehya Naief, Guerra y Propaganda, Medios masivos y el mito bélico en Estados Unidos, México, Paidós, 2003, p. 40. Por su parte, el politólogo y crítico estadounidense Noam Chomsky, uno de los principales exponentes durante el desarrollo de la Asamblea del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), efectuada en 2003 en La Habana, afirma en su trabajo titulado: “Dilemas de la Dominación”, que: “el Presidente estadounidense George W. Bush, siembra entre sus compatriotas el pánico, con advertencias exageradas de terrorismo para justificar sus políticas y ganarse la reelección”; consultar: Reforma, México, jueves Octubre 30 de 2003, p. 31 A. 

16- Consultar, Beaufré André, Introducción a la Estrategia, Buenos Aires, Editorial Struhart & Cía., 1982.

17- Consultar, Bosch García, Carlos, La Base de la Política Exterior Estadounidense, Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM, 1986. También, Estades Font María Eugenia, La Ocupación Militar Norteamericana de Puerto Rico, 1898/1920, (Tesis de Doctorado), FCPyS, UNAM, 1987. La adquisición de los mencionados territorios insulares, en ambos océanos, fue el resultado de la propuesta que a ese respecto le hizo a la dirigencia política norteamericana coetánea, desde la década de 1880, el famoso almirante Alfred Thayer Mahan; propuesta que se cimentaba en los territorios estratégicos que casualmente habían estado entre los puntos cardinales que cimentaron desde el siglo XVI, al imperio marítimo mundial español. Consultar también, Colson Bruno, La Culture Stratégique Americaine, Paris, Económica, 1993, pp. 189/202; Además, Mahan T., Alfred, El interés de Estados Unidos de América en el poderío marítimo, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 2000; y, Rosinski Herbert, Commentaire de Mahan, Paris, Economica, 1996.

18- Sobre la intervención de fuerzas militares norteamericanas, en todo el mundo, consultar: Sardar Ziauddin y Wyn Davies Merryl, Por qué la gente odia Estados Unidos, Barcelona, Gedisa, 2003, pp. 133/145.  

19- En 1962, el entonces procurador estadounidense Robert Kennedy durante la presidencia de su hermano John, en el curso de un debate sostenido con un numeroso y radical grupo de estudiantes de la Universidad de Yakarta en Indonesia, enfática y espontáneamente declaró, en respuesta a una pregunta sobre su respectiva opinión sobre la guerra de Texas: “la guerra de Texas –dijo Kennedy- es la página más negra en la historia de los Estados Unidos”.

20- Sobre el arraigo y persistencia de la violencia en Estados Unidos, consultar del escritor y crítico estadounidense Michael Moore, el video titulado: Asesinato en Columbine, filmado en el 2002.

21- Para una buena descripción y análisis de los distintos servicios de seguridad e inteligencia norteamericanos, consultar: Sánchez Arias Tamara, Las Agencias de Inteligencia en la Política Exterior Estadounidense en los umbrales del Siglo XXI, (Tesis de Maestría), FCPyS, UNAM, 2003.