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LOS CRÍTICOS DE ESTADOS UNIDOS Leopoldo González Aguayo Octubre de 2004 Ciertamente existen una serie de
formas de abordar el tema sobre “Los críticos de Estados Unidos”, que entre
otras posibilidades, pueden ir desde el ángulo de los críticos externos, pero
sin duda también, el de aquellos otros que no dudan en hacerlo desde la
perspectiva del interior. En esta ocasión, me inclinaré más bien por presentar
algunas reflexiones que incluyen un enfoque con el que a mi juicio pretendo
abarcar, el componente esencial del problema, no tanto el de la existencia o
los criterios que manejan los citados críticos internos y externos (los cuales
dicho sea de paso pueden ocuparse tanto de los aspectos generales como de los
específicos de la realidad estadounidense), sino sobre todo de la plataforma
que permite cubrir a ambos grupos, y al mismo tiempo paradójicamente, la nada
remota posibilidad de colocarse en la situación de al efectuar esto último
incluso hacer caso omiso de ellos, pero aún en mucho mejores términos, que es
lo que verdaderamente nos interesa, abordar el asunto desde la perspectiva, o
si se quiere, la manera como finalmente se logra neutralizar a los dos grupos.
Este último mecanismo o procedimiento, sumamente complejo e ingenioso, también
sin lugar a dudas es el diseño cuya original existencia, me esforzaré por
describir e intentar interpretar a continuación. Los aproximadamente cerca de 290
millones de estadounidenses, que pueblan sobre el globo un espacio territorial
que suma 9,363,123 kms2. (incluyendo Alaska), equivalen en proporción a sólo un
poco menos del 5 % de la población mundial, la cual por supuesto se aloja,
ocupa y se despliega sobre el mencionado espacio territorial, mismo que por su
parte, resulta equiparable apenas a un poco más del 6% del total de las tierras
emergidas del planeta. Pero sin embargo, nadie duda que desde ahí, los
intereses que ha logrado acumular y representar tan simbólico núcleo de poder,
alcanzan a desbordarse e impactar, contaminar e invadir permanentemente, a la
totalidad del globo terráqueo (1). Pues bien, la historia de este
notable pueblo, muy pronto organizado en los senderos del modelo político
europeo de los Estados nación, y que por lo tanto, también conforma en nuestros
días uno de los 191 miembros originarios y oficialmente representados dentro de
la Organización de las Naciones Unidas a la que entusiastamente ayudaron a
fundar en 1945, para que ningún país volviera a recurrir “a la amenaza y al uso
de la fuerza”, empezó hace casi cuatro siglos, cuando entre otros en las
primeras décadas del siglo XVII de nuestra era, llegaron a bordo del famoso
buque Mayflower tras cruzar el norte del océano Atlántico provenientes
de la Gran Bretaña, para establecerse en las actuales costas del estado
norteamericano de Massachussets y ahí empezar a formar el territorio de la
Nueva Inglaterra, en especial los así llamados deliberadamente “peregrinos” (the
pilgrims). Un grupo de la secta cristiana protestante fundada en Ginebra
pocas décadas antes, por el reformador francés Juan Calvino, los cuales a su
vez, se designaban y consideraban dentro de esta circunstancia a sí mismos,
como “los puritanos”. Primer grupo de emigrantes ingleses que hasta nuestros
días, dicho sea de paso, han ejercido una determinante influencia sobre la
nación en todo su conjunto, en especial a través de la muy particular
interpretación que desde entonces ya hacían de sus correspondientes tesis
religiosas, afectando y marcando en adelante con ello y por lo consiguiente,
toda la vida y la ideología estadounidense. Significativamente también en
nuestros días llama aún más la atención el hecho, por actualmente tratarse en
el caso estadounidense, de una sociedad evidentemente considerada como
desarrollada, aunque curiosamente mantenida por sus múltiples dirigencias
durante todo el tiempo, respecto a las otras pocas decenas que en el mundo
existen de ésta misma índole, dentro de un marco o bastidor que tampoco hay
ninguna duda para finalmente poderlo catalogar e interpretar, no sólo en
términos de bastante, sino de notablemente religiosos (2). Ahora bien, en un trabajo de esta
naturaleza no podemos prescindir de los siguientes rubros. Primero, el contexto
en el que se da el sistema más que de la toma de las decisiones políticas
estadounidenses, el de la estructura y conformación de aquellos que toman
dichas decisiones. En segundo lugar, más que ocuparnos del sin duda interesante
sistema del equilibrio político interno, más bien de la permanencia y
perpetuación en el poder, por parte de los miembros que conforman la alta
estructura política. En tercero, el original sistema que permite manipular
conjuntamente con fines de control, por un lado, tanto a la citada estructura
política en sí misma, como por otro, a la mencionada perpetuación en el poder
de las respectivas elites políticas, binomio que, asombrosa y casualmente, les
sirve al mismo tiempo a éstas últimas tanto para legitimarse a sí mismas, como
para precisamente durante todo el tiempo, contrarrestar y neutralizar a sus no
escasos críticos y disidentes. En cuarto lugar, la suma de todo este original
conjunto o ecuación (incluyendo a la propia disidencia), permite a la citada
dirigencia presentarse y exhibirse además ante el mundo, no sólo como quienes
detentan el mejor sistema político, social y económico hasta ahora existente en
el planeta, sino más bien según ellos mismos afirman, como quienes disponen del
único sistema realmente perfecto, justo y equilibrado, que jamás se haya dado,
durante el despliegue en abanico de las absolutas e infinitas complejidades que
hasta el día de hoy ha conocido la organización del espíritu humano. Como enunciamos anteriormente, el
pretexto del estudio de los críticos internos y externos del sistema
estadounidense, nos obliga a su vez, a hacer una pequeña reflexión si bien visto
con una mayor precisión, solo de un carácter e índole tangencial, respecto al
sistema de toma de decisiones políticas norteamericanas, exclusivamente a
efecto de lograr identificar o, aún mejor, dilucidar ciertos o algunos aspectos
relativos a la composición social de la dirigencia de este país. La dirigencia estadounidense, la
cual por cierto no conoció precisamente sus inicios con los llamados “padres
fundadores”, es decir, de aquellos que fueron quienes llevaron a las trece
colonias a la independencia en 1783 y por lo consiguiente, conformaron la
arquitectura y la estructura de la república que ahora conocemos, sino más bien
aquellos otros, que con mucha mayor antelación dirigieron y condujeron a los
emigrantes y de éstos, concretamente a los que encabezaron a los primeros de
ellos. En otras palabras y en última instancia, hablamos nuevamente entre
otros, de los dirigentes que guiaron al citado grupo de los “peregrinos”, y
quienes por lógica, no pueden resultar diferentes al común de todos los demás
conductores de pueblos. Ahora bien, socialmente, o aún
mejor, ante la pregunta respecto a ¿de qué grupo o grupos sociales proceden los
conductores de los pueblos?, una respuesta muy sencilla consiste en reconocer
que, en el caso de todos los pueblos y casualmente durante todas las épocas de
la humanidad, sus dirigencias literal y necesariamente siempre provienen, ni
más ni menos, que de las filas de las elites de esos mismos pueblos (3). En consecuencia, el modelo
político estadounidense en este sentido tampoco puede resultar diferente, ya
que el patriciado o la aristocracia liberal, casualmente por ser masónica, de
las trece colonias, no solamente formaban entonces visiblemente la elite
dirigente: política, social, económica, cultural y religiosa de las mismas en
1776, sino que, por simple lógica, son quienes por lo mismo van a asumir el
costo de encabezar el movimiento político que finalmente culmina en 1783 con la
completa independencia de los territorios, que hasta ese momento Inglaterra
ocupaba en esta parte de Norteamérica. Además, por si lo anterior fuera poco,
es el único grupo que en una forma simultánea, al tiempo que encabeza y dirige
la lucha política y militar, puede enviar o más bien, utilizar a sus
representantes ya perfectamente establecidos para entonces en Europa
(originalmente a efecto de atender con muy diversos fines, pretextos y
compromisos, las obligaciones desprendidas de las simples relaciones
inter-elites entre los poderosos grupos masónicos, y de paso, también la red de
negocios comerciales que, por supuesto, muy activa y directamente llevaban a
través, y por medio de ellos, con el viejo continente) en este caso, a fin de
llevar a cabo y concretar en especial, los detalles de la negociación, con
vistas a obtener y apresurar justo, el sustancial apoyo, por algo más que una
simple casualidad, de los rivales tradicionales de su madre patria. Apoyo a la
postre obtenido, especialmente a través de idóneas alianzas, logradas por lo
demás en forma óptima y en el curso de la mejor de las coyunturas
internacionales. Es decir, en particular en circunstancias para todos ellos
cruciales, no sólo a efecto de verse sostenidos en el combate que libraban al
otro lado del Atlántico, lo que ya sería bastante, sino con el fin de apuntalar
oportunamente la propia moral interna. Preciosas alianzas como las en ese
momento obtenidas, con Francia y España.
Alianzas estratégicas que, de no
haber existido o contado con ellas, bajo las circunstancias de una cierta
lasitud, en que precisa y explicablemente para ese entonces habría podido irse
deslizando y derivando, la segunda parte del mismo proceso, especialmente en el
campo de los rebeldes norteamericanos, la romántica historia de la lucha por la
independencia tal como la conocemos hoy en día, seguramente no se hubiera
saldado en su favor con la relativa rapidez y las muy pocas pérdidas como
realmente ocurrió, sino más aún, sin duda se hubiera escrito en una forma muy
diferente. Desde luego, estamos hablando de
una elite que de entrada también estuvo acostumbrada desde su llegada al
continente americano, a practicar el autogobierno político, dado que esa a su
vez era una implícita tradición, implementada y sostenida por simple necesidad
requerida por otra parte, por la dirigencia de la propia metrópoli británica,
además de para nada escatimar permitirle también a estos mismos súbditos,
exactamente en torno de los mismos criterios, y paradójicamente aduciendo sobre
ellos finalmente las mismas razones de control, una gran libertad de acción y
de iniciativa, en los terrenos: económico, social, cultural y, desde luego,
religioso. Diferencia de experiencia no solamente fundamental, sino por
supuesto toral y de fondo, comparada con aquella otra que respectivamente
conocieron los habitantes de las colonias españolas establecidas en el centro y
en el sur del mismo continente, los cuales salvo el caso de los de Costa Rica,
quienes al menos en los terrenos político-económico (por razones muy
particulares en las que, a la llegada de los europeos, muchísimo jugó la escasez
casi absoluta en dicho territorio, tanto de comunidades indígenas como de
metales preciosos, lo que ocasionó que la meseta central de este pequeño y muy
bello pero entonces espacio de muy difícil acceso, finalmente fuese ocupado a
su vez por una reducida población de origen europeo español y, además, ésta
última se viera obligada en función de su propia pobreza a laborar por sí misma
la tierra, por todo lo cual incluso no es de extrañar que consecuentemente
desde entonces la misma, entre otras cosas se iniciara en las prácticas del
autogobierno), mientras los otros habitantes no digamos de los grandes, sino de
los verdaderamente inmensos territorios coloniales hispanos, nunca llegaran a
experimentar o conocer tales veleidades, por la sencilla razón de que en su
caso la metrópoli castellana, precisamente porque no ignoraba la existencia de
modelos similares o parecidos de descentralización y de autogobierno, como el
del cabildo y las comunas, aún radicados dentro de la propia península ibérica,
en ningún momento se preocupó por hacer un gran misterio ni en lo más mínimo
por disfrazar, la profunda antipatía y la desconfianza, que tales modelos le
inspiraban para eventualmente aplicarse en sus muy vastos territorios
americanos (4). EL INICIO DE LA MITOLOGÍA NORTEAMERICANA También es un hecho que, desde sus
inicios, los habitantes de las nuevas colonias inglesas americanas,
presumiblemente como veremos más adelante, no teniendo otro referente
histórico, literal y obligadamente quedaron encuadrados, enmarcados, y por otra
parte, muy bien articulados entre sí, por y en una serie de mitos. Mitos de
entre los cuales para empezar, nos interesa destacar o entresacar,
especialmente cuatro: 1) el mito de ser el pueblo elegido de dios, el cual a la
mencionada dirigencia del grupo o secta cristiana de los “puritanos”, no le
costó mucho trabajo vender, ya que además del hecho de ser el designio más
importante del texto en la correspondiente versión depurada del Antiguo
Testamento, todos los miembros de dicha comunidad religiosa estaban
obligados no sólo a leerlo, sino justo a aprehenderlo (aunque en la Biblia
original como es bien sabido tan importante designio quedaba expresamente
reservado a los israelitas). Estupendo designio que menos trabajo costó para
que, incluso de una manera democrática fuese adoptado, una vez desembarcados
durante los inicios del invierno en el norte del continente americano hacia
1620, dado que el citado grupo casualmente se salvó de la inanición, al
respecto por la muy oportuna intervención de las comunidades indígenas
precisamente allí establecidas, quienes con su desinteresada iniciativa al
darles como su primer alimento americano precisamente guajolote (de la palabra
náhuatl “huaxolotl” que significa pavo), rescataron in extremis con ello a estos europeos
recién llegados. Loable acto que, a su vez, la
dirigencia puritana que los conducía menos se olvidó adecuadamente de
interpretar, como la máxima prueba precisamente impuesta a esta nueva versión
del pueblo elegido al arribar justo a la tierra prometida, ni más ni menos que,
por parte de la divina providencia. Hecho que, además, desde entonces cada 27
de noviembre, anualmente se celebra en la Unión Americana mediante una
ceremonia ex profesamente sagrada, al respecto designada también con el muy especialmente
significativo apelativo de: “the thanksgiving
day” (día de acción de gracias a la divinidad del Señor por haberlos
salvado), que consiste justamente en celebrar en una reunión durante la misma
jornada, al calor de una cena en virtual comunión familiar, precisa y
nuevamente pavo (5). Mito que, sin duda, ha sido
necesario no sólo mantener, sino exaltar en su plena vigencia hasta el día de
hoy, en este otro caso, además de para encubrir, para llenar el enorme vacío
ocasionado por otro muy importante hecho histórico social que, aunque en una
práctica por cierto bastante inconsciente, no por ello ha dejado de
acompañarlos y de marcarlos hasta nuestros días. Dado que los norteamericanos
de todos los tiempos difícilmente reconocen o identifican sus raíces históricas
entre otras cosas, porque los emigrantes a partir de esos primeramente
mencionados y que por lo mismo se sentían punto menos que iluminados, en lo
general no vinieron acompañados de toda una cultura identificable con un
“pasado glorioso”, y aún aquellos que si la traían se vieron obligados, igual
que todos los demás, a prescindir rápidamente de ella, a causa del original
proceso de socialización, asimilación y estandarización, a que fueron y se
vieron ya desde entonces violentamente sometidos de inmediato, conforme
gradualmente los sucesivos y muy distintos grupos de inmigrantes pudieron ir
desembarcando, en “esta tierra prometida” (6). Hecho que literalmente acabó
conculcándoles tanto el marco como las bases históricas en las que justamente descansaban
sus respectivas raíces culturales (lenguas, tradiciones, folclor, cocinas), las
cuales dicho sea de paso, asombrosamente a partir de ese momento una vez
instalados en la tierra prometida, se consideró que ya no las necesitaban más.
Original proceso tanto de recepción como de inmediata asimilación, que si bien
para sus propios fines finalmente tuvo un rotundo éxito, al directamente
incidir en la nueva e inmediata conformación del multifacético origen de los
blancos norteamericanos, en el caso de los esclavos negros provenientes también
pero de las múltiples y variadísimas regiones de la inmensidad africana, de
donde pudieron ser capturados y secuestrados, virtualmente el nuevo y original
diseño de asimilación alcanzó y demostró su máxima perfección, ya que a la
fecha no existe ningún elemento (incluyendo los nombres y apellidos de todos y
cada uno de sus excelentes deportistas y fantásticos artistas de la música y el
baile), salvo el color de la piel, que permita identificar a sus actuales y muy
numerosos descendientes con sus respectivas y particulares raíces y matrices
africanas. Es decir, que el proceso de exterminio cultural a que en este último
caso fueron quirúrgicamente sometidos, fue tan efectivo y perfecto, que no
existe ni quedó rastro alguno tanto de la exuberancia e impresionante riqueza,
como del extraordinario y multicolor abanico, e igualmente del exquisito y
esplendoroso mosaico que, de suyo, no sólo acompaña sino, por así decirlo,
práctica y afortunadamente, mantienen y continúan destilando, para beneficio de
todo el género humano, sus fantásticas, sofisticadas e increíblemente
profundas, raíces africanas (religiones, culturas, lenguas, folclor, cocinas). Fenómeno actual de falta de
identificación con sus sólidas raíces históricas que, hasta la fecha, obliga a
que, en general, tanto blancos como negros (pero no así los hispánicos ni los
asiáticos), arrastren dentro de la Unión Americana, además de un absoluto
desinterés y desprecio por su verdadera y profunda historia, un consecuente e
insoluble problema psico-sociológico personal de grave falta de identidad.
Problema que ocasiona, entre otras cosas, que irónicamente el consecuente
fenómeno social designado e identificado, por cierto con mucho orgullo en
especial por los mismos blancos, como el “melting pot” (mestizaje o
mixtura originalmente imaginado para deber aplicarse entre blancos, aunque por
supuesto, particular y entusiastamente obligado a practicarse también entre los
mismos negros, con el único fin de mejor perpetuar la esclavitud), casualmente
no sólo no resolviera en particular para estos dos más importantes troncos
sociales, sino antes bien, aumentara y agravara hasta hoy la confusión y la
incertidumbre, que de por sí ya arrastraban según hemos visto ambos grupos
fundamentales, con respecto al verdadero origen de su propia identidad (7). Ahora bien, un verdadero “daño
colateral” directa y precisamente ocasionado por esta misma falta de identidad
respecto de estas dos principales formaciones sociales estadounidenses, es el
haberlas dejado desde sus orígenes prácticamente en absoluta orfandad y
vulnerabilidad para la proliferación en su seno, de cualquier clase de germen y
virus, entre otros nos referimos a aquellos que impunemente pululan por todo el
respetable cuerpo y espacio de la Unión, portados y esparcidos también desde un
principio, tanto por el verdadero torrente de las sectas presentes, como por no
pocos grupos, que públicamente hacen gala de sentirse y así mismo mantenerse,
como iluminados. Grupos dicho sea de paso, nada débiles y, por el contrario,
perfectamente cimentados, integrados y articulados durante siglos dentro de la
sociedad estadounidense, de toda suerte, especie y ralea, considerando aquí
incluso y desde luego, a los tampoco nada extraños fanáticos político-religioso
de tipo y carácter extremista, en especial a los de tinte muy conservador, de
la extrema derecha, sobre los que volveremos más adelante. En consecuencia, llegados a este
punto estamos obligados a profundizar aún más nuestro razonamiento, dado que la
cultura es un bagaje cuyo sedimento social finalmente requiere de ciclos con
dinámicas, no sólo marcadas en gráficas con arcos sumamente largos, extensos y
suaves, sino por lo mismo, muy lentas dado el carácter denso, espeso y profundo
de sus raíces, concretamente abarcando largos siglos e incluso milenios de
sedimentación, en términos que casi podríamos suponer geológicos. Comparados
con aquellos otros ciclos impulsados por otras curvas sociales, no sólo con
gráficas mucho más breves y cortas, sino por lógica y como resultado, marcados
con dinámicas muchísimo más aceleradas, por visiblemente deber efectuarse de
forma menos profunda y, por consiguiente, en procesos que naturalmente
transcurren más sobre la piel, o su corteza, es decir, sobre la respectiva
superficie de los citados cuerpos. Gráficas cuya importancia estriba en que
finalmente se ven inscritas a ritmos y velocidades distintas, y que incluso
dentro de la cultura de una misma comunidad, o de un mismo pueblo, son aquellas
que casualmente describen, acompañan y caracterizan a los respectivos y
correlativos ciclos, no sólo de las, sino de sus correspondientes
civilizaciones. Civilizaciones, que por su parte se ven graficadas y
necesariamente consideradas, en un tiempo por supuesto dentro de una
perspectiva en género plural, es decir, que estamos hablando de todas aquellas
que con sus obligados períodos de tiempo como estamos viendo mucho más cortos,
por definición han quedado integradas y enmarcadas, dentro del amplio y
dilatado horizonte de una misma cultura. En resumen, por civilización entiendo
al complejo conjunto social con su respetable multitud de variados
procedimientos y fórmulas, por supuesto no sólo dinámicos, sino también
suficientemente prácticos y flexibles, mediante y finalmente a través de los
cuales, los diversos pueblos del planeta han hecho posible no sólo convertir
sino, por así decirlo con mucha mayor propiedad, más bien volver y hacer
operativos, tanto a los muy amplios diseños como a las reglas muchísimo más
lentas y sofisticadas, dentro del correspondiente tablero y bastidor que al
mismo tiempo de enmarcar, también se encarga por supuesto de cernir y decantar,
a las densas y especialmente mencionadas combinaciones de los vastas y muy
diversas redes de exquisitos elementos históricos, que nutren, conforman y por
supuesto pueblan y dan vida, a cada cultura (8). Luego entonces, al realmente
lograr despojar en específico, simultáneamente, tanto a los emigrantes
norteamericanos blancos, como a los esclavos negros, de sus respectivamente
ricos y necesariamente complejos marcos, bagajes y ropajes culturales, lo único
que realmente éstos últimos pudieron hacer, a fin de no precipitarse en el
vacío, fue asirse con todas sus fuerzas, ya desde entonces, a las reglas tanto
del enramado como del sugestivo y atractivo andamiaje operativo de esta
novedosa civilización, que muy generosamente, y desde luego virtualmente como
una verdadera revelación, a cambio de sus viejos ropajes culturales, se les
ofrecía al desembarcar (estamos hablando, sin duda y con absoluta sinceridad,
de la más prodigiosa civilización que jamás haya sido producida por la
humanidad). En consecuencia, es esta misma civilización cotidianamente
renovada, innovada y perfeccionada al infinito, durante casi los últimos cuatro
siglos, la cual con muchísimo orgullo y por supuesto sin faltar una respetable
dosis de no poca arrogancia, no sólo ha exportado la dirigencia estadounidense
de todos los tiempos, sino la que desde luego conjuntamente con su peso
geopolítico, impone brutalmente al mundo (casualmente al que consideran su
nueva tierra de promisión), independientemente de que este último lo quiera o
no. Modelo considerado por ellos mismos según dijimos, como absolutamente
perfecto de civilización, que para que nadie tuviera dudas no sólo de las
infinitas bondades y excelencias que lo envuelven, cobijan y caracterizan, sino
también de la respectiva bendición y legitimación que por definición lo
acompaña, deliberadamente terminaron denominando a su sin duda original
franquicia, con el especialmente sugestivo título de: american way of life. Como resultado, el desfase de una
cultura tan joven que apenas se encuentra encuadrada al nivel de sus propios
embriones (la estadounidense) frente al éxito sobradamente alcanzado y probado,
con y por las sencillas y muy cambiantes reglas de su dinámica y violenta
civilización, produce y trae como resultado no sólo la permanente
confrontación, sino los roces y fricciones cotidianos, con el delicado enfoque
lento y de muy largo plazo, que por supuesto acompaña y por definición
evidentemente envuelve, a todas y cada una de las culturas existentes de la
humanidad, por la simple razón de que justo y casualmente, de entrada, se
propone e intenta no solamente sustituirlas, sino de paso y como ya hicieron
con la suya propia: destruirlas. Vasto abanico de culturas aportadas por todo
el género humano que, por si fuera poco, esperan sin duda con muchísima
displicencia y paciencia, tomarse su tiempo, a fin más que finalmente acabar
mutuamente absorbiéndose y pragmáticamente reduciéndose a una sola, antes que
eso, más bien decantar sino de todas, de muchas de ellas, por algo más que una
simple casualidad, al mismo tiempo que este depurado esfuerzo coincide en
nuestros días con la brutal aceleración del torbellino exclusivamente económico
provocado por la llamada “globalización” (la última invención con el fin de
exterminarlas), destilando por así decirlo los suficientes elementos que,
durante este primer momento, permitan alcanzar a estructurar lo que podríamos,
desde luego ahora si con absoluta certeza y propiedad considerar, como justo la
primera versión del muy delicado y sofisticado manuscrito, relativo al
primigenio diseño de la verdadera civilización universal, que cubra y abarque a
toda la humanidad. Civilización universal que, con seguridad nadie espera que
precisamente sea producto de toda una revelación divina, pero por fortuna nos
podremos conformar con que, al menos sea el resultado no sólo del mejor, y por
ello mismo se le vea y considere tan pobre y modesto, del sin duda más
exquisito y democrático esfuerzo de la maravillosa, compleja y articulada
filigrana, por fin consumada por si y así misma, nada más durante el simple
devenir de toda la portentosa y muy dilatada historia, de sus hijos y creadores:
los propios humanos. 2) El mito de la democracia
representativa. Este mito que como ya explicamos, estaba perfectamente
arraigado y presente desde la época colonial norteamericana, durante la cual
siempre estuvo acompañado de algo así como de su propio corolario, a su vez
también derivado de otras no menos viejas costumbres y tradiciones británicas,
es decir, la descentralización con su correspondiente delegación de funciones.
Mito original como su correspondiente corolario, que obviamente adquirirían
ambos su verdadero auge y rostro, con la total independencia estadounidense.
Sin embargo, como todos sabemos, literalmente estuvo muy acotado gozar de estos
privilegios, en verdad reservados durante todo su período colonial sólo a los
propietarios blancos. Delicado asunto, que tampoco resolvió la espantosa guerra
civil de 1861 a 1865, a consecuencia de la cual sólo de una manera oficial se
terminó con la esclavitud de la raza negra, porque sus reales efectos a este
respecto, naturalmente por supuesto incluyendo los de la absoluta exclusión en
la representación política para las grandes masas o la casta (9) de los no
iniciados, se hicieron sentir y proyectaron aún por más de un siglo una vez
terminada esta traumática contienda, hasta prácticamente la primera mitad de la
década de los años setenta del siglo XX. Ello debido a que, hasta estas últimas
fechas, los grupos progresistas de la Unión lograron empezar entonces a
sobreponerse (y para ello sólo mediante una serie de verdaderas revueltas),
sobre el criterio hasta ese momento perfectamente prevaleciente en toda la
Unión Americana, de que los asuntos de la democracia política estaban
reservados para los miembros de la raza blanca. Es decir, hasta esas fechas la
citada democracia representativa funcionó, en exclusiva, como un asunto
finalmente en ventaja no sólo de una elite aristocrática, sino además
casualmente dicha elite siempre fue blanca. En otras palabras, se mantuvo
incólume el “whites only”, y sin duda, el haber permitido que funcionara
y se extendiera durante más de tres siglos y medio de la historia
norteamericana, sólo mediante o a través de esta fórmula selectiva, ni más ni
menos que para la orgullosa democracia representativa, demuestra una fehaciente
falta de madurez y un correlativo infantilismo, y además que por supuesto nada
retórico, de las propias y respectivas instituciones sociales y políticas de la
joven república, visible y absolutamente incapaces de absorber y digerir, por
cierto completamente aún hasta el día de hoy, a la totalidad del muy amplio
espectro social, del cual dispusieron prácticamente desde sus orígenes. Que se trata de un sistema
político representativo armado a favor de una aristocracia, también a su vez lo
revela, la verdadera longevidad de la costumbre, respecto a que sin
interrupción, los distintos miembros de las familias patricias se hayan
sucedido durante siglos, turnándose para ello y entre ellos, en los altos
cargos y, desde luego, sin deber abandonar el poder (10). Aquí también debemos
señalar que, a diferencia de los grandes movimientos de transformación
revolucionaria, ocurridos en el mundo, en: Inglaterra, en Francia, en México,
en Rusia, en China, en Cuba, para sólo citar algunos de los más radicales que
casualmente triunfaron en el curso de los últimos tres siglos, en el caso
estadounidense, los grandes fenómenos que han debido sufrir durante ese mismo
tiempo y en el curso de su breve historia, más que por el número de ellos,
mejor debemos abordarlos por el grado del correspondiente traumatismo
producido, y bajo este último enfoque encontramos que no sólo han sido
relativamente pocos, en vistas de que su concomitante traumatismo no permitió,
o resultó a todas luces insuficiente durante el mismo lapso escurrido, a través
de dicho modelo, para que con esto se pudiera lograr ocasionar una verdadera
conmoción, con su respectiva alteración básica. Insuficiencia que como decimos
evitó en consecuencia, la necesidad de transformar de raíz la verdadera
estructura social y política interna, entre otras visibles razones, por medio
no sólo del obligado cambio y la sustitución de las respectivas elites
dirigentes, sino más bien, del tipo, la estructura y lógicamente la respectiva
mentalidad que no sólo acompaña, sino que evidentemente envuelve y permea hasta
el día de hoy a las mismas. Hablamos por supuesto, de los
nueve grandes acontecimientos que acompañan a la breve historia norteamericana:
la guerra de independencia (1776/83); la invasión inglesa (1812/14); la guerra
civil (1861/65); la participación en la primera guerra mundial (1917/18); la
crisis económica (1929/41), la participación en la segunda guerra mundial
(1941/45), la guerra de Corea (1950/53), la guerra de Viet Nam (1962/75) y los
atentados de las Torres Gemelas del 11/09/01. Fenómenos en los que, salvo como una
consecuencia de la guerra civil y un resultado muy concreto de la misma, sólo
la parte de la derrotada elite sureña que finalmente y en esos momentos no se
adaptó a las nuevas circunstancias, resultó afectada. Por otro lado, debemos
señalar que, exclusivamente desde el punto de vista del aspecto traumático de
estos mismos acontecimientos, la invasión inglesa de 1812/14, la guerra civil
de 1861/65, la crisis económica de 1929/41, la guerra de Viet Nam de 1962/75, y
los atentados a las Torres Gemelas del 11/09/01 (cinco de nueve), constituyen
de la lista de dichos fenómenos, los que más incidieron en la conciencia de los
estadounidenses. Casualmente, es este último, el de los atentados a las Torres
Gemelas, el que finalmente ha demostrado y permitido no sólo aglutinar, sino
lograr la absoluta convergencia de los norteamericanos, uniendo y articulando
espontáneamente por la primera vez en su muy corta historia, permeando vertical
y horizontalmente sin distingos, a todos los grupos, las clases sociales y a todas
las étnias, presentes hasta ese día en el muy amplio espectro social
estadounidense. Presumiblemente además del magistral uso del asunto por la
dirigencia a través de los medios de comunicación, precisamente con ese
objetivo, por otras dos grandes razones, sin duda, en virtud de lo impactante
del propio acontecimiento, y en segundo término, visiblemente al haber puesto
en grave crisis el concepto de la invulnerabilidad norteamericana (11). Por otra parte, debemos hacer
notar, que incluso a partir de la guerra de independencia, todos los
traumáticos acontecimientos posteriores ya mencionados, hasta los de nuestros
días, finalmente nunca se salieron o escaparon del contexto previsto por las
reglas y los mecanismos legales internos. Reglas y mecanismos institucionales,
establecidos o perfeccionados para lograr precisamente eso, por la propia elite
aristocrática de los “padres fundadores” y que, con posterioridad, incluso
durante los más grandes y aciagos acontecimientos internos más tarde ocurridos,
y ya mencionados, nunca se han visto como dijimos esencialmente alterados
(incluyendo las distintas sucesiones presidenciales siempre transcurridas
dentro del previsto ritual de éstos mismos cánones). Todo lo cual demuestra
que, desde la cima del poder, tampoco las elites dirigentes aún durante sus
lógicas, normales y cíclicas peleas y disputas, en ningún caso realmente
perdiesen el control, y yendo un poco más lejos en este mismo razonamiento,
podemos concluir, que la negociación interna norteamericana intercupular, se ha
revelado en consecuencia hasta el día de hoy, extraordinariamente eficiente. Lo anterior también ayudaría
fácilmente a explicar, por una parte, porqué hasta nuestros días, la dirigencia
norteamericana se niegue a someter a sus propias fuerzas armadas al ámbito de
la legislación internacional ya existente (legislación que ella no se opone
para que eventualmente quede reservada y desde luego resulte aplicable a los
miembros de las fuerzas armadas de cualquier parte del mundo, naturalmente con
exclusión de los de las suyas propias); y, por otra, que simultáneamente la
misma dirigencia reclame no sólo vehemente y frecuentemente, sino acompañada
del peso de su muy respetable y máxima energía, la entrega de todos aquellos
presuntos delincuentes del exterior, quienes presumiblemente pudieran
encontrarse en el caso de haber afectado en cualquier parte del planeta
intereses estadounidenses, lo que justamente se sabría al verse dichos
presuntos indiciados, oportunamente sometidos a proceso y juzgados, aunque por
supuesto no sólo dentro o bajo la cobertura, sino más bien a través de la
perfección, del sistema de las leyes norteamericanas. Esto sin olvidar que, el verdadero
juego político norteamericano interno prácticamente debe darse, en exclusiva y
como condición, también después de siglos, ya sea por medio, o a través de los
parámetros y el ritual si bien no escritos, de cualquier forma previamente
establecidos, entre el partido republicano o el partido demócrata. Partidos que
como todo mundo sabe, no mantienen diferencias ideológicas sustanciales (ambos
se sostienen y hacen oficialmente suyos los más caros principios de la
mitología que estamos exponiendo, por si fuera poco, incluso socializados por
su misma y respectiva aristocracia), sino además, los dos se apoyaron durante
largas décadas en otro mito: el de que los republicanos se sostenían
esencialmente en los grandes representantes del capital, mientras los
demócratas lo hacían más bien, en los trabajadores y los pequeños agricultores.
En la práctica, los dos partidos siempre han gozado tanto del favor del
empresariado como del proletariado, aunque sin duda los demócratas se vieron
mucho mejor apoyados que los republicanos, durante ciertos o algunos períodos
históricos concretos y por cierto muy importantes, entre la tercera y la quinta
décadas del siglo XX, por verdaderas masas provenientes de las bajas clases
medias depauperadas del país; pero sin embargo lo más asombroso del caso no es
precisamente eso, sino el hecho de que durante muchas más décadas, los
demócratas que se presentaron y exhibieron a sí mismos como los progresistas
del país, encontraron casual y precisamente en el curso de ese largo y muy
crítico período, un sustento electoral esencial y por lo mismo para ese
entonces nada despreciable, justamente en el voto duro de los racistas blancos
del sur. Ahora bien, la persistencia muy
arraigada de dicho racismo, no sólo en las áreas semi-rurales del sur, sino
también en las grandes concentraciones urbanas del norte, prolongada en sus
peores manifestaciones hasta mucho después de mediados del siglo XX, y que aún
en nuestros días, fuera de los deportes, el jazz, las cárceles, los propios
sistemas policíacos y de control represivo y, naturalmente, los frentes de
batalla bélica, sólo se hace cumplir a cuentagotas en el amplísimo abanico de
los otros aspectos de la vida, abona la tesis de la falta de madurez, durante
todo este largo período, de la teoría de las no sólo supuestamente maravillosas
y míticamente equilibradas, sino perfectas instituciones de la república, las
cuales mediante su sola presencia, deberían haberlo evitado. 3) El mito de la libertad
económica, o de la “libre empresa”. Este mito aparentemente logró venderse más
fácilmente, es decir, en principio habría que considerarlo como una suerte de
medida de compensación por la visible falta de capilaridad según hemos visto,
durante 370 largos años, de la democracia representativa norteamericana. Pero
en realidad si se tiene en cuenta que, virtualmente el permanente trasiego
entre los hombres de negocios y los funcionarios blancos, con cargos en la alta
representación pública, ha ocurrido a lo largo de los casi cuatrocientos años
hasta ahora transcurridos en la vida estadounidense, sin duda la innegable y
tangible existencia de la libre empresa sólo nos quedaría suponerla, más que
como una obligada escalera, como un excelente filtro, a fin de permitir
ascender mediante o a través de este muy vistoso, pero ciertamente no menos
difícil y escarpado medio, eventualmente aún hasta los más altos estratos
políticos de la república, a todos aquellos individuos no sólo suficientemente
tenaces sino excelentemente dotados, quienes sin importar finalmente ni su
origen social ni mucho menos la fuente de sus admiradas fortunas, de todas
formas se verían por este solo hecho considerados y llevados no sólo hasta la
cúspide, sino a los mismísimos altares de la pirámide del prestigio, exhibidos
además como los verdaderos máximos modelos y los tangibles prototipos a seguir,
de los self made men, o los fabulosos hombres norteamericanos de
empresa. Aunado a lo anterior, también
debemos hacer una reflexión respecto al hecho de que los emigrantes europeos
blancos a los territorios de las colonias inglesas en América, se vieron
literalmente estimulados por la excelencia operativa y la innegable
efectividad, de las mejores reglas del capitalismo desde luego ya existentes
para esa misma época. Con ello queremos decir que, incluso, su llegada en masa
fue auspiciada y estimulada durante estos siglos con respetables excedentes de
capital, al disponer desde el principio para ello de suficientes reservas de
créditos bancarios, dado que los fundadores holandeses de la colonia de Nueva
Ámsterdam, la cual poco después casualmente se convertiría en Nueva York,
fueron los primeros visionarios quienes directamente se preocuparon por dejar
perfectamente establecido y cimentado in
situ, el modelo del sistema bancario-financiero que seleccionaría,
recibiría y refaccionaría a las oleadas sucesivas de los futuros colonos europeos
de clase media, si bien necesariamente y por definición, blancos. Es decir, son
los circuitos del capitalismo moderno los que inician desde muy temprano, el
verdadero despegue y despliegue de los innegablemente respetables territorios
norteamericanos, dentro de la necesaria ecuación: colonos blancos con esclavos
negros. Situación sobre la que nuevamente no podemos dejar de señalar, la
profunda y toral diferencia que también la separa, a este respecto, de la
paralelamente prevaleciente durante los tres siglos por la que transitaron y se
extendieron las colonias americanas españolas y portuguesas, del sur del mismo
continente, dado que durante todo ese tiempo los habitantes de estas últimas
quienes por supuesto también conocieron a los esclavos, pero al mismo tiempo y
en paralelo al ser sociedades polarizadas al extremo virtualmente desprovistas
de clases medias, por lo mismo jamás supieron ni conocieron la existencia de un
solo banco, y al respecto aún cabría preguntarse, si al día de hoy, éstos
últimos ya han visto en la muy vasta amplitud de sus respectivos ámbitos, a la
mejor representación de esta consecuente figura y firme etapa del capitalismo. 4) El mito de la libertad de
expresión que, en buena medida conlleva, el de la libertad de conciencia. Difícilmente
se puede suponer la existencia de los tres mitos anteriores sin la presencia de
este último, y a su vez, tanto el mito de la libertad de expresión, como el de
la libertad de conciencia, aseguran a su vez, el de la libertad de información.
Mito de la libertad de expresión y sus corolarios, que igualmente se
fundamentan en una dicotomía antagónica, de manera similar a los tres
anteriores. Ciertamente, tanto los inconformes como los disidentes que siempre
han existido durante los casi cuatro siglo de la historia norteamericana, en
principio pueden y tienen la capacidad de expresarse, lo que desde luego no
implica que con ello la gran mayoría de la población deba seguirlos, y a esto
también habría que considerar que si no manejan, controlan o tienen acceso a
los grandes medios de difusión (no sólo los actuales sino los perfectamente
tangibles que siempre han existido en la historia norteamericana), obviamente
sus puntos de vista realmente no sólo no van a ser debatidos, sino ni siquiera
tendrán la oportunidad de ser presentados. E inversamente, tampoco es muy
difícil suponer que quien verdaderamente ha tenido un acceso ilimitado en el
curso de todos estos tiempos, a los medios prevalecientes de difusión, ha sido
la elite aristocrática, cuyos representantes son sin duda quienes realmente
debaten entre sí a través de dichos medios, naturalmente frente a todo el
auditorio norteamericano, con el único objeto de obtener, mediante este
indispensable e inigualable mecanismo, la necesaria legitimación de su actuación,
una vez que con ello se atraen los obligados votos. Es decir que, y por eso se
trata de un simple mito, los parámetros de la mentada libertad de expresión, se
encuentran perfectamente bien acotados para todos aquellos que de manera
temeraria pretendan, no digamos trastornar o subvertir, sino simplemente
salirse un poco de los cánones, y ni imaginarse que dichos disidentes pudieran
hasta ahora mismo valerse de la santidad de los citados medios, con el fin de
radicalmente cambiar o transformar el perfecto sistema de control prevaleciente
(12). Una prueba más del increíble éxito
del uso y manipulación ideológica que hace sobre su pueblo la aristocracia
dirigente norteamericana, es la que se desprende del perfecto convencimiento
que aquél tiene, respecto de su inigualable generosidad, altruismo y espíritu
de cooperación hacia el resto del mundo, y en consecuencia, el traumático
asombro que les produce conocer las agresivas respuestas que frecuentemente
encuentran o reciben como simple efecto de las verdaderas iniciativas no sólo
permanentemente llevadas, sino cabalmente implementadas a través de todo el
mundo en su nombre, naturalmente por parte de su respectiva elite. Cotidiano
fenómeno que frecuentemente presenciamos, de rechazo a la autocomplacencia norteamericana,
que naturalmente la dirigencia estadounidense y sus propios y estupendos medios
de difusión, conveniente y rápidamente se ocupan tanto de cubrir como de
maquillar y transformar, sea mediante la recurrente explicación sobre la
presencia o la contaminación de los sucesos por cuenta de sus respectivos
enemigos ideológicos en turno (aquellos de carácter político, social o
religioso), o incluso, bajo el sobado expediente de que se trata de pueblos
acompañados y dotados, con un espíritu de mal agradecimiento, debido a la
realidad de sus propias frustraciones y la consecuente envidia que al
contemplar les corroe, no sólo la prístina presencia, sino el visible éxito que
envuelve a las virtualmente únicas y prodigiosas instituciones norteamericanas,
para olvidarnos del hecho de la absoluta frecuencia, con la que olímpicamente
ignoran todos aquellos acontecimientos que realmente les resultan incómodos
(13). Ahora bien, cotidianamente el
estadounidense medio nos demuestra su convencimiento de que porta y lo acompaña
un dechado de virtudes, independientemente de las perfectamente plausibles e
innegables que sin duda posee, se siente por lo mismo con derecho a suponer,
que antes que recibir lecciones de los demás, él ha sido designado y justo
enviado a la tierra precisamente para darlas. Dentro de este contexto mesiánico
nadie debe sorprenderse, que este mismo norteamericano medio piense que también
ha sido enviado a la tierra a imponer: la democracia, la libertad y la
felicidad, aún para aquellos insensatos que justo se nieguen a tenerlas.
Paradigmas que naturalmente incluyen como un premio o corolario: la paz. Luego
entonces, el uso de la violencia (incluyendo la armada) que cotidianamente se
les atribuye, tanto en su vida interna como en la externa, sólo es explicable
como una simple y lógica medida, tanto de respuesta o de simple reacción,
frente a las amenazas y agresiones de que ellos mismos resultan objeto, por
supuesto por parte de las fuerzas del mal, al verse éstas últimas seriamente
acosadas y puestas en entredicho, durante la obvia implementación de dicha
misión providencial (se le denomina “ataque preventivo”), con el fin de
combatirlas y de rechazarlas (14). A su vez, también es una realidad
que la mitología estadounidense se apoya en principio en el conjunto de los
cuatro pilares descritos, los cuales por su parte no solamente se sostienen
magistralmente a sí mismos, y por supuesto mutuamente se articulan entre sí,
sino además sirven como estupenda cortina de humo, o, para analizar el fenómeno
en términos estrictos de la teoría estratégica que a ellos tanto gusta, como
genial maniobra de distracción a fin de esconder el verdadero juego, que en mi
opinión, solo y únicamente consiste en mantener y garantizar incólume la
perpetuación en los altos cargos dirigentes, a la mencionada aristocracia
político-económica, la cual desde siempre hasta el día de hoy y mediante este
subterfugio, ha conducido a la nación. Pero aún esta inteligente
maquinaria eventualmente se vería en problemas, de no estar en posibilidad de
aunar y aplicar a tal diseño el mejor de los lubricantes, y además, capaz de
mantener funcionando, ni más ni menos que durante cuatro siglos seguidos, a tan
innegable y maravilloso aparato. Nos referimos al gran elemento, que hace las
veces de gigantesco paraguas, que casualmente se vende conjuntamente con estos
mitos precisamente desde hace esas cuatro centurias, nos referimos no al gran,
sino al super mito de la seguridad. LA POLÍTICA DE LA TENSIÓN Esto último nos lleva a pensar
que, para todos efectos y en forma permanente, el pueblo norteamericano no
puede ser mantenido más que en tensión. Luego entonces, el trabajo de la
dirigencia estadounidense, consistente en lograr combinar y articular
convenientemente, naturalmente dependiendo tanto de las circunstancias como de
las coyunturas, los citados pilares de
la mitología que durante todo el tiempo y mediante todos los medios: políticos,
económicos, sociales y religiosos, le han sido vendidos a su propio pueblo en
diversas y variables dosis a través de etapas graduables, conjuntamente con la
simple necesidad de apuntalar, al hecho de mantenerlo permanentemente en
tensión. Iniciativa sin duda a su vez compleja, que a fin de verla implementada
como un propósito verdaderamente genial, contra lo que podría originalmente
pensarse, tampoco ello fue ni ha sido un problema insoluble, dado que
justamente aquí también han jugado un papel capital las excelentes iniciativas
a fin de alcanzar y tocar, la cuerda más sensible de sus emociones, en especial
la del miedo y el odio, justamente al oportunamente hablarle de la necesidad de
protegerlo, manteniendo para ello, preservando y garantizando al respecto, ni
más ni menos que, además de su propia y respectiva integridad, su seguridad
(15). Debemos recordar que para la
dirigencia norteamericana, aún desde la época colonial, la preocupación
primordial cierta y casualmente fue la de la seguridad, o para expresarlo con
sus propios términos, la capacidad de permanentemente realizar o implementar
iniciativas con objeto de siempre mantener, alcanzar, perfeccionar y garantizar
“su seguridad”. Por ello mismo, nadie debe sorprenderse, que tanto los ya
mencionados “padres fundadores” de la Unión Americana, como hasta el día de hoy
las más de cuarenta administraciones presidenciales posteriores, la suma de
todos ellos nunca hayan hablado ni siquiera por un error, de “soberanía”, desde
luego, en el sentido dentro de criterios de carácter preventivo-defensivo, como
todo el tiempo lo hemos entendido para incluso protegernos casualmente de ellos
mismos, entre otros a través de este mismo concepto, los mexicanos y los
latinoamericanos. En cambio, la seguridad, como la
han entendido los dirigentes estadounidenses de todos los tiempos, es un
concepto que sin duda al deliberadamente adaptar en su favor las mejores
concepciones de la teoría estratégica, siempre permite mantener o guardar de
manera permanente para esa misma dirigencia, tanto la libertad de acción como,
obviamente, su capacidad de iniciativa (16). Es decir, que casualmente al
manipular tales iniciativas dentro de los parámetros de este último amplio
criterio, los protagonistas más que quedar asegurados contra los peligros y las
amenazas ya existentes, lo están sobre todo, contra los peligros o las
“amenazas” que puedan ocurrir, en este caso precisamente, de todas aquellas
posibles acechanzas provenientes del exterior. En otros términos, lo que se
pretende con dicha concepción, es asegurarse respecto a la posibilidad de
eventuales amenazas que en su contra, precisamente ocurran en el futuro, para
lo cual requieren y consecuentemente resulta necesario e indispensable
adelantarse a los acontecimientos, lógicamente actuando convenientemente al
respecto, escudados dentro del argumento de efectuar simples y normales
maniobras de previsión como les es característico, aunque naturalmente en la
práctica, dentro y sobre los correspondientes espacios territoriales, en manos
de los otros. Tampoco cuesta mucho trabajo
deducir que obvia y deliberadamente frente a su propio pueblo, las dirigencias
norteamericanas al manipular dentro de este amplio contexto el concepto de la
seguridad, no les preocupa en lo absoluto que la soberanía de los demás quede
de hecho sujeta y a merced de dichas necesidades, y consecuentemente, al
disminuir con ello lógicamente la capacidad soberana de todos los demás
Estados, en verdad los dirigentes estadounidenses se presentan casual y
finalmente en el escenario ante los ojos de su propia opinión pública, no sólo
como los verdaderos salvadores del mundo como resultado de un simple decreto
divino, sino en consecuencia, también como los únicos existentes en el globo
con reales y tangibles posibilidades para ejercer y disfrutar, de dicha
capacidad soberana. De esta forma, el permitir que los
valientes y arrojados “pioneros” blancos norteamericanos según recordamos
previamente financiados, invadieran los territorios inmediatamente contiguos a
sus fronteras, aunque naturalmente en manos y bajo las reglas de otras
soberanías, fue por una parte, más que visto, a su vez bendecido como un
designio divino (“the manifest destiny”), al mismo tiempo que, por otra,
tal iniciativa no dejaba de ser por ellos mismos señalada e inmediatamente
presentada ante su propia opinión pública, irónicamente como un nuevo y grave
desafío a su propia concepción de la seguridad. Doble fenómeno que, de un lado,
religiosamente les obligaba a cumplir o acatar con el mandato divino, mientras
por el otro, a nunca olvidarse de “cubrir” o“cerrar” justo de nueva cuenta, la
angustiosa inseguridad a que permanentemente les había conducido, la simple
necesidad de implementar sus propias y aguerridas iniciativas a fin de asegurar
las fronteras terrestres. Luego entonces, a fin de resolver el nuevo y
permanente dilema siempre abierto, en la práctica se vieron obligados a invadir
ad infinitum los espacios territoriales subsiguientes, naturalmente en
manos de otras soberanías, casual y finalmente, hasta que durante esa aciaga
primera etapa lograron alcanzar las únicas fronteras seguras existentes en el
mundo, es decir: las de las costas oceánicas. Ahora bien, una vez que
obtuvieron, mediante este procedimiento, la dimensión del respetable espacio
continental (de costa a costa) que no sólo previamente, sino con muchísima
antelación (ochenta años antes), precisamente se habían fijado alcanzar para la
naciente república los visionarios miembros de su aristocrática dirigencia,
naturalmente la de los mismísimos “padres fundadores”, automáticamente se
trasladaron a la inmensidad de los espacios oceánicos las potenciales y
angustiosas posibles nuevas amenazas. Por lo que en adelante, a partir de las
últimas décadas del siglo XIX, fue menester adoptar una política, aunque ahora
obviamente designada como: “de seguridad marítima”, la cual contempló la
adquisición, casualmente también por cualquier medio, de islas y territorios
estratégicos en los océanos, por supuesto, a fin de neutralizar desde ahí mucho
más que el surgimiento, la aproximación de eventuales peligros y amenazas
futuras. Estamos hablando, de un lado, del papel de las islas Bermudas, de Cuba
y de Puerto Rico, en el Atlántico; y del otro: de las islas Filipinas, de las
Aleutianas, de las Marianas, de las Hawai y de las Galápagos, en el Pacífico.
Estrategia geopolítica de adquisición de los mejores territorios estratégicos
insulares, que convergió en su propio entorno desde ambas colosales vertientes
oceánicas, por algo más que una simple casualidad, sobre la zona del Istmo de
Panamá, y para mayor coincidencia aún, sobre el fantástico vértice de la que
justo sería poco tiempo después por ellos mismos designada como: “Zona del
Canal”. Por supuesto, a partir de estas mismas bases o vigías avanzados,
funcionaría “la alerta temprana”, que detendría y neutralizaría a todos
aquellos temerarios que pretendieran amenazarlos ahora desde el mar, ya que
para estas mismas fechas por tierra, no existía más quien aunque se lo
propusiera, pudiera hacerlo (17). De esta forma, en nombre de su
anunciada doctrina de la seguridad, la dirigencia norteamericana no sólo
completó la invasión y sumisión de los espacios continentales que de larga data
ambicionaba, así como el de Alaska, sino en consecuencia, ocupó o se anexó, en
las últimas décadas del siglo XIX y los primeros años del XX: Cuba, Puerto Rico
y la Zona del Canal de Panamá, además de las Aleutianas, las Filipinas, las
Marianas y Hawai. Espacios estratégicos que como sabemos jugarían un papel
clave, no sólo en graves momentos de verdadera tensión internacional, sino
sobre todo, como el excelente trampolín, una vez que finalmente la dirigencia
estadounidense se decidió a poner en marcha e implementar el siguiente paso, es
decir, su consiguiente estrategia de justo al proyectarlos: “abrazar el globo”,
naturalmente en el nombre sacrosanto de su propia seguridad. Luego entonces, conjuntamente con
los valores “puritanos”, la gran constante de la vida norteamericana, de todos
los tiempos, es la continua necesidad de protegerse, y para ello oportunamente
también desde los primeros momentos, se implementó el concepto de la seguridad,
al que no es casual dada su importancia, que finalmente se le dotara y se le
hiciera acompañar, según su costumbre, de todo un lenguaje y un ritual
verdaderamente religioso. También a partir de este contexto,
resulta mucho más fácil explicar porqué, durante el consiguiente manipuleo del
temor y el odio, en el curso de los últimos casi cuatrocientos años, los
norteamericanos hayan estado bajo la constante presión de amenazas y peligros,
primero de: “las brujas” y de los indios (a los cuales de esta primera región
concreta y oportunamente ayudó a controlarlos la viruela aportada por los
europeos), después, de los franceses, de los piratas bereberes, de los piratas
del Caribe, de los ingleses, nuevamente de los indios, de los españoles, de los
mexicanos, una vez más de los molestos indios (a quienes a partir de ese
momento lograron prácticamente diezmarlos y casi exterminarlos, y a aquellos
venturosos aunque muy pocos sobrevivientes, virtualmente internarlos o
recluirlos en zoológicos), de los coreanos, de los nicaragüenses y panameños
(esto a mediados del siglo XIX), una vez más de los españoles, de los chinos,
de los filipinos, (además de la simultánea invasión por parte de los chinos y
de los japoneses sobre el propio espacio territorial norteamericano), de los
alemanes, de los japoneses, nuevamente de los alemanes (nótese que en esta
segunda ocasión contra los germanos lo hicieron en nombre de las libertades
democráticas y contra el racismo de estos últimos) aunque ahora unidos a los
italianos, de los rusos, nuevamente de los chinos, nuevamente de los coreanos,
de los guatemaltecos, de los cubanos, de los vietnamitas, de los negros,
nuevamente de los panameños, de los dominicanos, de los libaneses, nuevamente
de los negros, de los iraníes, de los egipcios, de los libios, de los
palestinos, una vez más de los negros, de los nicaragüenses, nuevamente de los
iraníes, de los iraquíes, de los yemenitas, de los somalíes, de los serbios, de
los afganos, nuevamente de los iraquíes, de los narcotraficantes y de los terroristas,
sin contar la parte que corresponda de estas mismas culpas, tanto a las abejas
africanas como a las hormigas migratorias del Brasil, plagas que conjuntamente
con la de los emigrantes mexicanos, y ahora de los de todo el mundo, los han
llevado a desarrollar generaciones muy sofisticadas de armas de defensa con el
fin de combatirlas, que incluyen hasta los insecticidas y las de tipo genético
(18). Como podemos ver, a partir de la
época colonial y durante toda su historia, las dirigencias norteamericanas, han
tenido que hacer frente no sólo a terribles desafíos, sino a pavorosas
amenazas, que si las cernimos con los mismos criterios con los que en su
momento han sido abordados por los propios críticos y disidentes
estadounidenses (incluyendo entre ellos a distinguidos miembros de la familia
Kennedy)(19), no resulta extraño que ellos mismos denominen “la invención de la
guerra con México” al temprano conflicto internacional que tuvieron con nuestro
país, en 1846/47; de manera similar se expresan dichos críticos sobre la guerra
con España en 1898, o aún, el pretexto para iniciar los bombardeos aéreos
contra Viet Nam del Norte en 1965, ya que estos últimos no les merece un
apelativo diferente. Esto con el fin de no tener que referirnos al amplio y
rico debate que se lleva a cabo en nuestros días, en los propios Estados
Unidos, sobre la invención del conflicto en contra de Afganistán en 2002, y
especialmente en contra de Irak, desde principios del 2003, y no digamos del
respectivo sobre la cotidiana manipulación, sino de la simple y visible
fabricación de la información, al referirse los medios estadounidenses de
información a los mismos. De todo lo cual sacamos como elemental conclusión,
que la perenne necesidad que manifiesta la dirigencia norteamericana, en el
curso de los casi cuatro últimos siglos, para hacer la guerra al género humano,
coincide plenamente con el supuesto de que se trata del medio más idóneo y
capaz, a fin no sólo de mantener distraída, sino justo en tensión de manera
permanente, a su propia opinión pública. Ahora bien y como una simple
coincidencia, en el curso de toda su historia, la violencia ha sido una fiel
compañera de viaje de la sociedad norteamericana, y por lo mismo igualmente sin
duda, ha sido el semillero más tupido y prolífico de los críticos de la propia
sociedad estadounidense, los cuales siempre se aglutinan de suyo en una
multitud de organizaciones sociales internas, aunque igualmente entre sí, con
muy escasa coherencia de estructura y objetivos, a pesar de que tales organismos
son parte esencial de la verdadera inflación actual, con el máximo variopinto
de las llamadas organizaciones internacionales no gubernamentales,
necesariamente las de los países desarrollados (las famosas ONG’s), cuya
persistente característica, es la de muy escasa o nula articulación política
entre ellas. Es decir, que el conjunto de este innegablemente respetable
volumen de críticos y disidentes, finalmente hasta el día de hoy, han quedado y
se han visto siempre en minoría, al tener que enfrentar a su propio poder
público. Violencia que impunemente se ha
ejercido sin tregua alguna, contra indios, negros y mexicanos, y que,
paradójicamente a su vez, es objeto de una profunda admiración y elogio, tanto
por modestas como por poderosas instituciones, tanto oficiales como privadas,
de la propia Unión Americana. De esta forma los cazadores de esclavos fugados,
las masacres de indios, las de mexicanos y el admirado trabajo de los
mercenarios y de los buscadores o cazadores de recompensas, han podido desarrollarse
en una forma no sólo sistemática sino perfectamente racional, durante la no muy
larga historia estadounidense. Por estas razones, el Ku Klux Klan, no sólo
cuenta con una historia ininterrumpida de aproximadamente 130 fructíferos años,
sino fue el sujeto que casualmente escogió, en 1915, el talentoso joven
cineasta estadounidense W. Griffith para su muy temprana obra cumbre,
precisamente a cuya señera elegía bautizó, además, con el muy sugestivo título,
de: “El nacimiento de una nación”. Conjuntamente con el Klan, el cual a cuyas
actividades de caza y linchamiento de negros agregó hacia mediados del siglo
XX, la caza de comunistas, se unió también entusiastamente durante unos años,
hace exactamente medio siglo, con el amplio objetivo más que de la persecución
de comunistas, más bien de poner a raya y controlar a los críticos y disidentes
liberales, el Macarthismo (por el nombre de su fundador el senador republicano
Joseph Mc Carthy). A estas organizaciones se aliaron, con similares propósitos
de mantener, conservar y defender la pureza de los valores blancos, así como
naturalmente la de sus propiedades, hace poco más de cuatro décadas, otras
organizaciones extremistas, entre ellas, la John Birch Society y la famosa
Sociedad Americana del Rifle, no sólo con una innegable influencia, sino
perfectamente toleradas, e incluso alentadas, por los altos círculos del poder
estadounidense. Por supuesto, durante las turbulentas décadas de los años
sesenta y setenta del mismo siglo XX, cuando finalmente durante las consiguientes
revueltas sociales, aparecieron como simple reacción otras organizaciones
igualmente extremistas, como las denominadas: el “poder negro”, los “panteras
negras”, o los “musulmanes negros”, ahora formadas obviamente por disidentes
negros, desde luego que éstas últimas si se vieron, no sólo sistemáticamente
perseguidas, sino específicamente desmanteladas y, como resultado, no pocos de
sus seguidores casualmente resultaron asesinados (no funcionando para ellos las
maravillosas y equilibradas instituciones de justicia de la república), tanto
por parte del famoso FBI, como por varias otras prestigiadas organizaciones
oficiales policiales y de inteligencia (20). Los deportes, las ferias y las
exposiciones, sean locales, regionales, nacionales e internacionales, los
parques mecánicos, el circo, la comedia musical, el cine, los modernos parques
de diversiones, las series de televisión, los comics, las revistas de todo
género, la prensa y los juegos de azar, considerados tanto como excelentes
elementos de distracción, pero mucho mejor que eso, como los amortiguadores
idóneos de la tensión. La fantástica fabrica de ilusiones
que, durante muy largas décadas, ha representado, tanto el cine como las series
de televisión y los comics, aparte del embrujo que de suyo acompaña a estos
maravillosos medios, desde luego se vieron desplegados a la escala que
corresponde, y por supuesto sin traba alguna por parte de la dirigencia del
gigante capitalista, a fin de cumplir el objetivo que, muy poco tiempo después
de su invención, descubrieron que les correspondía desempeñar en el fabuloso
adormecimiento de las masas. Para una dirigencia inteligente
como la estadounidense, menos podría escapar la importancia tanto de los
deportes, de la fantasía de las ferias mecánicas, del circo, del rodeo, así
como de los juegos de azar, a fin de cerrar el círculo de distracción y control
de su propia población, y no digamos de la paralela neutralización de sus
respectivos y permanentes críticos y disidentes. De esta forma, tanto los grandes
estadios para las apasionantes competencias de: base ball, foot ball americano,
basket ball, volley ball, hipódromos, galgódromos, velódromos, box, lucha
libre, pistas de carreras de autos, carreras de motos, natación, buceo,
regatas, ciclismo, tenis, golf, yatching, foot ball soccer, los juegos
olímpicos, los deportes de invierno, alpinismo, excursionismo, paracaidismo,
cacería, pesca, las artes marciales, los aerobics y el abanico de otras más,
que incluirían los juegos de salón, desde el billar y el boliche hasta las
partidas semanarias de poker, así como las salas de masaje anti stress,
cumplen con los mismos objetivos socio políticos que: Las Vegas, Reno, Atlantic
City, junto a la magistral e ingeniosa panoplia de las áreas de apuestas,
respecto de todos los deportes anteriormente mencionados, para no olvidar a los
productivos y muy reales sistemas de apuestas clandestinas y el auge de las
llamadas “pirámides”, los cuales durante las cíclicas y recurrentes épocas de
crisis económicas del país, invaden como hongos las áreas urbanas
principalmente las de los marginados, de cuyo éxito y arraigo, habla por sí
solo el hecho, de haber extendido por siglos su existencia. Recurrentes
sistemas de absorción de la atención que, conjuntamente con la proliferación de
las sectas, de los grupos presuntamente relajantes psicológico-espirituales,
además de por supuesto, las mismas drogas y la prostitución, y durante las
últimas cuatro o cinco décadas, el complejo, increíble y altamente sofisticado
sistema del comercio espectáculo (los Mall’s),
y en particular, durante las últimas tres, las extraordinarias y complejísimas
redes, tanto del internet como de los juegos electrónicos, necesariamente
individuales por simple definición. Panoplia de conjuntos que sin duda han
cumplido con creces, con lo mejor de las tareas estratégicas primordiales
asignadas, solamente con el fin de coadyuvar a cimentar, el equilibrio político
norteamericano. Por último, los servicios
oficiales de inteligencia y espionaje, que a la escala del modelo
norteamericano tampoco nadie debe sorprenderse que hasta el 11/09/01 existieran
13 diferentes, dado que a partir de entonces el presidente George W. Bush logró
sin mucho esfuerzo, que el Congreso estadounidense autorizara el 6 de Julio del
2002 la creación de uno más, el llamado Departamento de Seguridad Interna,
naturalmente justo con el objetivo de ¡mantener la seguridad interna!, y el
aclarado propósito de coordinar o ejercer varias de las funciones originalmente
ya atribuidas, aunque por supuesto en la práctica traslapadas entre sí, que
para entonces necesariamente ya desempeñaban varios de sus predecesores.
Servicios naturalmente encargados de acometer muy delicadas funciones, en
principio cuya lógica de creación, sin duda ha estado dirigida al declarado
propósito de contrarrestar el trabajo de sus enemigos en el exterior, pero por
supuesto para tampoco nunca olvidarse, de eventualmente tener que ocuparse en
supervisar, además, las actividades que realizan sus propios críticos y
disidentes internos, dado que como cualquiera puede suponer, todos ellos actúan
escudados en el paradigma de los mitos de la perfección norteamericana, tanto
en el interior como en el exterior, de las impolutamente respectivas fronteras
físicas y jurídicas de la Unión Americana (21). NOTAS. 1-
Consultar, L’état du monde, Annuaire économique géopolitique mondial
2003, Paris, La Découverte. 2- Consultar, « Religious
Beliefs of the Pilgrims », MayflowerHistory.com. También, Ortega Marín
Gracia Mireya, La Importancia de los Valores Puritanos en la Política
Exterior Estadounidense, caso Ronald Reagan, (Tesis de Maestría), FCPyS,
UNAM, 2003. “El calvinismo, se distingue de las otras doctrinas
protestantes por el origen democrático que atribuye a la autoridad religiosa;
la supresión de ceremonias; la negación absoluta de la tradición; el dogma de
la predestinación y la reducción de los sacramentos al bautismo y la cena”, Pequeño
Larousse Ilustrado, 1994, p. 1180. “Los Estados Unidos, país evolucionado
desde el punto de vista tecnológico, curiosamente tienen todo el aspecto de ser
el paraíso de las religiones”, consultar: Guetny Jean-Paul, “La modernité n’a
éteint ni le fait religieux ni la quete de spiritualité”, Le nouvel état du
monde, Paris, La Découverte, 2002, p. 57. 3- Consultar, Harris Marvin, Caníbales
y Reyes, Madrid, Alianza Editorial, 2000. 4- Consultar, Connell-Smith
Gordon, Los Estados Unidos y la América Latina, México, FCE, 1977, pp.
49/54. 5- El Profesor Fernando G. Sampaio
Rector de la Escuela Superior de Geopolítica y Estrategia de Porto Alegre
recordando a Francis Fukuyama, afirma que los EUA “nacieron y se desenvolvieron
merced a comunidades religiosas fundamentalistas, y éstas fueron determinantes
en la formación de su mentalidad general”, la cual por si fuera poco, además,
es “aislacionista”. Consultar del autor: Golpe Militar e Ditadura Religiosa
nos Estados Unidos: um cenário alternativo, Escola Superior de Geopolítica
e Estratégia, Texto para debate de 26/ 12/ 2002. 6- Consultar, http://odur.let.rug.nl/~usa/E/7yearswar2/7yearsxx.htm.
De conformidad con la Universidad de Groningen en Holanda, pero lo mismo ocurre
si se accede a las páginas tanto de Universidades inglesas como estadounidenses,
con Departamentos de Investigación especializados en la historia de Estados
Unidos, para todas ellas la historia norteamericana comienza con la Guerra de
Siete Años, librada entre británicos y franceses al empezar la segunda mitad
del siglo XVIII. Por otra parte, el haber deliberadamente cambiado su apellido
judío checo Kohn por el de Kerry a fin de encubrir su verdadero origen, en 1905
al desembarcar como inmigrante en los Estados Unidos, el abuelo Fritz del
actual candidato a la designación por el partido Demócrata para las elecciones
de noviembre del 2004, aparece como una verdadera curiosidad en la historia
familiar de John Kerry, quien confiesa que se interesó por el origen de la
historia familiar un año antes, en 2003, por simples razones electorales.
Consultar: “Descubre su origen checo”, Reforma, martes Enero 27 de 2004,
p. 22-A. 7-
Consultar, Douzet Frédérick, “Patriotisme et Nationalisme Américains", Hérodote,
Paris, N° 109, "2e trimestre 2003, p. 41. También: “ Más allá de
ser blancos o negros, hispanos en censo de EUA escogen ‘otro’”, y , “Es arte
muy aventurado cambiar de una raza a otra”, The New York Times,
selección semanal de Reforma, México, sábado Noviembre 15 de 2003, pp. 1
y 2. Dentro de las profundas diferencias culturales entre “blancos” e
“hispánicos” de la Unión Americana, el profesor de la Universidad de Harvard
Samuel Huntington, en su libro titulado Who are We, de próxima aparición
y reseñado por la revista Foreign Policy, el investigador no sólo
reconoce las citadas diferencias, sino de hecho hace una deliberada aportación,
en lo que algunos críticos no dejan de calificar de buen aliento para el
racismo estadounidense, supuestamente con el fin de preservar la “identidad”
estadounidense frente a la real amenaza de la cultura hispánica y concretamente
de la mexicana; consultar: “Prevén divisionismo en EUA por migración, estima
politólogo que los mexicanos son un desafío para la cultura estadounidense”, Reforma,
México, jueves Febrero 26 de 2004, p. 13-A. También: Andrés Oppenheimmer,
“Huntington vs, México”, Reforma, México, viernes 27 de Febrero de 2004,
página 28-A; y, “Provoca debate en EUA libro sobre migrantes”, Reforma,
México, lunes 1° de Marzo de 2004, p. 11-A. Consultar el texto de presentación
de su propio libro en el polémico artículo del Prof. Huntington, reproducido
en: Letras Libres, “El Genio del Mestizaje”, México, Abril 2004, Año VI,
N° 64, pp. 12/20. 8- Para una amplia interpretación
de la teoría de los ciclos históricos de Fernand Braudel, consultar de entre las
obras de dicho autor: La Historia y las Ciencias Sociales, México,
Alianza Editorial, 1989; El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época
de Felipe II, México, FCE, 1987; Escritos sobre Historia, México,
FCE, 1991. 9-
Para el sociólogo Loïc Wacquant los Estados Unidos son aún un país de
castas, consultar del autor: “La loupe
et l’alambic: l’Amérique a travers ses prisons ou l’art de rester maitre de sa
demeure”, en Les États-Unis, maitres du monde?, dirección de Henri
Lelievre, Paris, editions Complexe, 1999, p. 53. 10- Consultar, Campa Homero, “La
Dinastía Petrolera”, Proceso, México, N° 1404, Septiembre 28 de 2003,
44/48. El periodista se refiere a la próxima aparición del libro La Dinastía
Bush y el Nuevo Siglo Norteamericano, por parte de la editorial Nuevo
Siglo-Aguilar, del investigador Abelardo Rodríguez, a quien en los primeros
párrafos del artículo se le atribuye la siguiente afirmación: “Rodríguez se
remonta a la historia de la dinastía Bush, cuyas relaciones familiares con el
poder datan prácticamente desde la fundación de la nación estadounidense en
1776,...” 11- De conformidad con el
geopolítico francés Frédérick Douzet, la palabra “atentado”, no tiene
traducción en inglés, lo que equivale a suponer que justamente tal posibilidad
no cabía en el perfecto diseño del sistema de seguridad norteamericano;
consultar, de dicho autor “Patriotisme et nationalisme américains”, op. cit,
p. 38. 12- Consultar al respecto, de
Welles Orson, la obra maestra de su película: El ciudadano Kane, filmada
en 1938. También, Moore Michael, Estúpidos Hombres Blancos, Edit. Puresa, Barcelona, 2003. En la evaluación y la lista
de países preparada por la organización no gubernamental “Reporteros Sin
Fronteras”, sobre la libertad de prensa de que se goza en el mundo durante
2003, dentro de una clasificación que abarca 166 países, originalmente los
Estados Unidos e Israel ocupaban los lugares 31 y 44 respectivamente, pero
según sus propios autores, si a los anteriores criterios, también se agregara
el del papel que juegan en el exterior los ejércitos de ambos países,
automáticamente caían ahora más de 100 lugares, pasando en consecuencia dichos
países a ocupar los sitios 135 y 146, de la citada escala; consultar: “Evalúan
a Prensa Mundial”, Reforma, martes Octubre 21 de 2003, p. 29-A. 13- Consultar, Connell-Smith Gordon, op. cit., pp. 13/64. 14- El 1° de Julio de 2002, el
Presidente George W. Bush durante el discurso de celebración del bicentenario
de la fundación de la Academia Militar de West Point en 1802, dijo, entre otras
cosas, lo siguiente: “el poderío militar norteamericano es tan aplastante que
toda tentativa para intentar alcanzarnos resultaría vana, y aún mucho más que
antes, el único modelo subsistente de progreso humano, es el nuestro”
(el subrayado es mío); Consultar: Laughland John, “L’impossible indépendance
européenne”, Géopolitique, Paris, N° 84, Octobre-Décembre 2003, p.
61. 15- Para un estudio de la
manipulación del pueblo norteamericano llevada a cabo por las distintas
dirigencias, con sólo recurrir a los sentimientos de éste, consultar el
excelente trabajo del libanés-mexicano-estadounidense, Yehya Naief, Guerra y
Propaganda, Medios masivos y el mito bélico en Estados Unidos, México,
Paidós, 2003, p. 40. Por su parte, el politólogo y crítico estadounidense Noam
Chomsky, uno de los principales exponentes durante el desarrollo de la Asamblea
del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), efectuada en 2003 en
La Habana, afirma en su trabajo titulado: “Dilemas de la Dominación”, que: “el
Presidente estadounidense George W. Bush, siembra entre sus compatriotas el
pánico, con advertencias exageradas de terrorismo para justificar sus políticas
y ganarse la reelección”; consultar: Reforma, México, jueves Octubre 30
de 2003, p. 31 A. 16- Consultar, Beaufré André, Introducción
a la Estrategia, Buenos Aires, Editorial Struhart & Cía., 1982. 17- Consultar, Bosch García,
Carlos, La Base de la Política Exterior Estadounidense, Instituto de
Investigaciones Históricas, UNAM, 1986. También, Estades Font María Eugenia, La
Ocupación Militar Norteamericana de Puerto Rico, 1898/1920, (Tesis de
Doctorado), FCPyS, UNAM, 1987. La adquisición de los mencionados territorios
insulares, en ambos océanos, fue el resultado de la propuesta que a ese
respecto le hizo a la dirigencia política norteamericana coetánea, desde la
década de 1880, el famoso almirante Alfred Thayer Mahan; propuesta que se
cimentaba en los territorios estratégicos que casualmente habían estado entre
los puntos cardinales que cimentaron desde el siglo XVI, al imperio marítimo
mundial español. Consultar también, Colson Bruno, La Culture Stratégique
Americaine, Paris, Económica, 1993, pp. 189/202; Además, Mahan T., Alfred, El
interés de Estados Unidos de América en el poderío marítimo, Bogotá, Universidad
Nacional de Colombia, 2000; y, Rosinski Herbert, Commentaire de Mahan,
Paris, Economica, 1996. 18- Sobre la intervención de
fuerzas militares norteamericanas, en todo el mundo, consultar: Sardar Ziauddin
y Wyn Davies Merryl, Por qué la gente odia Estados Unidos, Barcelona,
Gedisa, 2003, pp. 133/145. 19- En 1962, el entonces
procurador estadounidense Robert Kennedy durante la presidencia de su hermano
John, en el curso de un debate sostenido con un numeroso y radical grupo de
estudiantes de la Universidad de Yakarta en Indonesia, enfática y
espontáneamente declaró, en respuesta a una pregunta sobre su respectiva
opinión sobre la guerra de Texas: “la guerra de Texas –dijo Kennedy- es la
página más negra en la historia de los Estados Unidos”. 20- Sobre el arraigo y
persistencia de la violencia en Estados Unidos, consultar del escritor y
crítico estadounidense Michael Moore, el video titulado: Asesinato en Columbine,
filmado en el 2002. 21- Para una buena descripción y
análisis de los distintos servicios de seguridad e inteligencia
norteamericanos, consultar: Sánchez Arias Tamara, Las Agencias de
Inteligencia en la Política Exterior Estadounidense en los umbrales del Siglo
XXI, (Tesis de Maestría), FCPyS, UNAM, 2003. |