La relación América Latina-EUA dentro del sistema interamericano

 

 

Alberto Justo Sosa

Mayo de 1984

 

Introducción

 

      Desde que los esclavos haitianos establecieron, el 1° de enero de 1804, una república independiente, América Latina comenzó a transitar su sendero emancipatorio. Veinte años después de producida la independencia de Haití, en Ayacucho, Perú, el ejército confederado de Sudamérica derrotó de manera definitiva a las fuerzas de la reacción realistas. A partir de entonces, los países de continente latinoamericano se vincularon con diversos poderes extracontinentales. Algunos, como es el caso de Estados Unidos de América (EUA), situado en el mismo hemisferio y otros fuera de él (v.g. Gran Bretaña, Francia, Portugal, etc.).

 

      A pesar de la influencia que Gran Bretaña ejerció en América latina, es obvio que el Estado que mayor hegemonía ejerció - y ejerce aún- en el continente fue  EUA.

 

      Justamente por considerar que el rol de EUA fue, y es, decisivo para el destino de los Estados latinoamericanos, es que a continuación brindamos una  reseña histórica de la relación América latina- EUA.

 

      Remontándonos a la época de la conquista y colonización del Nuevo Mundo, podemos decir que tres fueron las coronas reinantes en Europa que obtuvieron significativos réditos políticos en América: Gran Bretaña, Portugal y España.

 

      Las trece (13) colonias sublevadas en 1776, en la costa atlántica del norte, no sólo conservaron su territorio desde su emancipación sino que, por medio de un sedicente, “destino manifiesto”, lo acrecentaron con anexiones, conquistas y adquisiciones.

 

      El Brasil, por su parte, preservó la “heredad” recibida de Portugal no sin antes superar varios intentos secesionistas. En cambio, los países que fueron conquistados y colonizados por España asistieron, con la proclamación de sus independencias, a un proceso de balcanización que destruyó los ideales anfictiónicos de libertadores como San Martín, Bolívar y Artigas. A este debilitamiento de los lazos de unidad que se cultivaron en las luchas por la Independencia contribuyeron Gran Bretaña y la mezquindad de los “sátrapas” de la América hispana.

 

      Mientras EUA y Brasil edificaron Estados-continente, los países hispanoamericanos se dividieron cariocinéticamente.

 

      Dentro de América latina se mantuvo la rivalidad entre Luso e Hispanoamérica. El Nuevo Mundo heredó este conflicto de la península ibérica y la diplomacia británica se ocupó de estimularlo, de acuerdo con su lema divide et impera. A este conflicto hay que agregar, en el pasivo latinoamericano, la mediocridad y mezquindad de las clases y grupos sociales de los distintos países de América latina que contribuyeron a perpetuar la situación de dependencia del continente.

 

      A continuación periodizamos las distintas etapas por las que transitó la relación América Latina- EUA, desde la emancipación hasta nuestros días.

 

      Para un mejor abordaje del tema relaciones hemisféricas, lo dividimos en tres grandes etapas: la bolivariana, la panamericana y la latinoamericana. El enfoque de la antedicha relación se realiza desde una visión  latinoamericana.

 

 Los períodos señalados no pueden ser diferenciados en el tiempo de modo tajante puesto que, a veces, se han presentado con simultaneidad. Por ello es que aquí reflejamos las grandes tendencias que nos permiten realizar la clasificación indicada.

 

 

SINTESIS HISTORICA

 

a) Etapa bolivariana

 

      Comprende el lapso que va desde la Carta de Jamaica (1815), hasta el fallido Congreso de Lima (1864- 65).

 

      El Libertador venezolano aspiró a hacer del Nuevo Mundo, en modo especial Hispanoamérica, una sola y misma república. Su proyecto de carácter continental planteó como hipótesis de conflicto la guerra contra la Santa Alianza. Así es que una de las piedras angulares de su ideal anfictiónico fue la existencia de un ejército confederado sudamericano, que actuaría en caso de ataque armado extracontinental (el de la Santa Alianza).

 

      La agenda diplomática bolivariana, impulsada desde el gobierno de la Gran Colombia (actuales territorios de Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá) incluía varios puntos. El primero de ellos era lograr una coordinación en las relaciones exteriores de los países de Sudamérica. Segundo, constituir una sola Nación por medio de un Estado confederativo. Tercero, conseguir que dicho Estado desempeñase un rol activo en el sistema internacional. Cuarto, establecer una alianza ad hoc con Gran Bretaña para lograr el reconocimiento español y neutralizar a la Santa Alianza. Quinto, negociación conjunta del reconocimiento de la Independencia con el gobierno hispano. El Libertador se oponía a las negociaciones individuales, promovidas por el gobierno de Buenos Aires para obtener el reconocimiento de la Independencia. Sexto, organizar una expedición militar conjunta de la Gran Colombia y México para libertar a Cuba y Puerto Rico de la dominación española. Por último, establecer relaciones diplomáticas con el Imperio del Brasil y con EUA.

 

      Fiel a estos propósitos, la Gran Colombia concluyó Tratados de “Unión, Liga y Confederación”, con los siguientes Estados: Perú de San Martín ( 6 de junio de 1822); México  (3 de diciembre de 1823); Chile  (23 de octubre de 1823); la República de Centroamérica (15 de marzo de 1825).

 

      En diciembre de 1824 el Libertador cursó una nota a los distintos gobiernos republicanos del Nuevo Mundo, invitándolos a concurrir a un Gran Congreso a celebrarse en el istmo de Panamá.

 

      Las sesiones del Congreso Anfictiónico se clausuraron el 15 de junio de 1826. Allí las repúblicas de la Gran Colombia y México suscribieron un “Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua” y una “Convención de Contingentes”. En virtud de esta última Convención los Estados signatarios, se obligaron a levantar y mantener un ejército confederado sudamericano de caballería y de infantería, de sesenta mil hombres (cf. Artículo 1°). Por dicha Convención, las Altas Partes Contratantes se comprometieron, a mantener sus buques en pie de guerra completamente armados, tripulados y provistos de municiones (cf. Artículo 11).

 

      Lamentablemente para el destino de América latina, los planes del Libertador no pudieron llevarse a cabo.

 

      Una serie de causas convergentes ayudan a explicar el fracaso de los planes anfictiónicos. Por un lado, la pugna entre Buenos Aires y la Corte fluminense por la cuestión uruguaya. Por otro, los problemas entre México y República Centroamericana. Tercero, la falta de una infraestructura vial - que facilitara el intercambio y la cooperación intralatinoamericana- coadyuvó a que los países del continente se vincularan con sus vecinos que con Estados extrahemisféricos (v.g. Gran Bretaña). Cuarto, las guerras civiles que sacudieron durante años a los países de América latina. Quinto, la acción disolvente de la diplomacia británica coaligada con grupos exportadores e importadores domésticos, interesados en el establecimiento de vínculos neocoloniales que implicaron la continuidad del despojo de los sectores populares de América latina. Para concluir con esta enumeración, que en modo alguno pretende ser exhaustiva, señalamos como otras causales del fracaso, el retiro político y muerte ulterior de Bolívar (1830) y el ostracismo del Libertador San Martín, así como la derrota y exilio de Artigas.

 

      A partir de entonces, y hasta 1865, los países andinos fueron los albaceas del pensamiento bolivariano. Así es que en 1847/ 48 se celebró el I Congreso de Lima, Perú. A este congreso concurrieron representantes diplomáticos de Perú, Bolivia, Chile, Colombia y Ecuador, quienes suscribieron tres convenciones: el Tratado de Confederación, el Tratado de Comercio y Navegación y una Convención Consular.

 

      Santiago de Chile fue (1856), sede de un congreso continental en el que Perú, Chile y Ecuador suscribieron el denominado Tratado Continental.

 

      En el II Congreso de Lima (1864/65), los plenipotenciarios de Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile y El Salvador ligaron a sus países por medio de un Tratado de Unión y Alianza Defensiva. Además, los citados países firmaron un Tratado sobre la Conservación de la Paz entre los Estados Contratantes y un Tratado de Comercio y Navegación.

 

      Ninguno de los Tratados antedichos llegó a contar con las ratificaciones del caso como para entrar en vigor.

 

      En otro orden de cosas, la Doctrina Monroe, emitida en diciembre de 1823 por EUA, fue el dato más importante de las relaciones hemisféricas. En dicha Doctrina EUA formularon una declaración unilateral por la que se adjudicaron una zona de influencia: el hemisferio americano. Esta declaración puede ser resumida de la siguiente manera: América es de y para los norteamericanos.

 

      En su mensaje al Congreso de su país el presidente Monroe expone básicamente dos puntos. El primero, se refería a la necesidad de mantener un equilibrio político entre la Europa de la Santa Alianza y el Nuevo Mundo (léase EUA). No intervención de Europa en América y viceversa. El segundo, se relacionaba al compromiso norteamericano de proteger el sistema republicano en el hemisferio.

 

      EUA nunca prestaron demasiada atención a su altisonante declaración de 1823.

 

      No invocaron la citada Doctrina para proteger a los Estados latinoamericanos de ataques armados extrahemisféricos o para condenar a los regímenes monárquicos de continente. EUA nada dijo cuando Gran Bretaña usurpó las islas Malvinas (1833); nada hizo cuando Francia estableció  un bloqueo contra la Confederación Argentina (1838-40), o cuando Gran Bretaña y Francia establecieron un nuevo bloqueo (1845/ 49), contra el gobierno de la Confederación  rosista.

 

      EUA no defendiò el republicanismo en América latina. Cuando emitió la Doctrina Monroe ya había reconocido al gobierno  monárquico de Iturbide, en México y estaba a punto de reconocer al gobierno del Brasil imperial.

 

      En este período, el bolivariano, coexisten dos doctrinas. Una de tinte hegemónica y unilateral: el monroísmo. La otra, de carácter multilateral y solidarista: la bolivariana. La Doctrina Monroe se refería a la no intervención de Europa en América, nada decía acerca de la intervención de EUA en América latina. Prueba de ello es la política del país del Norte con relación a México, a quien le arrebata California, Texas, Arizona y Nuevo México.

 

      De acuerdo al comportamiento norteamericano, en los casos de los ataques extrahemisféricos, podemos  aseverar que dicha Doctrina fue formulada para proteger exclusivamente los intereses de EUA. En cambio, la propuesta de Bolívar de basó en la solidaridad e igualdad de los Estados latinoamericanos.

 

      La finalización de la guerra civil norteamericana, con el triunfo del sector industrialista y abolicionista, fue la antesala del despegue de EUA. Igualmente, en la década del sesenta, del siglo XIX, se produjeron el eclipse de los ideales bolivarianos y el fracaso de la “aventura militar” austro-francesa en México.

 

 

b) Panamericanismo

 

      En este segundo periodo coincide con el expansionismo de EUA en su “marcha hacia su destino manifiesto” como potencia mundial.

      Un primer subperíodo, (1889- 1930) abarca el momento de vigor pleno e irrestricto de la Doctrina Monroe y de sus Corolarios respectivos.

 

      El Departamento de Estado convocó a representantes de países americanos a reunirse en una I Conferencia Interamericana, en Washington D.C.(1889). En ella los anfitriones trataron de imponer a los plenipotenciarios de América Latina dos Tratados. Uno de ellos estaba referido al establecimiento de una “unión aduanera americana”. El propósito del gobierno de EUA era crear una zona económico-comercial que permitiera a la pujante industria norteamericana exportar sus productos manufacturados a los mercados domésticos latinoamericanos. Este proyecto de tratado naufragó debido a la oposición de los representantes argentinos. La élite argentina de entonces, en virtud de sus intereses era, en el ámbito de las relaciones internacionales, probritánica, antinorteamericana y refractaria a toda idea de unidad latinoamericana. Dicha circunstancia explica la conducta argentina, de abierto desafío a EUA, dentro del sistema panamericano.

 

      Otro proyecto fue el Tratado General de Arbitraje con el fin de lograr la solución pacífica de las disputas territoriales. Este proyecto tampoco logró consenso.

 

      El único saldo de esta Conferencia fue la creación de una Oficina Comercial de las Repúblicas Americanas que convirtió, años después, en la Unión Panamericana (UP). Este organismo funcionó hasta 1948 como una oficina de estadísticas comerciales al servicio de los países americanos.

 

      A fines del siglo XIX, EUA comenzó una nueva etapa expansionista (la anterior es cuando usurpó el norte del territorio mexicano). Ocupó Puerto Rico, Guam, Samoa, Hawai y Filipinas. Impuso a Cuba la Enmienda Platt. Secesionó la provincia septentrional de Colombia y concluyó la construcción del canal de Panamá. Esta política exterior, de carácter imperial, la desenvolverá básicamente en América Central y el Caribe hispano, pero el síndrome confirmatorio de su “destino manifiesto” es su intervención en el aplastamiento de la rebelión de los boxers en China (1900), invocando la “política de las puertas abiertas”.

 

      En virtud del Corolario Roosevelt (de Teodoro Roosevelt) y de su “política del garrote”, EUA llevó adelante una acción de intromisión en los asuntos internos de los países de América Latina (1901- 9).

 

      El presidente Taft (1909- 13), por medio de la “diplomacia del dólar”, continuó la política de invasiones militares e intromisiones de su predecesor.

 

      Al inicio de la 1ª.Gran Guerra del siglo XX, el gobierno norteamericano bregó por aislar al hemisferio de dicha confrontación, mediante la firma de un documento de corte neutralista, en el que se reafirmaba la vocación pacifista de los países miembros del sistema panamericano.

 

      Sin embargo, en 1917 el gobierno de EUA adoptó la decisión de participar como país beligerante en la confrontación mundial y presionaron a los países latinoamericanos para que rompiesen relaciones diplomáticas y comerciales con los Estados absolutistas del centro de Europa.

 

      El gobierno argentino, encabezado por Hipólito Yrigoyen, enfrentó, en este tema, a EUA e invitó a los demás países de América latina a un Congreso de Neutrales a celebrarse en la ciudad de Buenos Aires.

 

      El Departamento de Estado atacó la convocatoria del presidente argentino por considerar que dicha acción podía consagrar un liderazgo argentino en América latina, contrario a los intereses de EUA.

 

      El Congreso fracasó, puesto que sólo acudió al encuentro el representante del gobierno de la Revolución Mexicana.

 

      El representante diplomático colombiano acreditado, en ese entonces, en Buenos Aires, Roberto Ancízar, expresó que la intención de Yrigoyen era lograr coincidencias entre los países latinoamericanos para que sus reivindicaciones no fuesen soslayadas cuando, al finalizar la guerra, los países victoriosos se repartiesen las áreas de influencia, tal como ya se había hecho en el Congreso de Berlín (1880), con el mapa político africano. La idea del presidente argentino era formar un bloque diplomático latinoamericano que resistiese las imposiciones de las grandes potencias.

 

      Los años veinte fueron los de la decadencia del poder del Concierto Europeo y la declinación de Gran Bretaña. Fueron, asimismo, los del ascenso de EUA en Sudamérica, atento el debilitamiento británico. Los cursos de acción que utilizó EUA fueron de diverso carácter: el cine, la literatura y las inversiones económicas.

 

      Mientras tanto, en América latina, se habían producido algunos cambios. En Argentina, Chile y Uruguay los sectores sociales medios habían accedido a los gobiernos de sus respectivos países. El Córdoba, Argentina, se produjo una protesta universitaria, “La Reforma”, que enarboló banderas democráticas y latinoamericanas. En los años veinte, el capitán Prestes emprendió su larga marcha por el “sertao” del Brasil, preanunciando la revolución varguista del 30’ que dio al traste con el poder de la oligarquía paulista. Haya de la Torre, en la zona andina, fundó la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), tributaria de la Revolución Mexicana, de la Reforma Universitaria  y de la Revolución Bolchevique. Su plataforma política contenía los siguientes puntos: lucha antiimperialista; unidad indoamericana; nacionalización de los latifundios y de las industrias básicas; y la internacionalización del Canal de Panamá.

 

      César Augusto Sandino, en su desigual lucha contra los marines de EUA, se convirtió en el símbolo de una Latinoamérica que defendió su independencia hasta las últimas consecuencias.

 

      La Revolución Mexicana de 1910 fue el hecho más importante de los tres primeros decenios del siglo XX. Los sectores sociales medios, los campesinos y los trabajadores se alzaron en armas defenestrando del poder a la dictadura de Porfirio Díaz. Este proceso rico en aportes y paradojas, promulga la Constitución de Querétaro que nacionaliza el subsuelo y consagra derechos individuales y sociales.

 

      Los sucesivos gobiernos norteamericano, persuadidos de que los conflictos del sistema interamericano se resolvían menos por el derecho que por la fuerza, aplicaron una política intervencionista que dio lugar a sus acciones militares en Cuba, México, Haití, República Dominicana, Honduras, Nicaragua, Panamá y Venezuela. Estos antecedentes, no ayudaron a que prosperara la relación América latina- EUA.

 

      La II Conferencia Interamericana se celebró en México (1902); la III en la ciudad de Río de Janeiro y la IV en Buenos Aires, esta última en coincidencia con el centenario de la Argentina (1910).

 

      Después de trece años, se reunió la V Conferencia en Santiago de Chile (1923), en la que se debatió el tema del control de la carrera de armamentos que se había desatado entre Argentina, Brasil y Chile. Brun, el representante uruguayo, propuso en esta Conferencia la formación de una liga de Estados americanos, a la que se opuso  Argentina.

 

      La VI Conferencia, celebrada en la Habana (1928), fue escenario de una encendida disputa argentino- norteamericana.

 

      Los puntos de discusión, de las dos representaciones, fueron los aranceles aduaneros móviles de EUA; las interdicciones sanitarias dispuestas por el gobierno norteamericano; y el principio de la no intervención en los asuntos domésticos de otro Estado.

 

      A pesar de que el país del Norte había propuesto en la I Conferencia, la creación de una unión aduanera entre los países miembros del sistema panamericano, no adoptó medidas conducentes a ese fin.

 

      La Argentina exportaba a EUA maíz y semilla de lino y sus costos de producción eran inferiores a los norteamericanos. Con el fin de proteger su producción, el gobierno de EUA instituyó tarifas móviles que se aplicaron sobre los productos argentinos, a los que se excluyó del mercado estadounidense.

 

      Otro producto exportable argentino que las autoridades norteamericanas declararon interdicto fue la carne. Se prohibió su ingreso al territorio estadounidense aduciendo que tenía aftosa.

 

      El tercer aspecto de la disputa fue el referido a  la vigencia del principio de la no intervención.

 

      El presidente argentino Alvear había dado instrucciones a sus representantes que no se propusiese este tema en la agenda de debate de la Conferencia para evitar la confrontación con el gobierno de Washington pero, si otro país lo hacía, nuestros diplomáticos debían defender el principio de la no intervención.

 

      El criterio del Departamento de Estado era que se debía discriminar entre la intervención de un país en los asuntos interno de otro y la “interposición provisoria” de EUA en los asuntos domésticos de otro Estado, con el fin de cautelar los intereses de sus empresas privadas y los derechos de sus ciudadanos (Corolario Teodoro Roosevelt a la Doctrina Monroe). Incluido en la agenda el citado punto, la representación argentina se opuso a todo tipo de intervención extranjera, aun a la que se pretendía encubrir bajo el eufemismo de  la  “interposición provisoria”.

 

      Con la crisis mundial del año 1929, varios países de América Latina se abroquelaron dentro de sus mercados domésticos implementando una política de industrialización sustitutiva de importaciones.

 

      El sistema internacional presenciaba el colapso de un orden anacrónico.

 

      En la mayoría de los países del continente, se producirá un doble intervencionismo.  La intervención del Estado en la economía y la intervención de las fuerzas armadas en la política, destituyendo gobiernos constitucionales.

 

      Nuevos sectores y grupos sociales compartirán el poder con las oligarquías tradicionales.

 

      En el país del Norte, mientras tanto, se comienzan a aplicar recetas keynesianas como respuesta a la Gran Crisis. En lo que hace a sus relaciones con los países de América Latina EUA abandona sus usos y costumbres intervencionistas. Dicha política exterior hacia América latina fue llamada del “buen vecino”. El gobierno demócrata abrogará la enmienda Platt y aprobará, en la VII Conferencia Interamericana, Montevideo (1933), el Protocolo de la no intervención. Este cambio en el manejo de las relaciones con nuestro continente se debió a razones tales como el pensamiento del presidente norteamericano, el establecimiento de gobiernos autoritarios en varios países de la Región y a la acción desplegada por la diplomacia del Tercer Reich, en desafío a la hegemonía estadounidense en América latina.

 

      El presidente Franklin Delano Roosevelt llegó al gobierno persuadido de que su país debía alejarse de las prácticas intervencionistas y brindar una nueva imagen a sus vecinos del Sur. En estos planes se vio  ayudado por el ascenso al poder de una serie de gobiernos autoritarios que, al implantar manu militari “ la ley y el orden”, garantizaron las inversiones y los intereses de las empresas norteamericanas en dichos países del Sur. Estos gobiernos fueron los de Batista en Cuba, Trujillo en República Dominicana, Hernández Martínez en El Salvador, Carias Andino en Honduras, Ubico en Guatemala, Somoza en Nicaragua, etc.

 

      El gobierno de la Alemania de Hitler, desplegó una activa diplomacia en los países más importantes de América Latina.

 

      Lo antedicho ayuda a comprender la “política del buen vecino” y a despojarla del romántico contenido que ciertos ensayistas le atribuyeron.

 

      Para los sectores populares de la Región, esta década fue contradictoria. Mientras en la Argentina fueron víctimas de la “década infame”; en Brasil, con el varguismo, se desplazó del gobierno a la oligarquía cafetalera paulista; y en el México de Lázaro Cárdenas lograron un significativo avance. Chile tuvo una república socialista (1932) y el Frente Popular accedió al gobierno (1938). El coronel Franco, en su breve mandato, adoptó medidas sociales que tuvieron efímera consecuencia en el Paraguay de los años 30. A su vez, la Bolivia de Toro y Busch fue el prólogo de la revolución de 1952.

 

      EUA alcanzó un modus vivendi, salvo excepciones, con los países de América latina, que se reflejó en las Conferencias Interamericanas en la década del treinta.

 

      Producido el ataque japonés a Pearl Harbor, el gobierno de los EUA propuso, en la conferencia de Río de Janeiro (enero de 1942), que todos los países del hemisferio rompieran relaciones y/o declarasen la guerra a los Estados del Eje. En la Conferencia celebrada en Lima, Perú (1938), EUA logró que se votase favorablemente la creación de un Organo de Consulta, o reuniones de ministros de Relaciones Exteriores de toda América, encargado de discutir “problemas que afecten al hemisferio”. En dicho ámbito se adoptarían las medidas colectivas del caso.

 

      Basándose en el Organo citado, la administración de Franklin Delano Roosevelt consiguió que casi todos los Estados miembros del sistema panamericano rompieran relaciones con los países del Eje. Las excepciones fueron Argentina y Chile. La diplomacia de nuestro país, invocando la tradición neutralista de su política exterior resistió las presiones de EUA casi hasta el final de la Segunda Guerra. Recién en 1944 romperá relaciones con los Estados del Eje y en 1945 les declarará la guerra.

 

      Durante los años cuarenta, Buenos Aires y Washington fueron los polos de la confrontación hemisférica.

 

      Finalizada la guerra, EUA alcanzó el rango de primera potencia mundial.

 

      Si bien el lapso inmediato posterior a la culminación de la 2ª.guerra mundial fue de discreta convivencia entre los aliados, con la administración Truman, América Latina se incorporó al teatro de la guerra fría. Aquí quedó institucionalizado el nuevo sistema panamericano (de aquí en más llamado interamericano). En la reunión de Río de Janeiro (1947) se suscribirá  el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR); en Bogotá (1948) se creó la Organización de los Estados Americanos (OEA). Dichos organismos tuvieron su antecedente inmediato en la Conferencia de Chapultepec, celebrada en México (1945).

 

      Después de casi sesenta años, EUA estuvo en condiciones de crear un organismo hemisférico con una clara finalidad política. Atrás había quedado la época de la UP con sus funciones estadístico – comerciales.

 

      El TIAR, primer pacto militar de la guerra fría, permitió a EUA una supuesta sociedad hemisférica, fundada en una hipotética armonía de intereses. Por medio de este Tratado y sus colaterales, EUA desconoció el principio de la no intervención, homogeneizó en armamentos e ideología a las fuerzas armadas latinoamericanas y exportó la Doctrina de la Seguridad Nacional (DSN) a la Región.

 

      No obstante, en los primeros años de la década del cincuenta el presidente Perón impulsó un plan de unidad latinoamericana que contemplaba acuerdos políticos y económicos entre los países del ABC (Argentina, Brasil y Chile) y luego su difusión al resto de los países de América latina. En los años 1953-55 se concertaron acuerdos de complementación económica con Chile, Paraguay, Ecuador, Bolivia y Nicaragua. Dichos pactos tuvieron el propósito de reorientar el comercio exterior argentino hacia los países latinoamericanos. En este tipo de intercambio se acudió a la permuta, a la apertura de cuentas corrientes recíprocas y  a  los pagos compensatorios. Todo lo anterior sustituir importaciones a nivel intrarregional, ahorrar divisas, administrar los intercambios fuera de las normas del FMI y tender a la creación de un espacio económico-comercial  latinoamericano.

 

      Sin embargo, en el plano de lo político no se pudo concretar el acuerdo entre la Argentina, Brasil y Chile. Los tres grandes de Sudamérica de aquellos años, pudieron haber configurado una alianza estratégica consudamericana que los hubiese convertido en un polo convocante en el continente, con probabilidades de competir con éxito dentro del sistema internacional.

 

      A mediados de los años cincuenta, los sectores populares de América latina sufrieron un revés con el suicidio de Vargas y los derrocamientos de Arbenz y de Perón. A fines de dicha década EUA morigeró  su discurso maccarthista de guerra fría y con Kennedy planteó una nueva relación con América Latina.

 

      La década del sesenta fue, en el ámbito hemisférico, la del origen, desenvolvimiento y ocaso definitivo de la Alianza para el Progreso (APEP).

 

      El “discurso kennedista” de la APEP tenía tres aspectos básicos: la democracia partidista con pluralismo limitado, el reformismo socioeconómico y la DSN.

 

      Las administraciones de Johnson y de Nixon fueron las sepultureras de proyecto kennedista, por lo menos en sus aspectos socioeconómico  y  político.

 

      América latina en los años antedichos creó la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC), Montevideo (1960), integrada por países sudamericanos y por México. A su vez, los países centroamericanos crearon en Managua (1960), el Mercado Común Centroamericano (Mercoca). Lamentablemente, los países miembros de estos organismos no pudieron dar cumplimiento al propósito de crear un mercado común latinoamericano.

 

      EUA, durante los años cincuenta, en un contexto gobernado por el maccarthismo y la guerra fría, impuso, sus criterios políticos a América latina. En los sesenta, asistieron al surgimiento y consolidación del primer Estado socialista del continente y al origen y fracaso de la APEP. Estas circunstancias pusieron en  tela de  juicio al sistema interamericano.

 

      La crisis cubana culminó con la expulsión del país caribeño de la OEA.

 

      México fue el único Estado latinoamericano que no aplicó a Cuba, las sanciones dispuesta por los órganos del sistema interamericano.

 

      Los sucesos de Santo Domingo(1965) y la invasión de los marines, probaron que la OEA era utilizada para “legitimar” el intervencionismo militar norteamericano.

 

      La reforma introducida a la Carta de la OEA, en Buenos Aires (1967), no restituyó a dicho organismo la credibilidad de que gozara, en determinadas clases y grupos sociales de América latina, en sus orígenes.

 

      A fines de esta década, la política exterior norteamericana hacia América Latina adquirió un perfil desdibujado. Comenzaba la agonía del sistema interamericano?

 

 

c) Etapa Latinoamericana

 

      A partir del informe de la Misión Rockefeller (1969), que puso de manifiesto el desinterés de EUA por su “patio trasero” y del Informe Plank, que aseveró que si América latina se hundía bajo las aguas, ello no afectaría la seguridad de EUA, se debilitó el interés  de este país respecto de América latina.

 

      La derrota sufrida en el Sudeste asiático y el escándalo de Watergate profundizaron esta situación.

 

      El Congreso de Viña del Mar-Chile (1969), aparentó marcar el inicio de una nueva época en las relaciones exteriores de América Latina al ponerse de manifiesto las intenciones emancipatorias de algunos países de la Región.

 

      La política de valorización de los recursos naturales, desenvuelta en ciertos países del Tercer Mundo, permitió fortalecer a la Organización de los Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y dio proyección internacional a Ecuador, Venezuela y México (a pesar de que este país no integra la OPEP).

 

      Los presidentes de Venezuela (Pérez) y de México (Echeverría) patrocinaron planes que tenían como meta la autonomía latinoamericana. En este marco se encuentran los acuerdos de cooperación de San José y de Puerto Ordaz, que aseguraban el suministro de petróleo a los países de Centroamérica y el Caribe. No obstante, el plan de mayor envergadura fue la creación del Sistema Económico Latinoamericano (SELA) en 1975, en Panamá. Este organismo se propuso trabajar en pos de la cooperación, la coordinación y la solidaridad continental. Quedó integrado por todos los países de América Latina y del Caribe. EUA no es miembro del SELA. Sus objetivos son, entre otros, la autosuficiencia alimentaria y energética de América Latina, la creación de firmas multilatinas, el establecimiento de una Red Informativa Tecnológica Latinoamericana (RITLA) y la intensificación del intercambio y de la cooperación tecnológica intracontinental.

 

      Determinados países del continente promovieron un mayor acercamiento intralatinoamericano y diversificaron sus relaciones exteriores.

 

      No obstante, se cometería una imperdonable omisión si al referirnos a la etapa Latinoamericana no se hiciera mención a la formulación de un pensamiento propio de la Región, en los años cincuenta y sesenta.

 

      La Comisión Económica para América latina (CEPAL), creada en Santiago de Chile (1947) por las Naciones Unidas, formuló su teoría de la bisegmentación del mundo (centro y periferia) y del deterioro de los términos del intercambio.

 

     En el ámbito del Instituto Latinoamericano de Planificación Económica y Social (ILPES), con sede en Santiago de Chile, se formuló, en los años sesenta, la llamada teoría o perspectiva de la dependencia.

 

      Las antedichas ideas de centro – periferia, deterioro de los términos del intercambio y teoría de la dependencia ayudaron a que muchos latinoamericanos dubitativos comprendieran que nuestro futuro estaba también  ligado a los países periféricos y no sólo al mundo central. Así es que países como Cuba, Chile (se retiró con Pinochet), Perú, Panamá, Ecuador, Colombia, Bolivia, Argentina y Nicaragua se incorporaron, en carácter de miembros plenos, al Movimiento de No Alineados(MONOAL). También, países de América Latina bregaron por un nuevo orden internacional (Cancún, México, 1981) que diese cabida a sus reclamos.

 

      Retomando el tema de las relaciones hemisféricas, podemos decir que las mismas sufrieron un cambio con el acceso al gobierno del presidente Carter. Mientras el Departamento de Estado llevó adelante una política de promoción de derechos humanos -que hizo recordar, mutatis mutandis, a la que desplegó Gran Bretaña el siglo XIX en contra de la trata de esclavos-, el Departamento del Tesoro y sectores financieros estadounidenses mantuvieron excelentes relaciones con los regímenes autoritarios del Cono Sur de América Latina.

 

      Durante la administración demócrata se suscribieron los Tratados Torrijos – Carter que reintegraron, diferidamente, el canal interoceánico a la soberanía panameña. Por su parte, el pueblo nicaragüense expulsó del poder a unas de las dinastías más célebres de Centroamérica: la de los Somoza.

 

      El “globalismo económico” de la Comisión Trilateral, otrora poderosa con Carter, fue desplazado por el “globalismo unilateral” de la administración Reagan que -más que una coordinación- propone a sus aliados, japoneses y europeos, una subordinación. El rol predominante de las transnacionales productivas se vio relativizado por una percepción militarista y de “contención del comunismo”.

 

      El gobierno republicano tiene un enfoque típico de la guerra fría. Interviene militarmente en Centroamérica y el Caribe, rememorando los tiempos de la “política del garrote”.

 

      La administración Reagan enfoca el problema de la deuda externa latinoamericana, como si se tratara de una serie de crisis parciales desvinculadas de la crisis, tanto política como financiera, del sistema internacional y propone la aplicación de las recetas de ajuste de FMI.

 

 

Conclusiones

 

      Tres fueron las propuestas de unidad que hemos reseñado: la bolivariana, la panamericana y la latinoamericana. Sin embargo sólo la primera y la tercera fueron formuladas con propósitos emancipatorios para los países latinoamericanos. La segunda, a pesar de haber sido la única de carácter integral, fue diseñada desde  y  para  EUA.

 

      El sistema interamericano (o panamericano), edificado en base a una supuesta armonía de intereses, ha sido un fiasco.

 

      Si recapitulamos, se puede comprobar, que la OEA nada hizo por las reivindicaciones territoriales de los países de América Latina. No activó la descolonización de los ex dominios británicos, holandeses y franceses en el Caribe. Postergó sine die -desde 1973- la celebración de una Conferencia Económica solicitada por los Estados latinoamericanos y destinada a debatir temas globales que afectan a la Región. En los casos de Guatemala, Cuba y Santo Domingo, EUA logró que la OEA, por acción u omisión, avalara sus políticas intervencionistas.

 

      Si alguna duda quedaba acerca de la parcialidad del sistema interamericano y del rol que en la OEA y el TIAR cumple EUA, la guerra del Atlántico Sur se encargó de disiparla.

 

      La historia de las relaciones hemisféricas demuestra que ha habido una clara hegemonía de EUA en desmedro de América Latina.

 

      Los intereses de los países de América Latina están de contradicción con “el interés nacional del establishment de EUA”. Este país ejerce un control sobre sectores claves de la política, la defensa y la economía de aquellos países, que impide u obstaculiza que los mismos se liberen de la dominación norteamericana.

 

      Es un lugar común decir que América latina atraviesa actualmente una de las crisis más grave de los últimos cincuenta años. Varios son los problemas a los que la Región debe dar respuesta para superar la “emergencia” que vive.

 

 Problemas como la deuda externa; la crisis Centroamericana; la reivindicación argentina sobre Malvinas e islas adyacentes; la conducta de las corporaciones transnacionales;  las inversiones extranjeras; el deterioro de los términos del intercambio; el proteccionismo y subsidio a determinadas actividades económicas, por parte de los países industrializados del Norte; etc, son comunes a la mayoría de los países latinoamericanos.

 

      Es necesario que América latina tome conciencia de la situación por la que atraviesa el orden instituido en la segunda posguerra y se plantee una estrategia conjunta para pugnar por un nuevo orden mundial más justo y participativo.

 

      La propuesta que aquí denominamos latinoamericana transitó, hasta ahora, fundamentalmente, por un sendero económico-comercial. Es menester que también se proponga contenidos políticos. Sólo a través de la unión de los dependientes puede romperse la asimétrica relación dominante – dominado.

 

      La instauración de un Sistema de Consulta Latinoamericano, es un paso decisivo hacia la autonomía latinoamericana pues, a través de la consulta y el intercambio informativo periódicos, los presidentes de los países de la Región podrían buscar soluciones conjuntas a los problemas que amenazan al continente. La institucionalización de la Consulta sería un primer y decisivo paso hacia la Organización de los Estados Latinoamericanos.