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Brasil y la superación de su situación
de subdesarrollo Samuel Pinheiro Guimarães Julio 2010 El subdesarrollo,
situación en la que la aplastante mayoría de la población de un país no puede
disfrutar de los bienes y servicios que el avance tecnológico y productivo
moderno permite, es siempre una cuestión relativa. Ningún país es subdesarrollado
aisladamente; siempre es una situación comparativa entre países y sociedades,
desarrolladas y subdesarrolladas, en diferentes grados, en distintos momentos
históricos. Naturalmente, hay
indicadores objetivos de subdesarrollo: la explotación al mismo tiempo
insuficiente y predadora de los recursos naturales; la baja escolaridad y
calificación promedio de la mano de obra; la desintegrada red de transportes;
el pequeño consumo per cápita de energía; la reducida
diversificación de las exportaciones; el pequeño número de patentes
registradas; el acceso restringido de la población al saneamiento básico; las
precarias condiciones de salud, educación y cultura; el alto porcentaje de la
población que se encuentra por debajo de la línea de pobreza, etc. La heterogeneidad es una
característica central del subdesarrollo. En este sentido, las regiones
avanzadas coexisten con las paupérrimas y de baja productividad; la ignorancia
se encuentra al lado de la cultura; la moderna eficiencia tecnológica convive
con el uso de tecnologías del pasado, la riqueza es vecina de El conjunto de estas
deficiencias lleva a una producción de bienes y servicios por habitante
relativamente pequeña, en términos monetarios, manifestándose en un bajo
producto per cápita y, en términos sociales, en una
precaria calidad de vida para la inmensa mayoría, junto a una riqueza de la
cual poquísimos disfrutan. La producción per cápita representa el conjunto de bienes y servicios a los
que el habitante promedio de un país tendría acceso por año. Esta media
hipotética será tanto más representativa de la realidad cuanto más igualitaria
sea la distribución de renta en una sociedad, cosa que no ocurre en Brasil. Por todos los criterios
mencionados, Brasil es un país subdesarrollado, aunque con importantes bolsones
de riqueza y de producción moderna. A pesar de los esfuerzos de las últimas
décadas, con significativas fluctuaciones y largos períodos de estancamiento,
Brasil continúa siendo un país subdesarrollado. ¿Con
relación a quién? La situación de
desarrollo de Brasil no puede ser comparada con la de países que, por las
características de territorio, población y PBI, no enfrentan los mismos
desafíos que la sociedad brasileña. Pequeños y medianos países europeos,
asiáticos y sudamericanos, aunque a veces ostenten niveles de producto per cápita o indicadores sociales importantes, superiores a
los brasileños, no tienen el mismo potencial que Brasil, ni tienen que
enfrentar desafíos similares a los nuestros. Brasil es un país
continental. Si hiciésemos tres listas de países según el territorio, la
población y el PBI, solamente tres estarían entre los diez primeros en cada una
de las citadas listas: Estados Unidos, China y Brasil. Los países con los
cuales Brasil tiene que ser comparado son aquellos como los Estados Unidos,
China, Rusia, India, Alemania y Francia. Estos tienen que ser nuestros
referentes y también nuestros competidores (y eventuales colaboradores) en la
dinámica del sistema internacional y en la disputa por el poder político y por
la apropiación de la riqueza. Todavía, China e India
tienen un producto per cápita muy inferior al de
Brasil, enfrentan desafíos sociales muy superiores y disponen de recursos
naturales inferiores a los nuestros, lo que dificulta su ardua tarea de
tornarse países desarrollados. Rusia, a pesar de sus recursos naturales y del
avance tecnológico en ciertas áreas, enfrenta dificultades extraordinarias en
términos sociales y de reestructuración de su economía. Alemania y Francia, con
todo el avance que ya alcanzaron, enfrentan importantes dificultades debido a
sus limitaciones de territorio y de población y, por lo tanto, presentan
vulnerabilidades derivadas de la necesidad de importar insumos y de la
dependencia excesiva de su economía con relación al mercado internacional. Tal vez el mejor
paradigma para Brasil sean los Estados Unidos. Nuestras características
territoriales y demográficas son similares, mientras que nuestro PBI es muy
diferente. Los Estados Unidos son el país más poderoso del mundo en términos
militares, de PBI y de tecnología. Nuestras sociedades democráticas,
multiculturales y multiétnicas son similares y grande es la diversidad de
recursos naturales y la capacidad agrícola de ambos países. El producto per cápita de los Estados Unidos en 1989 era 22.100 dólares
y el de Brasil 3.400. La diferencia era, por lo tanto, en aquella fecha de
18.700. Ahora, Brasil y los Estados Unidos crecieron en términos reales a la
misma tasa en los últimos 20 años: los Estados Unidos al 2,5% anual y Brasil al
2,5% anual. En los Estados Unidos, esta tasa de crecimiento podría ser
considerada razonable y adecuada pero, en el caso de Brasil, refleja el estancamiento
de su economía, de la producción y del empleo, en el período 1989/2002. Esta
situación se modificó entre 2002/2009, en el Gobierno del Presidente Lula,
período en el que Brasil creció a una tasa promedio del 3,4% y los Estados
Unidos a una tasa promedio del 1,4% anual. Estas tasas de
crecimiento, debido a las bases de PBI muy distintas de las que partían y a las
tasas diferentes de crecimiento demográfico, hicieron que la producción per cápita americana pasase de 22.100 dólares, en Si el objetivo central
de la sociedad brasileña fuese vencer el subdesarrollo, la economía tendría que crecer
a tasas más elevadas que las que se han dado en el pasado reciente,
mientras que las políticas de distribución de renta tendrían que ser más
vigorosas para incorporar al sistema económico y social moderno a las inmensas
masas que se encuentran en situación de grave pobreza: cerca de 60 millones de
brasileños. Si el PBI de los Estados
Unidos creciese al 2% anual hasta 2022 (inferior a su tasa del 2,5% anual entre
1989/2009, y así esta hipótesis tiene en cuenta los efectos de la crisis actual
sobre la economía americana), el PBI per cápita
americano alcanzará a 53.100 dólares; si, en este mismo período, la economía
brasileña creciese a la tasa del 5% anual, el PBI per
cápita brasileño alcanzará los 14.200 dólares. La brecha de producción per cápita aumentaría en 700 dólares. Si el PBI de los Estados
Unidos desde aquí hasta el 2022 creciese al 2% anual y si Brasil creciese al 6%
anual, la diferencia del producto per cápita se mantendría
prácticamente igual entre los dos países: los Estados Unidos alcanzarán 53.100
dólares y Brasil 16.000 dólares. La brecha, que en 2009 era de 38.200 dólares,
se reduciría a 37.100 dólares. Una mejora de 1.100 dólares en 12 años: cien
dólares por año... Así, Brasil en 2022, en
el bicentenario de su Independencia, continuaría tan subdesarrollado como lo es
hoy. A pesar de que su producto per cápita haya
alcanzado los 16 mil dólares y de los enormes esfuerzos para sacar de la
pobreza a la mayoría de su población, así como por la realización de amplios
programas de infraestructura y del financiamiento de grandes inversiones. Solamente en la
hipótesis de que los Estados Unidos crezcan al 2% anual y Brasil al 7% anual,
alcanzando los Estados Unidos 53.100 dólares y Brasil 18.100 dólares, la
diferencia de producción, de bienestar, de desarrollo, entre los dos países se
reduciría de 38.200 dólares a 35.000 dólares. Podríamos entonces afirmar que
Brasil estaría iniciando el proceso de tornarse un país desarrollado. Esto en
el caso de que se mantenga este esfuerzo en las décadas siguientes y en el caso
de que la perversa dinámica de distribución de renta y de riqueza en Brasil sea
firmemente enfrentada. Además, este 7% anual corresponde a la tasa promedio
de crecimiento del PBI brasileño entre 1946 y 1979... En caso contrario, en el
caso de que crezcamos a una tasa anual promedio inferior al 7% anual, a pesar
de todos los esfuerzos bien intencionados, el sentido común y la prudencia
monetarista (la cual, además, habría impedido la integración territorial
brasileña y la transformación de Brasil en una gran economía industrial, ya que
habría vetado el Plan de Metas de Juscelino Kubitschek pues lo habría considerado inflacionario) que
nos quiere obligar a crecer a una tasa del 4,5% anual, harán que Brasil
continúe siendo en 2022 una sociedad subdesarrollada, caracterizada por la
extraordinaria disparidad de renta y de riqueza. En ella, continuaremos
enfrentándonos con la extrema pobreza, la ignorancia profunda, la exclusión
perversa y la violencia anómala al lado de una riqueza ostensiva, suntuaria,
portentosa y excesiva, disfrutada por el 0,04% de la población brasileña (cerca
de 80.000 personas) cuya renta mensual, en 2009, era superior, a veces muy
superior, a 50.000 reales. Hay, siempre, planteados
por parte de los cautos, tres obstáculos al crecimiento de la economía
brasileña a tasas superiores al 4,5% anual o 5% anual. El primero se refiere al
supuesto retorno de la inflación a tasas superiores a las que serían
“tolerables”, con todos sus efectos sobre precios relativos y, en especial,
porque la inflación perjudicaría principalmente a los pobres. Esta preocupación
generosa con la situación de los pobres no tiene en cuenta, en primer lugar,
que lo que afecta a los pobres de forma más grave es el desempleo, la miseria,
la violencia, la exclusión y la falta de oportunidades que resultan del bajo
crecimiento en una economía subdesarrollada y tan dispar como Una palabra sobre Un segundo obstáculo,
según los precavidos, será que la economía brasileña no tendría como generar el
ahorro necesario a la realización de las inversiones. Ahí, hay cuatro
respuestas posibles: la primera, que el propio Estado brasileño, a través de
una política de intereses más adecuada, dispondría de recursos adicionales
significativos para invertir directa o indirectamente. La segunda, que todavía
queda un vasto espacio para la ampliación del crédito para inversión. La
tercera, que no se puede apartar, teniendo en vista el elevado grado de
desconocimiento de los recursos del subsuelo brasileño, la posibilidad del
descubrimiento de recursos naturales importantes, como fue el caso de los
descubrimientos en el pré-sal que ubicarían a Brasil
entre los seis mayores productores mundiales de petróleo. La cuarta, que una
economía en expansión dinámica, con las características de Brasil, atraería
como ya se verifica, capitales extranjeros en volúmenes significativos, como
ocurrió y ocurre con China. Además, las inversiones chinas (que tienen 2,3
trillones de reservas) están llegando en cantidades muy expresivas a Brasil, en
la compra de sistemas de transmisión, en la construcción de hidroeléctricas y
en la explotación del petróleo, tornando a China el tercer mayor inversor en
Brasil. El tercer obstáculo al
desarrollo a tasas más elevadas sería la escasez de mano de obra calificada, en
especial de ingenieros, en los más diversos sectores, que ya estaría siendo
detectada. Ahí hay dos soluciones posibles, por lo menos: la primera, expandir
los programas de formación y de re-entrenamiento de ingenieros lo que podría
hacerse rápidamente a bajo costo ya que estudios recientes indican la
existencia de un gran número de vacantes disponibles en las escuelas de
ingeniería; la segunda, “importar” mano de obra calificada sin perjudicar la
mano de obra nacional, bastando con que se exija respeto por los índices
salariales de la categoría, aprovechando la situación de crisis en la que se
encuentran los países desarrollados, donde hay abundancia de mano de obra
calificada, desempleada. Sin embargo, finalmente
y por otro lado, en caso que se desee mantener a Brasil como un país pobre y
subdesarrollado, basta crecer a tasas modestas, obedeciendo a todas las metas y
a supuestos potenciales máximos de crecimiento, y, así, lograr mantener la economía
estable aunque miserable. Este bajo crecimiento correspondería a un costo
humano y social elevadísimo para la inmensa mayoría de la población, excepto
para los super-ricos, que se transformarían, cada vez
más, en propietarios rentistas y ausentes, distantes y ajenos a los conflictos
que se agravarían cada vez más en la sociedad brasileña. Traducción Cristina Iriarte |