Enfermedad holandesa y desindustrialización

 

Luiz Carlos Bresser-Pereira

Abril 2010

La desindustrialización brasileña es evidente. Un cambio de escenario exige una nueva política cambiaria

Luego de la repentina depreciación del real causada por la crisis financiera global, la tendencia a una sobrevaluación del tipo de cambio existente en Brasil reapareció y la cuenta corriente ya registra un déficit. Se trata de un déficit de poca importancia, porque sucede en un contexto marcado por la enfermedad holandesa que, por definición, implica una sobrevaluación pero que a la vez resulta compatible con un equilibrio de la citada cuenta. La gravedad de la enfermedad holandesa de cada país puede medirse por la diferencia entre dos tipos de cambio de equilibrio: el tipo de cambio (de equilibrio) actual que equilibra la cuenta de operaciones corrientes y el tipo de cambio industrial de equilibrio que resulta necesario para tornar viables a las empresas industriales que emplean tecnología de punta. En un país que aún no está industrializado, tal el caso de la mayoría de los países exportadores de petróleo, la enfermedad holandesa significa bajo crecimiento y continua pobreza; en países industrializados, como por ejemplo Brasil, la sobrevaluación genera desindustrialización, aún cuando la cuenta corriente está equilibrada.

Cuando la cuenta corriente de un determinado país, azotado por la enfermedad holandesa presenta déficit, esto se debe al “crecimiento con la política de ahorros extranjeros” o a las operaciones de “carry trade” (o arbitraje de tasas: estrategia especulativa a corto plazo sobre divisas). En Brasil, en tanto no limitemos estas dos prácticas y no neutralicemos la enfermedad holandesa, estaremos padeciendo una desindustrialización. No se trata de una desindustrialización aguda ya que la que se observa en Brasil, no puede compararse con la que se observa en países exportadores de petróleo. Como la enfermedad holandesa también está relacionada con los salarios bajos que predominan en los sectores industriales de baja tecnología, los sectores industriales más afectados por el mal son los que presentan un contenido tecnológico mayor y, por tanto, con un mayor valor agregado per cápita. Estos son los sectores que deberían marcar el paso del proceso de desarrollo económico del país porque generan progreso técnico, a la vez que aumentan la rentabilidad y las externalidades positivas; sin embargo, están rezagados.

Como en Brasil la enfermedad holandesa no resulta tan obvia como en los países exportadores de petróleo, los analistas la niegan. Argumentan que el país continúa incrementando su producción industrial y sus exportaciones. Esto es cierto. Asimismo, según los citados analistas, como el mercado interno creció de manera significativa, debido a las políticas de distribución llevadas a cabo por el Gobierno, las empresas industriales están invirtiendo y una vez más se niegan a reconocer la desindustrialización. No obstante, en tanto China se convierte en la fábrica del mundo e India, en el productor universal de software, Brasil se transforma gradualmente en el granero del mundo.

Entre los años 1930 y 1980, Brasil registró el mayor crecimiento del mundo. Esto sucedió porque durante dicho período y aunque existieron breves interrupciones (1945/47 y 1961/64), Brasil neutralizó la enfermedad holandesa, fijando impuestos a las exportaciones de materias primas (lo que se denominó “confiscación del tipo de cambio”) y también por un manejo sólido del tipo de cambio. Desde 1990, no obstante, la apertura comercial y en especial la apertura financiera pusieron punto final a esta neutralización. En el período 2002/2008, la suba en los precios de las commodities (productos básicos) que exporta Brasil, promovió una cierta reanudación del crecimiento basado en la agroindustria pero, como compensación, la enfermedad holandesa se agravó. No existe contradicción alguna en este sentido. La enfermedad holandesa es la consecuencia de las rentas ricardianas que derivan de la existencia de recursos naturales abundantes de escaso valor lo que, en principio, es una bendición para el país, pero luego se transforma en una maldición si éste no es capaz de evitar la sobrevaluación de la moneda nacional que está relacionada con el citado mal.

Existen varias maneras de evaluar el proceso de desindustrialización. Una de ellas es comparar en cada sector la porción del valor agregado del total de la producción industrial en la fase 1996/2002, con la porción correspondiente al período en el que la suba en los precios internacionales de las commodities significó una apreciación continua del tipo de cambio (2003/07). Según la Encuesta Industrial Anual del Instituto Brasileño de Geografía y Estadísticas (IBGE), esta porción sufrió una caída del 12,7% en el sector de los productos manufacturados, en tanto registró un aumento del 2,3% en las materias primas y los productos relacionados. La baja es mayor (14,4%) para los productos manufacturados de alta y mediana tecnología.

Otra manera de evaluar la desindustrialización es examinar las exportaciones del período comprendido entre los años 1997 y 2008. En el citado período, las exportaciones de las materias primas crecieron más (366%) que las exportaciones de los productos manufacturados (244%), esto es, un 35% más para las materias primas.

Una tercera manera consiste en considerar las importaciones de las materias primas que se incrementaron en un 26% entre 1997 y 2008, en tanto las importaciones de los productos manufacturados aumentaron en un 154%. La diferencia es sustancial, lo cual confirma la caída en el valor agregado exportado.

Por último, la desindustrialización aparece en el nivel de inversión. Es probable que, como consecuencia de la estrategia de sustitución de los insumos importados por los nacionales, las empresas se vieron obligadas a utilizar, las inversiones industriales mostraran un crecimiento escaso. Los datos proporcionados por la Encuesta Industrial Anual del IBGE indican que la inversión real en el sector de las commodities en el período comprendido entre 1997 y 2008 aumentó el 277% (14,2% por año y 11% sin considerar la extracción y el refinamiento de petróleo), mientras que la inversión en el sector de los productos manufacturados registró un incremento mucho menor: sólo un 30% (2,7% por año).

La desindustrialización brasileña es, por tanto, evidente. Un cambio de escenario exige una nueva política cambiaria. Los economistas tradicionales, no obstante, ignoran tanto la experiencia mundial como la brasileña y argumentan que es imposible manejar el tipo de cambio en el largo plazo. Mientras la sociedad brasileña no se de cuenta de la falacia de esta postura antinacional, el Gobierno no será lo suficientemente fuerte como para adoptar una política más decisiva en lo que respecta al manejo del tipo de cambio y a la neutralización de la enfermedad holandesa. De manera que las tasas de crecimiento per cápita de Brasil seguirán siendo aproximadamente la mitad de las tasas registradas en los países asiáticos dinámicos. Tendremos algunos momentos de euforia, como el que está ocurriendo ahora nuevamente, pero estos períodos de aparente y efímera prosperidad no serán suficientes para inducir el crecimiento sostenido de Brasil en el largo plazo.