INNOVACIÓN Y CRECIMIENTO EN BRASIL

 

Carlos Vogt(*)

Marcel Knobel(*)

Agosto de 2004

 

¿Cómo transformar el conocimiento en riqueza? Para hacer frente a este desafío de los países en desarrollo es necesario crear una cultura empresarial comprometida con la innovación tecnológica. Brasil ha dado algunos pasos en este sentido, sin embargo aún quedan obstáculos por superar.

Al igual que otros países, Brasil también se benefició con la migración de importantes científicos que tuvo lugar durante el período de entreguerras, debido al ascenso de los nazi-fascistas al poder y la instalación de regímenes de terror y persecuciones. Como contrapartida, el país ofreció, sobre todo a partir del proceso de modernización de los años treinta, situaciones favorables para la práctica y el desarrollo de investigaciones en los más diversos campos del conocimiento: de la química a la biología, de la física a la biofísica, de la matemática a las ciencias humanas, la filosofía y las letras. En ese sentido, por ejemplo, la llegada al Brasil de Gleb Wataghin –nacido en Odessa, Rusia, y doctorado en 1922 en Turín, Italia– inauguró una nueva concepción en la enseñanza de la física y abrió dos corrientes de investigación en torno de las cuales se nuclearon nombres que luego ingresarían definitivamente en la historia del desarrollo de la física moderna en el país: hacia fines de los años treinta y comienzos de los cuarenta, una de esas corrientes, dedicada a la física teórica, reunió en torno de Wataghin a los físicos Mário Schenberg, Walter Schutzer y Abraão de Moraes; la otra, abocada a estudiar los rayos cósmicos, congregó a los investigadores Marcello Dany, Paulus Pompéia y Yolande Monteux. En la actualidad, esa herencia permanece indiscutible en las mejores universidades del país, como es el caso de la Universidad de San Pablo (USP) y de la Universidad Estadual de Campinas (Unicamp), cuyo Instituto de Física lleva el nombre del científico pionero como muestra de reconocimiento y respeto.

Aún más: si Brasil tuvo alguna vez oportunidad de obtener el Premio Nobel, fue en la línea de investigación de los rayos cósmicos instalada e implementada por Wataghin. Esa ocasión se produjo en 1947, cuando César Lattes, investigador de 23 años, se consagró internacionalmente como uno de los descubridores de la partícula méson pi, hecho que por sí solo impulsó y fortaleció la física en Brasil.

Las instituciones

Si a partir del período de entreguerras el esfuerzo por institucionalizar la actividad científica se acentúa, el punto culminante de ese proceso es la creación, en 1951, del Consejo Nacional de Investigación, más tarde denominado Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico (CNPq), y la fundación, el mismo año, de la Coordinación de Perfeccionamiento de Personal de Nivel Superior (CAPES). Los objetivos de ambas instituciones eran, desde el origen, claramente complementarios: el CNPq se dedicaría al fomento de la investigación, y la CAPES, a la formación de competencias para la realización de esa investigación. Resultado de la iniciativa de varios investigadores y científicos, el CNPq estuvo bajo el liderazgo del Almirante Álvaro Alberto y no permaneció ajeno a las preocupaciones de la época, vinculadas al dominio y control de los secretos científicos y tecnológicos de la energía nuclear y sus aplicaciones, incluso para fines militares y/o estratégicos, en la división del mundo de posguerra y durante la guerra fría. Ahora bien, independientemente de las motivaciones circunstanciales que rodearon su fundación, es un hecho que el CNPq, a lo largo de más de medio siglo de existencia, ha cumplido –con altibajos ligados a las coyunturas políticas– un rol fundamental en el escenario del desarrollo científico y tecnológico del país. Lo mismo se puede decir de la CAPES en lo que concierne a su actuación en el perfeccionamiento y en la formación de personal de nivel superior. Estas instituciones marcaron el inicio de un proceso que comprende varios momentos significativos.

- En 1962 se crea la Fundación de Amparo a la Investigación del Estado de San Pablo (FAPESP). Su importancia para el fomento y el equilibrio complementario y eficaz de las políticas de C&T (Ciencia & Tecnología) en el país puede ser medida por el hecho de que San Pablo es hoy responsable de más del 50% de la producción científica en Brasil y cuenta, además de la USP, con instituciones de gran prestigio académico nacional e internacional. Es el caso de la Unicamp, fundada en 1966, o de la Universidad Estadual Paulista “Julio de Mesquita Filho” (UNESP), creada en 1976, así como del Instituto Agronómico de Campinas o el Instituto Butantan.

- En 1988 la nueva Constitución Federal autoriza la creación de las Fundaciones de Amparo a la Investigación (FAP’s) en los diversos estados de la nación, como continuación del movimiento iniciado con la creación de la FAPESP y en el marco de la integración regional para el ajuste de las políticas nacionales de ciencia y tecnología.

- En 1994 se crea la Agencia Espacial Brasileña, y en 1997 se organizan los Fondos Sectoriales, una iniciativa novedosa en el contexto de las políticas de financiamiento de la investigación científica, tecnológica y de innovación, dado que diseñó espacios dinámicos en la interface de las relaciones entre el medio académico y el medio empresarial.

- En 2001 se realiza en Brasilia la Conferencia Nacional de Ciencia y Tecnología, que permite hacer un balance nacional de las políticas en el sector y una evaluación crítica del sistema global, así como de los avances, las urgencias, los problemas, los objetivos y las metas.

Asimismo, la creación de la Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria (Embrapa), en 1973, consolidó una vocación que se anunciaba desde el inicio del proceso de institucionalización de la ciencia y la tecnología, como es la investigación volcada hacia el agronegocio, actividad que continúa desempeñando un papel crucial en la economía nacional. A título de ejemplo, es interesante seguir la evolución de la cosecha brasileña de granos, que aumentó de 39,4 millones de toneladas en 1975 a 116,3 millones de toneladas en 2003, casi triplicando su volumen, en tanto que el área cosechada aumentó apenas 1,3 veces (de 32,9 millones de hectáreas en 1975 a 42,3 millones de hectáreas en 2003). Ese aumento considerable en la productividad hizo que Brasil consolidase su liderazgo en diversos productos agrícolas, como el azúcar, el jugo de naranja y el café, con los que ocupa la primera posición, y en la soja, la carne bovina y el pollo, con los que ocupa la segunda posición mundial.

Desarrollo científico y productividad

Consciente de que en el escenario de la nueva economía el futuro de los exportadores de materia prima es corto e inseguro, Brasil lleva a cabo un esfuerzo permanente para crear las condiciones de competitividad que le permitan participar más efectivamente en la distribución de la riqueza, hoy cada vez más concentrada en algunos pocos países por los efectos de la globalización. El país ha comprendido que el desafío consiste, en la actualidad, en producir valor agregado, y por lo tanto Ciencia, Tecnología e Innovación (C,T&I) resultan indispensables.

Bastante se ha hablado y escrito ya sobre la imperiosa necesidad de Brasil de crear una cultura empresarial en la que el riesgo se asuma como parte de las inversiones y en la que las inversiones de riesgo constituyan, como en los países ricos, fuentes efectivas de financiamiento de la investigación tecnológica en las empresas. En esta dirección, el Ministerio de Ciencia y Tecnología (MCT) ha procurado, en los últimos años, aumentar considerablemente la capacidad de las políticas públicas del sector. Para ello, ha impulsado las sociedades estratégicas entre gobiernos, empresas y universidades; ha multiplicado su capacidad de inversión mediante la creación de los fondos sectoriales; ha logrado modernizar la gestión del sistema agilizando las instituciones de fomento, creando la Agencia de Gestión Estratégica en 2001, y abriendo cada vez más los procedimientos a la participación efectiva de sus usuarios. Publicaciones como el Livro Verde da Sociedade de Informação y, más recientemente, el Livro Verde da Ciência, Tecnologia e Inovação testimonian ese esfuerzo por construir marcos de referencia para la discusión y el perfeccionamiento de las políticas de desarrollo en el país.

Las Fundaciones de Amparo a la Investigación (FAP’s), con capacidades diferenciadas de acción según las políticas de los gobiernos estaduales, ejercen una participación fundamental en el desarrollo equilibrado de las investigaciones científicas y tecnológicas en todo el país. Pero lamentablemente, en la mayor parte de los estados estas fundaciones no fueron aún implantadas, y en las regiones que cuentan con ellas funcionan de manera insuficiente, en general por la falta de visión y la estrechez de perspectivas de los gobiernos estaduales, además de las consabidas dificultades presupuestarias.

Transformar el conocimiento en riqueza es el gran desafío contemporáneo para países en desarrollo o, según la nueva nomenclatura, para países emergentes como Brasil. Son varios los indicadores que muestran, en los últimos veinte años, cambios positivos en el país en cuanto a los índices de desarrollo. En efecto, cuando se consideran los datos del IBGE (Instituto Brasileño de Geografía y Estadísticas) para 1999 y los índices publicados en el Livro Verde de C,T&I, se observa una evidente disminución en las tasas de analfabetismo de la población, así como un aumento de las tasas de escolaridad de las personas de 7 a 14 años, de los gastos destinados a educación (mayores que el 5% del PBI y situados por encima de la Argentina, Italia y Alemania), y de la expectativa de vida (que de 43 años en la década del treinta pasó a 71 años, según datos de 2002); se advierte, además, la caída de la tasa de mortalidad infantil (medida por cada 1.000 niños hasta 1 año de edad, en 1950 era de 130, en 1980 de 86 y en 2000 de 28,7) y, por último, un marcado incremento en el acceso a servicios que antes estaban restringidos a una porción muy pequeña de la población, como luz, agua, recolección de residuos y teléfono.

Asimismo, la participación del país en la producción del conocimiento científico mundial ascendió del 0,6% al 1,2%, considerándose tan sólo las publicaciones que figuran en catálogos, y el número de personas doctoradas –que en 1980 era de 500– subió a 1.500 en 1990 y a más de 6.000 en 2001, sin contar las maestrías. La ciencia brasileña ha ganado reconocimiento internacional y el Programa Genoma de la FAPESP es la prueba viva de ese reconocimiento.

No obstante los índices efectivos de progreso, la porción de la población brasileña que integra la comunidad científica es todavía muy pequeña (0,1% del total, contra 0,4% en Corea del Sur y 0,8% en los Estados Unidos) y, lo que es más grave, apenas el 11% de ese número (ya de por sí reducido) se desempeña en centros de investigaciones empresariales. En otras palabras, a pesar de que la comunidad científica no es tan grande como sería deseable, la ciencia brasileña “va bien” y la tecnología “va mal”.

En el caso del sistema de formación de nuevos investigadores y científicos es preciso considerar el desafío de abrir el mercado de trabajo para la absorción e integración de esos profesionales. De los más de 6.000 doctores recibidos en 2001, sólo poco más de 2.000 sostiene un vínculo laboral estable. El sector empresarial está llamado a buscar respuestas para esa oferta, bajo pena de que el esfuerzo realizado a lo largo de estos últimos veinte años se vea también desperdiciado, como otros que se perdieron en décadas pasadas.

Sin duda, este escenario plantea un desafío complejo y urgente: preservar las grandes conquistas que el sistema de posgraduación realizó en el país en los últimos veinte años, principalmente en las universidades públicas, manteniendo las condiciones de calidad y desarrollo y, al mismo tiempo, aumentar sensiblemente la capacidad del sistema público de enseñanza superior para atender la demanda creciente de cursos de graduación. Otro desafío, tan urgente como el anterior, es promover la calificación masiva del sistema privado de enseñanza superior, que todavía deja mucho que desear. En el plano jurídico-institucional, debería discutirse e implantarse –legislando hacia el futuro– la constitución obligatoria del sistema privado como sistema de fundaciones, y por lo tanto sin fines de lucro que excedan las necesidades de orden institucional. Así es como funciona, casi en su totalidad, el sistema de enseñanza superior en los Estados Unidos.

Otra de las cuestiones a resolver, ya histórica, es la autonomía de gestión financiera de las universidades federales, sistema hace años implantado en las estaduales paulistas con buenos resultados aunque, como es de esperar, con necesidad constante de ajustes y perfeccionamiento. A ello se suma un problema que, por su carácter endémico, equivale a una amenaza para las instituciones públicas de enseñanza superior: la falta de una política de recursos humanos adecuada a las tareas de las universidades, que se refleja en salarios bajos que conspiran contra los mejores propósitos de enseñanza, investigación y extensión.

A lo largo de los últimos años, las numerosas señales de alerta han puesto de manifiesto que conciencia y percepción del problema no faltan. Lo que sí falta es resolverlo.

En 1996 el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y el IPEA (Instituto de Investigación Económica Aplicada), en el Informe sobre el Desarrollo Humano en Brasil, señalaban la baja competitividad del país en los mercados internacionales. El gobierno federal ya anunció en 1999 la meta de exportar U$S 100 mil millones hasta 2002. Apenas pasamos de la mitad.

También en 1999, el documento Agenda 21 Brasileña-Bases para la Discusión traza de manera pertinente un diagnóstico de la ciencia, la tecnología y la innovación en Brasil, y concluye con la receta que todos saben buena, pero que resulta muy arduo llevar a la práctica: “Brasil precisa construir un sistema verdaderamente innovador en C&T, no adaptador de innovaciones ya superadas en otros países, o que tengan alto costo con efectos sobre la balanza de pagos”.

Hay, pues, discusiones pendientes, diagnósticos que deben ajustarse, marcos pragmáticos para definir y acciones que habrá que impulsar, con el objetivo común de producir conocimiento y promover su transformación en riqueza económica, social y cultural para el país.

(*)Vicepresidente de la Sociedad Brasileña para el Progreso de la Ciencia (SBPC) y Presidente de FAPESP

(*) Coordinador del Núcleo para el Desarrollo de la Creatividad (Nudecri), UNICAMP