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LA
DEFENSA LATINA (1901) Manuel Ugarte En LA CRONICA
anterior hablamos del peligro yanqui tratando de hacer tangible, con citas y
comentarios, la manera de ver que predomina en Francia sobre tan grave asunto.
Después de ese cuadro general, forzosamente sucinto y deficiente conviene
quizás indica cuáles serían los medios de que se puede disponer para contrarrestar la influencia invasora de
la América inglesa. Los recientes sucesos que despertaron el interés de Europa,
han dado nacimiento a centenares de artículos. De todos ellos se desprende la
misma convicción pesimista. Algunos indican remedios inverosímiles que sólo
conseguirán agravar el mal. Y la mayoría se esfuerza por disponer las cosas de
una manera feliz para sus intereses nacionales. Nosotros sólo consideraremos el
problema desde el punto de vista latinoamericano y trataremos de abarcar el
conjunto. La América ibérica es
susceptible de ser subdividida en tres zonas que podríamos delimitar
aproximadamente: la del extremo sur (Uruguay, Argentina, Chile y Brasil) en
pleno progreso e independiente de toda influencia extranjera; la del centro
(Perú, Bolivia, Ecuador, Venezuela y Colombia), relativamente atrasada y roída
por el clericalismo o la guerra civil y la del extremo norte (México,
Guatemala, Honduras, Nicaragua, San Salvador y Costa Rica), sometida
indirectamente a la influencia moral y material de los Estados Unidos. Debido a la falta de
ferrocarriles y telégrafos, los países latinoamericanos se han desarrollado tan
independientemente los unos de los otros que, a pesar de la identidad de origen
y la comunidad de historia, no han podido sustraerse a la ley científica de la
adaptación al medio. Hasta hace pocos años
ni aún los más vecinos estaban en contacto directo. Cada pueblo se ha orientado
a su modo. Hoy mismo nos unen con Europa maravillosas líneas de comunicación,
pero entre nosotros estamos aislados. Sabemos lo que pasa en China, pero
ignoramos lo que ocurre en nuestro propio continente. De aquí que las
Repúblicas nacidas de un mismo tronco, sean tan disímiles. Cada una se ha
desarrollado aislada, dentro de sus fronteras, multiplicándose por sí misma,
sin recibir mas influencia exterior que la que venía de Europa en forma de
emigración ávida de lucro. De suerte que muchas de esas sociedades abandonadas
por los españoles en plena infancia, han seguido repitiendo los gestos de
coloniaje, sin tratar de relacionarse entre ellas. La independencia sólo
se tradujo, para algunas, en un cambio de esclavitud porque pasaron de manos
del virrey que era responsable ante el monarca, a las de una oligarquía
ambiciosa que no es responsable ante nadie. De ahí los altibajos que se notan
entre los pueblos que tienen un punto de partida común. Los unos, favorecidos
en cierto modo por la suerte (clima, geografía, gobierno, etc.) se han
encaramado en grandes saltos hacia el progreso. Los otros han quedado
estacionarios y aquellos se han dejado ganar por la nación poderosa más vecina.
Pero eso no quiere decir que carecen de la unidad moral indispensable para oponer
un bloque de resistencia. No los separa ningún
antagonismo fundamental. El congreso hispanoamericano que se reunió hace un año
en Madrid no resolvió ninguno de los problemas que nos interesan, pero tuvo,
por lo menos, el mérito de exteriorizar la buena armonía que nos une. Nuestro
territorio fraccionado presenta, a pesar de todo, más unidad que muchas
naciones de Europa. Entre las dos repúblicas mas opuestas de la América Latina,
hay menos diferencia y menos hostilidad que entre dos provincias de España o
dos estados de Austria. Nuestras divisiones son puramente políticas y por tanto
convencionales. Los antagonismos, si los hay, datan apenas de algunos años y
más que entre los pueblos, son entre los gobiernos. De modo que no habría
obstáculo serio para la fraternidad y la coordinación de países que marchan por
el mismo camino hacia el mismo ideal. Las Repúblicas que
han alcanzado mayor grado de cultura serían los guías indicados de esta
tentativa de orquestación latinoamericana. Olvidando, ante el peligro común,
sus diferencias accidentales, formarían el primer núcleo alrededor del cual
vendrían a agruparse sucesivamente las más pequeñas. Del acercamiento brotaría
un tejido de mutuas simpatías, que irían acentuándose desde la entente cordiale hasta llegar quizá a
una refundición que juntaría todos esos embriones dispersos en el molde de un
organismo definitivo. Sólo los Estados Unidos del Sur pueden contrabalancear la
fuerza del Norte. Y esa unificación no es un sueño imposible. Otras comarcas
más opuestas y más separadas por el
tiempo y las costumbres, se han reunido en bloques poderosos y durables.
Bastaría recordar como se consumó hace pocos años la unidad de Alemania y de
Italia. La amenaza de la invasión
extranjera se encargaría de desvanecer las prevenciones. Sólo puede
inquietarnos el modo como se realizaría la unidad. Los pueblos aún están
tan confinados en su egoísmo, tan maniatados por las preocupaciones y los
prejuicios de otras épocas, que casi siempre se resisten a hacer abandono de
sus tradiciones y se niegan a fundirse en otro “todo” más ancho. De ahí que la
unidad de los países ha sido realizada casi siempre por generales victoriosos
que han violentado la voluntad de las fracciones y han impuesto la gran patria
edificada con fragmentos. Nada más odioso que esa sacudida brusca en la que un
hombre se erige tutor de inmensas comarcas y con el noble fin de salvarlas,
empieza por violar la libertad de los mismos cuya libertad defiende. En
principio, no es justo que la unidad se sustituya a la muchedumbre y le imponga
su manera de ver, aún cuando sea con el fin de darle la felicidad. Si
justificásemos ese derecho superior del más inteligente o del más poderoso,
dejaríamos la puerta abierta a todas las ambiciones y a todas las tiranías,
porque sería difícil especificar cuando se ejerce la tutela en beneficio de los
demás y cuando en beneficio propio. Además, han pasado los tiempos en que la
idea necesitaba ser subrayada por las armas. Si el acuerdo se estableciera,
habría de ser por voluntad colectiva. La inminencia del
peligro y la evidencia de las ventajas que puede traer una unión, bastaría para
amalgamar las porciones dispersas de humanidad, sin que intervenga esa
violencia de todos –unos abiertamente y otros con atenuaciones- están hoy
contestes en reprobar y combatir. La unión de los
pueblos americanos no sería, pues, una operación estratégica, sino un
razonamiento. No se trata con esto de limitarla a esas frágiles declamaciones
de fraternidad que son el romanticismo de la política. Pero a igual distancia
de la declamación y del atentado, hay un terreno práctico de acción razonada
que trataremos de delimitar. Lo primero sería
estar a cabo de lo que ocurre en todas las regiones de América. Los grandes
diarios que nos dan día a día detalles, a menudo insignificantes, de lo que
pasa en París, Londres o Viena, nos dejan casi siempre ignorar las evoluciones del espíritu de Quito,
Bogotá o México. La vida europea nos interesa grandemente puesto que de ella
vivimos y a ella debemos nuestros progresos materiales y morales, pero no es
juicioso descuidar tampoco la vida de nuestro continente. Entre una noticia de
la salud del Emperador de Austria y otra sobre la renovación del ministerio de
Ecuador, nuestro interés real reside naturalmente en la última. Es un
contrasentido que las palpitaciones de la América Española lleguen a la América Española después de
haber pasado por Europa o por Washington. Nuestra curiosidad no debe detenerse
en el Perú o en el Brasil, debemos abarcar todo el continente. Estamos a cabo
de la política europea, pero ignoramos el nombre del presidente de Guatemala y
apenas sabemos cuáles son los partidos que se disputan el poder en Venezuela.
La indiferencia con que miramos cuanto se relaciona con los países menos
afortunados de América es tan funesta como culpable. Un tratado de comercio
entre Colombia y otra nación, tiene que interesarnos más que las aventuras de la reina de Servia. Resignarse a que el
reflejo de la vida de ciertas regiones nos llegue por intermedio de las agencias
yanquis es confinarse en un papel subalterno y tender la cara al peligro. El establecimiento de
comunicaciones entre los diferentes países de la América Latina sería entonces
la primera medida de defensa. Pero esas líneas para ser eficaces, habrían de ser
construidas o administradas directamente por las Repúblicas, utilizando
diferentes capitales europeos, de modo que se neutralicen. Los teóricos
aconsejan evitar las ocasiones en que una empresa extranjera pueda monopolizar
un servicio esencial para la visa de un Estado. Los capitales yanquis se verían
naturalmente excluidos por completo. El ferrocarril intercontinental de Nueva
York a Buenos Aires, proyectado por una empresa norteamericana, sólo sería un
gran canal de infiltración y el comienzo de nuestra pérdida. De llevarse a
cabo, conviene que lo sea con recursos de los Estados que atraviese y en caso
de no bastar éstos, con capitales europeos. Pero en ningún caso podría
admitirse que las vías de comunicación sean propiedad de empresas extranjeras y
especialmente norteamericanas. Apartadas del
peligro, las vías telegráficas y ferroviarias en la América Española traerían
beneficios incalculables. Las relaciones se harían cada vez más estrechas las
fronteras perderán su carácter de murallas chinas y los diferentes pueblos
puestos en contacto irán olvidando sus prevenciones para aprender a conocerse.
No será ya un viaje extravagante ir de Montevideo a Caracas o a México. Habrá
una ciudad central, Buenos Aires ciertamente, a la que afluirá la vida intelectual
de otra naciones. Se establecerá un ir y volver de intereses y simpatías. Y de
ese intercambio de gentes e ideas, de las comarcas comerciales que hacen nacer
las líneas de comunicación, de la relativa comunidad de costumbres y de
propósitos, nacerá al cabo de poco tiempo la necesidad de estrechar vínculos y
precipitar acercamientos, hasta confundirnos en el porvenir como lo estuvimos
en el pasado. Pero, además de la
unión y la solidaridad, la América Latina tiene, para defenderse de la
infiltración yanqui, una serie de recursos que, combinados con destreza, pueden
determinar una victoria. El más importante sería el contrapeso que los
intereses europeos deben ejercer. Francia, Inglaterra, Alemania e Italia han
empleado en las Repúblicas del sur grandes capitales y han establecido inmensas
corrientes de intercambio o de emigración. En caso de que los Estados Unidos
pretendieran hacer sentir materialmente su hegemonía y comenzar en el sur la
obra de infiltración que han consumado en el centro, se encontrarían
naturalmente detenidos por las naciones europeas que tratarán de defender las
posiciones adquiridas. Este choque de ambiciones es la mejor garantía para los
latinos de América. Cediendo a egoísmos
particulares y acariciando imposibles deseos de colonización a gran escala, los
europeos se opondrán a toda tentativa de los Estados Unidos en América del Sur. La Lanterne de París decía hace pocos días
lo siguiente: “Conocemos demasiado las mediaciones americanas para tener
confianza en ellas. Desde hace algún tiempo siempre acaban como fábula de la
ostra y de los dos litigantes. Es necesario impedir que la diplomacia de
Washington recomience lo que hizo hace dos años en Cuba y lo que actualmente
realiza en Filipinas. Bajo pretexto de protección a ciertos Estados los anexa.
Y sería prudente calmar sus apetitos. Es necesario que la Europa intervenga en
los conflictos que amenazan a la América Española”. Se dirá que es defenderse
de un peligro provocando otro. Pero si los europeos están de acuerdo para
oponerse a las pretensiones de los Estados Unidos, no lo están para determinar
hasta qué punto deben guardar las pretensiones propias. Forman un bloque de
oposición ante la amenaza americana, pero están divididos entre sí por
antagonismos insalvables. Las ambiciones de Inglaterra se ven contrarrestadas
por las de Francia y así sucesivamente. De modo que estaríamos defendidos
contra los norteamericanos por los europeos
y contra los europeos, por los europeos mismos. Además la verdadera
amenaza no ha estado nunca en Europa, sino en la América del Norte. Las
naciones del viejo continente hicieron hace un siglo algunos ensayos y el
resultado lastimoso no puede alentarles a recomenzar ahora. Por otra parte,
están separados por odios seculares y ni aún el aliciente de la conquista
podría ponerlas fundamentalmente de acuerdo. Como peligro, no pueden
inquietarnos, como defensa, son de una eficacia definitiva. Es un arma de
reserva de la que no sería prudente echar mano en toda circunstancia, pero que
en casos excepcionales puede cortar el nudo. Apoyada en su unidad
moral, en esta formidable fuerza exterior y en la simpatía de sangre de España
y Portugal, de quien desciende, la América Latina puede oponer una resistencia
invencible a todas las agresiones. La omnipotencia de los Estados Unidos
desaparece ante una simple combinación de energías. La poderosa República del
norte presenta también sus puntos vulnerables. La concentración de las fortunas
y el aumento de los monopolios tienen que provocar en Estados Unidos, quizás antes
que en Europa, esos grandes conflictos económicos que todos han previsto.
Abarca un territorio demasiado extenso que como tantos otros de los tiempos
antiguos y aún de los modernos, no puede ser de cohesión durable y trae sobre
todo en su seno, como llaga de donde saldrán muchos males para el porvenir, un
antagonismo de razas, una lucha entre hombres blancos y hombres de color que,
bien utilizadas por un adversario inteligente, puede llegar a debilitarle
mucho. Por otra parte, en
los países últimamente anexados queda un fermento de rebelión que con poco
hacer, estallará, así que se presente una ocasión favorable. Sin contar con que
el Japón, cuyos intereses en Filipinas son considerables, se dejaría llevar
quizás fácilmente no a emitir pretensiones insostenibles, pero sí a mostrar
cierta hostilidad que, aunque velada, no dejará de inspirar recelos. Esos elementos
secundarios, acumulados sobre la base esencial de la unidad latinoamericana,
bastarían en la opinión de muchos para constituir un poderoso sistema de
defensa. Quizás todas las Repúblicas no consentirían en adherirse a la
tentativa salvadora. Hay algunas cuya descomposición está tan adelantada que
envueltas en el vértigo del norte, no son libres de cambiar de orientación y de
vida. Si no es posible atraerlas, fuerza será abandonarlas. Pero en todo caso,
bastaría que el acuerdo se estableciese en la América del Sur, hasta el istmo.
Y aun en ese radio hay dificultades. Se trata de regiones que han vivido tan
separadas y extranjeras las unas a las otras que, en los comienzos, sería tarea
imposible hacerles fraternizar en un sistema unificado. Sólo puede
prepararlas una larga época de elaboración tenaz, durante la cual la parte más
ilustrada de cada una se entregue a una infatigable cruzada de propaganda.
Sería ilusión suponer que hoy es realizable la coordinación más superficial
entre Estados que el abandono de tantos años y las ambiciones inmediatas han
contribuido a hacer indiferentes u hostiles. De manera que sólo cabe preparar
lo que se realizará después. Preparación que se
traducirá en congresos, enviados especiales, tratados comerciales, tribunales
de arbitraje, cuerpo consular numeroso, etc. De esa primera etapa
no sería difícil pasar a otras a medida que el espíritu público fuera
penetrándose, en todas partes, de la necesidad de la unión y palpara los
beneficios que de ella se pueden
esperar. Se fundarían diarios
especiales, se multiplicarían las conferencias, habría intercambios entre
comisiones destinadas a estudiar un punto u otro de la administración de los
Estados, se perfeccionaría el servicio internacional de correos, se
organizarían viajes colectivos alrededor de América Latina, con estudiantes
delegados de cada facultad, se aumentaría el canje entre diarios de las
diferentes capitales, se reduciría la naturalización a una simple declaración
escrita y con líneas de comunicación cada vez más rápidas y más completas, con
la propaganda cada vez más decidida y eficaz de todos los ciudadanos,
industriales, cónsules, etc. no parece difícil conseguir al cabo de pocos años,
un recrudecimiento de la fraternidad entre las diferentes naciones. De esos
acercamientos nacerán sentimientos fraternales y la buena cordialidad se
robustecerá hasta permitir pensar en lazos más sólidos. Se dirá, quizá, que
tales suposiciones sólo son sueños de poeta. Pero es necesario recordar que las
pocas relaciones de lama que existen hoy entre las diferentes Repúblicas de
América Latina, han sido establecidas por escritores que han simpatizado y se
han escrito sin conocerse personalmente. Algunas revistas de la gente joven
fueron, en estos últimos tiempos, el
hogar fraternal donde se reunieron nombres de diferentes países. Se podría
decir que los artistas han hecho hasta ahora por la unión un poco más que las
autoridades y a ellos les corresponde seguir agitando sobre las fronteras la
oliva de la paz. Sobre todo en el caso presente, porque del buen acuerdo entre
todas la Repúblicas, depende la salvación o la pérdida de los latinos del Nuevo
Mundo. |