Estados Unidos: ¿un gigante con pies de
barro?
Mario Rapoport
Febrero 2006
Las
palabras imperio e imperialismo han resurgido en los últimos tiempos y
provocado muchos debates. El problema no es semántico, sino que abreva en una
discusión clave que viene desde hace tiempo. No existirían más en la
actualidad, según algunos autores de moda, potencias que quieran lanzarse a la
conquista de otros territorios, como en el pasado España o Portugal, en sus
épocas doradas de depredación del continente latinoamericano, o la Gran Bretaña
de la pax británica, que dominaba los mares, las tierras exóticas de Oriente y
las finanzas mundiales. Ahora, con el fin del mundo bipolar, vuelve a renacer
la idea de un imperio sin horizontes, que abarcaría todo el globo, como el
primitivo Imperio Romano. Idea antihistórica de por sí, dado que las ilusiones
de los imperios únicos -como el chino, que no tenía ministro de relaciones
exteriores porque creía que el planeta se acababa en sus fronteras- son tan
frágiles como las murallas que los protegían, atravesadas muy fácilmente por
los ejércitos invasores de la época. Se nos quiere dar la impresión de que
somos todos habitantes de un mismo imperio, sea como ciudadanos plenos o de
segunda, éstos últimos meros apéndices o servidores de los primeros. Sin
embargo, el libro que acaba de publicar el gran historiador brasileño Luiz
Alberto Moniz Bandeira, Formação do
Imperio Americano: da guerra contra a Espanha a guerra no Iraque, quiere
decirnos otra cosa.
En primer lugar, no tiene pretensiones teóricas ni procura instalar una nueva
concepción de imperio, aunque discute ideas y aclara cuestiones. En segundo
término, es un libro de historia que quiere relatar la manera en que un país,
al que llegaron para defender sus creencias y estilos de vida los pioneros
puritanos -hecho que les permitió independizarse de la metrópoli mucho antes
que las colonias ibéricas- pudo transformarse en forma paulatina en una
potencia imperial. Sin duda, la idea de la igualdad de derechos, tan cara a los
norteamericanos, pasó por muchas batallas, incluso una guerra civil cruenta,
sin haberse podido resolver aún en su totalidad para los descendientes de los
antiguos esclavos o para otras poblaciones que arribaron luego a esas tierras.
Y si no se respetan ciertas normas éticas en el interior de una nación, ¿por
qué habrían de respetarse fuera de ella? Aunque el libro de Moniz Bandeira
comienza con la guerra de la potencia del norte contra España por la
“liberación-ocupación” de Cuba a fines del siglo XIX, con un pretexto tan
absurdo como el de la última invasión a Irak, la historia es más antigua.
México sufrió mucho antes sangrientos recortes en sus fronteras (California,
Nueva México, Texas) y el gigante compró a precio de liquidación Louisana y
Alaska, sin mencionar Florida ni los territorios ganados a los indios,
extranjeros en su propia tierra según nos cuentan los westerns de Hollywood.
Un elemento presente en las grandes obras intelectuales es el tipo de preguntas
que se plantea; una forma de dar cuenta de su envergadura es valorar la
importancia de los interrogantes que el autor procura responder. Moniz Bandeira
no oculta la cuestión, en tanto sostiene que se vio en la necesidad de escribir
este libro para comprender y explicar el proceso de perversión de la democracia
que sacude la vida civilizada, dando lugar a un estado de permanente guerra e
inseguridad en el mundo contemporáneo. Para ello, confronta la historia
reciente del siglo XX con las teorías del imperialismo de Lenin y Kautsky,
inclinándose más por éste último que por el primero. Ante todo, piensa que el
imperialismo es un concepto mucho más amplio que el de colonialismo, pero las
fronteras que comprende más difusas. En el caso norteamericano pasan por las
instalaciones petroleras de la Standard Oil en Medio Oriente o los
supermercados Wal Mart en todo el mundo. Donde existe alguna empresa de Estados
Unidos, están las fronteras de ese país.
No olvida que la potencia del norte estuvo dispuesta a defender y expandir sus
intereses por medios bélicos en todo el mundo cuando le fue necesario: desde
sus intervenciones directas, casos de Haití o Cuba, o indirectas (apoyando
golpes de Estado) como en Guatemala y Chile, su involucramiento en Asia
(Filipinas, China, Corea, Vietnam) o Medio Oriente, o sus participaciones en
las guerras mundiales y episodios de la Guerra Fría. Concuerda con las tesis de
Kautsky de que la política imperialista tradicional fue desalojada por otra
nueva, ultra-imperialista; la explotación de todo el mundo por el capital
financiero y globalizado, sustituyó a la lucha que antes se desenvolvía, a
través de ejércitos o de armas, en el mercado mundial, un ejemplo de lo cual
sería el G7.
Moniz realiza un análisis histórico. Señala que, tras la Primera Guerra
Mundial, Estados Unidos conquistó la supremacía económica del sistema
capitalista sin manifestar una clara intención de liderazgo, pero luego de la
derrota de la Alemania nazi, sus propósitos se hicieron evidentes. A través de
acuerdos y alianzas de posguerra le fue posible dirigir la política
internacional e influir decisivamente en las políticas internas de otros
Estados (especialmente las de sus competidores directos, países
industrializados), por medios más sutiles, económicos, financieros y políticos.
Sin embargo, será a partir del fin de la Guerra Fría cuando-dice Moniz-
“Estados Unidos, que hasta entonces,
con pocas excepciones, había decidido ejercer un dominio indirecto y mantener
un imperio informal”, sujeto a ciertas reglas establecidas del orden mundial
(como las de las Naciones Unidas) “desnudó la esencia imperialista y agresiva
de su política internacional”. A la luz de ese enfoque debe comprenderse la
política exterior de la administración de George W. Bush, que declaró abierta y
públicamente que su país atacará en forma preventiva, de ser necesario, a
cualquier Estado que represente un peligro para sus intereses y su seguridad.
A través del análisis de discursos de la administración Bush, como de sus
acciones y políticas, Moniz Bandeira analiza cuál es la idea de soberanía del
gobierno estadounidense. “Se infiere que la única soberanía intangible es la de
los Estados Unidos, y solamente Estados Unidos tiene el derecho de decidir lo
que debe o no respetar internacionalmente, dependiendo de sus intereses y
conveniencias. Estados Unidos es el único para el cual su soberanía representa
un “blank check”. Continúa: “Y así son derogados los dos principios
fundamentales sobre los que se asentaba la frágil estructura del Derecho
Internacional, hacía más de 300 años, desde la paz de Westfalia, en 1648:
soberanía nacional e igualdad entre las naciones”.
Resulta interesante, para comprender la realidad actual, observar que, a lo
largo de su historia, Estados Unidos ignoró implícitamente esos principios,
oscilando entre el expansionismo y el aislacionismo. Ahora, el hecho de
plantear como doctrina oficial no reconocer el derecho a la autodeterminación y
la independencia política y no aceptar el principio democrático de la igualdad
de todas las naciones, muestra con claridad su propósito de instituir un
predominio global del capital financiero, a través del cual “Estados Unidos,
como potencia política y militarmente poderosa, no deba tomar más en cuenta
intereses contrarios de otros Estados al formular su política económica y comercial”.
Puede así obtener de los más débiles tratados ventajosos y concesiones
diversas, ejerciendo su influencia, sin limitaciones, “a fin de convertir al
mundo entero en zona de inversión”, y garantizar seguridad y protección para
sus propios intereses. Las conclusiones a las que arriba Moniz Bandeira
permiten entender con mayor profundidad las recientes iniciativas
norteamericanas en política internacional. Por ejemplo, el ALCA (o los tratados
bilaterales de libre comercio, que vendrían a ser lo mismo si el ALCA no
funciona), que constituye una iniciativa de Washington para imponer sus
intereses a toda Latinoamérica: la igualdad en el trato a capitales nacionales
y foráneos, la libre circulación de mercancías -¡pero no de personas!- y el
mantenimiento de subsidios al agro, evidenciarían esta realidad. Política
refrendada en las últimas rondas de la OMC, donde las potencias del G-7
trataron de imponer el librecambio a las naciones periféricas, sin renunciar a
mantener sus barreras proteccionistas.
Una de las conclusiones más polémicas del libro sostiene que Estados Unidos es,
pese a todo, un “gigante con pies de barro”. Sin pretender que la potencia del
norte llegará al colapso, Moniz Bandeira analiza la su enorme deuda externa,
como su déficit comercial y fiscal, para estudiar la emergencia de la Unión
Europea y China, el “oso panda” dormido, que marcan, en opinión del autor, el
comienzo de una paulatina declinación del imperio norteamericano, que habría
pasado el pico de su apogeo. Esta conclusión es de especial importancia en
tanto Sudamérica, pese a su carácter dependiente, tiene un margen de acción
relacionado con su capacidad de aprovechar las contradicciones de los países
centrales y aumentar así sus grados de independencia y participación en el
escenario internacional.