El impacto de China en América Latina
Javier Santiso(*)
Noviembre 2007
Al
contrario de lo que ha ocurrido en muchos países latinoamericanos, ni Jeffrey Sachs ni Milton Friedman han aterrizado en Pekín para aplicar las leyes del
desarrollo económico. La apertura comercial de China es deslumbrante y la
apuesta por el libre comercio inédita. Para América Latina, en un momento en el
que los gobiernos de izquierda están afincándose en el continente, el interés
por ese capitalismo híbrido apunta a una reorganización más amplia, en la que
el antiguo patio trasero de
Estados Unidos ya no depende, por primera vez en su historia, de los países
desarrollados para explotar sus recursos y puede también recurrir a un tercer
interlocutor.
En
Latinoamérica, el impacto económico del gigante
asiático es doble: comercial y financiero. Lo más llamativo y
explosivo es, sin duda, su irrupción como uno de los principales socios
comerciales de la mayoría de los países del sub-continente.
La velocidad de este proceso ha sido meteórica: en apenas un par de años China
se ha convertido en una pieza clave del ajedrez comercial latinoamericano.
Asimismo, en términos financieros, sus inversiones han despegado en las
estadísticas y realidades del área.
El
despertar del dragón chino no es sin embargo nuevo. En realidad, hablar del
surgimiento de la economía china es erróneo. Lo justo sería definirlo como un
resurgir. Hasta principios del siglo XIX, el gigante
acaparaba más de un tercio del PIB mundial, lo que le convertía en el centro
del planeta. El siglo XX fue un paréntesis. China estaría ahora retomando la
posición que fue suya, no en la periferia del mundo, sino más bien en su
núcleo.
OTRA GEOGRAFÍA COMERCIAL
Para América Latina este despertar
del dragón es una estupenda noticia. Las dos regiones son complementarias. La
primera dispone de los recursos naturales y productos agrícolas que Pekín
necesita para alimentar su crecimiento. La voracidad de la economía china ha
contribuido a la bonanza vivida por la región en los últimos años. Es más, por
primera vez en su historia reciente, Latinoamérica dispone de tres puntos de
apoyo en el mundo. Hasta los 80, el principal sostén (comercial) fue Estados
Unidos; en los 90 surgió un segundo pilar (financiero): las inversiones
directas masivas de los europeos y españoles en particular; ahora se estructura
un tercer punto de apoyo (asiático).
Desde
el cobre chileno a la soja brasileña, los productos latinoamericanos fluyen hoy
día en grandes cantidades hacia China. El efecto aquí es doble: en volúmenes,
que se dispararon, y en precios. Asimismo, China influyó en los costes de las
mercancías exportadas por América Latina, revirtiendo la tendencia a la baja
experimentada en el siglo XX. Pekín superó en 2003 a Japón como segundo
consumidor mundial de petróleo (en 2005 acaparó el 8,5% del total del consumo
de crudo global). El año pasado acumuló más de 12% del consumo internacional de
cobre, otro importante producto de exportación de América Latina.
Pekín sólo importa materias primas y
productos agrícolas, lo que no favorece la diversificación de las exportaciones
latinoamericanas
De hecho, el 65% de las ventas a
territorio chino de las principales economías de la región son productos
agrícolas o materias primas. Las manufacturas, maquinarias y productos de
transporte representan un 30%. Lo más llamativo es la velocidad de este proceso
como muestran, por ejemplo, las exportaciones brasileñas de mineral de hierro
hacia el gigante asiático.
Igualmente los envíos de crudo venezolano están disparándose: en 2005
alcanzaron un valor de 3.000 millones de dólares (unos 2.400 millones de
euros), el doble del año anterior. En total, los flujos comerciales entre ambas
regiones han crecido un 250% en apenas cuatro años, entre 2000 y 2004.
Un
estudio publicado por el Centro de Desarrollo de la Organización
para la Cooperación
y el Desarrollo Económico (OCDE) muestra cómo China compite con América Latina
en Estados Unidos. En realidad no lo hace de forma directa, con la excepción de
los países centroamericanos y México. Este último caso es, en este sentido, más
la excepción que la regla. Este país dispone de una baza excepcional para
afrontar el reto chino: la proximidad con EUA, que absorbe el 85% de sus
exportaciones, aunque éstas han ido perdiendo cuota de mercado en el vecino del
Norte: entre 2002 y 2005 pasaron de un 11,6% a un 10,2%. Mientras, Pekín se
convertía en el segundo proveedor de la superpotencia, por delante del país
azteca, que no podrá competir en términos de costes laborales. Sin embargo
tiene una ventaja masiva, la proximidad con los clientes finales
estadounidenses, que es clave en los sectores industriales donde los gastos de
almacenamiento y las necesidades de entrega en plazos breves son estratégicos.
El reto futuro será cómo jugar esa baza que pasa por una mejora generalizada de
sus infraestructuras, redes de carreteras, ferrocarriles, puertos y
aeropuertos.
Para
los demás países de Latinoamérica, si bien China se presenta como un ángel
comercial, este boom
también tiene su lado oscuro. El gigante
sólo importa materias primas y productos agrícolas, lo que no favorece una
diversificación de las exportaciones latinoamericanas. El gran desafío será
utilizar esta doble oportunidad de precios y volúmenes para rentabilizar esta
prosperidad, sanear aún más las economías y diseñar políticas económicas contra-cíclicas.
Pero
el gran objetivo para la región será evitar recaer en una especialización de
bajo valor añadido y quedar encerrado en la especialización de las materias
primas. China no parece ayudar, como muestra el ejemplo brasileño: en 2004
cerca del 60% de las exportaciones de este país al Imperio del Centro
consistieron en productos básicos. Además, se vislumbra el riesgo que suponen
cada vez más los operadores chinos, organizados en cárteles de importación,
para fijar precios precisamente en sectores como la soja y el mineral de
hierro, como reflejaron las tensiones entre empresas de uno y otro país en los
tres últimos años.
EL IMPACTO FINANCIERO
Más
allá del impacto comercial a corto y medio plazo, hay también que cuestionar
ese efecto sobre los flujos de capitales. China es, sin duda, uno de los
factores que han contribuido a mantener bajos los tipos de interés internacionales
en los últimos años. El régimen comunista colocó de forma paulatina parte de
sus inmensas reservas de divisas en bonos del Tesoro estadounidense. En 2006
estos depósitos han alcanzado la vertiginosa cifra de 950.000 millones de
dólares, lo que ha contribuido al exceso de liquidez internacional. La
combinación de ambos parámetros ha sido una gran noticia para los mercados
emergentes, América Latina incluida, que han visto cómo les llovían grandes
cantidades de capitales en búsqueda de rendimiento.
China
juega también un papel central en la dinámica de la inversión directa
extranjera (IDE). Así, entre 2000 y 2003, se convirtió en el principal receptor
de IDE del mundo, lo que representa cerca del 50% del total recibido por las
economías emergentes. En cambio y durante ese periodo, América Latina
experimentó un retroceso inversor, lo que llevó a muchos expertos a preguntarse
si había una competencia entre ambas regiones en este capítulo. En 2003, el sub-continente recibió, según la Comisión Económica
para América Latina (CEPAL), apenas 36.000 millones de IDE, una cantidad muy
inferior a los casi 60.000 millones que obtuvo China ese año. Pese a ello, los
datos son tozudos y no indican tal rivalidad. Es más, las cifras de 2004 y 2005
confirmaron una recuperación de la
IDE hacia Latinoamérica, mientras los flujos hacia China
alcanzaban los 72.000 millones de dólares en 2005, según la OCDE.
Incluso
se dio un fenómeno nuevo: las empresas chinas se han convertido en inversores
directos importantes en América Latina, Asia y África, sobre todo en los
sectores vinculados a las materias primas. Según un informe realizado por la Conferencia de
Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), Pekín se coloca en el
quinto lugar entre los principales inversores extranjeros, después de Estados
Unidos, Alemania, Gran Bretaña y Francia.
En
2005, la IDE
china en el exterior supuso cerca de 7.000 millones de dólares, un 26% más que
en 2004. El 60% se dirigió hacia Asia, pero América Latina siguió acaparando la
atención con un 16% del total, lo que la convirtió en la segunda región
receptora de las inversiones exteriores del gigante
asiático, por delante de Europa, Norteamérica o África. Es posible
que más allá de los flujos comerciales, pronto se desarrollen también mayores
intercambios de capitales entre ambas regiones. A corto y medio plazo, ésta
sería una nueva buena noticia procedente de Oriente para América Latina. Ese
interés puede que no sólo se concentre en las materias primas sino también en
las infraestructuras, ya que el objetivo de China es, ante todo, asegurarse el
abastecimiento continuo de esos productos. Para ello necesitará que las vías de
transporte, hoy en día deficientes en el continente, mejoren. De ahí el interés
por los proyectos pan-regionales entre Brasil y Perú, Argentina y Chile o
incluso entre Venezuela y Colombia.
UNA NUEVA
TRIANGULACIÓN
En
esta recomposición a escala global, se está diseñando un triángulo inédito en
el cual España, en particular, y Europa, en general, pueden jugar un papel clave.
Con sus inversiones masivas, las empresas españolas se han convertido en
interlocutoras de primer rango para las empresas chinas que buscan expandir
negocios hacia las Américas.
Los
bancos españoles, encabezados por el BBVA, han entendido a la perfección este
potencial y disponen de franquicias completas en toda Latinoamérica. Así, esta
entidad se ha convertido en 2005 en el líder mundial de operaciones financieras
de comercio exterior. En paralelo ha ido desarrollando una red de oficinas en
Pekín, Shanghai y Hong Kong. Esta estrategia, que busca captar parte de los flujos
de financiación del creciente comercio exterior entre ambas regiones, no puede
ser más acertada en un momento en el cual se están disparando los flujos
comerciales entre China y América Latina. Por si fuera poco, el apetito
inversor de las transnacionales emergentes chinas coloca a una entidad como
BBVA en una posición idónea para intermediar estas dinámicas corporativas. De
hecho, de las 100 mayores transnacionales emergentes, en búsqueda de expansión
internacional, casi la mitad (44) son chinas, según un estudio del Boston Consulting Group.
El
interés del BBVA en Asia va sin embargo más allá de los flujos comerciales,
como demuestra el acuerdo firmado este año con el primer banco chino (Bank of China) para canalizar el
envío de remesas de su diáspora en Estados Unidos. Este convenio se extenderá
después a otros países con importantes comunidades chinas, como Tailandia,
Indonesia, Malasia, pero también Europa y América Latina, sobre todo en Perú.
En total, el gigante asiático
capta el 8% del total de las remesas mundiales: más de 12.000 millones de
dólares.
Otro
ejemplo llamativo es el de Telefónica, que abrió su primera oficina en el
Imperio del Centro en 2005. Poco después adquirió el 5% de China Netcom por 500 millones de dólares. En 2006, la división de
móviles suscribió acuerdos con los dos principales fabricantes chinos de
equipos de telecomunicaciones (Huawei Technologies y
ZTE) para colaborar en el diseño y la fabricación de productos para telefonía
de tercera generación. Y lo que es más interesante, el grupo español impulsó el
desembarco de una trannacional china en América
Latina, mediante un acuerdo con Huawei. Hoy día esta
empresa suministra productos para las filiales de Telefónica en el otro lado
del Atlántico.
En
el sector energético, las sinergias hispano-chinas también presentan potencial.
Este año la china CNOCC estuvo coqueteando con Repsol YPF y le propuso una
alianza en Latinoamérica para contribuir a la búsqueda y desarrollo de reservas
de crudo en el continente mediante la filial argentina de la transnacional
española.
China
seguirá alimentando en el futuro los telediarios y las portadas de los
periódicos. Los viajeros seguirán quedándose deslumbrados por la modernidad
vertical de Shanghai, y los empresarios occidentales
por esa fábrica del mundo que se ha convertido en el oscuro deseo de sus transnacionales.
Mientras, en las oficinas de los organismos internacionales seguirán buscando
entender cómo casi cuatrocientos millones de chinos han dejado de ser pobres,
cómo semejante milagro se ha convertido en la cuarta economía del planeta y la
segunda locomotora del crecimiento mundial.
Cuando
Pekín celebre los Juegos Olímpicos de 2008, el mensaje resonará más fuerte en
Europa y América Latina: ambas regiones sólo seguirán jugando en esta nueva era
de globalización llevados también de la mano (in)visible china.
(*) Economista jefe y director adjunto de la Organización
para la Cooperación
y el Desarrollo Económico (OCDE)