Sorpresas e hipocresía

Una errática política exterior*

*Este trabajo se publicó en una edición especial (“El tiempo del desprecio”) de la revista semanal “EL PERIODISTA DE BUENOS AIRES”, cuando se cumplieron diez años del golpe militar del 24 de marzo de 1976.

 

 

Alberto Justo Sosa

 

 

 

La trágica aventura de Malvinas fue el mayor dislate de una política exterior veleidosa, que exportó la represión y se mostró incapaz de defender los intereses nacionales(1986).

 

 

La sorprendente política exterior de la dictadura militar, establecida en marzo de 1976, dejó como saldo un abultado endeudamiento externo; la derrota militar de Malvinas y el retroceso diplomático en las negociaciones; la capitulación en el alto Paraná; pendiente los conflictos con Chile y un profundo descrédito del país ante la comunidad internacional, provocado por las graves y sistemáticas violaciones a los derechos humanos y por el llamativo oportunismo diplomático de la política exterior argentina.

 

El proyecto de la próspera factoría agroindustrial, inserta en el contexto de la percepción trilateralista, favoreció los estrechos vínculos del elenco civil de la dictadura con grupos financieros privados de Occidente (en modo especial E.U.A) que, en esos años, suministraron fondos al gobierno castrense argentino, sin exigir los severos controles del FMI. Así es como, en marzo de 1976, el país tenía una deuda externa de U$S 7.800 millones y al finalizar la gestión dictatorial la deuda externa superaba los U$S 40.000 millones. Sin embargo, la activa política de derechos humanos de la administración Carter condujo a una  relación bilateral esquizofrénica.  Entredicho diplomático por la práctica terrorista estatal de la dictadura argentina e idilio en el ámbito financiero.

 

            La óptica singular con que la diplomacia castrense percibió la posición de Argentina en el mundo, la llevó a pretender subrogar a E.U.A en el rol de principal defensor de “los valores de Occidente”.  Ejemplos de esta actitud fueron el proyecto de establecimiento de la Organización del Tratado del Atlántico Sur (OTAS) y la denominada “doctrina Viola”.

 

            Apenas instalado, el gobierno de facto impulsó la creación de la OTAS. Dicho esquema de seguridad colectiva estaría integrado por las armadas de Brasil, Argentina, Chile, Paraguay, Uruguay y Sudáfrica. Bajo la cobertura de “ la defensa de Occidente”, la armada argentina procuraba un rol protagónico en lo interno y en lo externo perseguía el apuntalamiento del régimen racista sudafricano y la contención de las luchas anticoloniales de los pueblos de Africa meridional. El categórico rechazo brasileño frustró este intento de convertir el Atlántico Sur en “zona de guerra”. Brasil, para esa época, no sólo había abandonado las fronteras ideológicas, sino que se había convertido en importante socio comercial de varios países del Africa negra. A pesar de la mencionada negativa brasileña, la armada argentina, sumamente interesada en el proyecto OTAS, insistió en él, dada la comunidad ideológica existente con los gobiernos de Chile, Paraguay, Uruguay y Sudáfrica. Sin embargo los sucesos del Beagle se encargaron de sepultar los planes del almirante Emilio Massera. Las armadas de Argentina y de Chile, asumieron posiciones irreductibles frente al conflicto del Beagle. Además, el llamado principio bioceánico excluyó a Chile de toda injerencia atlántica.

 

 

 

Doctrina  Viola y plan Charlie

 

 

En noviembre de 1979, el general Roberto Eduardo Viola desarrolló en la XIII Conferencia de Ejércitos Americanos en Bogotá su plan de latinoamericanización del modelo terrorista estatal. Según Viola, dados los aportes empíricos efectuados por las fuerzas armadas argentinas a la Doctrina de la Seguridad Nacional, en su guerra contra el enemigo interior, aquéllas se encontraban en condiciones de exportar la experiencia recogida a otros países de América Latina. El pueblo boliviano se convirtió en el conejillo de Indias de la doctrina Viola, con el golpe del narcotráfico, en julio de 1980. En este contexto era evidente que la política exterior de los E.U.A. hacia América Latina se había reorientado. En los años 1979-80, comenzó el desdibujamiento de la política de la administración Carter en materia de derechos humanos y simultáneamente el avance de la nueva derecha estadounidense. Con Reagan en el gobierno, las fuerzas armadas argentinas deciden convertirse en fuerza expedicionaria de la derecha estadounidense, en América Central, dado que la potencia hegemónica no estaba dispuesta a convivir con las nuevas realidades surgidas en su patio trasero (Nicaragua y El Salvador). Así es que el gobierno de Reagan coordinó con la dictadura argentina el plan Charlie, que no era sino la homologación de la doctrina Viola. Preveía la formación de una fuerza armada panlatinoamericana (Argentina, Honduras, El Salvador y ex guardias somocistas), hegemonizada por el ejército argentino, que tenía como misión el aniquilamiento de las fuerzas rebeldes de América Central.

 

 

La Capitulación de Itaipú

 

A pesar de estar rodeado de gobiernos amigos, con los que coordinó sus acciones represivas, la percepción geopolítica de la diplomacia militar la empujó a ocuparse, prioritariamente, de los problemas territoriales que la enfrentaban con Brasil (alto Paraná) y Chile (Beagle). A pesar de la preeminencia otorgada a estos  temas, en uno se capituló y en el otro se postergó la solución, transfiriendo el problema al gobierno constitucional.

 

El  Tratado de la Cuenca del Plata (1969) procuró asociar los esfuerzos de Argentina, Brasil, Bolivia, Paraguay y Uruguay, en pos de una integración física y del aprovechamiento racional y sistemático de los recursos naturales de área. Argentina y Brasil rivalizaban desde antaño por la hegemonía en esa zona.

 

La iniciación a partir de 1971-1972 de la represa brasileña-paraguaya en Itaipú, en el alto Paraná, tensó las relaciones con Argentina. Las decisiones de las autoridades militares brasileñas y la inercia argentina condujeron a un agravamiento de la relación, porque la cota de Itaipú perjudicaba proyectos argentinos situados aguas abajo. Finalmente, la irreversibilidad de la obra, la ineptitud de la diplomacia militar argentina y el oportunismo de Alfredo Stroessner llevaron a la dictadura argentina a aceptar una cota de 115 m. para Itaipú, en los acuerdos argentino-brasileños de octubre de 1979.

 

La cuestión del Beagle había sido sometida, en 1971, al arbitraje británico. El laudo pronunciado en 1977 resultó desfavorable a los reclamos argentinos y la junta militar, en enero de 1978, resolvió declararlo nulo. La relación argentino-chilena se deterioró gravemente, a tal punto que, en diciembre de 1979, ambos países se encontraron en los umbrales de una guerra que se evitó debido a la oportuna mediación del Papa Juan Pablo II. No obstante, la propuesta papal, de diciembre de 1980, tampoco fue aceptada por el gobierno castrense de Buenos Aires quien mantuvo latente, de esta manera, el conflicto con Chile.

 

EXTRAÑO BALLET EN NO ALINEADOS

 

No menos destacable fue el oportunismo diplomático de la dictadura militar. Sin lugar a dudas, el rol de Argentina en el Movimiento de No Alineados (Monoal) en este período es una fuente de perpetuo asombro. La dictadura permaneció en Monoal manteniendo un bajo perfil diplomático. Las críticas de los grandes países occidentales y de la OEA, por las violaciones a los derechos humanos, condenaron al gobierno argentino a una suerte de aislamiento internacional, que lo compelió a permanecer en Monoal. Este foro fue, quizás, uno de los pocos en los que la dictadura logró adhesiones por las cuestiones de Malvinas y del alto Paraná donde se aceptó el principio de consulta previa, en la utilización de los recursos compartidos. En la V (1976, Sri Lanka) y VI (1979, La Habana) Cumbres de Monoal, la delegación argentina expone su oposición a resoluciones relacionadas con Corea, Palestina, Puerto Rico e Israel ( entre otras). La profundización de estas diferencias llevó al ministro de relaciones exteriores, Nicanor Costa Méndez, a dirigir un memorándum (enero 1982) al personal de carrera del Palacio San Martín para que analizara el retiro argentino del Monoal. En ese documento el canciller reivindicaba el carácter alineado del país ya que había llegado el momento de abandonar las zonas grises de la política exterior argentina. Sin embargo, la guerra de Malvinas llevó a Costa Méndez a platicar con Fidel Castro y a descubrir el conflicto Norte-Sur y el No Alineamiento.

 

Los cambios de rumbo de la política exterior argentina, antes y después de Malvinas, se pueden calificar de tragicómicos. La conducción militar recordó a la legendaria armada Brancaleone. Inicialmente salió a combatir al marxismo internacional y a las ideas tercermundistas y terminó, hipócritamente, enarbolándolas en el discurso del general Bignone ante la  VII Cumbre del Monoal (Nueva Delhi). Allí exigió solución pacífica al problema afgano, apoyo a la creación del Estado Palestino, crítica a la posición israelí en Medio Oriente, condena al racismo sudafricano y descripción de la crisis centroamericana como producto de la injusticia social vigente en la zona.